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miércoles, 8 de junio de 2022

Claudia Piñeiro / “La novela negra nació para denunciar las injusticias”





La escritora argentina Claudia Piñeiro.Ampliar foto
La escritora argentina Claudia Piñeiro. MARIANA ELIANO

Claudia Piñeiro: “La novela negra nació para denunciar las injusticias”

Gran creadora de tramas y personajes, el festival BCNegra, que empieza el jueves, ha concedido el Premio Carvalho a la autora argentin


Enric González
18 de enero de 2019

Manuel Vázquez Montalbán (1939-2003) era como un oráculo para la prensa. ¿Cuál fue la trastienda de la Barcelona olímpica? Preguntábamos a Manolo. ¿Qué pasaba con la política española? Preguntábamos a Manolo. ¿Hacia dónde iba el mundo? Preguntábamos a Manolo. El premio de novela negra que lleva el nombre de Carvalho, el gran personaje de Vázquez Montalbán, será entregado el próximo 31 de enero a la escritora argentina Claudia Piñeiro. A Piñeiro le pasa lo que a Manolo: por su papel público en asuntos como la legalización del aborto, la educación sexual, la violencia de género o los derechos cívicos, y por ser una persona inteligente y sensata, la prensa la busca continuamente. “Es casi de chiste”, dice, “intento no hablar de lo que no sé, pero a veces una se compadece del periodista, que necesita hacer su trabajo…”


El caso es que Claudia Piñeiro sabe cosas. Muchas. Y tiene opiniones firmes. Esta conversación se desarrolla en el apartamento bonaerense de su pareja, Ricardo Gil Lavedra, uno de los miembros del tribunal que juzgó a las Juntas Militares de la dictadura. La casa de ella, donde vive con sus hijos, está en un Club de Campo, una de esas urbanizaciones cerradas y exclusivas que proliferan en las afueras nobles de Buenos Aires. Uno de sus primeros éxitos, Las viudas del jueves, transcurría en un Club de Campo. Igual que su más escolástica novela policial, Betibú. En cuanto ocurre algo en un Club de Campo, la prensa también la llama: se la considera especialista. “Es de chiste…”, repite.


Claudia Piñeiro: “La novela negra nació para denunciar las injusticias”


Claudia Piñeiro fue alta ejecutiva de una multinacional de auditorías y de una gran empresa de maquinaria. Dice la leyenda que un día, durante un viaje en avión, decidió ser escritora. “En mi familia no había artistas. Mi madre no terminó Económicas, mi padre no terminó Derecho, mis abuelos eran panaderos y yo no me imaginaba como escritora. Por otro lado, mi época universitaria coincidió con la dictadura, cuando se cerraron las facultades de Humanidades en la universidad pública, y estudié Económicas. Es cierto lo del avión, pero fue porque vi en un diario que la editorial Tusquets convocaba un premio y lo que decidí fue pedir dos meses de excedencia para escribir una novela y volver luego a mi trabajo”.
Ya tenía la novela comenzada cuando acudió a la sede de Tusquets en Buenos Aires para conocer las bases del concurso (no existía aún internet) y descubrió que se trataba de La Sonrisa Vertical: la novela tenía que ser erótica. Piñeiro no desfalleció. Se puso a leer literatura erótica, terminó la obra, logró ser una de las diez finalistas y ya no volvió atrás. Esa primera novela no se publicó. “Anda por ahí, en un cajón. Supongo que está mal escrita. No volví a leerla. Bromeo con que la dejo a mis descendientes. ¿Sabe eso que dicen de las viudas de los escritores, que rebuscan en los cajones para encontrar algo que pueda publicarse? En mi caso, serán mis hijos quienes decidirán si publican la novelita erótica de su madre”.

“Me obsesiona la muerte. Y en cuanto narras una muerte violenta te desplazas hacia lo policial”

Piñeiro se puso a escribir guiones para televisión y a producir unas novelas singulares, con unos personajes femeninos muy poderosos y, casi siempre, un crimen: “La muerte es una de mis obsesiones, se mete en mi escritura. Y en cuanto introduces una muerte violenta, un crimen, la historia se desplaza inevitablemente hacia lo policial”.
Este corresponsal lamenta tener que omitir una parte interesante de la conversación: resultaría lamentable destripar el final, generalmente astuto e inesperado, de las tramas de Piñeiro. Se puede hablar, sin embargo, de forma genérica. Los desenlaces de sus novelas guardan cierta relación con los que ideaba Ricardo Piglia. “Me influyó mucho Blanco nocturno, de Piglia. Como él, me pregunto por qué no soportamos no saber, y como él soy consciente de que las reglas del juego de la narrativa policial exigen un culpable mientras en la vida, por el contrario, no siempre hay soluciones claras”, explica.


LETRAS DE CINE


Películas. Varios libros de Claudia Piñeiro —Las viudas de los jueves, Betibú Las grietas de Jara— han sido adaptados al cine. Si el primero, de 2005, tiene una subtrama negra, el segundo supuso en 2011 su estreno en el policial puro. El tercero ganó el Premio Sor Juana Inés de la Cruz a la mejor novela publicada en lengua española en 2010. Toda su obra está publicada por Alfaguara, que ahora lanza el volumen de cuentos Quién no y reedita la novela Elena sabe.
Premio. Antes que en Piñeiro, el premio Pepe Carvalho de Barcelona Negra recayó en autores como Henning Mankell, Andrea Camilleri, Alicia Giménez Bartlett o Donna Leon.

De ahí, tras otro salto en evitación de espoilers, se llega a la circunstancia de que en las novelas policiales de Piñeiro los protagonistas, los “buenos”, los investigadores, no son policías: “Después de la dictadura quedó mucha mano de obra de la represión, policías que formaron bandas de secuestradores y de sicarios. En España, probablemente, los padres aconsejan a sus hijos que en caso de problemas busquen a un policía. Los argentinos de mi generación les recomendamos que busquen a un quiosquero o a quien sea, pero no a un policía”. “Quizá las cosas estén cambiando un poco”, matiza. Pero no hay día en que la prensa no informe de la participación de un policía o ex policía en un acto criminal.
Argentina, con esa economía que desemboca cíclicamente en el desastre y con sus altos porcentajes de pobreza y de frustración social, parece un territorio propicio para el género negro. Piñeiro evoca a Petros Markaris, el escritor griego, creador del comisario Kostas Jaritos, “en cuyas novelas el tipo de crimen va cambiando según la situación económica”. En las últimas, el crimen importa ya menos que el crimen detrás del crimen, es decir, el crimen económico. Es el origen de la novela negra, desde la seminal Cosecha roja, de Dashiell Hammett. “A veces perdemos el contexto histórico. En¿Acaso no matan a los caballos?, de Horace McCoy, se refiere un crimen en un concurso de baile. Pero el auténtico crimen es el propio concurso de baile, en el que gana quien más resiste y la gente muere de agotamiento porque necesita los dólares del premio. Lo que McCoy denuncia es el salvajismo del capitalismo de su época, pero no sé si mis hijos lo captarían. La novela negra nació para denunciar las injusticias de la sociedad”.

“Soy casi adicta a Twitter. Me divierto aunque el tono del debate sea bastante salvaje”

Claudia Piñeiro goza de fama como constructora de tramas. Lo que más le interesa, sin embargo, lo que mueve su escritura, son los personajes. “Una inventa continuamente abismos y situaciones críticas para saber qué hará su personaje. David Lodge, un escritor al que admiro, dice que la novela es solo una excusa para desarrollar la conciencia del personaje, para descubrir quién es”.
No se le ocurrió, en principio, crear un personaje para una serie, alguien como Pepe Carvalho. “Después de publicarse Betibú, mucha gente me dijo que los protagonistas podrían ser la base de una serie. Me convencí y me puse a escribir otra historia con ellos. Pero entonces murió el fiscal Nisman, murió o lo mataron, nunca sabremos, y resultó que mi novela se basaba en algo muy parecido. Decidí no seguir. Sé, en cualquier caso, que algún día volverán la Nurit Iscar y el Jaime Brena de Betibú o la Inés Pereyra de Tuya. No tengo un plan para ello, pero sí un deseo que me inculcaron los lectores”.


Claudia Piñeiro: “La novela negra nació para denunciar las injusticias”


Los lectores de Claudia Piñeiro no se limitan a sus novelas. También la leen en Twitter, una red social de la que se confiesa “casi adicta”. “Entro de vez en cuando en Facebook o en Instagram, pero en Twitter me divierto, aunque el tono del debate sea bastante salvaje. Soporto mejor la brutalidad en Twitter que en Facebook, donde la gente te envía a veces textos largos, muy pasivo-agresivos, en los que te dicen barbaridades como si lo hicieran por tu bien. Y con el tiempo aprendes a no tomarte muy en serio algunas cosas”.
Piñeiro fue una de las voces más escuchadas durante la reciente batalla por la legalización del aborto (que fracasó en el Senado) y su continua presencia en las pantallas y en las redes alimentan el odio de algunos. “Hace poco me enviaron en Twitter una foto de un auto Ford Falcon verde. En Argentina, ese auto significa que vienen los militares, te secuestran y te matan. La foto llevaba un mensaje, “¿Te olvidaste de esto?”, o algo así. En pocos minutos, el mensaje había sido denunciado miles de veces. Eso reconforta”.


viernes, 15 de diciembre de 2006

La exagerada vida de Oriana Fallaci

 

Oriana Fallaci


La exagerada vida de Oriana Fallaci

La legendaria periodista y escritora murió el jueves en Florencia a los 77 años



ENRIC GONZÁLEZ
Roma, 15 de septiembre de 2006


Oriana Fallaci, periodista, escritora, polemista, valiente y desmesurada, falleció el jueves por la noche, a los 77 años, en un hospital de Florencia. Residía en Nueva York, pero cuando el cáncer acabó con sus últimas resistencias, hace 10 días, pidió que la trasladaran en secreto a su ciudad natal. El final de su vida fue una mezcla de clandestinidad y fragor público: no se dejaba ver y apenas hablaba con nadie, y sin embargo desde 2001 publicó tres libros feroces contra el islam y contra la "cobardía y mediocridad" de lo que ella llamaba "Eurabia".


Su vida fue exagerada desde el principio. Nació el 29 de julio de 1929 en Florencia y con poco más de 10 años actuaba ya como correo de la Resistencia antifascista: su padre, un carpintero de izquierdas, no le ahorró ningún riesgo. Al final de la II Guerra Mundial estaba envuelta en la aureola de adolescente partisana y gozaba de la admiración de la nueva clase dirigente italiana.


Antes de los 20 años optó por dedicarse al periodismo y a los libros. Las primeras obras, Los siete pecados capitales de Hollywood (1959), El sexo inútil (1961), Penélope en la guerra (1962), Los antipáticos (recopilación de entrevistas de 1963) y Si el sol muere (1965), le reportaron fama y prestigio en Italia. Con Nada y así sea (1969), sobre la guerra de Vietnam, y con sus crónicas sobre aquel conflicto para el Corriere della Sera alcanzó un renombre internacional que le permitió conseguir entrevistas con personajes de gran relieve, desde Henry Kissinger a Golda Meir, desde Yasir Arafat a Bob Kennedy. La mayoría de sus entrevistados la detestaban. Eso le gustaba.

En 1975 publicó Carta a un niño que no llegó a nacer, un libro sobre la experiencia personal de un embarazo y un aborto, su primer auténtico best seller mundial. En 1979 concluyó Un hombre, dedicado a la historia de su compañero sentimental Alekos Panagulis, héroe de la resistencia griega contra la dictadura, fallecido el 1 de mayo de 1976 en un oportuno accidente de automóvil cuando estaba a punto de dar a conocer pruebas sobre la complicidad de varios políticos del nuevo sistema democrático con el régimen de los coroneles.


Cubrió como enviada especial numerosos conflictos bélicos, pero las entrevistas seguían siendo su especialidad, y la realizada en 1978 al ayatolá Jomeini reavivó su leyenda: a diferencia de otros periodistas occidentales, que veían en el clérigo chií una alternativa razonable a la dictadura del sah, Fallaci se le enfrentó y criticó sus opiniones sobre las mujeres.


Inshallah (1990), sobre la guerra de Líbano, fue una incursión en el terreno de la novela que dejó traslucir con claridad su antagonismo respecto a algunas organizaciones musulmanas, en especial la OLP. Siguió una fase de relativo silencio, marcada por su traslado a Nueva York. En 2001, Fallaci reapareció con virulencia. Tras los atentados del 11 de septiembre escribió un vehemente artículo para el Corriere en el que denunciaba el fanatismo islámico y lo comparaba con el nazismo. De ese artículo nació La rabia y el orgullo (2001). Aparecieron luego La fuerza de la razón y Oriana Fallaci se entrevista a sí misma, ambos en 2004.


Oriana Fallaci, 1963


Sobre el significado de esas tres obras, en realidad una trilogía, escribió ella misma después de los atentados de 2005 en Londres: "Hace ya cuatro años que hablo de nazismo islámico, de guerra contra Occidente, de culto de la muerte, de suicidio de Europa; una Europa que ya no es Europa, sino Eurabia, y que con su blandura, con su inercia, con su ceguera, con su humillación ante el enemigo está cavando su propia tumba".


Las invectivas contra "la comedia de la tolerancia, la mentira de la integración y la farsa del multiculturalismo" le costaron un juicio en Francia por racismo y xenofobia. Un tribunal suizo pidió al Gobierno italiano la extradición de la escritora por los mismos delitos. También en Italia un fiscal solicitó su procesamiento por "vilipendio al islam".


Fallaci estaba ya muy enferma y vivía como una reclusa en su apartamento de Manhattan. No respondía al teléfono y sólo abría la puerta a su hermana y su sobrino. Ambos revelaron que la escritora y periodista temía que la asesinaran. Quiso ser recibida por el papa Benedicto XVI antes de morir y éste le concedió una audiencia privada el 27 de agosto de 2005. No trascendió nada de lo hablado. Fallaci siguió definiéndose como "cristiana atea" y dispuso en el testamento que sus exequias fúnebres fueran laicas y estrictamente privadas. El Papa se sumó ayer al coro de tributos hacia la escritora: el Vaticano hizo saber que Benedicto XVI rezó por ella.

EL PAÍS

jueves, 16 de noviembre de 2006

La exagerada vida de Oriana Fallaci

 


Oriana Fallaci, en una imagen de 1963.

Oriana Fallaci, en una imagen de 1963.EFE


La exagerada vida de Oriana Fallaci

La legendaria periodista y escritora murió el jueves en Florencia a los 77 años


Enric González

Roma, 15 de septiembre de 2006


Oriana Fallaci, periodista, escritora, polemista, valiente y desmesurada, falleció el jueves por la noche, a los 77 años, en un hospital de Florencia. Residía en Nueva York, pero cuando el cáncer acabó con sus últimas resistencias, hace 10 días, pidió que la trasladaran en secreto a su ciudad natal. El final de su vida fue una mezcla de clandestinidad y fragor público: no se dejaba ver y apenas hablaba con nadie, y sin embargo desde 2001 publicó tres libros feroces contra el islam y contra la "cobardía y mediocridad" de lo que ella llamaba "Eurabia".

Su vida fue exagerada desde el principio. Nació el 29 de julio de 1929 en Florencia y con poco más de 10 años actuaba ya como correo de la Resistencia antifascista: su padre, un carpintero de izquierdas, no le ahorró ningún riesgo. Al final de la II Guerra Mundial estaba envuelta en la aureola de adolescente partisana y gozaba de la admiración de la nueva clase dirigente italiana.

Antes de los 20 años optó por dedicarse al periodismo y a los libros. Las primeras obras, Los siete pecados capitales de Hollywood (1959), El sexo inútil (1961), Penélope en la guerra (1962), Los antipáticos(recopilación de entrevistas de 1963) y Si el sol muere (1965), le reportaron fama y prestigio en Italia. Con Nada y así sea (1969), sobre la guerra de Vietnam, y con sus crónicas sobre aquel conflicto para el Corriere della Sera alcanzó un renombre internacional que le permitió conseguir entrevistas con personajes de gran relieve, desde Henry Kissinger a Golda Meir, desde Yasir Arafat a Bob Kennedy. La mayoría de sus entrevistados la detestaban. Eso le gustaba.

En 1975 publicó Carta a un niño que no llegó a nacer, un libro sobre la experiencia personal de un embarazo y un aborto, su primer auténtico best seller mundial. En 1979 concluyó Un hombre, dedicado a la historia de su compañero sentimental Alekos Panagulis, héroe de la resistencia griega contra la dictadura, fallecido el 1 de mayo de 1976 en un oportuno accidente de automóvil cuando estaba a punto de dar a conocer pruebas sobre la complicidad de varios políticos del nuevo sistema democrático con el régimen de los coroneles.

Cubrió como enviada especial numerosos conflictos bélicos, pero las entrevistas seguían siendo su especialidad, y la realizada en 1978 al ayatolá Jomeini reavivó su leyenda: a diferencia de otros periodistas occidentales, que veían en el clérigo chií una alternativa razonable a la dictadura del sah, Fallaci se le enfrentó y criticó sus opiniones sobre las mujeres.

Inshallah (1990), sobre la guerra de Líbano, fue una incursión en el terreno de la novela que dejó traslucir con claridad su antagonismo respecto a algunas organizaciones musulmanas, en especial la OLP. Siguió una fase de relativo silencio, marcada por su traslado a Nueva York. En 2001, Fallaci reapareció con virulencia. Tras los atentados del 11 de septiembre escribió un vehemente artículo para el Corriere en el que denunciaba el fanatismo islámico y lo comparaba con el nazismo. De ese artículo nació La rabia y el orgullo (2001). Aparecieron luego La fuerza de la razón y Oriana Fallaci se entrevista a sí misma, ambos en 2004.

Sobre el significado de esas tres obras, en realidad una trilogía, escribió ella misma después de los atentados de 2005 en Londres: "Hace ya cuatro años que hablo de nazismo islámico, de guerra contra Occidente, de culto de la muerte, de suicidio de Europa; una Europa que ya no es Europa, sino Eurabia, y que con su blandura, con su inercia, con su ceguera, con su humillación ante el enemigo está cavando su propia tumba".

Las invectivas contra "la comedia de la tolerancia, la mentira de la integración y la farsa del multiculturalismo" le costaron un juicio en Francia por racismo y xenofobia. Un tribunal suizo pidió al Gobierno italiano la extradición de la escritora por los mismos delitos. También en Italia un fiscal solicitó su procesamiento por "vilipendio al islam".

Fallaci estaba ya muy enferma y vivía como una reclusa en su apartamento de Manhattan. No respondía al teléfono y sólo abría la puerta a su hermana y su sobrino. Ambos revelaron que la escritora y periodista temía que la asesinaran. Quiso ser recibida por el papa Benedicto XVI antes de morir y éste le concedió una audiencia privada el 27 de agosto de 2005. No trascendió nada de lo hablado. Fallaci siguió definiéndose como "cristiana atea" y dispuso en el testamento que sus exequias fúnebres fueran laicas y estrictamente privadas. El Papa se sumó ayer al coro de tributos hacia la escritora: el Vaticano hizo saber que Benedicto XVI rezó por ella.


EL PAÍS 



lunes, 19 de junio de 2006

Enric González describe Nueva York como una ciudad en perpetua adolescencia

 


Enric González describe Nueva York como una ciudad en perpetua adolescencia

Fermín Robles
Barcelona, 19 de junio de 2006

Para Enric González (Barcelona, 1959), "los libros sobre ciudades suelen ser de dos tipos: embelesadas historias de amor o crónicas tristes de una decepción". Historias de Nueva York (RBA), su último libro, no es exactamente ni una cosa ni la otra. A lo largo de sus páginas no se percibe la desilusión pero tampoco se desprende de su lectura que mantuviera un maravilloso idilio con la Gran Manzana durante el tiempo que ejerció allí como corresponsal de EL PAÍS (entre 2000 y 2003). El volumen contiene todo tipo de curiosidades acerca de "la capital del mundo", desde el nacimiento de la ciudad, hasta la pasión de los neoyorquinos por el béisbol, las peculiaridades de los rascacielos y barrios o el perfil de algunos de sus inquilinos más populares, como el ex alcalde Giuliani o Vincent Chin Gigante, cabecilla del clan mafioso de los Genovese.

"La vida en Nueva York es un deporte de velocidad y reflejos en el que, al final, decide la suerte. Eso tiene que ver, seguramente, con el tipo de personas que atrae la ciudad. Pocos van a Nueva York para retirarse o para llevar una vida tranquila. A Nueva York se va a trabajar y a vivir con la mayor intensidad posible, lo cual acarrea riesgos", escribe el periodista. Ese vigor hace que la ciudad viva una "perpetua adolescencia", lo que se debe, en parte, a los flujos migratorios que la renuevan constantemente, explica González.

Las anécdotas y curiosidades que componen el libro dan idea de cómo es el día a día de la gran urbe, de cómo es el carácter local y qué tipo de personajes recorren sus calles. González reconoce sentir la influencia de Meyer Berger, que durante más de 50 años publicó un reportaje diario en The New York Times. Con excepción de la condena a Al Capone por fraude fiscal, nunca informó sobre aquellos temas que suelen ocupar las primeras páginas de los diarios. Se dedicaba, más bien, a hablar de la gente corriente y a relatar hechos curiosos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del miércoles, 19 de julio de 2006.


EL PAÍS