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jueves, 14 de agosto de 2025

Murasaki Shikibu / La novela de Genji / Prólogo de Harold Bloom


Foto de Triunfo Arciniegas

Murasaki Shikibu
La novela de Genji

Prólogo de Harold Bloom


    Cuando toco el koto para mi propio solaz, bastante mal, por cierto, en la brisa fresca del anochecer, me preocupa que alguien pueda oírme y advertir que no hago más que «sumarme a la tristeza general». ¡Ay de mí! De modo que ahora mis dos instrumentos, el de trece cuerdas y el de seis, permanecen en un pequeño cuarto miserable y negro de hollín, pero siempre con las cuerdas a punto. Debido a mi negligencia —olvidé, por ejemplo, hacer retirar los puentes en los días lluviosos—, han acumulado polvo y reposan entre el armario y un pilar.

viernes, 15 de mayo de 2020

El desorden de leer 1 / Bloom y Calvino tras el demonio de los clásicos

El escritor y crítico literario Harold Bloom.
Harold Bloom

EL DESORDEN DE LEER 1

Bloom y Calvino tras el demonio de los clásicos

El crítico estadounidense y escritor italiano son dos grandes guías para saber qué no hay (todavía) en sus bibliotecas


Juan Cruz
20 de marzo de 2020


Harold Bloom escribe sobre sus clásicos con la pasión desenfadada con la que Pauline Kael escribía sus críticas de cine. Su libro Cómo leer y por qué leer no aspira a ser un canon (ya había hecho El canon occidental, también en Anagrama), sino una carta de batalla sobre sus sucesivas pasiones, entre las cuales están en lo más alto William Shakespeare y Miguel de Cervantes. Italo Calvino (Por qué leer a los clásicos, Siruela) tiene las herramientas del periodismo editorial, o al menos la misma posibilidad de despachar su escritura con los mecanismos de las contraportadas, pero es mucho más complejo, menos entretenido, excepto cuando explica, precisamente, qué son los clásicos.

jueves, 31 de octubre de 2019

Muerto Bloom, se acabó el canon

 

Harold Bloom

Muerto Bloom, se acabó el canon

La desaparición del crítico literario estadounidense, guardián de las esencias, reaviva el debate sobre la recuperación de creadores marginados en todas las artes durante siglos


Andrea Aguilar / Carlos Geli
Madrid / Barcelona, 24 de octubre de 2019







Muerto Bloom, se acabó el canon
MIGUEL ÁNGEL CAMPUBRÍ.

Viene de antiguo: Lisipo y su sistema de proporciones —que establecía la medida de ocho cabezas como ideal de belleza en la reproducción escultórica de un cuerpo en Grecia—, vino a corregir, o a prolongar si se quiere, a su antecesor Policleto. Este escribió un tratado, perdido, titulado Kanon, con el que dio nombre a un concepto que hoy está siendo rebatido desde todos los frentes.
Algunas artes se prestan mejor a quedar regladas que otras, pero lo cierto es que las normas e ideales que entraña un canon son inseparables del debate. ¿Quién establece las normas? ¿Qué queda en los márgenes de esas medidas artificialmente construidas? La revisión, implícita en estas preguntas, sacude hoy por ejemplo a museos, que empiezan a desempolvar y recolocar obras soslayadas, tratando así de remediar la exclusión e invisibilidad que han padecido las mujeres. Buen ejemplo de esto es la exposición inaugurada esta semana en el Museo del Prado, Historia de dos pintoras: Sofonisba Anguissola y Lavinia Fontana. Pero lo mismo podría decirse de catálogos editoriales, o de programación de orquestas que se suman al intento de entablar una conversación más diversa y completa con su público.
El pasado 14 de octubre, las novelistas Margaret Atwood y Bernardine Evaristo recibieron el Premio Booker, el galardón más importante de la literatura en lengua inglesa, que por primera vez se repartía entre dos ganadoras. Ese mismo día falleció el legendario catedrático de Yale y ensayista, Harold Bloom, y no faltaron las voces que señalaron cierta ironía en la coincidencia. Quizá más paradójico podría resultar el hecho de que este eminente defensor de la tradición tenga un innegable componente pop: si hubiera un crítico en la serie Los Simpson, ese sería Bloom. Sus listas de autores imprescindibles también marcaron el principio de la interminable cultura de las listas en la que vivimos.
Aquello arrancó en los noventa, cuando Bloom logró sacar de bibliotecas y aulas densas discusiones académicas y colocar estos asuntos entre los libros más vendidos con su monumental El canon occidental. Incluía a mujeres, sí, y también dejaba a los clásicos y añadía listas de contemporáneos. Nunca cejó el viejo profesor de Yale en su empeño por defender que la literatura no debe ser tratada como un documento social, ni valorada por su contenido político o histórico; su baremo, por el contrario, debe regirse, sostenía, por criterios estéticos. Más que herramienta para comprender el mundo, la literatura era entendida como un arma para el conocimiento del individuo.
“La literatura no es un depósito de buenas intenciones, sino que trata de la relación entre vida y muerte, violencia y pasividad. No hay buenas causas en la literatura, otra cosa es que los escritores las adopten”, señala al teléfono la crítica y profesora argentina Nora Catelli. “Pero la llegada de los cuestionamientos planteados desde la lectura de las minorías, de género, de la crítica de la subalternidad dejan claro que la lista de libros imprescindibles no da lugar a la inclusión de otras miradas”. ¿Ha perdido el canon su fuerza? ¿Tiene sentido la mera idea de un canon? “Yo no creo que haya una sola literatura, desde luego no en castellano; nuestras literaturas se dividen y no tienen por qué encontrarse. El canon es un espacio de debate, no es otra cosa. Y la poca inclusión de mujeres es algo que atraviesa todas las discusiones”, apunta Catelli. “Sobre esto tengo varias opiniones y todas contradictorias. La autoría de mujeres en la tradición occidental se remonta a la Edad Media, no solo en literatura, sino en páginas iluminadas aparece la firma de mujeres, así que la tradición occidental sería la menos patriarcal de todas”.
Cargó Bloom contra lo que calificó como “la escuela del resentimiento”, tratando de combatir lo que percibía como una banalización y erosión de los estudios de literatura, que, ya en los años setenta, pensaba que acabarían fagocitados por la etiqueta de estudios culturales u orillados como algo minoritario y hasta cierto punto irrelevante. “Quizá se equivocó y dejó cosas fuera, pero su libro es literariamente indiscutible”, apuntaba la semana pasada en la Feria de Fráncfort Jorge Herralde, editor del crítico en España. “Su labor fue sencillamente brutal y discutirlo es, como poco, curioso; su capacidad de indagación y síntesis es inusual”. Del polémico libro Anagrama ha vendido ya 43.000 ejemplares desde 1994, y ya está en marcha la undécima edición.
El catedrático de Literatura Comparada Jordi Llovet, autor de La literatura admirable —su canon particular— defiende la postura de Bloom: “Ha sido uno de esos intelectuales norteamericanos que no ha tenido reparos en subrayar lo que han afirmado todas poéticas y estéticas del hecho literario: con independencia del color de la piel o del sexo, de que uno sea ciego o vidente, borracho o abstemio, negacionista o activista contra el cambio climático, lo que debe primar en la consideración de una obra literaria es su calidad, no quién lo ha escrito”.
Marco Roth, crítico y fundador de la revista N+1, responde también sobre Bloom y su canon: “El interés crítico y académico de Bloom estaba enfocado en las cuestiones en torno a la originalidad. Siempre es necesario que haya un contexto o un terreno en el que surja algo nuevo. Por eso la idea del canon era clave en su pensamiento, pero para Bloom esto no iba de construir vallas o fronteras, como se entiende hoy, sino que daba nombre a un cuerpo o microcosmos del que escritores o críticos podían salirse como originales, o simplemente seguirlo”.
Harold Bloom, como atestigua su ensayo, La ansiedad de la influencia, aplicó principios freudianos al estudio de la literatura, en concreto de la poesía, tratando de desentrañar quién mataba a qué padre, qué lecturas e influencias estaban latentes. Quizá, como apunta el crítico literario de la revista The New Yorker, James Wood, Bloom, que ensalzó como genialidad absoluta los soliloquios de los personajes de Shakespeare, que van alterando sus acciones porque escuchan sus propias palabras, falló a la hora de hacer esto mismo. O quizá estos sean malos tiempos para los cánones, la autoridad está siendo discutida, la propia autoridad pierde peso. Esa es la reflexión del profesor de literatura hispánica y editor de Gallimard, Gustavo Guerrero: “Bloom fue como la lechuza de Minerva que sale a volar cuando cae la noche: el humanismo moderno habla con premisas modernas y estas, en 1994, estaban siendo cuestionadas. Bloom fue el último testigo de esa era: ese tiempo que refleja su libro ha terminado; hoy ya no podría levantarse un canon como ese”.





“NO SOY PARTIDARIO DE LA FICCIÓN ESQUIMAL LÉSBICA”


La importancia de determinar qué lecturas son esenciales y quién figura en el canon tiene una relevancia capital en las aulas. Al comienzo de su carrera, Harold Bloom reivindicó a los poetas románticos en los programas universitarios frente a la corriente modernista, muy en boga en ese momento. El resto de sus peleas y provocadoras declaraciones —“no soy partidario de la ficción esquimal lésbica”, escribió en el diario británico The Times—, también estaban en buena parte motivadas por su preocupación por lo que se enseñaba. “Hay que enseñar lo más difícil y transmitir esto puede ser canónico. Las exigencias pueden parecer autoritarias porque inevitablemente hay una necesidad de jerarquizar”, explica Nora Catelli, que ha impartido clase hasta el año pasado de Filología Hispánica en la Universidad de Barcelona. “Decir que no hay jerarquías es como decir que no eres político. Si no crees en la jerarquía, crees entonces en las leyes del mercado, y si dices no ser político probablemente eres de derechas”.
La traductora y crítica literaria argentina considera que ha habido un cambio en la universidad en establecer cánones, en parte porque se incluyen “las últimas novedades” en los programas. “La universidad no debe renunciar a ser el espacio donde discutir de lo más difícil a lo más fácil, eso que ya puedes leer por tu cuenta; hay que aprender a aburrirse porque del tedio surge el conocimiento”. Los alumnos de Bloom cuentan que el viejo profesor, gesticulante, prodigiosamente culto y dramático dejaba poco espacio para el tedio. Sobre él pesaron acusaciones de acercamientos improcedentes. “Vi cómo apreciaba a las estudiantes más guapas de la clase”, anota el editor Marco Roth. ¿Fue un depredador? Roth no lo sabe.



Muere a los 89 años Harold Bloom, el más influyente crítico literario

Harold Bloom


Muere a los 89 años Harold Bloom, el más influyente crítico literario

Ante las críticas por su desafección por las minorías, el autor de 'El canon occidental' defendía la superioridad de escritores blancos como Shakespeare y Cervantes


Eduardo Lago
15 de octubre de 2019

Harold Bloom, posiblemente el crítico literario más importante e influyente de nuestro tiempo, falleció ayer lunes en un hospital de New Haven (Connecticut), en las inmediaciones de la Universidad de Yale, donde ocupaba la Cátedra Sterling de Humanidades, a los 89 años. Tras más de seis décadas de dedicación ininterrumpida a la enseñanza, el profesor Bloom, incluso cuando le flaqueaba la salud, quiso seguir pisando las aulas de Yale hasta el final. Hubo ocasiones en que la universidad fletó medios de transporte para que sus alumnos pudieran escucharle en su domicilio. Dictó su última clase el jueves de la semana pasada, según declaró su esposa, Jeanne, a The New York Times, cuando confirmó su muerte.

Harold Bloom / Genealogía de la creación


Harold Bloom

Genealogía de la creación

El canon poético de Bloom es muy anglocéntrico, muy espíritu nacional norteamericano, muy egolátrico, muy sabio y también, en ocasiones, muy hijo de la moda deconstructiva


ANGEL RUPÉREZ
26 de octubre de 2016




Genealogía de la creación

Harold Bloom (1930) publicó en 1973 su principal libro teórico, La angustia de las influencias, donde sostenía, básicamente, que la poesía nace de la poesía y que un autor nuevo es fuerte (strong) si es capaz de digerir las inevitables influencias de los autores precedentes, dotándolas de un sello inconfundiblemente propio. ¿Cómo se hace eso? Después de marear mucho la perdiz, en El canon occidental (1994) lo dice a las claras, con vieja fórmula (romántica): con fuerza interior, con experiencia propia. Desde entonces, Bloom no se ha apeado de esa idea y no hay libro suyo que no la convierta en la espina dorsal de su argumentación.

martes, 16 de agosto de 2016

Hans Christian Andersen / Doscientos años después

Hans Christian Andersen


HANS CHRISTIAN ANDERSEN
200 AÑOS
DESPUÉS
Por Harold Bloom
Traducción de Laura Emilia Pacheco

Con increíble frecuencia, los buenos cuentos infantiles se remiten a orígenes más o menos turbios, y el gran autor danés no fue, desde luego, la excepción. Según Bloom, su vida sexual, muy en particular, fue bastante problemática

Muchos estadounidenses todavía leen los cuentos de hadas de Hans Christian Andersen —ya sea cuando son niños o bien cuando se los leen a sus hijos—, pero tienden a confundirlo con el soñador afable interpretado por Danny Kaye en una película biográfica no muy precisa. El verdadero Andersen compuso una gama extraordinaria de historias, tanto dirigidas a lectores adultos como a niños.

Andersen nació el 2 de abril de 1805 en Odense, un pueblo pobre cerca de Copenhague. Su familia era muy humilde y su padre putativo, zapatero. Las duras circunstancias obligaron a su madre, que lavaba ropa ajena, a ejercer algo parecido a la prostitución.

martes, 9 de diciembre de 2014

Harold Bloom / “Todos los días recibo correos con el mismo lamento: ‘Leemos basura”

Harold Bloom


“Todos los días recibo correos con el mismo lamento: ‘Leemos basura”

A sus casi 85 años, Harold Bloom sigue siendo un coloso entre los críticos


Valerie Miles
New Haven, 9 diciembre de 2014




El crítico literario Harold Bloom en su casa de New Haven.Ampliar foto
El crítico literario Harold Bloom en su casa de New Haven. PASCAL PERICH

A sus casi 85 años, Harold Bloom sigue siendo un coloso entre los críticos, aún pleno de la floreciente excentricidad y del genio legendario que lo ha erigido en uno de los pocos eruditos célebres de nuestro tiempo. A pesar de su mala salud de hierro, acaba de entregar a sus editores un libro sobre lo sublime en Estados Unidos que se publicará en primavera: The Daemon Knows: Literacy, Greatness and the American Sublime (El daimon sabe: alfabetización, grandeza y sublimidad en Estados Unidos) que coincidirá en España con la edición de Poetas y poesías (Páginas de Espuma). Está enfrascado también en otro ensayo sobre Shakespeare, tema de uno de sus libros más renovadores, Shakespeare, la invención de lo humano.
Bloom, “secularista con inclinaciones gnósticas”, persiste en el asedio permanente al modo en que la influencia se ejerce en la literatura de imaginación, y la idea de que bulle entre el conflicto y la tensión. Mucho más que dispuesto a comentar el estado de la crítica literaria actual que su propia obra, recibió a EL PAÍS en su hogar en New Haven, Connecticut.



No creo que en la literatura actual haya nada radicalmente nuevo

La presencia de Bloom ha sacudido profundamente las torres de la academia, a pesar de haber cumplido ya su sexagésimo año en la Universidad de Yale, en su “departamento de una sola persona”. “Dejé el departamento de Literatura Inglesa y me convertí en profesor Sterling del departamento Bloom en 1976”, recuerda. Desde esa atalaya ha levantado una fortaleza en torno a El canon occidental, una de sus obras más influyentes, contra los usurpadores de la primacía estética: críticos marxistas, feministas, historicistas de nuevo cuño, todo aquel que lea un poema como documento social o mezcle política o ideología con la literatura. Denomina “escuela del resentimiento” a esta lectura tendenciosa, y a sus practicantes, pues sostiene que la lectura “cuidadosa y escrupulosa, desinteresada” es un arte que agoniza.




BIBLIOGRAFÍA SELECCIONADA


Cómo leer y por qué (Anagrama, 2000).
El futuro de la imaginación (Anagrama, 2002).
El canon occidental: la escuela y los libros de todas las épocas (Anagrama, 2005).
Jesús y Yahvé (Taurus, 2006).
Cuentos y cuentistas. El canon del cuento (Páginas de Espuma, 2009).
Ensayistas y profetas. El canon del ensayo (Páginas de Espuma, 2009).
Anatomía de una influencia (Taurus, 2011).

Jeanne, su esposa, estaba el día del encuentro en la cocina y Bloom se sentó ante una gran mesa de madera, un tanto quebradizo, con una taza infantil de agua y el andador a su vera.
A la pregunta sobre la erosión de la lengua en la era de Internet, que redefine a los reseñistas y redactores de bitácoras autodenominados críticos, responde: “La mayoría de los que se llaman a sí mismos poetas sólo son versificadores. Y la mayoría de los que se llaman a sí mismos críticos no lo son de ningún modo, se trata de periodistas, o de ideólogos o propagandistas”. Bloom cita el doctor Johnson: “Sigue siendo el mayor crítico literario de Occidente y mi héroe: la función de la verdadera crítica es enaltecer la mera opinión en conocimiento. No me interesa la gente que ostenta una opinión sin conocimiento”.
¿Y qué hace a un verdadero crítico? “Un profundo conocimiento de la filología, del griego y del latín, del provenzal y del hebreo, además de las lenguas romances, y la historia del idioma inglés. La gente ignora estas cosas, y no parecen preocuparles. Le digo a mis alumnos que se aíslen cuando un poema o un pasaje de prosa los encuentre o los enaltezca hasta el conocimiento, y lean en voz alta, canten hasta que lo posean, lo hagan suyo de memoria. Ese es el verdadero conocimiento en el campo de la literatura. La memoria es en verdad la madre de las musas. Nunca he escrito un poema porque no puedo olvidar que yo mismo soy una encarnación de la memoria”.


Soy un profesor, y estoy muy agotado, pero no voy a retirarme”

Las personas parecen estar buscando heraldos de lo nuevo, comisarios del conocimiento verdadero, pero el comercio parece preferir otra cosa, ¿estamos viviendo el ocaso de las humanidades, de los periódicos y las revistas serias? “Todos los días recibo correos electrónicos de personas de todo el mundo y su lamento es el mismo: ‘leemos basura”. ¿Así que un crítico verdadero es una suerte de profeta y acaso asistamos a una inminente edad en que los profetas vuelvan? “Los buenos lectores saben por instinto quién es y quién no es un crítico. Hay millones de personas que me llaman maestro, lo cual es una lección de humildad, pero comprendo lo que quieren decir. Para mí la enseñanza, la lectura y la escritura son tres nombres de una sola actividad. Soy un profesor, y estoy muy agotado, pero no voy a retirarme. Bloom se levanta una vez más y se excusa, arrastrando los pies por el pasillo en su andador hasta el cuarto de baño: "Estoy sometido a diálisis", dice casi en tono de disculpa. Pregunto sobre el pensamiento mágico en la literatura: “Es una modalidad distinta de la poesía, pero es poesía. Lo más polémico que he dicho o escrito ofende a los ortodoxos de la fe, ya sean cristianos, musulmanes o judíos, y es que Yahveh, Jesús y Alá, son personajes literarios. Y por ello la noción de matar a la gente en nombre de un personaje literario es una obscenidad. Pero lo hacemos, eso es lo que está pasando en la actualidad sin cesar en Siria e Irak, en Palestina”.


En primavera se publicará en España su libro 'Poesía y poetas'

Sobre el estado de la literatura dice: “No me parece que en la literatura contemporánea, ya sea en inglés, en Estados Unidos, en español, catalán, francés, italiano, en las lenguas eslavas, haya nada radicalmente nuevo. No hay grandes poetas como Paul Valéry, Georg Trakl, Giuseppe Ungaretti y mi predilecto entre los españoles, Luis Cernuda, o novelistas como Marcel Proust, James Joyce, Franz Kafka y Beckett, el último de la gran estirpe. Borges era fascinante, pero no un creador”. ¿Y qué piensa de la obra de Bolaño, con el que mantuvo correspondencia? “Hay algo ahí, ya veremos. Tuvimos nuestras diferencias, aunque dijo que ejercí influencia sobre él. Algunos de los poetas sudamericanos son muy vigorosos, ése que es incluso mayor que yo, Nicanor Parra. Y Vallejo es un poeta notable. Y, por supuesto, Octavio Paz, un escritor muy vigoroso tanto en prosa como en verso, y un amigo muy querido”.

lunes, 18 de febrero de 2013

Harold Bloom / El realismo mágico es un disparate

Harold Bloom


Harold Bloom

"El realismo mágico es un disparate"


El crítico norteamericano Harold Bloom revela 

sus conversaciones con Octavio Paz 
sobre yoga tántrico y sus valoraciones 
sobre Rulfo, César Vallejo y García Márquez 


NEW HAVEN, Connecticut Jueves 31 de enero de 2013Paula EscobarEl Mercurio/Chile/GDA | El Universal



"Yo no tengo sabiduría. No sé dónde está la sabiduría. Es decir, sé donde la puedes encontrar. La puedes encontrar en Shakespeare"

"No se lo darán (el Nobel a Parra), porque Mistral y Neruda lo tuvieron. No creo que premien a un tercer poeta chileno"


"No tengo ninguna ilusión sobre lo que escribo. Desaparecerá. En 50 años nadie sabrá quién fui"




De Bloom reci�n se ha publicado en M�xico ?Novelas y novelistas. El canon de la novela?, en P�ginas La música clásica se escucha desde afuera.

Son las dos de la tarde en New Haven. Cerca de la calle Whitney, en uno de los más bonitos y tradicionales barrios de esta ciudad -sede de la Universidad de Yale-, vive una leyenda de la crítica literaria, Harold Bloom.

La belleza de los árboles en el fin del otoño, la rusticidad elegante de su casa, de tres pisos y madera, la puerta sin llave, un auto antiguo en la puerta. La música que lo acompaña siempre.

Son presagios de quien está más allá de la puerta, y grita "entre, está abierto", adivinando quien viene, sin miedo a nada.

Se para con su bastón, le cuesta caminar a sus 82 años, y se sienta de nuevo en su lugar favorito, la cabecera de la mesa de comedor, llena de libros, cartas y hojas amarillas de bloc, donde anota sus clases, los poemas que les dará a leer a sus alumnos, y su agenda, que maneja con celo. Con una mano en el teléfono ?no le gusta el mail, sino el teléfono- y otra en su lápiz, anota cada compromiso y va revisando sus meses venideros. Aunque ya no tiene la vida vertiginosa de antes, sigue dando clases dos veces por semana. Este semestre enseña un curso sobre Shakespeare, y otro de poesía. Y, además, recibe a sus alumnos durante la semana, en grupos de dos o tres, mientras la energía no se le agota.
Habla lento, pausado, a veces como susurrando, en un inglés perfecto y bien pronunciado, eligiendo cada palabra con precisión. Ofrece té y galletas, lo mismo que les prepara a sus alumnos.

Su mujer por más de 50 años, Jeanne, buenamoza, elegante, discreta, aparece y saluda. "Voy a dar un paseo", dice y se despide. Bloom se queda mirándola mientras se va.

Nacido en Nueva York y criado en el Bronx, Harold Bloom ha tenido una influencia inusitada en la escena literaria. Ha publicado más de 20 libros, traducidos a más de 40 idiomas, entre ellos La ansiedad de la influencia, La anatomía de la influencia y Shakespeare: La invención de lo humano. No sólo es uno de los intelectuales que más ha estudiado a Shakespeare, sino que también la influencia de éste y otros autores sobre los demás. También, a través de su libro El canon occidental, ha sido figura clave en decidir quién está en el Olimpo literario mundial y quién no. Ganador de la beca para "genios", Mac Arthur Fellowship, en 1985, es Sterling Memorial Professor de la U. de Yale hace 57 años.

-¿Volvería a escoger a los mismos latinoamericanos de nuevo en el canon occidental?
-No. No. Fue arbitrario. Yo quería escoger a dos autores latinoamericanos escribiendo en español, profundamente influenciados por Walt Whitman. Si tuviera que hacerlo de nuevo ahora, probablemente incluiría a César Vallejo, que pienso que es un mejor poeta que Neruda. Neruda, en sus mejores momentos, es remarcable. Y Borges es un caso muy especial. Sus mejores trabajos no fueron poemas.

-¿Cuáles fueron?
-Esos extraños cuentos, que, a pesar de eso, los encuentro un poco repetitivo. Siguen un cierto modelo. Él fue un escritor derivativo. Y tuvo la brillantez de ocultar eso enfatizándolo.

-¿Y qué pasa con Neruda? Lo volvería a poner en el canon?
-En su mejor momento, realmente evoca a Whitman. Pero es infrecuente. Es infrecuente...Vallejo es un poeta más interesante.

-¿Usted nunca conoció a Neruda?
-No, no.

-¿Cómo lo descubrió? ¿Después del Nobel?

-No, ya lo estaba leyendo. Tenía varios amigos que lo leían, incluyendo a uno que lo tradujo. Así lo conocí.

-Y aparte de Vallejo, ¿algún otro escritor latinoamericano que incluiría en el canon?
-Probablemente Gabriela Mistral. Tiene autenticidad, porque es sombrío... lo que es muy bonito. (Piensa un rato, mira por la ventana). Octavio Paz es probablemente un mejor poeta que todos ellos. Paz, en sus mejores momentos, es remarcable.

-¿Se conocieron bien?
-Sí, nos conocimos bastante. Poeta remarcable, hombre muy extraño. Tenía ideas muy raras.

-¿Cómo cuáles?
-Creía en el yoga tántrico.

-¿Cómo lo supo usted?
-¡Él me dijo!

-¿En serio?
-Claro. Se había casado con una señora de la India, y decidió... me ruboriza decir esto, estoy muy viejo -sonríe -. Él pensaba que sus ideas sobre yoga tántrico podrían liberar su sexualidad. Muy extraño. Muy mesiánico. Ciertamente un maravilloso poeta. Su libro, Sor Juana Inés de la Cruz, es maravilloso. Probablemente lo mejor que escribió.

-¿Cuál cree usted que es la contribución de la literatura latinoamericana? ¿Qué piensa, por ejemplo, del realismo mágico?
-(Carraspea y mira fijo, moviendo la cabeza). Al novelista mexicano Juan Rulfo lo encuentro mucho más interesante que el tardío García Márquez o Cortázar (pronuncia bien el español).
Rulfo era muy interesante. Pero el realismo mágico es un disparate. La idea es tonta. Es la descripción del futuro de la fantasía, que pasa a través de todas las edades y religiones. No fue bueno.

-¿Por qué cree que fue tan exitoso como tendencia en Estados Unidos y Europa?
-Las modas suben y bajan... de la misma manera que los vestidos y faldas de las mujeres suben y bajan... No significa nada. En una perspectiva más larga no importa.

-Pero hizo una gran diferencia en los escritores latinoamericanos que fueron catalogados dentro de esta tendencia.
-Claro, ciertamente les ayudó a tener una audiencia.
Toma agua, piensa un poco y dispara: "Chile me sorprende. No es parecido a ningún otro país... hay algo sobre Chile que es muy extraño. Extraño y largo país. Parece una serpiente, ¿verdad?¿A cuántas horas está Chile?".
-Doce.
-¿Non stop? -y hace un gesto de agobio-. ¡Estar en un avión por doce horas me mataría!

-Hablemos de Nicanor Parra, a quien usted ha elogiado. ¿Por qué le gusta?
-Bueno, no son antipoemas, como dicen, son poemas. Son meditaciones, a veces alegres, pero frecuentemente muy plañideras y tristes. Y él tiene mucho autoconocimiento, conoce sus propias limitaciones. Ha tenido muchas experiencias de vida. ¡Quizás cuántas mujeres!
Llega el correo, el cartero se lo deja sin golpear, adentro. Le llega un queso en una caja de cartón muy elegante de Williams Sonoma. Y cartas de alumnos y libros. Una postal: un hombre y una mujer que no se miran; el hombre tiene una pierna quebrada.

-¿Ustedes no se han conocido con Parra, no?
-No, no. Hemos hablado por teléfono y cartas.

-¿Usted cree que Parra merece el premio Nobel?
-No se lo darán, porque Mistral y Neruda lo tuvieron. No creo que premien a un tercer poeta chileno. Pero sí, él se lo merece. Su poesía es vibrante e interesante. Pero dudo que se lo den.

-Tiene una tradición muy distinta a la de Neruda y de Walt Whitman.
-Hay un toque de Walt Whitman. Él me ha dicho que está muy interesado en Whitman... supongo que tradiciones francesas como el surrealismo y el dadá tienen algo que ver con sus inicios -dice y reflexiona.
Se queda pensando. "Tiene mucho humor..., pero no le darán el Nobel. Eso es muy malo".

"Me queda tan poco tiempo"

Por su ventana se ve el invierno por venir en Connecticut. El frío que comienza a calar hondo, las ardillas que lo evaden en los troncos, hojas doradas en el suelo y muchas flores. En su mesa, un jarrón de rosas blancas. Y muchos libros, algunos ordenados y reverenciados, otros en total desorden, lo rodean. Mientras habla a veces se toca los ojos, tratando de encontrar las palabras, o quizás espantando la fatiga que lo amenaza siempre. Dice que duerme poco y a saltos, que no tiene mucha energía, que vive exhausto.

Sin embargo, nada de eso es coherente con su agenda, que mira en su mano, llena de clases, visitas de alumnos, viajes a Nueva York. Es como si espantara el fantasma del cansancio invocándolo a cada rato.

-¿Cómo se siente ser el más influyente y controvertido crítico de nuestro tiempo, según The New York Times?
-¡No sé de quién estás hablando! -se ríe.

-Debe ser una enorme responsabilidad...

-(Hace la señal de negación con la cabeza, cierra los ojos). ¡Es ridículo!, es como si yo te dijera: ¿cómo te sientes ser tú? ¡Es sólo tu vida!

-Pero el The New York Times...
-¿Y a quién le importa lo que dicen? Pasados los 80, ya no te preocupas de esas cosas. ¿Para qué?

-¿Cómo ha vivido con ser la voz que decide quién tiene valor literario o no?
-Nadie puede hacer eso. El valor literario nunca es establecido por un crítico particular o un grupo de críticos. El valor literario se establece por generaciones de poetas, novelistas y dramaturgos que han tenido que luchar contra la influencia de escritores particulares, una influencia que consideran ineludible. Y haciendo eso, establecen su valor. Realmente no importa lo que dices de ellos.

-Pero usted ha sido un crítico muy influyente.
-La única influencia que he tratado de tener o que realmente he tenido es que este es mi 57 año como profesor. Desde que estuve enfermo, hace cuatro años, ya no hago charlas ni conferencias. Sólo enseño a este grupo de 12 jóvenes seleccionados. Vienen aquí uno a uno, o en grupos. Eso es lo único que importa, la influencia en el futuro, pero es impalpable, no se puede saber realmente.

-Usted ha vivido dedicado a la literatura. Si volviera atrás, ¿haría lo mismo?
-¿Te refieres a la misma profesión? Creo que yo, claramente, iba a ser un profesor.

Cuenta que desde joven leía y reflexionaba sobre los poemas. Fue un niño precoz y literario. Pero dice que con los años se ha degenerado su disciplina de estudio. Ha escrito -y mucho- sobre lo que denomina "la escuela del resentimiento", que para él implica que la literatura no se lee desde la literatura misma, sino desde otras disciplinas, como la antropología o los estudios feministas. "En vez de ver la belleza y el poder del lenguaje y el pensamiento, ha sido remplazado por preguntas relativas al género, la orientación sexual, teorías estructurales y posestructurales... y disparates de todo tipo. Ha degenerado dentro de una parte de la ciencia social, así es que no estoy seguro de que lo hubiera elegido. Profesor hubiera sido. Quizás me habría convertido en un profesor de historia de las religiones, pero no sé qué habría hecho. Especialmente cuando queda tan poco tiempo".

Dice que de todos modos, en 50 años, ya nadie lo leerá. Y que, quizás, tampoco habrá libros impresos de aquí a 20 años. Que el mundo como lo conocemos se está acabando.

"Habrá lectores, pero será diferente. Y las universidades también serán diferentes, irreconocibles. La persona hablando y la persona escuchando nunca se encontrarán.
Cuarenta mil personas a la vez. Esa no es mi idea ni lo que yo hago. Es todo distinto a lo que he hecho, que he enseñado uno a uno a mis alumnos. ¡Así es que soy un dinosaurio!".
 Lecciones sobre sí mismo
Sus clases son los miércoles y jueves en uno de los edificios más lindos e históricos del campus de Yale. Una gran mesa de madera antigua, rodeada de sillas nobles y antiguas, y un pizarrón del estilo clásico, negro y con tiza blanca. Su docena de elegidos se sienta alrededor, él en la cabecera, y hay un alumno que hace las veces de ayudante, siempre a su derecha.
Llega temprano, alrededor de la una, con un bolso azul que tiene sus libros, los textos que se analizarán en clases, una botella de agua y una bolsa Ziploc con nueces. Cada hora hace un pequeño recreo, se levanta con su bastón, camina y vuelve.

Tiene una memoria prodigiosa. Se sabe, desde la segunda clase, todos los nombres de sus alumnos. Los llama "child", "children", los trata como hijos o nietos, más bien. Los incita a dar sus opiniones, sus análisis de escritores complejos, como Shakespeare, Whitman, Melville o Emily Dickinson. Sólo cuando los alumnos han hablado bastante, él da su visión. Su palidez contrasta con la firmeza de su voz y sus ideas. Mira hacia el frente y comparte su mirada sobre lo leído, sus anécdotas también, sus cavilaciones acerca de autores que ha estudiado.

Cada comentario de los alumnos lo agradece, y los hace leer en voz alta a todos. "Inspira profundamente y lee, Max", dirá, mientras uno de sus alumnos predilectos lee a Whitman o a Dickinson. Max estuvo enfermo algunas semanas, y Bloom le hizo clases vía Skype.
Cuesta imaginar lo que cuenta el mismo Bloom, que antes fue un profesor severo, capaz de decirle a un alumno que su trabajo era tan malo que no merecía calificación.

-¿Cuánto ha cambiado usted como profesor?
-Cuando empecé, antes de operaciones de todo tipo, al corazón y otros desastres, hablaba mucho en clases. No podía dejar de hablar. Sentía que tenía tanto que decir... Me tomó muchos años aprender a quedarme callado y escuchar. Ya no tengo esa energía tampoco. Hablo lo menos posible y los estimulo a que hablen ellos. Creo que sólo en los últimos años me he transformado en un buen profesor. Conozco mucho las materias de las que hablo, y sobre todo estoy interesado en mis alumnos, quiero verlos convertirse en sí mismos. No tengo nietos. No tendré nietos. Y algunos de mis alumnos se convertirán en nietos.

Sigue pensando y mira a través de la ventana.

-Quizás debiera haber dejado de enseñar, pero no quiero. Cuando viene el mal tiempo, lo más frecuente es que la clase sea en esta casa. No es fácil.

-¿Qué habla con sus alumnos cuando lo vienen a ver?
-Lo que más hago es escucharlos. Pero no quiero entrometerme en sus vidas personales.

-Pero le pedirán orientaciones o consejos, ¿no?
-Yo no tengo sabiduría. No sé dónde está la sabiduría. Es decir, sé donde la puedes encontrar.
La puedes encontrar en Shakespeare, Cervantes o Dante, ahí puedes encontrar sabiduría, partes de la verdad. Además, yo estoy más y más consciente de mis propias limitaciones. La vida no funciona deseando mucho algo y obteniéndolo. Con los años ves los monumentos rotos de tus grandes deseos.

-¿Cómo funciona la vida, entonces?
-Simplemente no funciona así... Además, crecí emocionalmente muy despacio. Antes de conocer a Jeanne, me enamoraba cada día de alguna mujer joven. Todo muy confuso. Yo no creo que los remordimientos sean algo bueno para la gente. ¿Tú tienes arrepentimientos? Creo que todos queremos sentir que hemos triunfado en algo, pero yo no siento eso.

-¿Por qué?
-Ni siquiera un poco. A nuestros hijos no les ha ido bien. Jeanne y yo seguimos aquí, pero es porque ella ha sido paciente y sabia. Yo no era ni un buen esposo ni marido. Sólo en los últimos años me he convertido en un buen profesor y no tengo ninguna ilusión sobre lo que escribo. Desaparecerá.

-Pero usted ha escrito decenas de libros.
-No importan. En 50 años nadie sabrá quién fui. No es que me importe. Sólo espero tener unos siete u ocho años más, seguir enseñando, escribir un poco más. Estar en la compañía de Jeanne. Cuando era joven yo tenía sueños de felicidad, como todos. Pero es un juego, eso no pasa. Incluso la gente más talentosa, como Wallace Stevens, no eran felices consigo mismos.

Se escucha un ruido en la puerta. Se queda en silencio, atento. Sus manos largas y pálidas se apoyan en la mesa, mientras mira hacia la entrada.
-¿David? Entra, hijo.

David, alumno brasileño de menos de 20 años, entra y lo saluda. Ayer vino con sus padres a ver al profesor y tocó piano para todos.

Bloom llama a su mujer, le dice que David tocará de nuevo. El joven se sienta en el piano, algo intimidado. Harold Bloom permanece sentado frente a la mesa. Jeanne, sonriente y sentada en una silla reclinable cerca del piano, cierra los ojos y escucha.