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sábado, 11 de abril de 2026

La llamada de… Leila Guerriero

 

La llamada de… Leila Guerriero

Foto de portada: Pablo José Rey


La llamada de… Leila Guerriero


Leila Guerriero no recuerda haber recibido la llamada de la literatura. No hay un momento epifánico en su biografía, se sintió escritora desde el principio, como si hubiera nacido consciente de su destino. De hecho, cuando moja la magdalena en el té de la memoria lejana y evoca alguna imagen representativa de su primera infancia, lo primero que visualiza es el armario empotrado de su primer dormitorio y a ella misma, por supuesto de pequeña, sentada a la mesa rebatible del centro del mueble y reclinada bajo un velador en cuya tulipa de opalina destacaba el dibujo de un gatito. A la niña que era entonces le gustaba refugiarse en ese escritorio a la vuelta del colegio, y cuando llegaba la hora de la cena su padre o su madre asomaban por la puerta, le preguntaban si le quedaba mucho y la instaban a unirse a ellos cuando terminara la frase, el párrafo o hasta el relato entero. Y el hecho de que nunca la presionaran, de que no le metieran prisas, de que respetaran el tiempo que dedicaba a la narrativa dotó a aquella chica de un carácter lo suficientemente sólido como para, después, adentrarse en la literatura con paso firme.

lunes, 7 de octubre de 2024

Truman Capote / Lecciones para escritores

 

Truman Capote

Lecciones para escritores de Truman Capote

En el documental 'The Capote Tapes', disponible en Filmin, el escritor estadounidense reflexiona sobre el estilo, la escritura, cómo escribir un relato o cómo ignorar a los críticos. 

Truman Capote, el niño que salió de casa por la puerta principal

Truman Capote
Foto de Irvin Penn


Truman Capote, el niño que salió de casa por la puerta principal

sábado, 6 de enero de 2024

El oficio de escribir / Los detalles y las moscas

Gay Talese
Gay Talese.

LOS DETALLES Y LAS MOCAS Un detalle de mierda

Era la primera semana de agosto y yo no tenía donde caerme muerto, así que me fui al Reina Sofía, como otras veces. Me acomodé de pie ante el Guernica, vagamente interesado en el cuadro. Me gustaba tenerlo como banda sonora, acunando mis pensamientos mientras atendía al entorno. En este cuadro es muy importante precisamente el entorno, la atmósfera de que se rodea, los murmullos, las moscas, si las hay. Ese día, a última hora de la tarde, sucedió algo poco habitual, y durante unos minutos nos quedamos a solas con la pintura cuatro visitantes. Fue un instante mágico, de una soledad confortable y fresca. Todos estudiaban los secretos de la obra menos yo, que me fijé sin querer en uno de los vigilantes, en cuya frente se había detenido una mosca. Cuando la perdí de vista, desganado, advertí con fascinación que el vigilante estaba empalmado. No supe reprimir la risa, que apagué como pude con una mano. Hostia santísima, me dije, mientras comprobaba si las otras tres personas seguían mirando con obstinación la pintura. Lo hacían. En el siguiente minuto la erección siguió allí. El vigilante, curiosamente, parecía ignorarla, impertérrito, tal vez demasiado ocupado en tareas de vigilancia. En fin. Cuento esto porque ese instante fue la última constatación brutal de qué importantes son los detalles insignificantes.

domingo, 4 de septiembre de 2022

Manuel Vicent / Llorar por las plegarias atendidas

Truman Capote charla con la artista Gloria Vanderbilt (izquierda)
y la cantante Pearl Bailey en un club de Nueva York en 1955.
BETTMANN 


Llorar por las plegarias atendidas

Truman Capote y J. D. Salinger sedujeron a las más célebres criaturas de la alta sociedad neoyorquina, pero al final ellas acabaron destrozándolos


Manuel Vicent
8 de octubre de 2021


“Se derraman más lágrimas por las plegarias atendidas que por aquellas que permanecen desatendidas”. Este pensamiento de Teresa de Ávila merecía haber sido impreso en las tarjetas del célebre Stork Club de Nueva York, donde en los años cuarenta del siglo pasado bebían y desplegaban sus alas los cisnes más blancos de la ciudad. Era un club clandestino, pero solo para quienes no tenían nada que ofrecer a la fama y a la seducción. Por allí pasaban todas las celebridades del momento y se juntaban con las niñas doradas del Upper East Side, de apellidos famosos, entre otras Gloria Vanderbilt, Oona O’Neill (hija del dramaturgo ganador del Nobel), las Bouvier, las Astor, todas apacentadas por Truman Capote, quien usó más de la mitad de su talento solo en elaborar frases ingeniosas y réplicas malvadas que divirtieran a aquel rebaño que se congregaba en torno a la aceituna del Martini.


Bastaba con que cualquiera de ellas despegara sus labios rojos para que todo alrededor oliera a dinero. ¿Qué habían hecho esas criaturas aladas para derramar tanta felicidad? Nacer en una familia adecuada, una de esas que con solo un estornudo ponía de los nervios a todo Wall Street. Pero ahí estaba Truman Capote para dar sentido a su vaga existencia mediante el juego sorprendente de las palabras. De Oona O’Neill decía: “Solo tiene un defecto, es perfecta”. Pero en el Stork Club el ingenio estaba muy repartido. Alguien preguntó a Gore Vidal por qué no había saludado al pequeño Capote. “Es que le he confundido con un puff”, contestó.


Después de libar como una abeja todas las flores de Taormina y sobrevolar las fiestas de París, la nieve de Saint-Moritz, los sillones blancos de la Costa Azul, de Isquia, Capri, Positano y los turbios almohadones de Tánger, siempre rodeado de personajes pasados de la raya, Truman Capote volvía al Stork Club para reunirse de nuevo con sus criaturas; y ellas, en aquellos oscuros divanes, en los aperitivos en el Oak Bar del Plaza, en los yates o en los jets privados hacia Jamaica, le contaban sus secretos, sus infidelidades, sus vicios y las veces que habían intentado cortarse las venas.


Fiel a su principio de que todo lo que hace la literatura no es más que un chisme, después de escribir la obra maestra A sangre fría, con la que fundó el nuevo periodismo, ahogado su talento en alcohol y barbitúricos, quiso añadir un nudo más a la soga con que se ahorcó a los asesinos de Kansas. Convertido ya en un viejo peluche rodeado de almohadas, aquellas criaturas a las que durante toda su vida había tratado de seducir comenzaban a abandonarlo y para vengarse se dispuso a escribir una novela, Plegarias atendidas, en la que iba a sacrificarlas. Pese a su belleza, los cisnes son aves muy crueles y atacan con violencia cuando ven amenazados sus nidos. Si fuera cierto que se escribe para enamorar, para que te quieran, Capote había fracasado. Aquellas criaturas aladas acabaron por destrozarlo.


Por el Stork Club caía a veces en ese tiempo un joven elástico, rico, neurótico, inteligente, esnob y sarcástico, enfundado en un abrigo negro Chesterfield. Se llamaba J. D Salinger y también trataba de seducir a aquellas muchachas de oro, a la vez que las despreciaba. Las volvía locas, pero no a todas. La adolescente de 15 años Oona O’Neill le fue esquiva hasta que vio que aquel joven tan atractivo había publicado su primer cuento en la revista The Story, como lo hacían Hemingway, Scott Fitzgerald y Capote. Iniciaron la mutua seducción en los divanes del Stork Club; Oona y Salinger eran esa clase de novios que se besaban todavía con los labios cerrados cuando cayó sobre ellos la Segunda Guerra Mundial. Salinger se alistó en el ejército, participó en el desembarco de Normandía y, mientras llovían hierros por todas partes, le escribía a Oona desde el frente encendidas cartas de amor hasta que un día en un periódico que estaba leyendo un soldado vio la foto con la noticia a toda página de que Oona O’Neill, su novia tan inocente, aquel cisne blanco, se había casado con Charles Chaplin, 40 años mayor que ella.


Cada uno a su modo, Capote y Salinger se vieron obligados a derramar lágrimas por las plegarias atendidas en el Stork Club. Ambos obtuvieron el éxito más resonante, uno con A sangre fría, otro con El guardián entre el centeno, y los dos perseguidos y atacados por aquellos cisnes blancos tomaron en su huida caminos distintos. Capote huyó por la intrincada senda del alcohol y las drogas hasta llegar a ese paraíso donde se vislumbra la séptima cara del dado que es la muerte y Salinger, bombardeado por el propio éxito, tuvo que enterrarse vivo en una granja de Cornish, donde su anonimato se convirtió en una leyenda hasta el punto de que llegar hasta él era una misión tan difícil como encontrar un mono en Marte, siempre que el explorador fuera un periodista, biógrafo, crítico literario o editor, pero no si era una joven admiradora atractiva dispuesta a ser pasada por las armas.



EL PAÍS

Manuel Vicent

Escritor y periodista. Ganador, entre otros, de los premios de novela Alfaguara y Nadal. Como periodista empezó en el diario 'Madrid' y las revistas 'Hermano Lobo' y 'Triunfo'. Se incorporó a EL PAÍS como cronista parlamentario. Desde entonces ha publicado artículos, crónicas de viajes, reportajes y daguerrotipos de diferentes personalidades.





DE OTROS MUNDOS







viernes, 12 de febrero de 2021

El desayuno en Tiffany ya es posible


El desayuno en Tiffany ya es posible

La cadena de joyerías estrena un café en su icónica tienda en la Quinta Avenida de Nueva York que dio nombre a la famosa película


Sandro Pozzi
Nueva York, 9 de noviembre de 2017

Hay pocas escenas del cine tan glamurosa como la que interpreta Audrey Hepburn al comenzar Desayuno con diamantes. En ella se ve bajando a la actriz de madrugada de un taxi amarillo en la Quinta Avenida, con un vestido negro entallado, guantes y un collar de perlas reposando sobre los hombros. Se acerca al escaparate de la joyería Tiffany sin quitarse las gafas de sol y de una pequeña bolsa de papel saca un croissant.

Truman Capote / El asesino de ‘A sangre fría’ escribió su relato de la matanza




El asesino de ‘A sangre fría’ escribió su relato de la matanza

Truman Capote conoció la existencia del texto de Richard Hickcock y lo silenció. Medio siglo después, el manuscrito ha sido redescubierto en Estados Unidos



JAN MARTÍNEZ AHRENS
Washington 25 MAR 2017 - 13:16 COT

Truman Capote tuvo competencia en el corredor de la muerte. Antes de ser ahorcado, Richard Hickock, uno de los dos asesinos retratados en su novela A sangre fría, escribió su propia versión de la matanza de la familia Clutter. Pero el texto, de unas 200 páginas, nunca llegó a publicarse. Mientras la reconstrucción de Capote, símbolo máximo del Nuevo Periodismo, alcanzaba la gloria, el relato que hizo el criminal sobre los mismos hechos se perdió en la corriente de los días. A ello contribuyó el propio Capote. Megalómano y ferozmente competitivo, al conocer la existencia del manuscrito intentó comprarlo y, tras fracasar, lo silenció. Durante medio siglo, la versión del asesino permaneció olvidada hasta que una investigación de The Wall Street Journal la ha vuelto a sacar a la luz.

Manuel Vicent / La escuela de escritores acostados


Juan Carlos Onetti, en una imagen de 1989.Juan Carlos Onetti, en una imagen de 1989.FOTO: FRANCISCO ONTAÑÓN

La escuela de escritores acostados

Gran número de autores debe su vocación literaria a aquella enfermedad que en la adolescencia les tuvo durante meses, incluso años, postrados en el lecho


Manuel Vicent
Madrid, 22 de mayo de 2020

Dijo Blaise Pascal: ”Todas las desgracias del hombre se derivan del hecho de no ser capaz de estar tranquilamente sentado y solo en una habitación". Existe en la historia de la literatura una serie de escritores que siguieron el consejo de Pascal y optaron por hacer de su dormitorio el reducto de su actividad creativa. Dormían, comían, escribían y recibían visitas alrededor de la cama donde permanecían tumbados sin enfermedad alguna ni razón aparente. En el lecho produjeron gran parte de su obra, entre otros Voltaire, Mark Twain, Marcel Proust, George Orwell, Truman Capote y los españoles Valle Inclán, el tardío Pío Baroja, Vicente Aleixandre y el uruguayo Juan Carlos Onetti. Podría llamarse la escuela literaria de escritores acostados.

lunes, 27 de julio de 2020

Gustavo Martín Garzo / La bondad de los desconocidos

Un tranvía llamado Deseo

La bondad de los desconocidos

Los escritores no pueden vivir sin esos seres, los lectores, que alguna vez llaman a su puerta. Pero el mundo de la crítica está lleno de gente empeñada en tratar a escritores y lectores como si fueran alumnos a los que llevar por el buen camino


Gustavo Martín Garzo
12 de junio de 2015



La bondad de los desconocidos
EVA VÁZQUEZ

Jamás contestes a una mala crítica, tal es el consejo que Truman Capote da a los escritores. Y es un buen consejo, ya que lo mejor que puede hacer el escritor ante una crítica adversa es guardar silencio y aparentar que no le importa demasiado. Pero claro que le importa, y mucho. Una mala crítica puede dejarle varias noches sin dormir, quitarle el apetito, llevarle a evitar en los días siguientes a familiares y conocidos ante el temor de que puedan haber comprado el periódico o la revista donde su libro es vapuleado y la hayan podido leer. ¿Son conscientes los críticos de la magnitud de su poder, del disgusto que pueden dar a ese pobre escritor que ha tenido la comprensible pretensión, si tenemos en cuenta el esfuerzo que supone terminar un libro, de ser leído amorosamente por alguien? El crítico puede objetar que ese es su oficio y que si le pagan —bastante poco, para complicar más las cosas— es para que opine sobre las virtudes o los defectos de los libros que se publican y separar así el grano de la paja, que por cierto, y según él, es lo que abunda más. Aún más, podría añadir ese crítico insobornable al atribulado escritor, ¿por qué supone usted que los demás deben leer sus libros? Nadie le ha pedido que los escriba, y si a pesar de todo se empeña en seguir haciéndolo no puede extrañarle que tengamos el derecho a protestar cuando nos hace perder nuestro tiempo y nuestro dinero.




OTROS ARTÍCULOS DEL AUTOR



Todos estamos expuestos a la mirada crítica de los otros, y pretender no ser valorados por nuestros actos es un acto de supremo infantilismo. Andersen tuvo un extraordinario éxito en su vida de escritor y era recibido en todas las cortes europeas para que leyera públicamente sus cuentos. Pero se cuenta que soñaba con tener éxito como dramaturgo y que pataleaba como un niño cuando sus obras fracasaban en la escena, lo que pasaba una y otra vez. ¿Era Andersen tan infantil e inmaduro que solo vivía para lograr la adoración sin límites de los demás? Puede que lo fuera, pero no creo que la razón por la que los escritores escriban sus libros sea para exhibir el tamaño de sus egos. Lo hacen porque les gusta escribir, porque anhelan contar algo que no saben bien qué es, porque persiguen sueños que raras veces se realizan. O porque tal vez buscan en los libros una felicidad que la vida real no les da. Puede que Andersen tuviera un ego monumental, pero en ningún caso eso explica la maravilla de sus cuentos.
Y si es raro que alguien dedique su tiempo a inventar historias más o menos disparatadas, ¿no es más raro aún dedicarlo a meterse con los que las escriben, y aspirar a ser algo así como un guía espiritual, ese faro que orienta a los siempre influenciables lectores en el proceloso mar de la mala literatura? Aún más, ¿no abundan entre los críticos también los grandes egos, los pedagogos airados, los exquisitos que confunden la literatura con el rincón del gourmet, los integristas que hacen del libro una religión sacrosanta cuyos sumos sacerdotes son ellos, o esos otros eternamente malhumorados que creen que las novelas o los libros de poesía se escriben con la única intención de perturbar su digestión? Pero ¿es comprensible que alguien dedique años, meses enteros a escribir pacientemente un libro con el único propósito de incomodar a un crítico en la hora de su siesta? No, claro, esto no tiene ningún sentido. Además, ¿no son todos los libros, incluso los más grandes, en cierta forma un fracaso? “La palabra humana —escribe Flaubert— es como caldera rota en la que tocamos música para que bailen los osos, cuando querríamos conmover a las estrellas”.


¿Es comprensible que alguien escriba un libro con el único propósito de incomodar a un crítico?

W. H. Auden solía decir que criticar un libro malo no solo era una pérdida de tiempo sino también un peligro para el carácter. “Si un libro me parece realmente malo, entonces el único interés que puedo tener para escribir sobre él es la exhibición de mi inteligencia, mi ingenio y mi malicia. Es imposible que alguien reseñe un mal libro sin pavonearse”. Auden también decía que no necesitaba el consejo de nadie acerca de lo que le debía gustar o no, ya que solo suya era la responsabilidad de sus lecturas. Sin embargo, el mundo de la crítica está lleno de gente empeñada en tratar a los escritores y a los lectores como si fueran alumnos a los que tienen que llevar como sea por el buen camino. Tal vez por eso es un espacio abierto a la perversidad. Y no me refiero solo a la perversidad de los juicios que con tanta ligereza se emiten sino a la de los lectores que acuden presurosos a los suplementos y revistas culturales para ver cómo despellejan en ellos la novela del escritor que conocen. Aún más, escribe Juan Goytisolo: “¿Cómo pueden los críticos escribir en un par de días sobre novelas que, si valen, no tienen tiempo de analizarlas con seriedad, y si no valen, no merecen tal empeño?”.
George Steiner dice que la literatura es un vendaval que se cuela por la ventana y nos desordena la casa. Es decir, nos enfrenta no tanto a lo que conocemos como a lo que no sabemos explicar. Un buen libro siempre nos deja perplejos, sin saber qué decir. ¿No es sospechoso que los críticos opinen con tanta facilidad, y con tan poco tiempo de reflexión, acerca de los libros que leen? Son expertos lectores, se puede objetar, con frecuencia profesores universitarios que han dedicado años al estudio de la literatura. Pero ¿haber hecho de la literatura un objeto de estudio garantiza ser un buen lector? Vuelvo a citar a Flaubert: “Los que se llaman ilustrados a sí mismos acaban siendo cada vez más ineptos en materia de arte. Se les escapa incluso qué cosa sea el arte. Para ellos son más importantes las glosas que el texto. Les interesan más las muletas que las piernas”.
Un tranvía llamado Deseo



Abundan en ese ámbito grandes egos, sumos sacerdotes y personas siempre malhumoradas

No, no creo que el escritor sea básicamente un insufrible ególatra. Está solo, se pasa horas y horas encerrado en su cuarto persiguiendo quimeras que raras veces alcanza. Recuerda a esas mujeres neurasténicas que pueblan la obra de Tennessee Williams, con sus torpes ensueños, su temor al fracaso, pero también, a menudo, con su maravilloso candor. Esas mujeres cansadas y un poco lunáticas, que aunque han asistido una y otra vez al fracaso de sus sueños no pueden renunciar a ellos. “Siempre he confiado en la bondad de los desconocidos”, dice la inolvidable protagonista de Un tranvía llamado deseo. Sí, los escritores, especialmente cuando no son jóvenes ni famosos, se parecen a esas pobres mujeres. Permanecen desvelados por las noches soñando con locas historias que logren conmover a las estrellas, y todo lo que consiguen es hacer bailar a los osos. Pero ¿pueden vivir sin esos bailes? No, no pueden, por eso solo les queda confiar en la bondad de esos desconocidos que son los lectores que alguna vez llaman a su puerta.
Gustavo Martín Garzo es escritor.




martes, 2 de junio de 2020