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jueves, 27 de enero de 2022

Grace Paley / La jovencita



Grace Paley
LA JOVENCITA

Carter se pasó por el café temprano. Yo acababa de limpiar. Dijo: oye creo que voy a tener compañía luego. Déjame usar mi piso.

Yo le dije: La puerta está abierta, adelante.No está cerrado porque tiene que venir el hombre del contador. Le dije que Angie, mi inquilino, podría estar en casa. Pero está colocado casi siempre. Aunque hubiera practicado con la corneta en la habitación de al lado, ni se enteraría. Tómate todo el tiempo que quieras, Carter. Allí no hay vino, nada de eso. Dijo que tenía algo de otro material para estar en forma. Era una broma. Gracias, hermano, dijo. Le dije: Creo que lo he probado todo, pero la verdad es que prefiero el whisky. Si bebes whisky, te emborrachas, pero si te inflas de droga, te vuelves loco. Sí, tienes toda la razón, dijo. Luego sus globos oculares comenzaron a alejarse.

Grace Paley / Madre


Grace Paley
MADRE


n día estaba yo escuchando la radio en onda media. Y sonó una canción: "¡Oh, cuánto anhelo ver a mi madre en el umbral!" ¡Dios mío!, dije, qué bien comprendo esa canción. La de veces que yo he anhelado ver a mi madre en el umbral. El hecho es que solía apostarse en distintos umbrales para mirarme. Como un día que, con la penumbra el vestíbulo a sus espaldas, me esperaba en la puerta principal. Era Año Nuevo. Dijo con tristeza:  Si a los diecisiete llegas a casa a las cuatro de la madrugada, ¿a qué hora llegarás cuando tengas veinte? Lo preguntó sin sorna ni maldad. Se ocupaba ya de los enojosos preparativos para la muerte. De ahí su preocupación. 

Grace Paley / Amor




Grace Paley

AMOR

Traducción de César Palma



rimero escribí este poema: 



Avanzo por el sendero empedrado en el parque
de la universidad 
bajo la luna casi llena las oscuras hojas de roble 
son rojas como arces 
y miro a los jóvenes 
que conversan y se abrazan 
y pienso que por ellos descenderé hasta 
el recuerdo mismo del amor y así me abandono 
mano sobre mano 
hasta que mis pies tocan la tierra de los jardines 
de la calle Vesey.

Grace Paley / Melodía lúgubre


Grace Paley
MELODÍA LÚGUBRE
Gloomy Tune

Existe una familia a la que casi todo el mundo conoce. Los niños de esa familia se llaman Bobo, Bibi, Doody, Dodo, Neddy, Yoyo, Butch, Put Put y Beep.
Hay chicas y chicos.
Algunas madres contratan como canguros a las chicas. Son mediocres, pero baratas. Los chicos piensan ingresar en el ejército.

Grace Paley / Samuel



Grace Paley
SAMUEL

Algunos chicos son terribles. No le tienen miedo a nada. Son de los que gatean por una pared y cuando llegan arriba hacen una reverencia. No sólo son valientes en el tejado, sino que meten mucho escándalo en la parte más oscura del sótano, donde hasta el conserje le fastidia ir. Y en el metro juegan y saltan también en la estrecha plataforma entre las puertas cerradas que comunican los vagones.

lunes, 26 de septiembre de 2016

Grace Paley / El hombre agobiado


Grace Paley

EL HOMBRE AGOBIADO

Traducción de J. M. Álvarez Flórez y Angela Pérez

l hombre tiene el agobio del dinero. Hace falta todos los días. Cada vez más. Para las cosas corrientes y para vivir. Por eso, las vacaciones para él son una época difícil. Otra época difícil es el fin de semana, cuando no está ganando dinero ni progresando.

Entonces se queda en casa y observa la evolución de la vida de su hijo y la evolución de la vida de su esposa. Parece que no se den cuenta del dinero. No es que sean tontos, pero se dejan las luces del pasillo encendidas. Consumen electricidad. La mujer cocina y cocina sin parar. Tiene que preparar la carne. Tiene que preparar las patatas y llevar a la mesa zumo de naranja. No es que él se oponga a estar sano, pero qué falta hace calentar los panecillos en el horno, con lo caro que está el gas. Su hijo llama por teléfono. Luego llama por teléfono su mujer. Estas llamadas se registran automáticamente en el contador de la Compañía Telefónica, y la IBM las carga a su cuenta. Un día, por accidente, compraron tres periódicos. Otro día, el chico estaba jugando fuera en el jardín. Nunca tiene cuidado. Naturalmente, se cae y se rompe los pantalones. Este derroche se produce un sábado. El domingo llama una vecina a la puerta, furiosa porque los pantalones son de su hijo, se los prestó y se los han roto y cuestan cinco dólares y noventa y cinco centavos, unos pantalones estupendos, de pana, de raya fina.

martes, 20 de septiembre de 2016

Grace Paley / Deseos


Grace Paley

DESEOS



i a mi ex-marido en la calle. Estaba sentada en las escaleras de la nueva biblioteca.

Hola, mi vida, dije. Habíamos estado casados veintisiete años, así que me sentía justificada.

Él dijo, ¿Qué? ¿Qué vida? La mía desde luego que no.

Y yo, Bueno. No discuto cuando hay verdadera discrepancia. Me levanté y entré en la biblioteca a ver cuánto debía.

La bibliotecaria dijo que treinta y dos dólares en total, y lleva usted debiéndolos dieciocho años. No negué nada. Porque no entiendo cómo pasa el tiempo. He tenido esos libros. He pensado con frecuencia en ellos. La biblioteca sólo queda a dos manzanas.

Mi ex-marido me siguió a la sección de devolución de libros. Interrumpió a la bibliotecaria, que tenía más que decir. En varios sentidos, dijo, cuando miro hacia atrás, atribuyo la disolución de nuestro matrimonio al hecho de que nunca invitaste a cenar a los Bertram.

Es posible, dije. Pero en realidad, si recuerdas: primero, mi padre estaba enfermo aquel viernes, luego nacieron los niños, luego tuve aquellas reuniones de los martes por la noche, luego empezó la guerra. Luego, era como si ya no les conociésemos. Pero tienes razón. Debería haberles invitado a cenar.

Entregué a la bibliotecaria un cheque de treinta y dos dólares. Confió plenamente en mí, se echó a la espalda mi pasado, dejó limpio mi expediente, que es exactamente lo que jamás harán las otras burocracias municipales y/o estatales.

Pedí prestados de nuevo los dos libros de Edith Wharton que acababa de devolver, porque hacía mucho tiempo que los había leído y ahora son más oportunos que nunca. Los libros eran "La casa de la alegría" y "Los niños", que trata de cómo cambió la vida de Estados Unidos en Nueva York, en veintisiete años, hace cincuenta.

Una cosa agradable que recuerdo muy bien es el desayuno, dijo mi ex-marido. Me sorprendió. Nunca tomábamos más que café. Luego recordé que había un agujero en la pared del armario de la cocina que daba al apartamento contiguo. Allí siempre tomaban tocino ahumado, curado con azúcar. Daba una sensación majestuosa a nuestro desayuno, aunque nosotros nunca llegáramos a quedar ahítos.

Eso fue cuando éramos pobres, dije.

¿Es que alguna vez fuimos ricos?, preguntó.

Bueno, con el paso del tiempo, a medida que nuestras responsabilidades aumentaron, ya no pasamos necesidades ni apuros. Tú lograste resolver los problemas económicos, le recordé. Los niños iban de colonias cuatro semanas al año y llevaban ponchos decentes, con saco de dormir y botas, como todos los demás. Tenían un aspecto espléndido. Nuestra casa estaba caldeada en invierno, teníamos unos cojines rojos muy lindos, y otras muchas cosas.

Yo quería un barco de vela, dijo. Pero tú no querías nada.

No te mortifiques, dije. Nunca es demasiado tarde.

¡No!, dijo con gran amargura. Puedo conseguir un barco de vela. La verdad es que tengo el dinero suficiente para una goleta, Me van muy bien las cosas este año, y creo que me irán aún mejor. En cuanto a ti, es demasiado tarde. Tú nunca desearás nada.

A lo largo de aquellos veintisiete años mi ex-marido había tenido la costumbre de hacer comentarios hirientes que, como el desatrancador del fontanero, se abrieran paso oído abajo, bajaran por la garganta y llegaran hasta mi corazón. Y entonces desaparecía y me dejaba con aquella sensación de opresión que casi me ahogaba. Lo que quiero decir es que me senté en las escaleras de la biblioteca y él se fue.

Eché un vistazo a "La casa de la alegría", pero perdí interés. Me sentía sumamente acusada. Qué le vamos a hacer, es verdad, ando escasa de deseos y de necesidades absolutas. Pero la verdad es que hay cosas que quiero.

Quiero, por ejemplo, ser una persona distinta. Quiero ser la mujer que devuelve esos dos libros en dos semanas. Quiero ser la ciudadana eficaz que cambia el sistema escolar y comunica al Comité de Presupuestos los problemas de este querido centro urbano.

Había prometido a mis hijos poner fin a las guerras antes de que fueran mayores.

Hubiera querido estar casada para siempre con las misma persona, bien mi ex-marido, bien mi marido actual. Cualquiera de los dos tiene suficiente personalidad para llenar una vida, lo cual, si bien se mira, tampoco es tanto tiempo. En una vida breve no puedes agotar las cualidades del hombre ni meterte debajo de la roca de sus argumentos.

Esta mañana, precisamente, me asomé a la ventana para mirar un rato a la calle y vi que los pequeños sicomoros que el ayuntamiento había plantado soñadoramente un par de años antes de que nacieran los niños habían llegado a su plenitud.

¡Bueno! Decidí devolver aquellos dos libros a la biblioteca. Lo cual demuestra que, cuando surge una persona o un acontecimiento que me conmueve o me hace darme cuenta de mi propia valía, soy capaz de obrar de la manera adecuada, aunque sea más conocida por mis comentarios afables.