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sábado, 9 de enero de 2016

Jean Rhys / Fantástica



Jean fantástica

VICENTE MOLINA FOIX 13 AGO 2011

Una vida sin ti cuenta en cuatro novelas la vida de una joven que lleva nombres distintos en cada una pero siempre es la misma. Son novelas breves y dislocadas, como intenso y fraccionado es el tiempo, que uno calcula no superior a tres lustros, en que la autora llegó a Europa desde las Antillas, viajó sin parar, amó casi tanto como sufrió, tuvo un aborto y fue también muy feliz. En todos esos años de adolescencia y juventud, Rhys no escribió; bastante tenía con divertirse, con enamorarse, mientras, eso sí, miraba el mundo a su alrededor con un ansia de apoderamiento que es propia de los grandes artistas. Fruto de ese periodo frenético y de esa atenta mirada posesiva fue su primer libro (de cuentos), aparecido en 1927, cuando ella ya tenía los 37, y prologado por Ford Madox Ford, quien resaltó el "singular sentido de la forma" que aquella debutante aportaba a la literatura inglesa. Un año después apareció su magistral Cuarteto, primera de cuatro novelas claramente autobiográficas, todas muy estimadas por los connoisseurs pero poco atendidas por el gran público. Después vino el silencio. Cuando iba camino de los ochenta años, Rhys, hallada casi por azar en su retiro de Cornualles, reapareció con otra obra maestra, Ancho mar de los Sargazos, y el resto de su vida, que aún duró hasta 1979, pertenece al ámbito del culto legendario.

Una vida sin ti

Jean Rhys
Traducción de Catalina Martínez Muñoz
Lumen. Barcelona, 2011
621 páginas. 24 euros
Una vida sin ti recoge, en muy buena traducción, esas cuatro novelas centrales de la no muy extensa obra (ocho títulos) de la autora, que Lumen ofrece juiciosamente no según el orden de su publicación original sino siguiendo la cronología vital de la(s) protagonista(s). En Viaje a la oscuridad (aparecida en 1934) se narra la llegada a Londres de Anna, una antillana blanca y adolescente que siempre ha querido ser negra y a la que el frío de las Islas Británicas maltrata, casi tanto como los hombres. Su trabajo de corista, el ambiente de los teatritos provinciales, de los bares a punto de cerrar, de las pensiones sórdidas, marca un relato que, en Cuarteto (1928), nos presenta en París a la misma joven más crecida y ahora bajo el nombre de Marya, enredada en un triángulo amoroso con historia, pues está basado en el que Rhys mantuvo con el gran escritor Ford Madox Ford, descubridor, protector y manipulador -asistido por su propia esposa- del juego de seducción, sofisticado abuso y cruel desdén que la novela describe de modo fascinante.
Leída en el orden de esta edición o al aire de cada lector, Una vida sin ti es una sinfonía de cámara en cuatro movimientos y para una orquesta reducida, que interpreta, con un pequeño elenco de voces y en escenarios recurrentes, la peripecia vital de la narradora en sus agitadas variaciones, en sus gozosos crescendos y sus ayes de dolor. Si destaco Cuarteto es porque en el descenso infernal que en ella se cuenta, la ciudad, en este caso París y Cannes, adquiere una ultrarrealidad subyugante: el episodio del despertar con la melodía del pastor de cabras que pasa bajo las ventanas de la muchacha es característico del impresionismo lírico de la escritura de Rhys, atemperado a menudo por la visión prismática de las cosas. ¿Prosa cubista? No creo que a la autora le gustara el calificativo. Se trata más bien de su fenomenal capacidad de ver en la realidad lo que está debajo de la realidad, descomponiendo el componente superficial de las apariencias. Con ese don visionario, Jean Rhys se muestra siempre como una fantaseadora desbordada, y de manera acusada en Buenos días, medianoche, última de las cuatro en esta edición y en la fecha de composición, 1939. Es la más amarga y caleidoscópica, quizá porque, escrita a punto de cumplir cincuenta años, Rhys, con su agudeza intacta, empezaba a serenarse.



jueves, 22 de febrero de 2001

Vicente Molina Foix / Russell Crowe




Russell Crowe



Russell Crowe

CANTANTE Y GRANJERO

Vicente Molina Foix
20 de febrero de 2001

Tras escuchar una larga presentación, Russell Crowe sentenció: 'Ésa es una introducción muy larga para alguien que no necesita introducción'. El actor abría por primera vez la boca, con la ceja levantada, el cigarrillo en la mano y una voz y una mirada de quitar el hipo. El director Taylor Hackford, a pesar de no hablarse con el actor neozelandés, lo reconocía más tarde: 'No le hace falta hablar, tiene la inteligencia en la mirada'.
Crowe, que además de actor es cantante -ayer anunció que el 26 de febrero se pondrá a la venta en Internet su nuevo disco- dice que no puede vivir en Los Ángeles ('sería como dormir en la oficina') y por eso huye a su granja de Australia 'para desconectar entre película y película'. 'Me equilibra estar allí. Es saludable estar fuera, necesito esa distancia con el trabajo, me hace tomarme las cosas con menos desesperación'. 'Los Ángeles', continúa el actor, 'es una ciudad extraña, peligrosa y difícil de conocer'.
Crowe levanta otra vez la ceja: 'De momento tengo mi granja, está a siete horas de Sydney'. Se toca la barba: 'Tengo 350 vacas'. Mira directo: 'Todas muy guapas y puras'. Levanta la barbilla y medio sonríe: 'Ellas también se vuelven locas, pero sólo cuando yo me voy'.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 20 de febrero de 2001



martes, 20 de febrero de 2001

Vicente Molina Foix / Las menores de Balthus


Katia reading, 1974
Balthus

Las menores de

Balthus
VICENTE MOLINA FOIX
20 FEB 2001

Alguien muy cercano a mí tiene un balthus en su casa y todos los días se arrodilla un rato delante de la obra. Es devoción artística, naturalmente, y picardía de hereje, pues para esta persona próxima la niña también arrodillada que cuelga en su pared no está rezando a Dios. La niña -yo mismo, cuando la veo en esa casa amiga, me detengo a mirarla- tiene el rostro evanescente, lavado o harinoso, de tantos personajes del pintor, pero no hay dudas sobre su culo, que despunta poderosamente bajo la faldita, realzado por la flexión de las rodillas. Junto a la niña, encima de dos sillas, el montón impreciso de unas prendas de vestir; a Balthus, más que el desnudo le gustaba lo que supone quitarse la ropa.
En 1949, el hijo de Matisse, que tenía una galería de arte en Nueva York con el tiempo legendaria, hizo una exposición de Balthus y le pidió a Albert Camus un texto para el catálogo. El autor de La peste, después de referirse al inestable estilo realista del pintor, a sus retratos fijados fuera del tiempo, no elude entrar en la cuestión palpitante siempre que se habla del artista que acaba de morir: la sexualidad de sus niñas. Está ahí, reconoce, pero es un erotismo 'negligente'. Todas las figuras femeninas lánguidas o adormecidas en los cuadros son víctimas, dice Camus, pintadas sin el menor patetismo por Balthus; 'no es el crimen lo que le interesa, sino la pureza. Unas víctimas demasiado sangrantes conservarían la huella de los asesinos'. Se trata, añade el escritor en una frase afortunada, de 'degolladas decentes'.
La decencia. La circunspección o decoro del noble con instintos libertinos. Desde sus 20 años, desde que ilustra con plumilla morbosa la novela Cumbres borrascosas o pinta señorialmente a Derain y detrás la muchachita desaliñada mostrando las tetas, desde que en la famosa Lección de guitarra de 1934 (que los hipersensibles antipederastas de hoy volverían a perseguir) reinterpreta femeninamente el tema de la Pietà y pone la mano de la niña medio desnuda tan cerca del pezón de la madre como la mano de ésta cerca del mostrado sexo de la niña, Balthus no dejó nunca de estar entre lo sagrado y lo procaz. 'La técnica del tiempo de David al servicio de una inspiración violenta, moderna, y que es desde luego la inspiración de una época enferma', dijo de él uno más desequilibrado que él, Artaud, precisamente en 1934. Para Artaud, Balthus 'invita al amor pero no disimula sus peligros'.
La imposible inocencia. Siempre he tenido a mi novelista favorito del siglo XX, Gombrowicz, como pariente de Balthus. Los dos adoraban temerosamente a los adolescentes, aunque guardaron, creo, las formas. Tanto los cuadros del mundo infantil de Balthus como los libros del polaco, sobre todo Ferdydurke y Pornografía, son pedagógicos más que paidófilos. Nos enseñan a nosotros, mayores que no vamos ya a más escuela que la de la cordura y el resabio, a ver a los muy jóvenes como lo que son: víctimas de una inocencia que están deseando dejar de tener. Culpables del delito de su impúdica visibilidad.
Los dos, Balthus, Gombrowicz, fueron grandísimos mirones del arte. René Schérer, otro sospechoso de las edades prohibidas, nos dice en su libro La pedagogía pervertida que lo que define al enseñante es la pulsión escópica; la obligación de ver al pupilo, de vigilar su crecimiento, puede transformarse en una dependencia. Y Schérer cita la memorable lección de sabiduría cínica del profesor en el capítulo segundo de Ferdydurke: 'Empezaré por observar a los alumnos y les daré a entender que los considero como a inocentes e ingenuos. Eso naturalmente los provocará, van a querer demostrar que no son inocentes, y es entonces cuando caerán en la verdadera ingenuidad e inocencia tan sabrosa para nosotros los pedagogos'.
Balthus no llegó a pecar, y estoy seguro de que era, como le gustaba a él decir, un pintor religioso. ¿No es, al fin y al cabo, la religión el ejercicio de una mirada fija y persistente a un punto inalcanzable? El culo misterioso de las niñas.*

Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 20 de febrero de 2001


viernes, 29 de diciembre de 2000

Juan Benet / Reencuentro en Región


Reencuentro en Región

Ocho escritores rememoran su descubrimiento de Juan Benet



GUILLERMO ALTARES
Madrid 29 DIC 1992


En diciembre de 1967, hace ahora un cuarto de siglo, una novela titulada Volverás a Región ocupó el rincón oscuro de los libros castigados en los escaparates de las librerías. Su autor, un tal Juan Benet, había urdido el intrincado relato de espaldas al pantano irrespirable de los gustos ambientales, lo que durante años marcó a su manuscrito con la cruz en lápiz rojo que los editores emplean para señalizar el vuelo curvo que conduce al cesto de las cosas ilegibles. El escritor, que quería aire libre en, los frondosos periodos de su prosa y que buscaba interlocutores para su palabra, hambrienta de destinatario, se vio obligado a venderla por un plato de lentejas a un editor, que así se hizo único dueño de aquel fajo de sobados folios, que no tardó en convertirse en un punto sin retorno en la historia de la narrativa castellana contemporánea.