Maj Sjöwall y su marido Per Wahlöö, fallecido en 1975, escribieron diez novelas policíacas, el ciclo de Martin Beck, en el que se han basado todos los escritores de novela negra escandinava actuales, Henning Mankell y Stieg Larsson como exponentes más famosos.
Una adaptación al comic, fiel y apasionante, de una de las mejores novelas de los padres de la serie negra escandinava.
Tristan Cardona 7 de mayo de 2017
Acostumbrados como estamos a los artilugios tecnológicos de la franquicia televisiva C.S.I., puede sorprender lo rudimentario de los métodos que los policías suecos de los sesenta utilizaban para resolver un crimen. Sin embargo, a menudo lo conseguían.
BCNegra 2016 está llena de grandes autores a lo largo de un programa variado y espectacular. Hay, sin embargo, dos ausencias que duelen. La primera, la de William McIlvanney, empeño personal del comisario Camarasa y quenos dejó a finales de 2015. La segunda, la de Maj Sjowall, que no se encuentra bien de salud.
Cuando la justicia no funciona y la policía no da abasto, solo cabe esperar un milagro. Esto fue lo que debió de pensar el comisario Martin Beck cuando le encomendaron la misión más compleja de su carrera policial: coordinar las tareas de protección de un senador estadounidense durante una visita oficial a Estocolmo. Tanto los atentados ocurridos recientemente en el país como la personalidad del político hacen que las autoridades teman que se vaya a producir una acción terrorista. El comisario Beck, por lo tanto, se enfrenta a este difícil caso entre presiones políticas, el acoso de los medios y la constante amenaza de un atentado terrorista, consciente de que un fracaso haría temblar los cimientos de toda Suecia. Los terroristas (Serie Martin Beck, 10) es la última novela escrita por Sjöwall y Wahlöö, pioneros de la literatura negra escandinava. Publicada en 1975, la corrosiva crítica social que rebosan sus páginas convierte esta magnífica obra en algo más que una mera historia policíaca. Esta novela es, sin duda, el mejor desenlace para una de las series más leídas de la historia de la literatura criminal. PRÓLOGO DE DENNIS LEHANE
Rosamund Pike en una imagen de la película 'Perdida'.
La muerte del cliché femenino en la novela negra
Las mujeres revolucionan el género y salen de los roles que las recluían en los papeles de víctima, psicópata, esposa o mujer fatal
Juan Carlos Galindo
Madrid, 25 de septiembre de 2019
Zoe Bennett, restauradora de arte, se ve envuelta en un robo de joyas en el museo en el que trabaja. Ha sido engañada pero reacciona y va a por quienes le han arruinado la vida. No es una mujer fatal, ni una psicópata, no está deprimida y se encuentra lejos de ser una víctima, como demuestra todo lo que sigue después en Una bala con mi nombre (Susana Rodríguez, Harper Collins), uno de los múltiples ejemplos que hay ahora en las librerías de que algo está cambiando en la novela negra. Siempre ha habido grandes escritoras en el género. Además, las mujeres leen mucho más y son la mayor parte del público de los festivales. Pero en la ficción han tardado en estar representadas más allá de ciertos clichés. Un grupo de escritoras han dado un giro a todo esto. Hablamos con algunas de ellas para explicar qué ha evolucionado y cuánto camino queda por recorrer.
Si bien esta novela fue publicada originalmente en 1966, ahora apareció una nueva edición con una excelente traducción del sueco a cargo de Enrique de Obregón.
Este es el segundo título de una serie de diez que protagonizó el inspector Martin Beck, de la Brigada Nacional de Homicidios de Estocolmo. Escritos por la pareja Sjöwal y Wahlöö, llevan vendidos en el mundo –según el folleto que acompaña al libro– cincuenta millones de ejemplares. La primera novela, Roseanna, se publicó en 1965 y RBA Libros quiso celebrar los cincuenta años del nacimiento de la colección editándola completa en castellano. O sea que estos dos escritores nórdicos –aunque varios de sus libros ya circularon en la Argentina hace muchos años – en la actualidad podrán llegar a ser tan conocidos como otros talentos del género policial de ese origen: Henning Mankel, Stieg Larsson, Jo Nesbø, Arnaldur Indridason, Ǻsa Larsson y Camilla Lackberg, entre otros.
Revolviendo entre el bolsillo de las librerías y después de abierto el apetito por el negro nórdico gracias al melancólico Wallander, descubro, como si de un galeón perdido en las profundidades se tratara, un pequeño tesoro del género; Un par de volúmenes que han viajado en el tiempo y conservan un interés que difícilmente despiertan hoy en día muchas novelas fabricadas con formularia artificiosidad. A no ser, claro está, los deudores de aquellos primeros exploradores, quienes no tenían miedo a romper ciertas reglas, las impuestas por el roman policier, y su mundo dividido en blanco y negro. Dentro de este círculo de valientes estaba una pareja sueca, tanto en la vida real como en las letras, formada por Per Wahlöö y Maj Sjöwall.
Todo artista está en deuda con aquellos que lo han precedido. Así es, lo quiera o no y tenga o no conciencia de ello. Ya sea que baile, juegue al fútbol o escriba libros, crea una prolongación del trabajo de los demás. Sin embargo, unas deudas son más significativas que otras pero hay quienes, por haberlas contraído, tampoco consiguen destacar.
Desde la tácita serenidad emanada por la península escandinava, nos es confiada la tercera entrega de las vicisitudes del detective Martin Beck. Los hechos tienen lugar en los silentes parques de Estocolmo donde la atmosfera tensa no es producto ni de ogros ni de lobos feroces. Un pedófilo anda suelto llevándose las bragas de las niñas como trofeo de sus crímenes. Las escasas piezas por juntar involucran los testimonios de dos peculiares personajes: un brutal atracador de poca monta y un niño de kínder que a duras penas ha aprendido a articular palabra. El detective y sus compañeros se ven de pronto envueltos en una peligrosa carrera contra la muerte donde las corazonadas y los instintos juegan un papel crucial en miras a triangular el rostro del asesino. Publicada originalmente en 1967, este relato es una breve exposición de las proezas de la fuerza policial que logró sobresalir, a la par, con suerte y trabajo arduo para proteger a un colectivo conmovido por los inesperados siniestros.
Cuando se cuenta la historia de la literatura policial, se suele decir que Poe inventó el género a mediados del siglo XIX, con tres cuentos protagonizados por Auguste Dupin -"La carta robada", "Los crímenes de la calle Morgue", "El asesinato de Marie Roget"-; su detective, paradigma de la razón en Occidente, era capaz de resolver casos sin necesidad de visitar la escena del crimen: le era suficiente el procedimiento deductivo. Los ingleses radicalizaron el modelo: desde Conan Doyle hasta Agatha Christie, triunfaron los hombres que confiaban en las "células grises" (Holmes, Poirot). En el siglo veinte, llegaron los norteamericanos con la novela negra: Chandler, Hammett y Cain trasladaron al detective de las grandes mansiones en la campiña inglesa a las calles de la ciudad corrupta. La razón ya no era suficiente, ahora valían los puños y cualquier otro artilugio violento para atrapar al criminal.
Traducción de Martín Lexell, Manuel Abella Martínez
Juan Jiménez García
21 de agosto de 2015
Martin Beck es un personaje curioso. No despierta especial empatía con el lector, no tiene una vida muy atractiva, su vida afectiva es un desastre, su estómago no invita a elevados gustos gastronómicos, no le va el humor y sus relaciones con superiores e inferiores son igual de frías que el tiempo en aquella región del mundo, Suecia. Beck es un policía desapacible, de vida gris y monótona, que solo despierta (a su manera) cuando está con alguna investigación. Y tal vez ni entonces, porque los crímenes en aquel país del mundo, los crímenes que el investiga, suelen ser igual de desapacibles. No es un antihéroe, porque las novelas de Maj Sjöwall y Per Wahlöö carecen de ellos como carecen de héroes. Es un hombre.
En Suecia, ese paraíso soñado, las cosas no son ninguna maravilla. Estamos a finales de los años sesenta y ellos son una pareja de escritores de ideas izquierdistas. Esas ideas atraviesan todos sus libros, de una manera u otra (aunque Jonathan Franzen exagera, y de qué modo, en el prólogo… tal vez sea una cuestión geográfica). Llueve. Nieva. Una noche aparecen nueve personas muertas en un autobús. La matanza es histórica y entre los muertos se encuentra un policía. Pero ¿qué hacía ahí ese policía? Es navidad. Una bonita época para ir de aquí para allá, para que los días pasen sin ningún resultado. Sjöwall y Wahlöö son los grandes creadores de “tiempos muertos” de la novela negra. Sí, todo avanza inexorablemente, aunque se les antoje inmóvil incluso a sus propios protagonistas. Siempre compartimos esa desazón de estar llegando a punto muerto, hasta que algo ocurre, algo mínimo, fruto más del trabajo que de la inspiración.
A las once de la noche del 13 de noviembre de 1967 se produce la mayor matanza de la historia de Suecia; un hombre armado con una metralleta asesina a todos los pasajeros de un autobús. Estamos ante el cuarto caso del comisario Martin Beck; El policía que ríe (1968). Entre los pasajeros asesinados se encuentra Strenströn, uno de los subordinados de Beck, que, armado y fuera de servicio, viajaba en el autobús sin que nadie sepa por qué. Apenas dos meses antes, los autobuses han sustituido a los tranvías en Estocolmo y se ha adaptado la circulación por la derecha.
Un sueco de verdad, Ekström, que compartía habitación conmigo en la residencia universitaria, fue quien me dio a conocer este libro. Me regaló una edición barata, de bolsillo, en cuya portada aparecía la foto cutre de un individuo enfundado en una gabardina, que lucía gafas de sol de estilo mod y apuntaba a la cara del lector con una ametralladora. Esto sucedió en 1979. Por entonces, yo sólo leía gran literatura (Shakespeare, Kafka, Goethe) y aunque podía perdonar a Ekström por no advertir que me había convertido en una persona seria, lo cierto es que no sentí ni el más mínimo interés por leer un libro con una portada tan escabrosa. Sólo al cabo de muchos años, una mañana que estaba en cama, enfermo y demasiado débil para enfrentarme a Faulkner, Henry James y gente por el estilo, volví por azar a echar mano al libro. En esa época, y o estaba casado con una mujer que también se dedicaba a escribir, e invertía buena parte de mis energías en la obsesiva tarea de evitar resfriados, hasta tal punto que me lavaba las manos de forma compulsiva y llegué a inventar un pequeño gesto privado, para recordar a mi mujer que antes de llevarse las manos a los ojos debía limpiarlas de gérmenes. La razón de todo esto era que cada vez que cogía un catarro era incapaz de escribir y de fumar, y cuando era incapaz de escribir y de fumar no lograba sentirme inteligente, puesto que sentirme inteligente constituía mi única defensa frente al mundo. Pues bien, ¡qué consuelo más perfecto resultó ser El policía que ríe! Después de conocer al comisario Beck perdí para siempre el miedo a los catarros (y mi mujer, a su vez, dejó de sentir miedo ante mi malhumor, cada vez que cogía uno). Y es que, desde ese momento, los catarros quedaron asociados al lúgubre y divertido mundo de la policía criminal sueca. Diez eran, en total, las novelas negras de Martin Beck, todas ellas dignas de ser leídas de cabo a rabo durante el peor día de dolor de garganta. Mi entrega favorita, la que leía más a menudo, era El policía que ríe. Sus autores, el feliz matrimonio de Maj Sjöwall y Per Wahlöö, conseguían casar en ellas la satisfactoria sencillez de la novela de género y el aliento tragicómico de la gran literatura. En sus libros el bello y hábil trabajo de la investigación detectivesca se combina con poderosas y puras evocaciones del tipo de sufrimiento que tanto ansia la gente con dolor de garganta.
Maj Sjöwall: «Me aburre la literatura policíaca actual»
Vis Molina
8 de febrero de 2013
Maj Sjöwall
Desde que perdió a su compañero vital y literario, el sueco Per Wahlöö (1926-1975), esta septuagenaria con look de hippy nostálgica cuyo apellido imposible se pronuncia como caballo en francés, «cheval», no pudo volver a escribir novela negra. «Entre los dos todo era muy fácil (confiesa sonriente). Nos sentábamos frente a frente y pasábamos horas inventando la trama, dibujando los personajes, imaginando como serían los crímenes que íbamos a narrar y dónde aparecerían los cadáveres. Luego, en tres meses escribíamos la novela». El caso es que el afamado periodista Wahlöö y Maj Sjöwall (Estocolmo, 1935), traductora de profesión, ambos militantes del Partido Comunista sueco, decidieron un buen día de 1964 que había llegado el momento de denunciar la corruptela política (tan de actualidad en estos momentos) y la violencia de un sistema democrático que recurría sistemáticamente a la guerra y escogieron el vehículo de la literatura para poner por escrito sus quejas en forma de novela negra. La primera de ellas, Roseanna, publicada en su país en 1965 con gran éxito de crítica y una magnífica acogida entre el público, los convirtió en los grandes renovadores de ese género en los países escandinavos y marcó las directrices de la nueva narrativa policíaca que se escribiría a partir de entonces.
Miguel Roig y Maj Sjöwall durante la entrevista. FOTOS: Carmen Secanella.
Maj Sjöwall
"La izquierda ha claudicado"
La escritora sueca cuenta cómo escribió junto a Per Wahlöö las diez novelas que revolucionaron el género negro en Europa.
14 de febrero de 2013
Maj Sjöwall (Estocolmo, 1935) junto a su compañero Per Wahöö (Gotemburgo, 1926 – Estocolmo, 1975) ha escrito una obra única que revolucionó el género negro europeo. Diez novelas en las que a través de un personaje, el inspector de policía Martin Beck, se puede asistir al derrumbe del sueño socialdemócrata, a la claudicación de una izquierda posible que aún despierta en muchos la sensación de paraíso perdido. Sjöwall ha estado en Barcelona para recibir el Premio Pepe Carvalho que otorga BCNegra y presentar la traducción al español de Los Terroristas, la novela que cierra el ciclo de Martin Beck.
Diario Kafka: El inspector Martin Beck es un hombre solitario al que no le gustan las armas, está en una actitud reflexiva permanente, le interesan más las calles que los despachos. Se parece más a un periodista que a un policía, ¿usted está de acuerdo con esto?
Maj Sjöwall: No. Él es un funcionario, no es un policía en realidad, no es un policía de vocación, pero de joven empezó a trabajar para la Policía porque todos los jóvenes tenían que hacer el servicio militar, y él no quería usar armas ni ir a la guerra, porque era joven durante la Segunda Guerra Mundial. Si trabajabas como policía evitabas ir al Ejército. Pero hay tres comisarías de policía de Estocolmo que pensaban que eran el modelo en el que nos inspiramos para Martin Beck. Así que desde mi punto de vista, era muy realista como modelo.