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miércoles, 22 de octubre de 2025

Cuando Delibes rechazó el Premio Planeta y a Umbral el Premio Planeta lo rechazó


Cuando Delibes rechazó el Premio Planeta y a Umbral el Premio Planeta lo rechazó

Miguel Delibes y Francisco Umbral forman parte de la historia del Premio Planeta sin haberlo ganado nunca


Miguel Pérez Pichel
18 de octubre de 2025

Antes de que el Planeta lo ganaran los Juan del Val y las Sonsoles Ónega, hubo un tiempo cada vez más lejano en que el millonario y más prestigioso premio literario del mundo de habla hispana lo ganaban escritores de la talla de Ana María Matute, Torcuato Luca de Tena, Ramón J. Sender, Juan Marsé, Manuel Vázquez Montalbán o Gonzalo Torrente Ballester.

jueves, 6 de julio de 2017

Francisco Umbral / Contra Corín Tellado


Corín Tellado

Contra Corín Tellado



"Los escritores de la América que escribe castellano se han quedado a mitad de camino: piensan en anglosajón y escriben en español, o quizá a la inversa, en un plano más profundo."
Francisco Umbral

"Si lo de Clarín era provincianismo asturiano, lo de los hispanoamericanos es provincianismo cósmico."
Francisco Umbral


FRANCISCO UMBRAL
5 SEP 1981

Cuando sólo venía Borges por aquí, como perdido en su ceguera, ciego en su perdidumbre, preguntaba siempre y únicamente por Cansinos-Asséns, de quien había de deducir, siquiera por la cronología, que estaba muerto:

-¿Qué le parece el Nobel a Juan Ramón, maestro?
-Bien, bien, pero ¿y Cansinos?
-Qué le parece el Nobel a Aleixandre, maestro?
-Bien, bien, pero ¿y Cansinos?

domingo, 22 de febrero de 2015

Francisco Umbral y su padre, novela real

Francisco Umbral

Francisco Umbral y su padre, novela real

La ausencia del padre marcó la obra del autor de 'Mortal y rosa'

Ahora, EL PAÍS le identifica como el abogado Alejandro Urrutia


Alejandro Urrutia (izquierda), padre de Umbral, junto a su otro hijo, Leopoldo de Luis.
Francisco Umbral escribió 110 libros y 135.000 artículos, y casi todos en torno a él. Según su biógrafa Anna Caballé es el autorretrato más largo de la historia de la literatura española. Cuando Umbral acabó, nadie sabía sus apellidos ni su fecha de nacimiento.
El escritor fue el resultado de dos heridas: la ausencia del padre y la ausencia del hijo. Hubo una tercera, voluntaria, que consistió en su propia disolución. “Llevamos la verdad por fuera, la carne, y la máscara por dentro”. Umbral sabía, y lo que no sabía lo inventaba, pero lo que no permitía es que los demás supiesen; sobre ese vacío construyó su vida, y cuando se cansó de su vida empezó con su obra. Él mismo avisa: “He vivido el mundo intensamente, pero literariamente”.
—Todo empieza —dice Jorge Urrutia frente a un ventanal del Gijón— cuando Umbral y el poeta Leopoldo de Luis se conocieron en Madrid, a mediados de siglo, en medio del bullicio de la época. El poeta Leopoldo de Luis era mi padre.
En La noche que llegué al Café Gijón Umbral escribió: “Leopoldo de Luis —el mínimo y dulce Leopoldo de Luis, se llegó a decir en la tertulia—, era de ojos pequeños y maliciosos, nariz grande, boca inexistente, rostro un poco rojizo, fácilmente alegrado y subido de color de la risa, y venía de sus oficinas de seguros lleno de versos, de cultura, de conversación, de chistes malos y poemas buenos. Escribía una poesía en la música de Miguel Hernández, hecha de humanidad y socialismo, con gran sentido del verso, gran ductilidad lírica y una melodía grata y honda, monótona y cierta, que daba gran calidad a todo lo suyo”.

Francisco Umbral, el estilo como venganza

Francisco Umbral según Astromujoff

Umbral, el estilo como venganza

Tenía un ángel lírico, libre y violento en cada yema de los dedos con que machacaba la Olivetti. Se le hurtó la Academia y se desquitó escribiendo mejor que ninguno


Francisco Umbral, en una imagen de 2000. / RAÚL CANCIO
Como tantos otros, el joven provinciano llegó a Madrid a principio de los años sesenta del siglo pasado con la idea obsesiva de construirse como escritor. Era alto, pálido, con una muesca carnosa en la mejilla. Traía de Valladolid la voz profunda y la cadencia rítmica en el oído de innumerables poetas leídos mientras trabajaba de botones y oficial de tercera en un banco. Tenía una pequeña experiencia de periodista de radio en una emisora de León y lo demás eran recuerdos de paseos de adolescencia con los compañeros en mañanas de domingo por el parque de Campo Grande hablando de versos, mirando a las chicas inasequibles de la burguesía que salían de misa. En el subconsciente le había quedado la herida oscura de una infancia lacerante que se esforzaba en olvidar hasta que al final logró convertirla en literatura. Desde El Norte de Castilla, Miguel Delibes le había dado la bendición antes de partir a la aventura, era su neófito predilecto, sin duda el más dotado para hacer bailar las palabras a su antojo. Umbral escribe con la facilidad con que mea, dijo Delibes. Era un elogio. En algún caso de desánimo, Francisco Umbral siempre se sintió amparado por la sombra benévola de aquel tótem, probablemente al único que respetó.
En Madrid, el joven provinciano rindió la primera visita al inevitable Café Gijón, gabarra de náufragos hambrientos de gloria y alimentados con arenques, una botillería que durante muchos años sería su baluarte y rampa de lanzamiento. Hubo un primer itinerario por la Pequeña Aula de poesía del Ateneo para medirse como poeta, por la boca de la manguera del ministerio de Fraga donde manaban unas pocas monedas, por la cafetería de Cultura Hispánica para ligarse a alguna extranjera llevándosela al Prado, al Mesón del Segoviano y después al huerto. Durante esta travesía de Madrid, que sería su primera y mejor novela, comenzó a derramarse en artículos que sembraba en cualquier papel que los aceptara, sin ideología alguna, ni roja ni azul, que no fuera la de apacentador de verbos y adjetivos. Ante todo ritmo y sonido. Como Sinatra, yo no vendo voz, vendo estilo, decía. Quería ser escritor por dentro y por fuera. Pasaba media jornada alimentando su figura y la otra media destruyéndola. De esta forma, al final se fabricó la imagen de escritor romántico e inactual con el abrigo muy largo de terciopelo negro entallado y el complemento anglosajón de la bufanda roja hasta las rodillas, un Baudelaire, un Marcel Proust, un Oscar Wilde, según la moda de temporada.

Francisco Umbral / Minifaldas



Minifaldas

FRANCISCO UMBRAL 25 OCT 1987


Si la moda es un lenguaje, la minifalda es un signo y un generador de lenguajes. Según los últimos boletines de la moda (nuestras madres decían "figurines"), la minifalda tiene más futuro que pasado, con haber tenido mucho pasado.La minifalda, sí, genera un nuevo lenguaje del cuerpo femenino, pues que obliga a la mujer a distintas actitudes, posturas, opciones, según que pretenda mostrar u ocultar cosas mediante la minifalda. El pudor es un concepto en desuso, un concepto burgués que escandalizaría a Sartre, pero debemos decir que el pudor/ impudor no está nunca en la prenda, sino en quien la lleva. (Quede esto al margen de extemporáneas consideraciones morales.) La clámide era austera u obscena según y cómo (en mujeres y hombres). Las heroínas de La Regenta pueden ser impúdicas con polisón, hacer del polisón una impudicia, y cualquier obrera adolescente de Vallecas puede quedar inocente y natural con la minifalda vaquera. El pudor (ese revés del afán exhibicionista de la especie) no es una tendencia de los modistos, sino una tendencia del ser humano. La impudicia femenina genera lenguajes sexuales y la impudicia masculina genera lenguajes de poder o de violencia. Patadas en los ijares, que más o menos diría mi entrañable y asombroso Manuel Vicent. Toda prenda, nueva o habitual, no es resultado de una conducta social, sino que la impone. La genera. A uno le basta con ponerse corbata para ser más fino con las damas y más elogioso con los caballeros. (Y perdón por el perfume burgués de todo el lenguaje de esta columna.) A ellas les basta con ponerse la minifalda para ser más ellas.
La minifalda, en principio, alarga las piernas a todas las mujeres, es un beneficio general y, por tanto, democrático. Pero el lenguaje último de la minifalda, su sintaxis hermética, reside, claro, en las profundidades. La mujer, gracias a la minifalda, es dueña de mostrar u ocultar el triángulo mortal de la lencería secreta. La fascinación de la mini no está en su brevedad, sino en que es una frontera movible. A las heroínas de Galdós y de Sancha les bastaba con mostrar o no mostrar un tobillo al subirse al tranvía de mulas. El tobillo era el muslo de 1900. Quiere decirse que la minifalda, como la democracia, permite a cada una hacer lo que quiera con su cuerpo (ahora hay o ha habido en Madrid un curso sobre el cuerpo, nietzscheano tema del milenio, con Baudrillard, Verdú, Sontag, Barnes, Juan Cruz y más personal, en el Círculo de Bellas Artes). Y no sólo a la mujer, sino también al hombre, porque, cuando ella lo muestra todo, a uno le queda la libertad de mirar o no mirar. De modo que la minifalda no sólo las emancipa a ellas, pero también a nosotros. Cenamos los de esta casa en torno de Augusto Delkáder, que ha sido mi señorito mucho tiempo. Entre las mujeres del periódico me gustaría hacer un muestreo atuendario, desde mi entrañable y eternapequeñita Rosa Montero hasta la brillante Maruja Torres, pasando por Sol Gallego Díaz, hija de un amigo y maestro del exilio, con quien tanto viví y morí, y que me inició nada menos que en Proust. Las mujeres que han llegado al poder periodístico ¿exhiben la minifalda como una bandera de emancipación femenina / feminista, a la manera de la legendaria quema de sostenes? La mujer llega más lejos cuando es más libre. La minifalda libera el discurso del cuerpo. Pero la española ha luchado tanto por su libertad que ya ni siquiera necesita abanderarse con una minifalda. Podría, sin perder terreno, hasta volver al polisón.