


En 1984, la escritora y crítica Bette Howland ganó la beca MacArthur “Genius”.
En 1983 publicó Things to Come and Go: Three Stories. En 1978 publicó su primera colección de cuentos, Blue in Chicago. Ese mismo año ganó una beca Guggenheim. Su primer libro, las memorias W-3 , se publicó en 1974.
En su columna Re-Covered, Lucy Scholes exhuma los libros descatalogados y olvidados que no deberían estarlo.
Bette Howland / El pabellón 3 / Fragmento
Cuando comencé a escribir esta columna hace dos años, inicialmente me limité a comentar solo títulos que estaban fuera de circulación. Pero durante el año pasado, a medida que las editoriales siguen aumentando sus esfuerzos por resucitar clásicos perdidos, comencé a incluir artículos sobre libros previamente olvidados que han sido redescubiertos y reempaquetados para una nueva generación. Hay muchas historias de éxito: el triunfo inesperado de la edición Vintage Classics de Stoner de John Williams, un libro que vendió menos de dos mil copias cuando se publicó por primera vez en 1965 antes de quedar rápidamente fuera de circulación, pero que como reimpresión se convirtió en el Libro del Año de Waterstones en 2013; o el estrellato literario póstumo inesperado de Lucia Berlin en 2015 después de que su selección de cuentos, A Manual for Cleaning Women(editado por Stephen Emerson para Farrar, Straus and Giroux), se convirtiera en un éxito de ventas del New York Times . Pero no hay historia más interesante de abandono y redescubrimiento que la de Bette Howland.

Ha llegado a la librería el grueso y recomendable volumen que contiene una selección de cartas que Saul Bellow (1915-2005) escribió a lo largo de su vida; según el editor, Benjamin Taylor, cerca de dos quintas partes del total conservado.![]() |
| Saul Bellow Poster de T.A. |
Mientras entierran al Papa, lloro a Bellow. Cada uno elige sus santos. Saul Bellow supo arrinconar y medir los días de los hombres con precisión, humor, compasión (la más elevada de las pasiones) e inteligencia, y ahora los días le arrinconan a él y se nos va. Nos queda su obra, una de las mejores del siglo, de éste y del anterior. Todos morimos de forma parecida, pero la manera en que vivimos nos separa. Bellow está muy, muy lejos del resto de nosotros.
En fin, la vida sigue, mientras sigue, y llega el derbi. Por una vez, no es el partido del siglo, sino un curioso cruce entre caballos viejos y potros desbocados. Unos que vienen y otros que se van, que diría Julio Iglesias. Ante el empuje del Barcelona, un equipo a punto de ser grande, no nos queda más que decir aquello de "antes de entrar dejen salir", y apelar al coraje de los vencidos para ganar una última batalla antes de perder dignamente una guerra.
* Este articulo (completo) apareció en la edición impresa del Domingo, 10 de abril de 2005 y se puede leer pulsando este enlace:
EL PAÍS
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| Saul Bellwow Poster de T.A. |
"Si estoy como una cabra, qué le voy a hacer", se dice Moses Herzog al comienzo del libro. Herzog es un profesor respetado de mediana edad que ha acabado dando clases en una escuela nocturna para adultos y al que, de pronto, a raíz de la separación de su esposa Madeleine, su vida se le viene encima. Es un hombre que carga con dos matrimonios fracasados y dos hijos, al que le cuesta mucho admitir emocionalmente que su esposa le ha echado prácticamente de casa, se ha quedado con su hija y se ha instalado con su amante, amigo de ambos. Se siente utilizado por los dos, pero especialmente traicionado por ella. Aislado en el campo, se pone a escribir cartas frenéticamente a todo el mundo, desde eminentes políticos o científicos contemporáneos o ya fallecidos hasta parientes o personas que han contado en su vida por una razón u otra. Son una venganza, una protesta, un ajuste de cuentas, un desahogo, y también un ejercicio de escepticismo frente a prestigiosas ideas en boga; pero esas cartas acaban siendo un duro repaso a su vida. El relato está llevado por dos narradores: una voz anónima que habla pegada a Herzog y Herzog mismo. El artificio de las cartas es magnífico: en primer lugar, porque se convierten en una nueva forma de flashback que abre todas las puertas de la vida anterior de Herzog y, en segundo, porque permite mostrar de una manera narrativa un verdadero torrente de pensamiento. Herzog es un profesor de literatura, un hombre inteligente ("digamos que soy una persona reflexiva que cree en la utilidad de un comportamiento cívico"), que se halla a la defensiva frente a una sociedad que lo desborda. Entonces, la escritura de esas cartas es, en realidad, un deseo de atrapar la realidad con el lenguaje, pero es a la vez una casi utópica necesidad de obligar (figuradamente) a sus destinatarios a tener conciencia. En el fondo, junto a la venganza o la protesta está la necesidad de pedir respuestas a quienes considera mejor o más cínica o astutamente integrados en esa sociedad de la que él se siente descabalgado. Pero lo hace porque tiene conciencia de ese descabalgamiento y, finalmente, no lo entiende aunque lo acepte como un hecho.
En un bar de Nueva York conocí a la editora (en el sentido anglosajón de la palabra: la correctora, consejera y persona de confianza literaria del autor) de Saul Bellow quien entonces vivía y estaba a punto de publicar Ravelstein. Le comenté que precisamente yo acababa de leer una versión al español de El legado de Humboldt, y que a pesar de las deficiencias de la traducción me había impresionado tanta inventiva, y el tono entre sorprendido y resignado con el que el narrador encaja desdicha tras desdicha. Oh, sí, Saul es genial, dijo ella. Le pregunté por sus hábitos de trabajo y me explicó: "Oh, su mente es fabulosa. Fíjate, la semana pasada le telefoneé y le dije: mira, Saul, estoy leyendo tu manuscrito y, perdona pero el personaje X, en mi opinión, queda algo borroso; quizá deberías insertar en la página 240 unas líneas sobre su infancia, sobre sus traumas...". Y Bellow respondió: "¿Ah, sí? ¿Tú crees? Vale, pues toma nota". Y acto seguido se puso a dictarme frases y frases improvisadas pero de una calidad literaria altísima, frases ingeniosas, profundas, bellas, emocionantes, que perfilaban con precisión a X, y como improvisaba a toda velocidad a mí no me daba tiempo de apuntarlas y tenía que pedirle: "¡Es buenísimo, pero más despacio, Saul, más despacio!".
Ganador del Premio Nobel de Literatura y de dos premios nacionales en Estados Unidos, Saul Bellow escribió tantas novelas cortas como largas. Carpe diem y Mueren más por desamor son una muestra de su maestría en épocas diferentes. El escritor, de origen judío, es uno de los que con mayor precisión explora la insuficiencia de lo contemporáneo para dar salida al exuberante potencial de generosidad que habita en algunos seres.
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| Saul Bellow |
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| Saul Bellow |
Hay una parte de desvergüenza y de temeridad en la maestría sin apariencia de esfuerzo del artista muy viejo, o el que no siéndolo todavía mira de cerca a la muerte. John Huston dirigió The Dead en una silla de ruedas, respirando por una mascarilla el oxígeno que apenas llegaba a sus pulmones enfermos. The Dead es una novela corta que trata del paso del tiempo y del modo en que se borra el recuerdo de los que se llevó una muerte prematura, pero fue escrita, asombrosamente, por un joven de veinticinco años. James Joyce la escribió con la lucidez adivinatoria que tiene a veces la juventud, como la que tuvo Scott Fitzgerald para escribir The Great Gatsby apenas a los 28. Estremece la sabiduría en alguien tan joven, pero más aún la inventiva fervorosa y la entrega apasionada en un viejo; y las dos, cuando suceden, muestran algo que de otro modo no se habría podido descubrir, un hallazgo que no es del todo de este mundo, porque traspasa y parece desmentir la inexperiencia del que todavía ha vivido apenas, la fragilidad y el cansancio del anciano.
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| Saul Bellow |
Sin proponérmelo mucho me he encontrado leyendo de nuevo a Saul Bellow en las siestas de agosto, en las noches en que el calor y el trastorno de un viaje muy largo ahuyentan el sueño. No es que haya decidido volver a él por un motivo especial, sino que sus libros forman parte de mi paisaje más cercano, de modo que encuentro uno en el cajón de una mesa de noche que no he abierto en varios meses y empiezo a leerlo o lo abro al azar por la mitad y ya no me resigno a dejarlo, o encuentro en una librería una edición nueva y tentadora que me devuelve la ilusión del descubrimiento, o simplemente veo uno de sus títulos alineados en la estantería y la mano se va hacia el lomo del libro con esa naturalidad con que nos gusta tocar las cosas que nunca nos defraudan, un lápiz, una copa de vino, un cierto cuaderno. Penguin ha sacado una edición austera y exquisita de los libros de Bellow, lo cual es un buen pretexto para descartar aquellos volúmenes de portadas atroces de los años ochenta, los primeros que yo leí. Pero a la hora de la verdad no me decido a desprenderme de ellos, aunque el papel era de muy mala calidad y se ha puesto quebradizo y amarillo, y las ilustraciones de las portadas se han vuelto todavía más chillonas con el paso de los años. De modo que ahora tengo el Herzog feo y maltratado que leí por primera vez hará unos quince años junto al impecable que compré la semana pasada, y es como si a la materia inalterada de la novela se agregara mi vida de lector, la vida misma que ha ido transcurriendo mientras yo leía y releía este libro, familiarizándome más con él a medida que iba conociendo mejor el idioma en el que está escrito y los lugares en los que sucede, el habla y hasta la apariencia física de los tipos humanos que retrata.
En la última carta que escribió en su vida, un año antes de morir, Saul Bellow se acordaba de unas sandalias que su madre le había comprado cuando tenía seis o siete años, y que le gustaban tanto que las untaba con mantequilla para mantener fresco y flexible el cuero del que estaban hechas. Qué asombroso cómo todo se resume en un par de sandalias de cuero, dice Bellow en la última línea, antes de la despedida. Quizás uno de sus últimos pensamientos o recuerdos antes de perder la conciencia sólo un año después tendría que ver con esas sandalias en las que se resumía su infancia: la cercanía de la madre que iba a morir muy poco tiempo después y el amor de un niño pobre por un pequeño regalo conseguido después de haberlo mirado mucho en un escaparate. En 2004 Saul Bellow era un anciano que vivía retirado en una zona rural de Nueva Inglaterra y tenía una esposa muchos años más joven y una hija de cinco años. La veía jugar cerca de él cuando escribía esa última carta y pensaba que la niña era más pequeña de lo que él había sido cuando se quitaba cuidadosamente sus sandalias de cuero antes de acostarse. Casi nonagenario ahora, sin proyectos de nuevos libros ni de viajes, quizás le dio tiempo a disfrutar una serenidad y un desahogo que no había tenido nunca en su vida, desde que empezó a hacerse adulto en los duros barrios de emigrantes del Chicago de la Gran Depresión, cuando devoraba uno tras otro los libros retirados de la biblioteca pública al mismo tiempo que estudiaba y que intentaba buscarse la vida trabajando en cualquier oficio que se presentara. La mezcla de entusiasmo y penuria de aquellos tiempos iba a alimentar siempre su imaginación y a determinar su actitud hacia el mundo: perseguir contra viento y marea aquello que uno desea o a lo que considera que tiene derecho; pelear si es preciso para que a uno no lo pisen y no dejar ninguna ofensa sin respuesta para ser respetado.