Mostrando entradas con la etiqueta El club de los poetas suicidas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta El club de los poetas suicidas. Mostrar todas las entradas

lunes, 2 de septiembre de 2024

El club de los poetas suicidas / Cicuta y cruces


Alejandra Pizarnik


El club de los poetas suicidas
CICUTAS Y CRUCES
Rebeca Viguri
4 de enero de 2013


No es lo mismo querer morir que querer matarse. Y hasta que los desahucios y el acoso escolar no se han cobrado sus víctimas en un sacrificio ritual que la sociedad posmoderna ofrece a sus dioses —como el minotauro se cobraba puntualmente sus jóvenes de entre lo más selecto de la sociedad cretense—, hemos mirado poco el suicidio de frente. Poco o nada. “Cuando se miran de frente los vertiginosos ojos claros de la muerte, se dicen las verdades: las bárbaras, terribles, amorosas crueldades”, escribió ese poeta eléctrico que fue Gabriel Celaya, a propósito de algo que no era el suicidio, pero que lo absorbía como el cosmos fagocita la vida y la muerte: la habitual capacidad del ser humano para bajar los párpados cuando descubre incertidumbre en lugar de pálpito caliente de carne. Ya lo sentenció Faulkner —y lo remarcó Laforet con marchamo patrio—, cuando imprimió que esexo y la muerte eran “la puerta de delante y la puerta de atrás del mundo”.

viernes, 20 de noviembre de 2020

El club de los poetas suicidas / Alfonsina Storni

Alfonsina Storni

El club de los poetas suicidas
ALFONSINA STORNI
Por Jenn Díaz
3 de marzo de 2013


“Nací al lado de la piedra junto a la montaña, en una madrugada de primavera, cuando la tierra, después de su largo sueño, se corona nuevamente de flores. Las primeras prendas que al nacer me pusieron las hizo mi madre cantando baladas antiguas, mientras el pan casero expandía en la antigua casa su familiar perfume y mis hermanos jugaban alegremente. Me llamaron Alfonsina, nombre árabe que quiere decir dispuesta a todo”.
Podría parecer la mezcla de los nombres de sus progenitores, Alfonso y Paulina, pero Alfonsina Storni le hizo más honor al significado árabe de su nombre, porque verdaderamente estaba dispuesta a todo. Sí, la niña que, en sus palabras, tenía un alma toda fantástica, viajera, estaba dispuesta a todo. A sus primeras mentiras, al amor, a la sensualidad, a la maternidad, a la soledad, a la poesía, al descaro, a la igualdad, a la lucha y también a la muerte. Las primeras veces que Alfonsina Storni empezó a parecerse a la Alfonsina Storni en la que se convertiría son muy tempranas. De niña, robó un libro. Sus padres, cuando no pasaban por una buena época porque Alfonso Storni sería, además de alcohólico, una persona deprimida y apartada de la vida, no tenían dinero, así que la niña que se convertiría en una gran poeta empezó robando un libro. No tenía dinero para comprarlo: pidió un libro escolar y, una vez en las manos, pidió otro. Aprovechando que unos jóvenes entraron al establecimiento y el encargado se fue a la trastienda, Alfonsina echó a correr con el libro. Después, y este es el segundo rasgo destacable, dijo, mintiendo, que había dejado el dinero encima del mostrador. Así lo recuerda ella:
“A los seis años robo con premeditación y alevosía el texto de lectura en que aprendí a leer. Mi madre está muy enferma en cama; mi padre, perdido en sus vapores. Pido un peso nacional para comprar el libro. Nadie me hace caso. Reprimendas de la maestra. Mis compañeras van a la carrera en su aprendizaje. Me decido. A una cuadra de la escuela normal a la que concurro, hay una librería; entro y pido: El nene. El dependiente me lo entrega; entonces solicito otro libro, cuyo nombre invento. Sorpresa. Le indico al vendedor que lo he visto en la trastienda. Entra a buscarlo y le grito: “Allí le dejo el peso”, y salgo volando hacia la escuela. A la media hora las sombras negras, en el corredor, de la directora y de aquél, encogen mi corazoncillo. Niego, lloro, digo que dejé el peso en el mostrador; recalco que había otros niños en el negocio. En mi casa nadie atiende reclamos y me quedo con lo pirateado”.

El club de los poetas suicidas / Nika Turbiná




El club de los poetas suicidas
NIKA GEORGIEVNA TURBINÁ
Por Sergio Andrés Pérez
12 de abril de 2012

Cada dos años leemos que en Argentina ha aparecido el heredero de Maradona y en Brasil el de Pelé. De tanto escucharlo terminamos por ignorar esas afirmaciones. Sobre todo cuando, invariablemente, terminan por esfumarse a la espera de nuevas promesas. Algo parecido sucede cuando hablamos de niños prodigio, aquellos que en edades muy tempranas manifiestan actitudes creativas impropias de su edad. Lo primero que sentimos, además de sorpresa, es la duda que nos manifiesta pensar que quizá se trata de una casualidad o de una valoración exagerada por nuestra parte. Pocas veces pensamos que los niños prodigio son, esencialmente, trágicos, porque renuncian por un don a su propia infancia.

viernes, 8 de noviembre de 2019

Antonia Pozzi / El alma desnuda



Antonia Pozzi
(1912-1938)

EL ALMA DESNUDA

Por Cristian David López

Cuántos libros de autores extranjeros hemos leído como si fueran escritos en nuestra propia lengua. El lector no suele fijarse mucho en el traductor. Y sin embargo, cuánto le debemos a los traductores, a los que gastan sus horas trasladando, con no poco esmero, a nuestra lengua los significados que otras lenguas guardan. Qué labor más noble la de estos incansables trabajadores de los idiomas. Más aún es de valorar su esfuerzo cuando, como arqueólogos, ponen a nuestro alcance un descubrimiento, un tesoro que nos enriquece en todos los sentidos. Tal es la labor que ha llevado a cabo la poeta Herme G. Donis. En El alma desnuda (Impronta, 2015), nos ofrece los poemas de la olvidada poeta italiana Antonia Pozzi (Milán, 1912-1938), quien tuvo una vida inestable y se suicidó a los veintiséis años.    
El prólogo de Herme G. Donis nos explica que Pozzi no publicó nada en vida y que la razón más probable de ello fuera por inseguridad en lo que escribía. Quizá también por timidez o por una severa autocrítica.
Será Roberto Pozzi, padre de la poeta, quien recogerá los cuadernos en los que Antonia Pozzi escribía sus poemas y diarios, y los publicará bajo el título Parole. Diario di poesía, en 1938. Todos los poemas llevan la fecha en que fueron escritos.

jueves, 24 de octubre de 2019

El club de los poetas suicidas / Sylvia Plath


Sylvia Plath 1

El club de los poetas suicidas
Sylvia Plath
Por Jenn Díaz
25 de abril de 2013

Sylvia Plath en YorkshireNunca volveré a hablar con Dios. Esa es la respuesta que Sylvia Plath le da a su madre cuando esta le comunica que su padre ha muerto. La infancia de la poeta, hasta que su padre muere, es bastante común en la medida que las familias felices son comunes. Los padres eran personas inteligentes: Otto, un erudito bastante más preocupado por su carrera y sus publicaciones que de su familia; Aurelia, capaz de renunciar a su carrera y su intelecto, quedar en un segundo plano para tener lo que ella entiende por hogar feliz. La madre, que ayudaba en las divulgaciones científicas a su marido y se hacía cargo de la pequeña Plath, hablaba así de su primer año de matrimonio, muy diferente de lo que fue el primer año del matrimonio Hughes-Plath: Comprendí que si quería un hogar tranquilo (y así era) tendría que hacerme a la idea de ser más sumisa, aunque no iba con mi carácter. Así, el hogar Plath era tranquilo gracias a la renuncia de la madre. Otto, en cambio, se encerraba en su estudio a trabajar, con un rol mucho más autoritario y respetuoso, pero también distante: él era el centro de la familia y los miembros de esta debían adaptarse a su condición de hombre culto y académico. El primer problema con el que se enfrenta Sylvia Plath, con dos años, es que ha nacido su hermano Warren. Un bebé. Odio a los bebés. Yo, que durante dos años y medio había sido el centro de un tierno universo, sentí que el eje se torcía y que un frío polar me paralizaba los huesos. Ese tierno universo se lo debía, en parte, a sus abuelos maternos, a los que convirtió en refugio y en recuerdo perfecto a lo largo de los años. Además de que el abuelo la tenía endiosada —una diosa y una mujer en miniatura—, con las recurrentes enfermedades del hermano y, más tarde, del padre, Sylvia Plath se vio agradablemente obligada a pasar más tiempo con ellos. Entonces, Aurelia le mandaba cartas a su hija, a la casa junto al mar en la que se había instalado: Estoy muy orgullosa de lo bien que coloreas los dibujos. Procura escribir tan bien como coloreas. Procura escribir las palabras en vez de imprimirlas.

miércoles, 7 de agosto de 2019

George Trakl / Incesto y cocaína en un gran poeta


Georg Trakl
Ilustración de T.A.


Georg Trakl, incesto y cocaína en un gran poeta

El novelista Claude Louis-Combet revive en 'Hiere, negra espina' la relación erótica del poeta alemán con su hermana Gretl, que marcó sus trágicas vidas y su escritura
Antonio Lucas
29 de julio de 2019

Para qué más, si a los 27 años había acumulado la dosis de infierno necesaria para escapar del mundo dando un portazo. El poeta Georg Trakl fue un hombre de su tiempo, pero más aún una tiniebla. Cayó fulminado en 1914 por un exceso de cocaína. Vino y cocaína. Entonces ya había acumulado poemas que instauraban otra forma de intervenir en el expresionismo: poderosos, dañados, feroces, inquietantes, cargados de una bruma capaz de calar hasta lo hondo del hueso.





El poeta Georg Trakl, de niño, junto a su hermana Gretl en la primera década del siglo XX. Y, al lado, Gretl dos años antes de suicidarse.
A tan alta cumbre de intemperie no llegó solo. Las averías que llevaba de serie, la sensación de estar fuera de sitio en cualquier situación, las lecturas de Karl Kraus, la amistad con el arquitecto Adolf Loos, los insomnios. El alcohol. Las drogas. Los desastres de la Primera Guerra Mundial en la batalla de Grodek (Galitzia ucraniana), donde tuvo que asistir sin recursos a 90 heridos graves como oficial médico. Qué gran poeta y qué difícil le fue serlo. Estaba bien acondicionado para la vida, pero escogió el camino selvático de existir a destajo, con un temple espiritual fuera de lo común. Junto a Rilke y Stephan George fundó la nueva senda de la poesía alemana de los primeros compases del siglo XX.

jueves, 28 de enero de 2016

Alejandra Pizanik y Ana Cristina César / La sociedad de las poetas muertas

Ana Cristina César




La sociedad 

de las poetas muertas

Poesía. Un recorrido por la vida y la obra de Alejandra Pizarnik y Ana Cristina César, cuyo libro “El método documental” acaba de traducirse al español y aquí es analizado por Luis Gusmán.

Aurimar Nunes
05 / 11 / 2013

Las vidrieras de las librerías de Buenos Aires suelen exhibir fotos de la poeta argentina Alejandra Pizarnik (1936-1972): la mano apoyada en su rostro, pelo corto, los ojos apuntando muy lejos. La imagen de Pizarnik trae a la mente otro recuerdo fotográfico: la jovial poeta brasileña Ana Cristina César (1952-1983), de quien recientemente la editorial Manantial publicó El Método documental . Tratemos de comparar la trayectoria artística y personal – ¿acaso existe la una sin la otra? – de estas dos voces femeninas fundamentales en la poética latinoamericana de la segunda mitad del siglo XX sin limitar la conexión a sus trágicos suicidios.