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domingo, 28 de marzo de 2021

John Steinbeck / La fuga


John Steinbeck 

La fuga


      Unas quince millas más abajo de Monterrey, en la costa agreste, vivía la familia Torres, en una granja que no consistía más que un par de hectáreas situadas sobre el acantilado y asomadas a las rugientes olas del océano. Al otro lado se levantaban las montañas como si quisieran ascender hasta el cielo. Las construcciones de la granja parecían minúsculos insectos acurrucados en la ladera y temerosos de que el viento los arrastrara al mar. El cobertizo y el granero, de madera vieja y grisácea, estaban cubiertos de sal y parecían formar parte del paisaje rocoso. Dos caballos, una vaca y un ternero, media docena de cerdos y unas cuantas gallinas eran la población animal de la granja. En la yerma ladera crecía un poco de maíz, que apenas podía desarrollarse bajo el azote del viento. Las mazorcas sólo tenían grano en la cara que daba a los montes.

John Steinbeck / Asesinato




 


John Steinbeck 

Asesinato


      Sucedió hace años en el distrito de Monterrey, en California. El Cañón del Castillo es uno de los muchos valles que atraviesa la cordillera de Santa Lucía, entre cortaduras y riscos abruptos. Del cañón parten multitud de arroyuelos que parecen tallados en la roca viva, cañones disimulados bajo espesos robledales y vaguadas tapizadas de salvia grisácea. Al fondo del cañón de Santa Lucía se alza un formidable castillo de piedra, almenado y adornado con majestuosos torreones, como las fortalezas que dejaron los Cruzados en la ruta de sus conquistas. Pero una detenida visita al castillo basta para revelar que no se trata de una fábrica de arquitectura, sino del caprichoso resultado de la erosión natural del agua y del viento a través de los siglos. Desde lejos sus bastiones ruinosos, sus puentes levadizos, sus altas torres y sus aspilleras góticas se distinguen claramente, sobre todo si el espectador deja volar un poco su fantasía.

sábado, 27 de marzo de 2021

John Steinbeck / Johnny El Oso

 



John Steinbeck 

Johnny "El Oso"


   


Johnny Bear by John Steinbeck


   La aldea de Loma se alza, como su mismo nombre indica, sobre una loma redondeada que parece una isla en la boca del valle de Salinas en California. Al norte y al este de la población se extienden muchos kilómetros cuadrados de terreno pantanoso, que por el sur ha sido desecado para su aprovechamiento agrícola. Tan fértil es aquel terreno ganado al marjal, que en él las coles y las lechugas alcanzan proporciones gigantescas.

John Steinbeck / La codorniz blanca

 


John Steinbeck 

La codorniz blanca

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       La pared opuesta a la chimenea en el cuarto de estar consistía en una gigantesca vidriera que alcanzaba casi hasta el techo y estaba adornada con cristales de colores en forma de rombos. Desde allí, sobre todo si se estaba sentado en el alféizar del gran ventanal, podía contemplarse todo el jardín y parte de la ladera. Bajo los robles del jardín se extendía un espacio de césped, y cada árbol tenía a sus pies un círculo de bien cuidadas flores, cuyo colorido mostraba toda la gama del arco iris, desde el escarlata hasta el azul ultramar. Al extremo del prado crecía un matorral de lilas, y ante éste se abría un pequeño estanque, cuyos bordes estaban cubiertos de musgo.

viernes, 26 de marzo de 2021

John Steinbeck / El linchamiento

 


John Steinbeck 

El linchamiento



El vigilante by John Steinbeck

      El arrebato pasional, el confuso movimiento y el vocerío de la multitud fueron extinguiéndose poco a poco, y el silencio se hizo dueño de nuevo del pequeño parque municipal. Grupos de personas quedaban aún cerca de los árboles, como figuras fantasmales a la luz azulada de una casa próxima. Todos parecían cansados, y se movían sigilosos, casi de puntillas; uno a uno, los grupos se dispersaban, perdiéndose en las sombras. El césped del parque aparecía pisoteado y roto por mil sitios, como un tapiz hecho jirones.

John Steinbeck / El arnés


John Steinbeck

 El arnés


(The Harness)



       Peter Randall era uno de los granjeros más respetados de Monterrey. En cierta ocasión, al ser presentado como conferenciante en una asamblea local, fue citado como ejemplo y modelo de generaciones futuras. Su edad rayaba en los cincuenta, sus modales eran sencillos y agradables, y tenía una barba que peinaba cuidadosamente. En toda reunión recibía las muestras de deferencia que corresponden por derecho propio al hombre barbudo. También sus ojos eran serios y formales; azules y ligeramente melancólicos. Todos reconocían una gran fuerza de carácter bajo su apacible aspecto, y admiraban su gran dominio en toda circunstancia. A veces, sin motivo aparente, sus ojos adoptaban una torva expresión, como los de un perro peligroso, pero aquella chispa se apagaba pronto y la bondad y el buen sentido reaparecían en su mirada. Siempre llevaba los hombros echados hacia atrás como si los tuviera sujetos con unos tirantes, y el estómago encogido como un militar en acto de servicio. Teniendo en cuenta que los granjeros acostumbran a ser descuidados y zafios en su aspecto y modales, la postura habitual de Peter contribuía a aumentar su prestigio.

John Steinbeck / Los crisantemos

 


John Steinbeck Los crisantemos





      Una niebla invernal, gris y espesa separaba al Valle de Salinas del cielo y del resto del mundo. Era una densa bruma que se apoyaba por sus bordes en las crestas de las montañas, convirtiendo el valle en una olla tapada. En el fondo, donde el suelo era llano, los arados abrían surcos profundos por los que asomaba la tierra rica y rojiza. En las laderas de los montes, al otro lado del río Salinas, los campos de espigas amarilleaban como si estuvieran bañados en una pálida luz solar, pero esta no llegaba hasta allí. Los álamos y sauces que crecían apretados al borde del río, parecían gigantescas antorchas cuyas llamas eran sus hojas amarillas o pardas.

lunes, 30 de junio de 2014

John Steinbeck / La serpiente


John Steinbeck 

La serpiente




 Era casi de noche cuando el joven doctor Phillips se echó el saco al hombro y abandonó la laguna formada por las aguas de la marea. Trepó rocas arriba y echó a andar por la calle pisando fuerte con sus altas botas de goma. Las luces de la ciudad empezaban a encenderse cuando llegó a su pequeño laboratorio en la calle de las conserverías de Monterrey. Era un pequeño edificio que se apoyaba en parte sobre pilastras al borde de la bahía. Por todas partes lo rodeaban las instalaciones metálicas de las industrias conserveras de sardinas.