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jueves, 31 de agosto de 2023

Virginia Woolf / La mujer ante el espejo


Virginia Woolf
LA MUJER ANTE EL ESPEJO
Una reflexión


La gente no debería dejar espejos colgados en las habitaciones, como tampoco debería dejar abiertos talonarios de cheques o cartas en las que se confiese algún horrible delito. Era imposible no mirar, aquella tarde de verano, el gran espejo que había fuera, en el vestíbulo. El azar así lo había dispuesto. Desde las profundidades del sofá, en la sala de estar, se veía reflejado en el espejo italiano no sólo la mesa de mármol que había enfrente, sino también un trozo de jardín. Se veía un largo sendero de hierba que discurría entre macizos de altas flores hasta que el marco dorado del espejo lo cortaba en una esquina.

Virginia Woolf / Momentos de vida

 

Ilustración de T.A.

Virginia Woolf
Momentos de vida


«Los alfileres de Slater’s no tienen punta».


    Los alfileres de Slater’s no tienen punta, ¿no crees lo mismo? —dijo la señorita Craye volviéndose mientras el clavel se desprendía del vestido de Fanny Wilmot. Y Fanny se inclinó —los oídos llenos de música— a mirar el alfiler en el suelo.

Virginia Woolf / El vestido nuevo

 



Virginia Woolf 
El vestido nuevo


    Mabel tuvo la primera sospecha seria de que algo no iba bien al quitarse la capa; y la señora Barnet, al alcanzarle el espejo y tomar los cepillos, llamó su atención —un tanto exageradamente tal vez— sobre la ropa en la mesa y todos los artefactos para arreglar el cabello, cuidar el cutis y la ropa, que yacían sobre el tocador, confirmando así la sospecha, de que algo no iba bien, nada bien; y la sospecha aumentaba mientras subía las escaleras y se arrebataba sobre Clarissa Dalloway; y después de saludarla, corrió hacia el fondo de la habitación, donde en un rincón oscuro colgaba un espejo, y se miró. ¡No! No estaba bien. Y de inmediato, la tristeza que siempre intentaba ocultar, esa profunda insatisfacción —la sensación de inferioridad que siempre, desde niña, había sentido frente a las otras personas— se fue apoderando de ella, implacable, sin piedad, con una intensidad de la que no podía librarse leyendo a Borrow o Scott como lo hacía en su casa al despertarse por las noches; porque estos hombres, estas mujeres, todos pensaban: «¿Qué se ha puesto Mabel? ¡Quémal se ve! ¡Qué espantoso vestido!», pestañeando de prisa y entrecerrando los ojos. La deprimía su total incompetencia, su cobardía; su sangre fría. Y de inmediato, toda la habitación, donde durante horas había planeado con el modisto cómo sería, se veía sórdida, repulsiva. Y su sala de estar tan fea; y ella misma, que salió de su casa orgullosa, y antes de hacerlo tomó las cartas sobre la mesa del hall y dijo: «¡qué aburrido!» para presumir. Todo eso le parecía ahora tan estúpido, tan mediocre. Todo eso se destruyó, voló por los aires en el momento en que entró en la sala de estar de la señora Dalloway.

Virginia Woolf / Un colegio de mujeres visto desde afuera

 



Virginia Woolf
Un colegio de mujeres visto desde afuera


    La luna blanca como una pluma no dejaba que el cielo se oscureciera. Toda la noche las flores del castaño se veían blancas en el verde, y oscuro era el perifollo en las praderas. El viento de los jardines de Cambridge no iba ni a Tartaria ni a Arabia, sino que andaba como adormilado por entre las nubes azul grisáceas sobre los techos de Newnham. Allí, en el jardín, si necesitaba algún lugar para deambular, lo habría hallado entre los árboles. Y como su rostro sólo podría hallar rostros de mujeres, podía descubrirlo, inexpresivo, y mirar hacia las habitaciones donde, a esa hora —rostros vacíos, monótonos, sus blancos párpados sobre los ojos cerrados y manos desnudas sobre las sábanas— dormían incontables mujeres. Pero aquí y allá todavía brillaba una luz.

Virginia Woolf / La señora Dalloway en Bond Street

 



Virginia Woolf
La señora Dalloway en Bond Street

    La señora Dalloway dijo que ella misma compraría los guantes. Al salir escuchó las campanadas del Big Ben. Eran las once de la mañana y la nueva hora estaba tan pura, como si se la hubieran ofrecido a un grupo de niños en la playa. Había algo solemne en el balanceo de las campanas, en los golpes repetidos; algo incitante en el murmullo del tráfico y el arrastrar de los pies.

miércoles, 30 de agosto de 2023

Virginia Woolf / En el huerto


Virginia Woolf 

EN EL HUERTO


    Miranda dormía en el huerto, recostada en una hamaca bajo el manzano. El libro había caído al césped y los dedos todavía parecían señalar una oración: «Ce pays est vraiment un des coins du monde oui le rire des filles elate le mieux…». Como si se hubiera quedado dormida mientras la leía. El ópalo en el dedo se teñía de verde, de rosado, y nuevamente de naranja, como el sol, que se filtraba entre los manzanos y los rebalsaba de luz. Después se levantó una brisa, y el vestido púrpura comenzó a agitarse como un capullo prendido a su tallo; el césped se movía de atrás a adelante; y la mariposa blanca volaba de un lado al otro justo sobre el rostro de Miranda.

Virginia Woolf / Azul y verde





Virginia Woolf 
AZUL Y VERDE

    Verde

    Los afilados dedos de cristal cuelgan hacia abajo. La luz se desliza por el cristal formando un charco verde. Durante todo el día los diez dedos de la araña gotean verde sobre el mármol. Las plumas de los periquitos —su cantar agudo—, las hojas de las palmeras —verdes también; verdes agujas brillando al sol. Pero el duro cristal sigue goteando sobre el mármol. Se forman lagunas en la arena del desierto; los camellos las cruzan balanceándose. Las lagunas permanecen en el mármol; crecen juncos alrededor, y maleza; aquí y allá un capullo blanco; la rana salta; por la noche las estrellas aparecen inmaculadas. Cae la tarde y la sombra lleva el verde hacia la chimenea. La agitada superficie del océano; no llegan barcos; las olas sin rumbo oscilan bajo el cielo desnudo. Es de noche; las agujas gotean azul. El verde desaparece.

    Azul
    El monstruo de nariz puntiaguda se eleva hasta la superficie y hecha por los orificios de la nariz dos columnas de agua que, completamente blancas en el centro, se esparcen en una hilera de gotas azules. Manchas azules surcan la negra lona alquitranada de su pelambre. Absorbiendo el agua por la nariz y la boca se sumerge, lleno de agua, y el azul lo encierra tapando sus ojos como piedras luminosas. Se recuesta en la arena, pesado, obtuso, mudando sus secas escamas azules. Su azul metálico tiñe el hierro oxidado de la arena. Azul es el esqueleto del bote encallado. Una ola rueda bajo las campanas azules. Pero la catedral es diferente, fría, llena de incienso, ligeramente azul con el velo de las vírgenes.


Virginia Woolf / La sociedad

 




Virginia Woolf
La sociedad


    Así comenzó todo. Éramos un grupo de seis o siete reunidas después del té. Algunas miraban hacia la sombrerera de enfrente, donde las plumas rojas y las pantuflas doradas seguían iluminadas en la vidriera; otras dejaban pasar el tiempo construyendo pequeñas torres de azúcar en el borde de la bandeja del té. Pasado un momento, según lo recuerdo, nos ubicamos alrededor del fuego y comenzamos, como de costumbre, a elogiar a los hombres. Qué fuertes, qué nobles, qué inteligentes, qué valientes, qué bellos eran; y cómo envidiábamos a aquellas que, por las buenas o por las malas,lograban unirse a uno de por vida. Hasta que Poll, que había permanecido en silencio hasta el momento, rompió a llorar. Poll, debo admitirlo, siempre ha sido algo extraña. Para empezar, su padre era un hombre extraño. Le dejó una fortuna en su testamento, pero con la condición de que leyera todos los libros de la biblioteca de Londres. Intentábamos consolarla lo mejor que podíamos, pero en el fondo sabíamos que era inútil. Pues, aunque la queremos, sabemos que Poll no posee demasiados encantos; lleva los cordones desatados, y seguramente pensaba, mientras nosotras elogiábamos a los hombres, que ninguno querría nunca casarse con ella. Finalmente dejó de llorar. Por un momento no le dimos demasiada importancia a lo que decía; ya bastante extraño nos resultaba de por sí. Nos dijo que, como ya sabíamos, pasaba la mayor parte del día leyendo en la biblioteca. Había comenzado con literatura inglesa en el piso de arriba, dijo, y planeaba seguir el recorrido hasta el Times, en la planta baja. Y ahora, a mitad de camino, o quizás a tan sólo un cuarto de finalizar, algo terrible había sucedido. Ya no podía leer. Los libros no eran lo que nosotras creíamos.

Virginia Woolf / El cuarteto de cuerdas




Virginia Woolf
El cuarteto de cuerdas

    Bueno, aquí estamos, y si observan la habitación verán que los Metros, los tranvías, los ómnibus, los coches privados —que no son pocos, me atrevo a decir—, los landó tirados por zainos, han estado ocupados en ello, extendiendo hilos a lo largo y a lo ancho de Londres. Aunque empiezo a tener mis dudas…

Virginia Woolf / Lunes o martes

 



Virginia Woolf
Lunes o martes 
   

Lenta e indiferente, sortea el espacio con sus alas hábiles, conoce el camino, la garza vuela en el cielo y pasa sobre la iglesia. Blanco y distante, absorto, el cielo infinito se cubre y se descubre, se mueve y se detiene. ¿Es un lago? ¡Bórrale la orilla! ¿Una montaña? Oh, inmaculado, el sol dora las laderas. Cae allí. Helechos, o plumas blancas, por los siglos de los siglos.

martes, 29 de agosto de 2023

Virginia Woolf / Una casa encantanda


Virginia Woolf

Una casa encantada 

A Haunted House by Virginia Woolf


      A cualquier hora que despertaras siempre había una puerta balanceándose. Iban de habitación en habitación, tomados de la mano; levantando aquí, abriendo allá, asegurándose… Una pareja de fantasmas.

Virginia Woolf / Una novela no escrita

 


Virginia Woolf 
UNA NOVELA NO ESCRITA


    Semejante expresión de tristeza bastaba por sí sola para hacer que los ojos se deslizaran del borde del periódico hacia el rostro de la pobre mujer, insignificante sin esa mirada, casi un símbolo del destino de la humanidad con ella. La vida es lo que se ve en los ojos de las personas; la vida es lo que se aprende, y una vez aprendido, nunca, aunque se intente ocultarlo, se olvidará… ¿Qué cosa? Que la vida es así, al parecer. Cinco rostros enfrentados, cinco rostros adultos, y lo que cada uno sabe. ¡Pero qué extraño cómo intentan ocultarlo! En todos ellos hay dibujada una expresión de reticencia: los labios apretados, los ojos entrecerrados; cada uno de los cinco hace algo para esconder o reprimir eso que saben. Uno fuma; otro lee; el tercero consulta la agenda; el cuarto observa el mapa de trenes colgado en frente; y el quinto… Lo terrible del quinto es que no hace nada en absoluto. Contempla la vida. ¡Oh, pero mi pobre y desdichada mujer, únete al juego, por el amor de Dios, intenta ocultarlo!

Virginia Woolf / Objetos sólidos



Virginia Woolf 
OBJETOS SÓLIDOS

Solid Objects by Virginia Woolf



    Lo único que se movía sobre el vasto semicírculo de la playa era una pequeña mancha negra. A medida que se acercaba al esqueleto del bote de sardinas encallado, se advirtió, por una cierta tenuidad en su negrura, que tenía cuatro piernas; y segundo a segundo era más evidente que estaba compuesta de dos hombres jóvenes. Aunque sólo se veían sus contornos sobre la arena, había una inconfundible vitalidad en ellos; un vigor indescriptible en la forma de juntarse y alejarse de los cuerpos; un movimiento sutil, pero que indicaba que de las diminutas bocas en las pequeñas cabezas redondas borboteaba una fuerte discusión. No cabían dudas de esto al observarlos de cerca, al ver el bastón en la mano derecha elevarse una y otra vez. «Quieres decirme… Realmente crees…». Parecía decir el bastón en la mano derecha junto a las olas, y dibujaba largas rayas rectas sobre la arena.

Virginia Woolf / Jardines de Kew


Virginia Woolf
Jardines de Kew
 

Kew Gardens by Virginia Woolf

      Del cantero ovalado se elevaban alrededor de cien tallos que, más o menos hacia la mitad, se abrían en hojas con forma de corazón o de lengua, y desplegaban en la punta pétalos rojos, azules o amarillos con manchas de colores. Y de la oscuridad roja, azul o amarilla del centro sobresalía un tallo grueso, recto, rugoso, cubierto de polvo dorado y con terminación compacta. Los pétalos eran lo suficientemente grandes como para agitarse con la brisa de verano y, al moverse, las luces rojas, azules y amarillas se entremezclaban, manchando un pequeño diámetro de la tierra marrón del cantero de un color de lo más intrincado. La luz caía, o bien sobre la superficie suave y gris de una piedra; o bien sobre la caparazón de un caracol, con sus venas circulares color marrón; o sobre una gota de lluvia, ensanchando con tal intensidad las delgadas paredes de agua, de rojo, azul y amarillo, que parecía que iba a explotar y desaparecer. Sin embargo, la gota recuperó en un segundo su tono gris plata habitual, y la luz se posó luego sobre la superficie de una hoja, revelando las nervaduras de la superficie; y otra vez se movió y se posó sobre los vastos espacios verdes bajo el montículo de hojas con forma de corazón o de lengua. Después, la brisa sopló con más intensidad y el color se expandió en el aire, hacia los ojos de los hombres y las mujeres que caminaban por Kew Gardens en julio.

Virginia Woolf / La marca en la pared

Virginia Woolf
La marca en la pared
 

The Mark on the Wall by Virginia Woolf

      Creo que fue a mediados de enero de este año cuando levanté la vista y vi la marca en la pared por primera vez. Para indicar una fecha primero debo recordar lo que vi. Así que ahora pienso en el fuego, en la luz amarilla fija sobre la página de mi libro, en los tres crisantemos en el florero redondo sobre la chimenea. Sí, seguramente era invierno, y recién habríamos terminado de tomar el té, porque recuerdo que estaba fumando un cigarrillo cuando levanté la vista y vi la marca en la pared por primera vez. Miré por entre el humo del cigarrillo y mi vista se detuvo un instante en el carbón ardiendo; se me vino a la mente aquella vieja imagen de la bandera roja flameando en la torre del castillo, y pensé en los caballeros rojos ascendiendo por la ladera de la roca negra. Para mi alivio, ver la marca en la pared interrumpió el pensamiento, pues es una imagen vieja, una imagen automática, que construí de niña tal vez. La marca era pequeña y redonda, negra sobre la pared blanca, situada a unos quince centímetros sobre la chimenea.