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lunes, 29 de septiembre de 2025

Triunfo Arciniegas / La vida




Triunfo Arciniegas 
LA VIDA
30 de septiembre de 2025

Así que aquí estoy desde hace una semana, en una puta lista, en la cama diez de una habitación colectiva, en URGENCIAS, con otros tres, esperando una habitación propia que no va a llegar. Toses, estornudos, lamentos, pedos, mierda, en fin, la miseria de la vida. Hace tres o cuatro días tuve que salir al pasillo a terminar de comer porque el vecino se estaba cagando. Esa misma tarde se llevaron sus 84 frágiles años a la Unidad de Cuidados Intensivos. Esta madrugada salí a respirar al pasillo porque no soportaba la maloliente atmósfera. El nuevo vecino, que llegó por un problema cardíaco y sin interés por lavarse, se está descomponiendo.

Entonces vi que la loca se arrancaba la aguja del brazo y sailpicada con su sangre las iluminadas baldosas del pasillo. 

Mass drogadicta que loca, en realidad, según me explican. Un pantalón rosado, estrecho, que apenas le llega a la rodilla, acentúa su delgadez. Una pieza negra, sostenida por dos cintas cruzadas, comprime sus pechos breves. 

“La comida del hospital es caliente”, grita en el pasillo, mientras roza el arma del vigilante. “La comida de la cárcel es fría”, dice. Y precisa que con esa arma podría matar al que la violó. Habla a toda velocidad y con acento pisa. “Tenemos que hablar”, le dice a uno de los médicos.

Aquí estoy y no es manera digna de enfrentar un mal.

Lleva horas gritando o al menos eso parece, el muchacho que mató a su novia. Iba en su motocicleta, con la novia como pasajera, perdió el control y la muchacha terminó degollada con la valla que protege la vía. Al muchacho, que ahora grita como parturienta, no le pasó nada.

Hace cinco días, en el cuarto de al lado, murió el que estaba en esta cama antes de mi llegada.

Y todo después de cotizar la vida entera, de pagar un millón de pesos mensuales o algo así, durante décadas. Y una vida de trabajo, por supuesto.

Mientras tanto pasa uno con un brazo partido porque estrelló la moto, pasa otro con otra herida y otro riega su sangre en el pasillo donde otros esperan que alguien desocupe una cama en alguna habitación, y otros afuera se mueren por entrar. Llega a la cama de al lado un tipo con cara de malandro que me obliga a encalentar el celular, y al día siguiente, un presidiario, con su respectivo guardia, porque al que no quiere caldo se le dan dos tazas. Otro guardia está en la puerta con sus esposas pulidas. Voy con celular al baño, el único para los cuatro pacientes y los acompañantes. Un imbécil instaló la puerta al revés: con el seguro por fuera. 

Un baño sin ducha. Para lavarse hay que atravesar el pasillo y entrar al cuarto de los traperos y la ropa sucia. Hay una sola ducha para todo el piso, es decir, para los enfermos de los cuartos colectivos y los pasillos. El primer día me acompañó Alejandra, que montó guardia: la puerta no tiene ningún seguro. El segundo día me tocó solo y se me coló una enfermera. Venía dejar más ropa sucia. El tercer día madrugué y tranqué la puerta con dos sillas de ruedas. Ya estaba bajo la ducha cuando alguien empujó la puerta. “Está ocupado”, dije. Me preguntó si estaba solo y me dieron ganas de responderle que andaba de luna de miel. Siguió empujando la puerta pero las sillas resistieron. “Necesito sacar la ropa”, dijo la voz. “Estoy empeloto”, dije. Total, abrevié el baño y volví a al cuarto compartido pensando que estaba en la cárcel y había salvado el honor por poco

Esto no es más que el infierno. 

El personal hace todo lo que puede, con dedicación, pero faltan instrumentos, máquinas, reactivos, y hay que acudir a los laboratorios de otras ciudades. Y los resultados no llegan de un día para otro. Espero los míos.

En fin, el infierno. El infierno de nuestro descontento.

Uno que no está reservado a los que ganan cincuenta millones de pesos mensuales y se roban mucho más que eso. Uno que no está reservado a los que se mueven con diez o veinte camionetas blindadas.

Uno de esos tipos infames, no más uno, nos cuesta tres millones de pesos diarios en comida y ocho millones de pesos por noche de hotel cuando sale a recorrer el mundo con el pretexto de una foto con otro político de mierda o una conferencia de unos minutos. Una puta conferencua que nos llena de vergüenza e indignación.

En fin, la vida sabrosa en el país de la belleza.

¿O no era así?



miércoles, 19 de abril de 2023

Triunfo Arciniegas / Los últimos días de mi padre

 


Hombre con bombín, 1964
René Magritte



Triunfo Arciniegas
LOS ÚLTIMOS DÍAS DE MI PADRE

Mi padre murió hace apenas unos meses, casi nonagenario. No asistí al velorio ni al entierro, pero entiendo que sus otros trece hijos sí lo hicieron. Sobrevivió veintidós años a mi madre. Cuando estábamos empujando el cajón en la bóveda, recuerdo que mi padre se acercó y le dijo a mi madre: "Nos vemos pronto". Aunque no la escuchamos, mi madre seguramente exclamó desde el más allá: "Señor, ten piedad".

viernes, 28 de mayo de 2021

Triunfo Arciniegas / Un mes de dicha con Cata

Mío y Cata
Pamplona, 2021
Fotografía de Triunfo Arciniegas


Triunfo Arciniegas
UN MES DE DICHA CON CATA

A mediados de abril, Cata, dueña y señora de Cuatrovientos, vino a visitarme, con Mío, hijo de una gata callejera que va a comer a casa de René, y decidió quedarse. La extrañaba.
Vamos bien, de maravilla, pero no me respetan. Cuando me tiendo a leer o ver Netflix, Cata y Mío se trepan a ronronear sobre mi pecho. Exploran las bibliotecas y de pronto desacomodan algún libro. Duermen donde se les da la gana. Mío corre como loco por toda la casa y parece más un ratón que un gato. Se trepa por mis aruñadas piernas y busca un rincón en mis brazos. Cata, toda una dama, aparte de dulce, es muy tranquila. Me sigue a todas partes y a menudo se tiende detrás de la pantalla cuando voy al estudio. Ya no se acomoda sobre el teclado como antes y deja trabajar.
Mío, que hace poco cumplió dos meses (Piscis del 6 de marzo, como García Márquez) ya hizo amistad con Toto en la azotea. A menudo lo encuentro lleno de babas. Con Cata, tan cautelosa, el asunto apenas comienza. En esta casa no hay solar pero al menos tenemos una azotea de más de cien metros cuadrados y quiero que los tres la compartan. O los cuatro, si me incluyo, animal desolado, bebedor de relámpagos.
Toto, obsequio de la negra Eufemia, me acompaña desde hace unos siete años. He sido más de perros que de gatos, desde niño. De perras, sobre todo. Podría escribir un libro sobre las perras de mi vida.
Adoraba a los gatos desde lejos y, como prueba, en mis páginas se cruzan a cada rato. Su belleza, su plasticidad y su independencia me resultan fascinantes. Así que Cata es la primera en carne y hueso y fue un amor lento pero demoledor. Creo que demoré dos meses para concretar el acercamiento. Cuando la descubrí rondando la casa, en Cuatrovientos, comencé a dejarle comida al fondo del solar. La devoraba a escondidas. Acerqué el plato a la casa centímetro a centímetro y Cata, flaca y muerta de hambre, siguió viniendo, hasta que entró a la cocina. Verla comer dentro de la casa fue tan emocionante. Luego logré que se quedara a dormir. Empezó a explorar los espacios pero no se atrevió a visitar mi dormitorio. Se necesitaron más de dos meses, mucho más de dos meses, para que lo hiciera. Un montón de veces desperté y la vi en la puerta, bella e inalcanzable, misteriosa y profunda
Siguió tan salvaje e independiente. Acostumbrado a la sumisión de los perros, me encantó la experiencia. Pronto se supo quién era la dueña y quién el esclavo. Cata desaparecía con cualquier visita. Hablaba de ella pero era imposible señalarla. Hasta pensé que pensarían que me la había inventado. Casos se han dado. Nada raro después de tanto inventarme mujeres.
No puedo precisar cuándo subió a mi cama ni cuándo empezó a aparecer con las ofrendas: un ratón o un pájaro o una lagartija.
Lo cierto es que caí rendido, sin remedio, para siempre.
Cata, mi cielo.

24 de mayo de 2021



Triunfo Arciniegas / Difícil comienzo


Triunfo Arciniegas
DIFÍCIL COMIENZO


De niño, mi padre me decía: "No sirve ni para muerto porque se traga las velas".

Esclavizó mi niñez levantándome desde las cinco de la mañana para que le trabajara como un obrero trepado en un cajón y a menudo, después de mis clases, dejándome solo en la herrería hasta las ocho o nueve de la noche.

Sus palabras todavía duelen.

Todavía me duelen los brazos cuando recuerdo las calles empedradas de Málaga. Mi padre empujaba la zorra, cargaba con costales de herradura, y yo la sostenía en la parte delantera. La presión halaba los manubrios hacia el piso y mis brazos parecían a punto de reventar.

Fue una vida miserable. Mi padre le hizo catorce hijos a mi madre y dos más a otras. Como dormíamos en una sola habitación, de noche escuchaba la respiración y los gemidos de mi madre: no sólo sabía pero se trataba de mi padre en la tarea de darnos otro hermanito. Nos criamos arañando las paredes. Solía desmayarme. De hambre, por supuesto. 

En nuestra vida gitana, vivimos algún tiempo en Sogamoso. Tengo un recuerdo: estoy en la calle comiendo unas papas criollas con un desconsuelo abrumador. Eso es todo. Alguna vez, en una conversación que le oí a mi padre, entendí el resto. Cuenta me sorprendió llorando y me preguntó qué pasaba. "Tengo hambre", dijo que dije. Entonces mi padre fue al taller donde trabajaba, le pidió dinero al patrón y me compró unas papas. Fue fácil conectar su historia con mi recuerdo.

La pobreza me persiguió como perro rabioso. De toda la clase era el único que usaba alpargatas. Estoy seguro que ningún otro niño le tocaba trabajar como yo, y ni aun así gozaba del privilegio de un par de zapatos. Estudié con libros prestados y me vestí con la ropa de segunda que le regalaban a mi madre. Muchos años después supe de los obsequios que le hacían algunos profesores con la advertencia de que nunca me contaran.

Me refugié en mi madre, hasta aprendí a cocinar. Luego, en Pamplona, me fui al internado de la Escuela Normal para huir de la explotación de mi padre. Pero las cosas no salieron bien. De hecho, se trata de la peor época de mi vida: agonizábamos esperando que llegaran las nueve de la noche para que abrieran los dormitorios y rogábamos para las cinco de la mañana no llegaran tan pronto. Los gorgojos nadaban en el caldo de pan del desayuno. Me acosaron de tal manera los compañeros que quise suicidarme. En vez de concretar esta salida, escribí en una cuaderno una novela donde el protagonista se cuelga de un árbol. Los sábados podíamos quedarnos en casa para regresar el domingo. Todavía las tardes de domingo me angustian.

En el ángel que para todos fue madre encontré comprensión. De niño ya era bipolar. El cielo gris me abrumaba y pasaba el tiempo imaginando las vidas desgraciadas de la gente. Lloraba en las calles de Málaga como alma en pena, sin razón. Así me recuerdo, llorando en camino a la casa de la abuela. "¿Qué le pasa al chino?", decía papá. Y mamá respondía: "Déjelo". Es decir, no se sabe qué le pasa pero dejémoslo tranquilo. Años después mi madre me masajeaba con aceite la mano trabada porque había pasado la noche escribiendo. Ni ella ni yo sabíamos entonces que la escritura sería la salvación.

Mi infancia no sólo fue desgraciada: fue el reino del terror. Vivíamos aterrorizados por un padre que se emborrachaba todas las semanas, que en las cantinas gastaba a todo mundo (para los demás lo que pidieran, para sus hijos agua de panela y mazamorra con la sustancia de un rabo de vaca) y divertía a todos con sus cuentos, pero que llegaba a arreglar cuentas con mi madre. Amenazaba con dejarnos. Mi madre suplicaba y él decía "aunque llore lágrimas de sangre". Escondido debajo de las cobijas imaginaba a mi madre con el rostro cubierto por lágrimas de sangre. Alguna vez mi padre le restregó un retrato en la boca hasta hacerla sangrar.

De ese tiempo recuerdo una ranchera sobre un hombre que riega una flor con lágrimas de sus ojos. Los ojos como regaderas. Y otra sobre un hombre que le echan tierra en la boca "y así lo vieron morir".

Podía suceder que el hombre nos sacara de la cama a todos y que tuviéramos que salir a la calle corriendo. En la imagen más poderosa de mi infancia, en el patio de la casa del compadre Carmen Julio, donde vivimos arrendados en una sola pieza durante años, veo a mi padre con una varilla en la mano y frente a él, de pie, mi madre embarazada.

22 de mayo de 2021


Triunfo Arciniegas / Sobre el conocimiento

Foto de Triunfo Arciniegas

Triunfo Arciniegas
SOBRE EL CONOCIMIENTO

Querido diario: está mañana un taxista me preguntó por mí. En la conversación el hombre mencionó la herrería del mercado nuevo, a mi papá, herrero toda la vida, a uno de mis hermanos y a un sobrino que vive en China. Y entonces preguntó: "Qué sabe de Triunfo Arciniegas?" Le dije la verdad: "Muy poco".

Habló de un profesor que no veo hace muchos años y de un trasteo donde aparecieron mis libros. Si lo vuelvo a ver le pediré que me preste uno. Siempre es emocionante descubrir un escritor.

Hace unos cinco o siete años en una terminal de transportes, cuando di mi nombre, la mujer de la ventanilla dijo: "Como el escritor". Andaba de buen humor y le respondí: "No sabe lo molesto que es eso".

19 de mayo de 2021

martes, 21 de enero de 2020

Triunfo Arciniegas / Roca, Bukowski y Petro



Ilustración de Rodez


Triunfo Arciniegas
ROCA, BUKOWSKI Y PETRO
Bogotá, 11 de enero de 2020

Juan Manuel Roca, poeta y amigo, se equivoca con Bukowski y con Petro. Considera que Bukowski es malo y el otro bueno, y es exactamente al revés. Bukowski, y lo saben millones de lectores en el mundo entero, es un escritor que no se parece a nadie, un gran escritor. Salvo los últimos años, debido al milagro de las regalías alemanas, su vida fue miserable y caótica, muy tratada en su propia obra. Bukowski se encarga de las miserias de la vida, de los hombres sin esperanza y las mujeres perdidas. Escribió dos libros que se me antojan memorables, Mujeres, que retrata sin piedad la vida sexual de un hombre mayor, y La senda del perdedor, un lúcido y duro retrato de la adolescencia. Dos libros muy distintos.

Como poeta es desigual, pero qué poeta no lo es. Hasta los grandes han escrito pésimos poemas. Y si examinamos con lupa, de cada poeta quedan cinco o seis poemas que de verdad valen la pena. De Bukowski podría decirse lo mismo. Esos cinco o seis poemas existen. Escribió poesía a chorros. Iba donde lo invitaran por unos cuantos dólares, se emborrachaba y leía. La gente andaba loca con sus textos. Todavía anda loca. Bukowski es un escritor, sobre todo, para gente joven.

Petro es un político colombiano con una desmedida ambición por el poder. Egocéntrico como nadie, orgulloso y altanero. Navarro Wolf dice que él mismo es su propio enemigo. Petro dirige el odio y el rencor como lo hacía Chávez, su maestro: ambos expertos en manejar pasiones, ambos consumados estrategas. Petro fue guerrillero, es decir, que alguna vez consideró llegar al poder a sangre y fuego. Tal como lo intentó el mismo Chávez, que terminó transformando el país más rico de Latinoamérica es el más miserable y corrupto. Tal como lo hicieron los Castro con Cuba, donde construyeron un régimen de hambre y represión de más de sesenta años cuyo fin aún no se vislumbra. Como opositor, papel que domina a cabalidad, Petro denuncia crímenes, y con razón, porque el nuestro es un país de espanto, pero se olvida que su movimiento, el M19, es responsable del holocausto del palacio de Justicia. Denuncia la corrupción, tan obvia y patética, pero no pudo evitarla en su alcaldía. Por cierto, como alcalde de Bogotá fue un desastre. Dio a conocer el cobre. Se comportó como un déspota. Petro es un tramposo. Experto en verdades a medias. Ni la gente de izquierda quiere trabajar con él. Cuando fue candidato a la presidencia de Colombia le hicieron jurar ante unas ridículas tablas de la ley en la misma Plaza de Bolívar. Que no cambiaría la constitución como cualquier chavista, que no se eternizaría en el poder como cualquier chavista. Por algo le hacen jurar. Y él, cínico como es, no le importa jurar lo que sea. De todas maneras, ¿qué político cumple sus promesas?  "Soy Gustavo Petro y quiero ser su presidente", dijo. Soy Triunfo Arciniegas y ni por el putas lo quiero de presidente. Perdió, por suerte. Su discurso de aceptación de la derrota parecía escrito por un argentino. Se ufanaba de habernos asustado, de que estuvo a punto de hacernos saltar al abismo. Que salte él solo, carajo, que no arrastre en su delirio a millones de colombianos, que no nos ponga a deambular por el mundo como almas en pena o como lastimosas víctimas de otro experimento del socialismo del siglo XXI.