El último trago de Lowry
Viaje al Cuernavaca de 'Bajo el volcán' en el centenario del nacimiento de su autor
Fabrizio Mejía Madrid
14 de agosto de 2009
Crearse un infierno para luego escribirlo -que es la definición de la vida de Malcolm Lowry en México- podría servir también para mis relaciones amorosas. La penúltima vez que vine a la ciudad de Bajo el volcán, Cuernavaca, fue tratando de presionar a una mujer cuatro años menor que yo para que dejara por un fin de semana la casa de su madre. La esperé sobre una cama de hotel que crujía, sobresaltado por los cambios de voltaje del minibar, y escribí lo que, después, se convertiría en un cuento y, más tarde, en una novela. Esa primera vez, en 1989, noté lo que Malcolm alucinó: los volcanes míticos, el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl, el guerrero y su mujer dormida, no se ven desde Cuernavaca. Entre la contaminación porque los autos se taponan en las callejuelas -la ciudad colonial debería ser, toda, de peatones pero, hasta en el cementerio hay un letrero como los que divertían tanto a Lowry: "Prohibido andar en bicicleta entre las tumbas"-, digo, entre el humo de la combustión que exige ir en auto a una cuadra de distancia, las casas y los árboles, uno no sabe que está bajo un volcán. Además, Malcolm los describió demasiado cerca. Hay que salir de la ciudad para verlos.
