Mostrando entradas con la etiqueta Ana Regina García. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ana Regina García. Mostrar todas las entradas

lunes, 4 de mayo de 2020

Mujeres encerradas / Enya en un castillo de Irlanda

El tortuoso camino que llevó a la cantante superventas Enya a recluirse en un castillo en Irlanda

MUJERES ENCERRADAS

El tortuoso camino que llevó a la cantante superventas Enya a recluirse en un castillo en Irlanda

'Mujeres recluidas’- capítulo XIII: es una de las artistas más ricas de Reino Unido. Lo ha conseguido sin dar conciertos, sin ofrecer entrevistas y viviendo aislada desde hace dos décadas en un castillo victoriano con una decena de gatos.

 | 29 ABR 2020 23:59

«Llevo aquí quince años y te puedo asegurar que no la he visto nunca. La puerta está siempre cerrada», contaba un vecino en 2001 al diario The Independent. «A Bono y a su mujer siempre se les ve pasear por aquí. A ella nunca. El otro día vi a una mujer en chándal y zapatillas y creo que era ella, pero no lo sé», añadía otro. En los primeros años del siglo XXI, la prensa se preguntaba dónde estaba Enya; la artista llevaba una década en la cresta de la ola y, de repente, había dejado de producir (lanzó el album A day without rain en 2000 y pasaron cinco hasta que se supo de ella, con el siguiente, Amarantine, en 2005). Después se dieron cuenta de que no tenía sentido preguntárselo: Enya haría muchos más parones y desaparecería muchas veces más después de aquello, a encerrarse en un castillo victoriano de altísimos muros de piedra y puertas de acero.

sábado, 25 de abril de 2020

Mujeres encerradas / Djuna Barnes, la amiga de Joyce que vivió encerrada 41 años en un apartamento del Village



Djuna Barnes.
ILUSTRACIÓN DE ANA REGINA GARCÍA

MUJERES ENCERRADAS

Djuna Barnes, la amiga de Joyce que vivió 41 años encerrada en un apartamento del Village

'Mujeres recluidas'- capítulo 8: Amiga de James Joyce y estrella de círculos bohemios y lésbicos. Susan Sontag y Anaïs Nin hacían guardia fuera de su casa para poder verla y hablar con ella.

En De Profundis, la epístola dirigida desde la prisión de Reading a Alfred Douglas, el que fuera su amante, Oscar Wilde se lamentaba de haber «escogido los árboles de lo que me parecía ser la franja soleada del jardín y esquivar los otros por su sombra y su oscuridad». En la zona luminosa, los frutos codiciados: los placeres carnales, el brillo social, el éxito literario, la riqueza; en la zona sombría, su envés: el sufrimiento, el escarnio público, el olvido, la pobreza. Esta dicotomía, prefigurada en muchos de los cuentos de Wilde, parece uncida a la vida y la obra de muchos escritores. Está el caso de los escritores que se retiran de la vida para poder escribirla. Un caso paradigmático es el de Proust, que después de derrochar su juventud en saraos con la ‘crema’ del quartier Saint-Germain, sin apenas obra publicada, abandona toda vida social y se encierra en casa para embarcarse hacia la que será una de las galaxias más fascinantes de la literatura universal, En busca del tiempo perdido. Nunca sabremos si a Proust lo recluyó en su habitación (y en la escritura) el asma o si, más bien, fue el cansancio por la vida lo que le condujo a encerrarse, so pretexto de estar enfermo, para recobrar el tiempo perdido (re)escribiéndolo. Ya lo dijo Semprún en uno de sus títulos: la escritura o la vida.
Existe otro tipo de escritores que, tras una vida profusa, obra considerable y gran reconocimiento por parte de sus cofrades, se sumergen en el silencio. Me viene a la cabeza Rimbaud. Y también la que, en sus propias palabras, fue la escritora desconocida más famosa del siglo XX: Djuna Barnes.
Djuna Barnes
La escritora, en 1922 a su regreso a Nueva York desde Francia en el trasatlántico SS La Lorraine. FOTO: GETTY
Barnes nació en Cornwall-on-Hudson (Estado de Nueva York) en 1892, año en el que un todavía exitoso Wilde estrenaba en Londres El abanico de Lady Windermere. A los 20 años se muda a la ciudad de Nueva York con su madre y tres de sus hermanos y asiste durante una breve temporada al prestigioso Instituto Pratt de Brooklyn, donde estudia arte y literatura. Como sustento económico de su familia pronto se ve obligada a buscarse la vida como periodista en el Brooklyn Daily Eagle, un periódico amarillista de la época. Su presentación ante la redacción fue: «Sé escribir y dibujar; si no me contratáis, seríais idiotas». Para esa gaceta escribe artículos llamativos como Qué se siente siendo alimentada a la fuerza, experiencia a la que se ofrece como cobaya, texto al que acompaña una fotografía de ella misma en una camilla rodeada de doctores que, mientras le sujetan las extremidades, le hacen ingerir alimento a través de un rudimentario sistema de tubos, una técnica a la que por entonces se sometía a las sufragistas en huelga de hambre. Otras veces escolta los artículos con sus propios dibujos, bajo la influencia del decadentista Aubrey Beardsley, ilustrador de la Salomé de Wilde. En muchos de estos escritos para la prensa, que tocan temas como el boxeo o las ball parties e incluyen una entrevista a James Joyce para Vanity Fair, Djuna descifra, de manera desenfadada y atrevida, algunos de los puntos clave de la represión femenina.
En poco tiempo, se hace un nombre entre la bohemia de Greenwich Village y publica ficción y poesía. Entre las obras de esta época está el poemario en forma de chapbook The Book of Repulsive Women, muy influido por el decadentismo fin de siècle, cuyas protagonistas son mujeres socialmente consideradas ‘repugnantes’, como una cabaretera o los cadáveres de dos suicidas en la morgue. Más tarde renegaría de esta obra, considerándola «estúpida», mera juvenalia.
Djuna Barnes
Dos imágenes de los años treinta que reflejan el estilo de la autora. FOTO: GETTY
En 1921 Barnes se traslada a París, capital mundial de la vanguardia artística y literaria y refugio de la ‘generación perdida’ estadounidense. Llega a la ciudad con una carta de recomendación de James Joyce, del que se ha hecho amiga, escritor cuya influencia será notable y del que llegó a decir, tras leer su Ulises, que nunca volvería a escribir una sola línea, porque «quién osaría». Por suerte no fue así, y en esos años redacta Ryder, novela de autoficción inspirada en la peculiar historia de su familia (con escabrosos episodios donde se cuenta lateralmente la posible violación de su padre y la relación incestuosa con su abuela), y El almanaque de las mujeres, pastiche inspirado en el círculo sáfico del célebre salón literario de Natalie Barney, abierta «lesbiana de letras» cuya obra es un referente temprano del feminismo, el pacifismo y la promiscuidad, tanto sexual como sentimental. Ambas obras, publicadas en 1928, son atrevidas en temática y en estilo, mezclando el modernismo de Virginia Woolf, Nathanael West o su admirado Joyce con formas arcaicas y paródicas de clásicos como Chaucer y Rabelais.
Durante sus años parisinos, Barnes, además de relacionarse con muchos de los grandes nombres, en su mayoría expatriados, que vivían en la ciudad y de escribir los dos libros anteriormente mencionados, se volvió una frecuentadora de los espacios noctámbulos y, tras ser presentadas por la fotógrafa Berenice Abbott, inició una relación con la escultora estadounidense Thelma Wood, el gran amor de su vida. La ruptura, acontecida a finales de los años veinte, sumió a Barnes en una profunda depresión, literariamente silente, e hizo arreciar su adicción a la bebida, compañía de la que no se separaría hasta mucho más tarde. Toda su historia con Thelma se cuenta à clef en la que es su novela más conocida e importante, El bosque de la noche, redactada durante los veranos de 1932 y 1933 bajo el auspicio de Peggy Guggenheim, amiga y mecenas, en su casa de campo de Inglaterra, Hayford Hall, conocida entre sus residentes, vividores y bebedores, como Hangover Hall. La novela fue publicada por Faber & Faber en 1936, con prólogo de T. S. Eliot, que calificó a su autora como «el genio más grande de nuestros días».
Tras el estallido de la Segunda Guerra Mundial, Barnes regresó a los Estados Unidos. Alquiló un pequeño apartamento en el número 5 de Patchin Place, en pleno Village neoyorquino, y allí permaneció 41 años, hasta su muerte en 1982 –gracias al estipendio de Peggy Guggenheim, de otros amigos y de una beca tardía de la National Endowment for the Arts–.
Durante este segundo período de descubrimiento de los secretos en la franja oscura del jardín, Barnes se convirtió en una ermitaña. En 1950, mientras escuchaba un programa de la radio, se dio cuenta de que su alcoholismo le imposibilitaba trabajar. Así logró abandonar su adicción y se puso a escribir, aunque su afán perfeccionista y el sol negro que teñía de sombra sus días hicieron que solo viesen la luz The Antiphon (1960), una obra de teatro escrita en verso de imbricado estilo neoisabelino, y una colección de poemas, Creatures in an Alphabet, publicada un par de años antes de su fallecimiento. A lo largo de sus años de confinamiento voluntario, el carácter de Barnes se agrió, volviéndose una misántropa que solo recibía, o atendía por correo, a sus muy conocidos.
Djuna Barnes
Algunos de los libros de Barnes publicados en español. FOTO: GETTY
Entre las nuevas generaciones de escritores, especialmente entre las lesbianas, «la Garbo de las letras», como era conocida, se convirtió en un mito, con todos los estímulos de los misterios velados. A la puerta de su edifico hizo guardia Carson McCullers, que fracasó varias veces en su intento por verla surgir de entre los muertos. Tampoco fueron fructuosos los intentos de Anaïs Nin –a uno de cuyos personajes llamó Djuna, algo que molestó profundamente a la homenajeada– por que participase en el debate de una revista a propósito de la escritura femenina. Bartha Harris le dejaba rosas acompañadas de notas en su buzón, pero jamás recibió respuesta. Susan Sontag, que tras leer El bosque de la noche escribió en sus diarios que no solo había sido una «lectura imprescindible, sino un hechizo», se desviaba de sus itinerarios habituales por el Village hasta llegar a Patchin Place, donde merodeaba con la única intención de cruzársela y ser testigo del milagro.
Si alguna vez Barnes asomaba la cabeza por su ventana era para gritar: «Quien sea que esté llamando al timbre, que se vaya al infierno». Otras veces, pocas, respondía a las cartas de sus admiradores en tono irritado, concluyéndolas con peticiones de dinero. Entre sus escritos no publicados, en su mayoría poemas, hay un sinfín de borradores, que desvelan una reescritura obsesiva, nunca satisfactoria.
Djuna Barnes
Uno de los últimos retratos de Barnes. FOTO: GETTY
En El pensamiento heterosexual y otros ensayos, obra referencial del lesbofeminismo, Monique Wittig, reflexionando sobre el canon literario, afirma que un texto escrito por un escritor minoritario solo es eficaz si consigue que el punto de vista minoritario se haga universal, es decir, si logra ser un texto literario importante. En busca del tiempo perdido es un monumento de la literatura francesa a pesar de que la homosexualidad es el tema del libro. La obra de Barnes es una obra literaria importante a pesar de que su tema central es el lesbianismo. Y continúa Wittig: «Por una parte, el trabajo de estos dos escritores ha transformado –como debe ser en todo trabajo importante– la realidad textual de nuestro tiempo. Pero como obras de miembros de una minoría, sus textos logran cambiar el criterio de categorización, afectando la realidad sociológica de su grupo, al menos afirmando su existencia. Antes de Barnes y Proust, ¿cuántas veces han sido elegidos personajes homosexuales o lesbianas como tema de la literatura en general? ¿Qué ha habido en literatura entre Safo y El almanaque de las mujeres y El bosque de la noche de Barnes? Nada».
Djuna Barnes murió en su casa de Nueva York seis días después de cumplir los 90 años. Parece ser que de inanición. Nadie pudo alimentarla forzosamente. El silencio de sus 40 años de clausura produce el abismo de los paréntesis abiertos en el tiempo, entre los que vienen a situarse tantos días, uno tras otro, sin apenas registro.
EL PAÍS


DE OTROS MUNDOS
Mujeres encerradas / María Callas: "Cada vez que salgo ahí afuera se lanzan contra mí"
Mujeres encerradas / La cleptomanía y las cirugías desastrosas de Hedy Lamarr
Mujeres encerradas / Yayoi Kusama / Cuarenta años de manicomio
Mujeres encerradas / Greta Garbo / Tres décadas escondida en un apartamento del Upper East Side
Mujeres encerradas / Leonora Carrington
Mujeres encerradas / Teresa Wilms Montt, la poeta chilena encerrada por adulterio en un convento
Mujeres encerradas / Djuna Barnes, la amiga de Joyce que vivió encerrada 41 años en un apartamento de Village
Mujeres encerradas / María Antonieta en La Conciergerie
Mujeres encerradas / Elizabeth Báthory, la condesa sangrienta
Mujeres encerradas / Big y Little Eddie, las primas de Jackie Kedenny que enloquecieron en su mansión en ruinas
Mujeres encerradas / Enya en un castillo de Irlanda
Mujeres encerradas / Zelda Fitzgerald / Vivir en llamas y morir calcinada

Mujeres encerradas / Teresa Wilms Montt, la poeta chilena encerrada por adulterio en un convento



Ilustración de Ana Regina García

MUJERES ENCERRADAS

Teresa Wilms Montt, la poeta chilena a la que encerraron en un convento tras acusarla de adulterio

'Mujeres recluidas'- capítulo X: Sospechosa de espionaje durante la I Guerra Mundial, inmortalizada en un cuadro por Julio Romero de Torres y miembro de la bohemia de Buenos Aires, Madrid y París a principios del siglo XX, la autora nació muchos años antes de que la sociedad pudiera aceptar un alma tan libre como la suya.

-¿Qué hubiera querido ser usted?
-Lo que soy. De cualquier otro modo me habría aburrido más.
Así respondió Teresa Wilms Montt a la periodista Sara Hübner meses antes de su muerte. Y lo recoge Alejandra Costamagna en el maravilloso perfil que escribe sobre ella en Preciosa Sangre, diarios íntimos de Teresa Wilms Montt (La Señora Dalloway, 2017). Según todo lo que dejó escrito esta poeta chilena, en sus 28 años de vida se aburrió poco. Pero no lo tuvo fácil. Nació en Viña del Mar en 1893 en una familia de la aristocracia chilena. Su padre era descendiente de la realeza prusiana y su madre estaba emparentada con varios presidentes de la república. Teresa fue la segunda de siete hermanas y siempre sintió un trato diferente. En sus diarios cuenta cómo de pequeña la castigaban a copiar cientos de veces el verbo obedecer. «Lo sabía de sobra gramaticalmente sin haber pensado nunca en practicarlo», escribió.
Aunque pronto aprendió inglés y francés, no la dejaban leer todo lo que ella deseaba. «Me han prohibido los libros. ¡Está bien! Los robaré ahí donde los encuentre y los leeré, de noche, cuando duerme todo el mundo», contaba. Sin el consentimientos de sus progenitores, se casó a los 17 años con Gustavo Balmaseda. Tuvo dos hijas y se fueron a vivir a la ciudad norteña de Iquique. Allí Teresa escribía en prensa con el pseudónimo de Tebal, participaba en la vida bohemia intelectual y conquistó ese espacio público reservado solo para los hombres. «Yo era la única del sexo femenino en aquellas reuniones (…) abusaba del licor, de los cigarrillos, del éter, etc. (…) También me gastaba ideas anarquistas y hablaba con el mayor desparpajo de la religión (en contra), y participaba de las ideas de la masonería. Escribía para los diarios, daba conciertos. Mis visitas eran a los hospitales, a las imprentas, acompañada de una tropa de médicos pijes y de pijes sin oficio, que me adulaban y ponían por las nubes».
Teresa Wilms Montt
Teresa Wilms Montt, hacia 1920. 
Su inteligencia, actitud y belleza eclipsaban cualquier reunión. Los celos no tardaron en aflorar en Balmaseda y, según retratan algunos libros y la película Teresa: Crucificada por amar, empezó el maltrato. Teresa buscó refugio en Vicente, primo de su marido y se enamoró de él. Al descubrir una correspondencia privada entre ambos, Balmaseda convocó un tribunal familiar con sus padres y suegros. Entre todos decidieron encerrar a Teresa en el convento de la Preciosa Sangre de Santiago de Chile en octubre de 1915 y la tutela de sus hijas recayó en los abuelos paternos.
El convento contaba con una sección para enfermas mentales y otra para recluidas por castigos morales. Teresa permaneció ocho meses en segundo grupo y, durante este tiempo, no cesó de escribir en sus diarios. En ellos narra las visitas que recibe de sus amigos, sus cartas de amor a Vicente, sus angustias existenciales y su gestión del divorcio procurando no firmar ningún papel que acreditara la locura que su familia deseaba atribuirle. «Han querido hacer de mí una pervertida y se encontrarán con que puedo darles lección de nobleza», dejó escrito en aquellos días. En junio de 1916, gracias a la ayuda del poeta Vicente Huidobro, escapó del convento disfrazada de viuda. Los dos escritores eran de la misma edad, pertenecían a una aristocracia que no les comprendía y juntos pusieron rumbo a Argentina con el anhelo de dedicarse a vivir de sus palabras.
Teresa Wilms Montt
Dos ediciones actuales de su obra.
En Buenos Aires se plantó en la redacción de la revista Nosotros, famosa entonces por publicar a escritores consagrados de la talla de Gabriela Mistral, Unamuno o Azorín y se convirtió en colaboradora. En 1917 publicó sus primeros libros, Inquietudes sentimentales y Los tres cantos, ambos con el nombre de Thérèse Wilms Montt. Y la crítica aplaudió su prosa poética alzándola como la figura literaria del momento. Entonces sucedió uno de los episodios que marcaron la vida de la escritora. Un joven al que bautizó como Anuarí se enamoró perdidamente de ella. Y al no ser correspondido como él esperaba, se suicidó delante de la escritora. Tras este hecho, Teresa sintió que necesitaba huir y cambiar radicalmente de vida. Y se subió a un barco rumbo a Nueva York para hacer prácticas en un hospital de la Cruz Roja en plena Primera Guerra Mundial.
El primer día del año de 1918 intentó tirarse por la borda pero un pasajero lo impidió. Y nada más pisar suelo estadounidense fue detenida policía. Sus apellidos, el pelo rubio, los ojos azules y el hecho de viajar sola hicieron sospechar a los agentes de la policía estadounidense de que se encontraban frente a una espía alemana (Mata Hari había sido fusilada por eso mismo meses antes en Francia). La retuvieron dos días en Ellis Island. «Les perdono, después de todo me han proporcionado momentos de emoción», recogió en sus diarios. Pero esas 48 horas fueron suficientes para darse cuenta de que no quería pasar ni un minuto más en ese país. Y se subió a otro barco con destino a España. En el Madrid de principios del siglo XX alcanzó notoriedad en los círculos bohemios. Valle-Inclán prologó su tercer poemario Anuarí en 1918 (reeditado Ediciones Torremozas en 2009), en el que comenzaba diciendo: «¿De qué mundo remoto nos llega esta voz extraña cargada de siglos y juventud?». Julio Romero de Torres inmortalizó la exótica belleza de la chilena en un cuadro. Y ella continuó publicando en prensa con pseudónimos.
Teresa se entera de que sus hijas vivirán en París con su abuelo al que destinan allí y rápidamente se muda a la Ciudad de la luz para poder verlas. En la capital francesa contacta con Max Ernst, Bretón y Paul Éluard. Se halla de nuevo en el epicentro de las vanguardias aunque lo que la mantiene viva es la ilusión de los encuentros semanales con sus hijas. Duran poco. Al año, la familia tiene que regresar a Chile y se llevan a las niñas. Teresa Wilms Montt no soporta esta última despedida y cae en depresión. El 22 de diciembre de 1921 ingiere un frasco de veronal y fallece dos días después en el hospital Laënnec de París. Tenía solo 28 años y un pasado lo suficiente extraordinario (y escrito por ella) como para alimentar su mito que sigue vivo.

DE OTROS MUNDOS