sábado, 24 de enero de 2026

Delphine de Vigan / Basada en hechos reales I, 17

 



Delphine de Vigan
BASADA EN HECHOS REALES

I, 17


    Una mañana muy temprano, cuando volvía a mi casa tras haber dormido en casa de François, me encontré con L. en la esquina de mi calle. No delante de mi puerta, sino a unos centenares de metros de mi casa. No había ninguna razón para que ella estuviera allí. Mi calle es estrecha y no alberga ningún comercio, el día apenas despuntaba y los cafés de alrededor estaban aún cerrados. Yo caminaba cabizbaja, bastante deprisa porque hacía frío. Con todo, me llamó la atención una figura larga y blanca, en la acera de enfrente, sin duda a causa de aquella inmovilidad que la hacía parecer petrificada. L. estaba embutida en un largo abrigo, con el cuello alzado. No se movía, parecía no venir de ninguna parte, ni siquiera esperar a alguien. Al cabo de unos segundos, me dio la impresión de que observaba a ratos la entrada de mi casa. Cuando me vio, se le iluminó el semblante. Su mirada no traslucía apuro ni sorpresa, como si fuera de lo más normal que estuviese allí, en pleno invierno, a las 7 de la mañana. Le había apetecido verme y encontró la puerta cerrada. Eso me dijo. No intentó inventarse nada, y aquella sencillez me conmovió, porque al confesar aquello L. adoptó una expresión infantil que no le había visto nunca.

    Pisándome los talones, entró detrás de mí en el apartamento. Yo había bajado la calefacción antes de salir, y la temperatura había descendido durante la noche. Le ofrecí un chal pero lo rechazó. Se quitó el abrigo, no llevaba jersey sino una especie de blusa de satén cuyo tejido, muy dúctil, se amoldaba a la forma de su vientre, de sus hombros y de sus brazos. Era más bien el tipo de prenda que se lleva en una fiesta o en una cena un poco elegante. Me pregunté de dónde venía y si había dormido. Puse la cafetera italiana al fuego; nos sentamos en el sofá. Yo estaba congelada. A mi lado, L. parecía caldeada por una combustión interna que la protegía del frío. Su cuerpo tenía algo extrañamente lascivo. Relajado.
    Permanecimos unos minutos en silencio y luego se me acercó. Su voz me pareció levemente cascada, como después de haber pasado una noche cantando y fumando cigarrillos.
    —¿Te ha ocurrido alguna vez que no hayas podido volver a tu casa?
    —Sí, claro. Pero hace tiempo que no me pasa.
    —Esta noche he hecho el amor con un hombre en una habitación de hotel. Hacia las 5 o las 6 de la mañana, me he vestido y he tomado un taxi que me ha dejado al pie de mi casa. No he podido subir, no tenía sueño ni ganas de acostarme. Como si algo dentro de mí se negara a capitular. ¿Conoces esa sensación? Así que he echado a andar al azar. Hasta aquí.
    La cafetera empezó a silbar, me levanté para apagar el gas. Con cualquier otra de mis amigas, hubiera servido el café y habría vuelto a sentarme en el sofá, no habría esperado un segundo más para iniciar entre risas un minucioso interrogatorio: ¿quién era aquel hombre, desde cuándo lo veía, dónde, iba a volver a verlo?
    Pero deposité la taza y el azúcar ante ella y me quedé de pie.
    Me veía incapaz de hacerle la menor pregunta.
    Miraba a L., percibía aquella fiebre que palpitaba bajo su piel, sí, desde donde estaba percibía palpablemente la aceleración de la sangre en sus venas.
    Permanecí así, lejos de ella, recostada en mi lavavajillas. Por primera vez pensé que L. ocultaba algo que se me pasaba por alto, que no entendía. Por primera vez creo que tuve miedo sin saber por qué, sin que ese miedo obedeciese a una forma o a una imagen.
    L. se tomó el café y se levantó. Me dio las gracias.
    Era de día y se sentía ya preparada para volver. Estaba agotada.


No hay comentarios:

Publicar un comentario