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domingo, 16 de junio de 2024

La rana Gustavo, la miniserie ‘Eric’ y otras historias del sucio Nueva York de los ochenta

 


Jim Henson (holding Kermit), Frank Oz and the rest of the puppeteers on The Muppets, in a still from the documentary 'Jim Henson: Idea Man

Jim Henson (sosteniendo a Gustavo), Frank Oz y el resto de marionetistas de los teleñecos, en una imagen del documental 'Jim Henson: la audacia de las ideas'.DISNEY

La rana Gustavo, la miniserie ‘Eric’ y otras historias del sucio Nueva York de los ochenta

Un documental de Ron Howard sobre Jim Henson y la ficción protagonizada por Benedict Cumberbatch en Netflix coinciden en su retrato de una era tan decadente como creativa


Elsa Fernández-Santos
10 de junio de 2024
En la década de los ochenta, Nueva York era peligrosa y decadente, pero también una ciudad rebosante de energía e ideas: de las más imaginativas a las más perversas. En las mismas malas calles en las que un genio del entretenimiento y la pedagogía como Jim Henson desplegaba sus últimas aventuras, cabían la criminalidad de las mafias, el lumpen de las drogas y las nuevas (y opacas) oportunidades inmobiliarias, las que permitieron al hijo acomplejado de un empresario severo y racista, Donald Trump, construir su megalómano imperio y todo lo que vendría después. La rana Gustavo, la música novedosa—el disco, el hip-hop, el punk o el house– o la vanguardia artística del East Village convivieron en aquella década con el desastre en una ciudad que fue epicentro en Estados Unidos de la epidemia del sida.
El documental Jim Henson: la audacia de las ideas (Jim Henson: Idea Man, Disney+), dirigido por el estadounidense Ron Howard (Cocoon, Apolo 13), y la miniserie Eric (Netflix), de la británica Abi Morgan, coinciden en revivir aquella época en un contexto muy particular: el protagonista de Eric, interpretado por un espectacular Benedict Cumberbatch, es un marionetista admirador de Henson que vive en Manhattan al final de una turbulenta relación conyugal. La calle es igual de inhóspita que su matrimonio, pero la vida de este creador de teleñecos se rompe del todo el día en que su hijo desaparece engullido por el submundo de la ciudad.
Benedict Cumberbatch, en la serie 'Eric'.
Benedict Cumberbatch, en la serie 'Eric'.SPENCER PAZER/NETFLIX (SPENCER PAZER/NETFLIX)

Eric es el nombre del muñeco con el que soñaba el niño y que ahora es el bronco amigo imaginario de su padre. Entre mendigos y yonquis, Cumberbatch, el alcohólico hijo de un magnate inmobiliario —y la versión antipática de James Stewart en El invisible Harvey (1950)—, peinará las calles junto a un monstruo de peluche azul que bien podría haber escapado de Fraggle Rock (1983-87), último programa de marionetas televisivas que imaginó Henson.

En el cuarto episodio de esta interesante y algo desequilibrada serie sale a relucir el nombre del padre de Barrio Sésamo cuando Vincent (Cumberbatch) le reprocha a su socio en el programa infantil Good Day Sunshine que el día que le presentó al “dios Henson” quedó en evidencia su ignorancia, porque no sabía quién era Burr Tillstrom.

El agresivo y desnortado Vincent se refiere al creador de la serie de televisión Kukla, Fran y Ollie, que conoció a Henson y su esposa, Jane, en 1960 en una convención de titiriteros en Detroit. Fue un encuentro providencial para Henson, ya que Tillstrom le presentó a su agente y al artesano de marionetas Don Sahlin. En el cortometraje experimental The Idea Man, de 1966, Henson incluyó al muñeco Kukla en su limbo de objetos y personas. El personaje creado por Tillstrom flotaba junto a la cara de Kennedy, una cámara de Super 8, un Volkswagen Escarabajo, una pistola, una chapa de Coca-Cola o el original de Kermit (la rana Gustavo), alter ego de su creador cuyo cuerpo nació de un abrigo viejo de su madre y los ojos, de una bola de pimpón partida en dos. La cara de Kermit tenía la forma de una mano, y eso permitía a Henson recrear todo tipo de emociones.

Jennifer Connelly habla sobre 'Dentro del laberinto' en el documental 'Jim Henson: la audacia de las ideas'.
Jennifer Connelly habla sobre 'Dentro del laberinto' en el documental 'Jim Henson: la audacia de las ideas'.DISNEY+

El documental de Howard, que de forma inevitable roza la hagiografía, incluye un fondo importante de material de archivo y un abanico de voces autorizadas que introducen aspectos poco conocidos de un creador fundamental. En su arranque, Orson Welles y Henson están en un programa de televisión en el que Welles declara su admiración por una figura que siempre resultó enigmática. El neoyorquino Museum of the Moving Image, en los históricos estudios Astoria (Queens), dedica una parte importante de su espacio a este visionario y a los anuncios que ideó antes de la revolucionaria Barrio Sésamo. Contemplar esas pequeñas piezas comerciales confirma hasta qué punto Henson transgredía cualquier formato. Su anuncio de las pastillas para el dolor de cabeza Buffering, narrado por él y titulado Memories, deja ver dos de sus intereses: el cine experimental y el LSD.

En la década de los ochenta, Henson —que falleció en 1990 a los 53 años por una neumonía— era un titiritero con aura de estrella del rock que no se permitía el acomodo. En esa década siguió traspasando fronteras en su medio a través de películas inspiradas en sus personajes y otras fantasías más sombrías, como Cristal oscuro (1982) o Dentro del laberinto (1986). Su funeral neoyorquino fue en la catedral de San Juan el Divino, y, tal y como él había deseado, nadie vestía de negro, los músicos eran de jazz y los muppetsfueron los encargados de despedirlo.

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Tráiler de 'Jim Henson: la audacia de las ideas'Vídeo: DISNEY+

Esa romería de muñecos peludos y de colores encaja con el caos de la década que terminaba, telón de fondo de Eric pero también de al menos dos películas de la próxima temporada. Limonov: The Ballad, dirigida por Kirill Serebrennikov, se centra en el exilio neoyorquino del escritor ruso, justo a finales de los setenta, y comparte un paisaje y una textura similar a la de The Apprentice, la película de Ali Abbasi sobre los inicios en los negocios de Donald Trump.

Esta habla de la relación del joven Trump con el abogado ultraderechista Roy Cohn y de cómo este le ayudó a sacar adelante la Torre Trump, construida entre 1980 y 1984. Muy cerca de allí y solo un año después, en las Navidades de 1985, Paul Castellano, padrino de la poderosa familia Gambino, era abatido a tiros a las puertas de un restaurante de carne. John Gotti, un gánster que se pavoneaba por la ciudad ostentando dinero y poder, había asestado este golpe para renovar la cúpula de su familia criminal, un culebrón sangriento que desgrana la serie documental de Netflix A por Gotti, en la que se recrea el sórdido panorama de violencia y extorsión en la que vivía sumida Nueva York en los ochenta. La construcción de la ciudad estaba en manos de la mafia y Gotti fue el primer padrino que entendió el nuevo poder de la fama.

Jeremy Strong y Sebastian Stan, como Donald Trump, en 'The Aprenttice'.
Jeremy Strong y Sebastian Stan, como Donald Trump, en 'The Aprenttice'.APPRENTICE PRODUCTIONS ONTARIO INC.

En The Apprentice, el personaje de Roy Cohn lo interpreta Jeremy Strongy una de sus fiestas resume toda la locura de la época: artistas bohemios del Village y jóvenes yuppies en orgías organizadas por un tipo sin escrúpulos que tumbaba con sucias artimañas la carrera política de otros homosexuales mientras él vivía una hipócrita doble vida. Cohn murió en 1986 de sida, sin dejar de insistir en que tenía cáncer de hígado.

El siniestro abogado también es uno de los personajes principales de la miniserie Ángeles en América (Max). Estrenada en 2003, es la adaptación de Mike Nichols de la célebre obra para Broadway de Tony Kushner (que no guarda relación alguna con Jared, yerno de Trump). En ella, es Al Pacino quien da vida a Cohn y, en uno de los últimos capítulos, entre los delirios de su agonía, escucha en boca del enfermero gay, que interpreta un maravilloso Jeffrey Wright, una oscura oda a la vida y la muerte de las grandes ciudades: esos extraños organismos, como aquel sucio Nueva York, que lucen “cubiertos de malas hierbas y algunas flores, mientras en cada esquina aguarda un equipo de demolición”.


EL PAÍS 



lunes, 6 de diciembre de 2021

Triunfo Arciniegas / El poder del perro en Netflix

 


Triunfo Arciniegas

BIOGRAFÍA

EL PODER DEL PERRO EN NETFLIX

2 de diciembre de 2021

El poder del perro, de Jane Campion, con Benedict Cumberbatch y Kirsten Dunst, desde ayer en Netflix.

"Cuando falleció mi padre, mi mayor deseo era ver feliz a mi madre. ¿Qué clase de hombre sería si no ayudaba a mi madre? ¿Si no la salvaba?"

Con estas palabras, y antes de cualquier imagen, inicia la historia: epígrafe perfecto y clave fundamental de la película.

Extraordinaria.

La película es una maravillosa adaptación de la novela de Thomas Savage, The Power of the Dog, publicada en 1967. Los hermanos Bunbank, Phil y George, ya cuarentones, siguen durmiendo en la misma habitación de cuando eran niños, en las mismas camas de bronce. Son los dueños del rancho más grande del valle, en Montana, en 1924. Así describe Savage la relación de los hermanos:

Cuando vendían novillos cada otoño o compraban un semental Morgan para mejorar la estirpe de las monturas, tomaban las decisiones más o menos conjuntamente. Cada año, Phil esperaba con ansias que llegara octubre, mes en el que salían a cazar y en que los sauces que bordeaban el arroyo adoptaban un tono rojizo oxidado y la bruma que ascendía desde las lejanas hogueras del bosque flotaba como un velo por encima de los picos montañosos. Se les veía a los dos, con sus animales de carga, cabalgando por las llanuras hacia las montañas, Phil con su carabina corta o con su calibre treinta. No era raro que hubiera una relación como aquella entre hermanos: Phil, alto y anguloso, contemplando la lejanía con sus ojos azul cielo y luego bajando la mirada al suelo que lo rodeaba; George rechoncho e imperturbable, cabalgando a su lado con un caballo castaño, rechoncho e imperturbable. Hacían apuestas: ¿quién avistaría y dispararía al primer alce? ¡Oh, cómo le gustaba a Phil el hígado de alce! De noche acampaban al borde de los árboles y se sentaban con las piernas cruzadas ante el fuego a hablar de los viejos tiempos y de los planes de un establo nuevo que nunca se materializaban porque ello implicaría derribar el viejo; desenrollaban los sacos de dormir lado a lado y escuchaban juntos y en la oscuridad el rumor de un arroyo diminuto, no más ancho que el paso de un hombre, la fuente misma del río Misuri. Se dormían y cuando despertaban se encontraban con la escarcha.

Phil hubiera podido ser lo que quisiera y, al parecer, no se decidió. Es el patrón, el amo. Le gusta provocar. George, menos favorecido en todos los sentidos, quiere amar y ser amado. Se casa con Rose, viuda de un suicida, y la trae a la hacienda, con su hijo. Phil se propone la tarea de destruirla. Este enfrentamiento de Phil y su cuñada es el nudo de la historia. El resentimiento se extiende al hijo, por supuesto. En este duelo Rose y el muchacho llevan las de perder. ¿Pero quién el perro y quién es la presa? El título de la novela proviene de una cita bíblica. "Libra de la espada mi alma, del poder del perro mi vida. Sálvame de la boca del león y líbrame de los cuernos de los búfalos." Salmos 22: 20-21.

Después de más de doce años sin dirigir una película, vuelve por la puerta grande Jane Campion, la misma de El piano, donde dirigió con certeza a Holly Hunter, Harvey Keitel, Sam Neill y Anna Paquin, y En carne viva, que acabó con la carrera de la novia de América, Ryan Megan, a pesar de que se trata de su mejor interpretación. Campion teje los hilos narrativos de El poder del perro con la misma sabiduría y misma la destreza con que Phil elabora sus lazos de cuero. Ni siquiera desperdicia el primero y perturbador párrafo de la novela de Thomas Savage:

Phil siempre se encargaba de la castración. En primer lugar, cortaba la bolsa del escroto y la arrojaba a un lado; a continuación, tiraba primero de un testículo y luego del otro, hacía un tajo en la membrana color arcoíris que los rodeaba, la arrancaba y la arrojaba al fuego donde los hierros de marcar resplandecían al rojo vivo. La cantidad de sangre que despedían era sorprendentemente escasa. En pocos instantes, los testículos explotaban como inmensas palomitas de maíz. Se decía que algunos hombres los comían con un poco de sal y pimienta. «Ostras de montaña», los llamaba Phil, con su típica sonrisa traviesa, y les sugería a los peones jóvenes que, si planeaban ligar chicas, a ellos también les vendría bien comérselos.

Hay mucha tela para cortar, como la sexualidad de Phil y su relación con el personaje tantas veces mencionado, pero se corre el riesgo de echar a perder el disfrute de quienes no han visto la película. Basta decir por ahora que Benedict Cumberbatch se luce en el papel de Phil, y Kirsten Dunst, en plena madurez, sin la belleza de otras películas pero con la maestría que conceden los años al oficio, responde como si se tratara de una partitura. Cumberbatch y Dunst logran actoralmente el dueto perfecto que no se permitieron como músicos. Kodi Smit-McPhee, el delicado y frágil hijo, con su extrema delgadez y sus ojos grandes, no sólo resulta enigmático sino perturbador. Sólo después sabremos con qué destreza movió los hilos. Y en cuando a Jesse Plemons, el marido de Rose y quien tantas veces hemos visto en papeles secundarios, funciona a la perfección en este cuarteto magistral.

Sin duda, una extraordinaria película.