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viernes, 8 de mayo de 2026

Aurora Bernárdez, viuda de Julio Cortázar

 

Aurora Bernárdez y Julio Cortázar




Iván Hernández
AURORA BERNÁRDEZ
VIUDA DE JULIO CORTÁZAR


Aurora Bernárdez escapa del silencio

Un libro recopila textos de la mujer de Cortázar, junto a una larga entrevista con el músico y cineasta Philippe Fénelon. A la sombra del escritor, nunca publicó su obra

domingo, 9 de abril de 2023

El legado de Borges / El culebrón impensado de la literatura argentina

Jorge Luis Borges



El legado de Borges, el culebrón impensado de la literatura argentina

De la lealtad de Aurora Bernárdez con Julio Cortázar a la amante casual que se quedó con la obra de Adolfo Bioy Casares, las herencias de los escritores argentinos han tenido sucesiones de película. La de Jorge Luis Borges se suponía cerrada hasta que saltó por los aires esta semana

viernes, 15 de noviembre de 2019

Ítalo Calvino / Por qué leer a los clásicos



Italo Calvino
POR QUÉ LEER A LOS CLÁSICOS
Traducción de Aurora Bernárdez


1. Los clásicos son esos libros de los cuales se suele oír decir: “Estoy releyendo...” y nunca “Estoy leyendo...”.

2. Se llama clásicos a los libros que constituyen una riqueza para quien los ha leído y amado, pero que constituyen una riqueza no menor para quien se reserva la suerte de leerlos por primera vez en las mejores condiciones para saborearlos.

3. Los clásicos son libros que ejercen una influencia particular ya sea cuando se imponen por inolvidables, ya sea cuando se esconden en los pliegues de la memoria mimetizándose con el inconsciente colectivo o individual.

4. Toda relectura de un clásico es una lectura de descubrimiento como la primera.

5. Toda lectura de un clásico es en realidad una relectura.

6. Un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir.

7. Los clásicos son esos libros que nos llegan trayendo impresa la huella de las lecturas que han precedido a la nuestra, y tras de sí la huella que han dejado en la cultura o en las culturas que han atravesado (o más sencillamente, en el lenguaje de las costumbres).

8. Un clásico es una obra que suscita un incesante polvillo de discursos críticos, pero que la obra se sacude continuamente de encima.

9. Los clásicos son libros que cuanto más cree uno conocerlos de oídas, tanto más nuevos, inesperados, inéditos resultan al leerlos de verdad.

10. Llámase clásico a un libro que se configura como equivalente del universo, a semejanza de los antiguos talismanes.

11. Tu clásico es aquel que no puede serte indiferente y que te sirve para definirte a ti mismo en relación y quizás en contraste con él.

12. Un clásico es un libro que está antes que otros clásicos; pero quien haya leído primero los otros y después lee aquél, reconoce enseguida su lugar en la genealogía.

13. Es clásico lo que tiende a relegar la actualidad a la categoría de ruido de fondo, pero al mismo tiempo no puede prescindir de ese ruido de fondo.

14. Es clásico lo que persiste como ruido de fondo incluso allí donde la actualidad más incompatible se impone.


Italo Calvino 
Por qué leer los clásicos
Barcelona, Tusquets, 1995, págs. 13-19




martes, 18 de noviembre de 2014

Tres mujeres / Las tres vidas de Julio Cortázar

Julio Cortázar

Las tres vidas de Julio Cortázar

J. J. ARMAS MARCELO | 25/08/2014 


Julio Cortázar con Carol Dunlop.

La literatura y la vida, para los escritores de verdad, se mezclan hasta convertirse en la misma cosa. Cortázar no fue una excepción a esta regla: sus sentimientos y sus amores influyeron en su literatura y su literatura influyó en sus sentimientos y amores. Además de los amoríos de chiste, Cortázar tuvo tres mujeres, tres parejas conocidas porque también tenían que ver con la literatura. La primera de ellas, Aurora Bernárdez, fue la que más influyó en Cortázar. Hay que decir que esa influencia fue siempre benéfica para su vida y, por tanto, para su literatura. El resultado literario de aquella temporada de gloria entre Aurora y Julio Cortázar viene a explicarnos las razones de una literatura excepcional en tantas colecciones de relatos, los mismos que dejan al lector siempre asombrado después de la lectura. Pero, a mi entender, el mejor libro de Cortázar en ese parte gloriosa de su vida fue Rayuela, que se publica en Sudamericana en 1963, novela enorme y fantástica, realista y surrealista, musical y etérea, profunda y sólida, que todavía seguimos leyendo. He oído a Aurora Bernárdez personalmente negar que ella es La Maga (y ya sabemos que no lo es), pero sí es la Otra Maga, la verdadera, la que impulsó a Cortázar a escribir esa novela que es un icono literario del llamado boom de la novela latinoamericana de los 60 del siglo pasado. Baste recordar, entre otras anécdotas de esta época, la renuncia de la pareja, Julio y Aurora, a las plazas de traductores en la UNESCO que habían ganado en oposición y para toda la vida. La razón estuvo en la literatura, los dos querían escribir literatura y no atarse a trabajos cotidianos que restaran libertad a su vida precisamente literaria.



Aunque a la lituana Ugné Karvelis la había visto Julio Cortázar en las oficinas de Galllimard, en París, alguna que otra vez, su verdadero encuentro tuvo lugar en La Habana, Cuba. Ahí empezó la relación de la pareja, con una influencia en la literatura de Cortázar que se nota sobre todo en la excesiva politización de su escritura. El mayor ejemplo de esta temporada de amor ideológico, en donde Cortázar descubre del todo la Revolución Cubana y se vuelca en apoyarla, es El Libro de Manuel, un texto que quiere ser un catecismo ideológico, pero que representa un fracaso literario. Las buenas intenciones casi nunca dan buena literatura, y en esta temporada de solidaridad con los pobres del mundo y en defensa de causas perdidas pero que él cree justas, su literatura, sus resultados literarios, su escritura antes tan sólida y tan exquisita, decae en función de la influencia de sus amores con Ugné Karvelis.Nefasta influencia, en mi criterio, que se rompe justo cuando Julio Cortázar, en la tercera y última etapa de su vida, conoce a Carol Dunlop, una mujer muy joven y, por tanto, mucho más joven que él.



Dunlop consigue algo que es evidente: Cortázar, en su compañía, logra rejuvenecer su vida. Ese rejuvenecimiento se ve también en su literatura: sus relatos y cuentos de ese momentos son una vuelta a la juventud y la literatura en los textos de Cortázar en estos momentos es de exaltación de la vida, de la magia de vivir, del regreso de la gloria en las flores, como quería el poeta romántico. Exultando juventud, las obras que acomete y publica Cortázar en esta parte de su vida no abandonan la política, sino que encuentran un nuevo territorio en Nicaragua y la revolución sandinista. Pero también en la hedonista de la vida y en la imaginación de quien es ya un escritor convertido en historia de bronce y en recuerdo imperecedero para sus lectores y la Historia Universal de la Literatura.

Al final de su vida, ya enfermo, a Julio Cortázar le inventaron mil muertes mentirosas. Al final de su vida, para cerrar el círculo, volvió a sus cercanías con Aurora Bernárdez, que lo cuidó hasta el final, cuando apenas podía moverse y el silencio definitivo lo acechaba en su cama de hospital. No estoy queriendo decir que Cortàzar se dejara llevar por las mujeres de su vida, sino que esas mujeres tuvieron una influencia primordial en la ejecución de su literatura. Hay coincidencias aparentes coincidencias que no fallan en la vida de los escritores y que, como todo en el firmamento y el universo, resultan, al final matemáticamente. La vida de Cortázar y sus mujeres alumbran espejos encendidos que delatan algunos secretos aún no desvelados en la vida del gigantesco escritor. Generoso y exigente a la vez, el amor fue para Cortázar un elemento esencial en su vida. Y, por tanto, para cerrar el círculo de este comentario que celebra su memoria de cien años de recuerdos, también lo fue en su literatura. Era matemático que así ocurriera. Matemático y circular, así a ritmo de jazz, era y es Julio Cortázar y su literatura. Y su vida, pues. 



lunes, 17 de noviembre de 2014

Vargas Llosa / La muerte de Aurora Bernárdez

Aurora Bernárdez y Julio Cortázar
Ilustración de Fernando Vicente

Mario Vargas Llosa

La muerte de Aurora

La vi por última vez en el verano del año pasado. Raspaba ya los 93 años y oía con dificultad. Necesitaba tiempo para terminar una biografía de Julio Cortázar, a quien profesó un intenso amor


En diciembre de 1958, un amigo peruano de la Unesco, Alfonso de Silva, me invitó a su casa a cenar, en París. Me sentó junto a un hombre delgado, muy alto y lampiño que, sólo a la hora de la despedida, descubrí era Julio Cortázar. Parecía tan joven que lo creí mi contemporáneo y era 22 años mayor que yo. Su mujer, Aurora Bernárdez, bajita, menuda, tenía unos grandes ojos azules y una sonrisa un poco irónica que mantenía a la gente a distancia.
Nunca he olvidado la impresión que me hizo esa noche la conversación de esa pareja tan dispareja. Parecían haber leído todos los libros, sólo decían cosas inteligentes y había entre ellos una complicidad tal en lo que contaban —se pasaban la palabra como los palitroques dos diestros funámbulos— que, se diría, habían llevado todo aquello ensayado.
En los casi siete años que viví en Francia nos vimos muchas veces, en su casa, en la mía, en los cafés, o en la Unesco, donde ejercíamos como traductores. Nunca dejaron de admirarme la riqueza de sus lecturas, la sutileza de sus observaciones, la sencillez y naturalidad de sus maneras y, también, el modo como tenían organizada su vida para ver las mejores exposiciones, las mejores películas, los mejores conciertos. Era difícil descubrir quién era más inteligente y más culto, cuál de los dos había leído más, mejor y con mayor provecho. Cuidaban su intimidad con encarnizamiento —no perdían nunca el tiempo— y mantenían a raya a quien quisiera invadirla. Yo estuve siempre seguro que Aurora no sólo traducía —lo hacía maravillosamente, del inglés, el francés y el italiano, como atestiguan sus versiones de Faulkner, Durrell, Calvino, Flaubert— sino también escribía, pero que se abstenía de publicar por una decisión heroica: para que hubiera un solo escritor en la familia.

domingo, 9 de noviembre de 2014

Aurora Bernárdez en palabras de Julio Cortázar

Daniel de Voto, Aurora Bernárdez, Julio Cortázar y Guida Kagel
Boulevard Saint Michel, París.
Aurora Bernárdez 
en palabras de Julio Cortázar

Aurora Bernárdez y JulioCortázar.
“Te juro que no trataré de ser demasiado ‘marido’; por el momento A. y yo damos más bien la impresión de dos camaradas que arriman el hombro (el de ella me da en las costillas) para que las cosas sean más divertidas y verdaderas”. Le ha de poner unas gotas de inevitable e idiosincrásico humor Julio Cortázar para hablar, en una carta de septiembre de 1953, a uno de sus íntimos amigos, el pintor/poeta Eduardo Jonquières, de su sentida vinculación con Aurora Bernárdez, fallecida este sábado en París.
Era, efectivamente, un relación muy, muy especial. Desde el minuto uno en que la conociera en el café Boston de Buenos Aires, cinco años antes, gracias a una amiga. Después de idas y venidas cruzando el charco e indecisiones, Cortázar, tan tímido desde su corpachón, admitía también a Jonquières, siete meses antes: “Tuve el valor de hacerme las preguntas esenciales, y salí limpio de la prueba. Pude hablar, pude decirle a Aurora lo que tenía que decirle, y pude venirme a Francia sin ninguna esperanza, pero con una serenidad que era por sí sola una altísima recompensa a mi cariño. El resto lo sabes, ella ha venido a su vez, está aquí, su mano duerme de noche entre las mías. Y esta felicidad se parece tanto a un huracán que me da miedo…”

Aurora Bernárdez y Julio Cortázar

Julia Saltzmann / Aurora Bernárdez

Aurora Bernárdez

Aurora Bernárdez

Julia Saltzmann, editora de Alfaguara en Argentina, y amiga personal de Aurora, refleja la personalidad de esta mujer.

8 NOV 2014 

No hay duda de que editar la obra de Cortázar es un privilegio, y una de las satisfacciones más grandes que me deparó el trabajo. Y ese privilegio tuvo una añadidura que no olvidaré: conocer y tratar a Aurora Bernárdez.
Veníamos comunicándonos formal y cordialmente por fax durante los primeros tiempos hasta que nos vimos en Buenos Aires en 2004. La primera impresión que tuve de ella es la que se mantuvo en el tiempo (y es que siempre supo ser muy ella, hasta el final): conversadora, curiosa, expresiva… y rigurosa. Sin duda sabía el valor de las palabras: todas las que decía tenían su razón de ser y esperaba lo mismo de su interlocutor.
Pequeña y activa, en su casa de París se movía de un cuarto al otro, de una planta a otra para atender a las visitas, para buscar un libro o mostrar una foto. Todos los días daba largos paseos, leía mucho y cumplía con su trabajo: el cuidado de la obra de Cortázar. Con Aurora, Carles Álvarez Garriga y Gabriela Franco editamos las últimas obras inéditas de Cortázar: Papeles inesperados, los cinco tomos de correspondencia, Clases de literatura y finalmente Cortázar de la A a la Z. Tuvimos en común la contracción al trabajo, el amor por la obra de Cortázar, la consideración del detalle, y aun a la distancia la manía de dar lo mejor. También puedo decir que nos divertimos en esa cofradía de cuatro.
La vi por última vez en el último marzo. Entusiasta como era, estaba empeñada en preparar una antología del poeta argentino Francisco Luis Bernárdez, su medio hermano, y quería también salvar su biblioteca. Como siempre, esta mujer, que nunca usurpó protagonismo, tenía sus propios planes. Quien quiera conocerla mejor, asomarse a su vida, que ya es pasado, lea Cartas a los Jonquieres, o busque en Cortázar de la A a la Z la A de Aurora, y encontrará a la joven lectora, a la muchacha enamorada, a la mujer que supo jugar y supo cumplir. Un carácter. Una vida.


Aurora Bernárdez / Profunda, liviana existencia

Paco Luis Bernárdez, Laura, Aurora Bernárdez y Cortázar
en Toledo

Aurora Bernárdez

Profunda, liviana existencia

Siempre tuvimos curiosidad por saber cuándo se inició la complicidad que tanto encantaba a quienes frecuentaron a esa pareja que cultivaba la conversación como una de las bellas artes




Aurora Bernárdez, esa dama de pícara mirada azul, inteligencia veloz y leve figura, ha muerto en París a los 94 años. Qué difícil evocarla ahora. ¿Cuál de sus facetas, cuál de sus chispeantes conversaciones, cuál de sus divertidas anécdotas? Entró muy pronto en nuestra vida, primero como traductora, aunque entonces no supiéramos la importancia de una labor como la suya, necesariamente invisible, aunque infiltrada en la voz del autor, es decir en la materialización de su pensamiento. Así, su nombre, a veces en letra injustamente pequeña, se nos fue haciendo familiar junto al de escritores que nos acompañan en nuestra vida de lectores y, en nuestro caso, especialmente al de Julio Cortázar, con quien se casó en 1953. Con el tiempo supimos que la autora de aquellas traducciones elegantes y sutiles también era capaz de soñar historias tenebrosas o insólitas que contaba en el desayuno a su marido quien, con su permiso, claro está, transformaba en relatos. Siempre tuvimos curiosidad por saber cuándo se inició la complicidad que tanto encantaba a quienes frecuentaron a esa pareja que cultivaba la conversación como una de las bellas artes. Quizá comenzó a finales de 1947, cuando Aurora leyó el cuento “Casa tomada”, que Cortázar publicó en la revista Anales de Buenos Aires, de la mano de Jorge Luis Borges. O tal vez fue en enero de 1948, cuando él, sin conocerla todavía, publicó una crítica de La náusea, de Jean Paul Sartre, en la revista Cabalgata, en la que hizo algo insólito hasta entonces: elogió el trabajo de la traductora. “Aurora Bernárdez vertió el difícil lenguaje de la obra con una exacta noción del ritmo sartriano; en cada página hay pruebas de su esfuerzo y su eficacia” –escribió Cortázar.
Con el tiempo nuestra vida dio un vuelco y ya encaminados en el estudio de la obra de Cortázar tuvimos la fortuna de frecuentarla, poco después de la muerte del escritor. Entonces supimos que estábamos frente a la cronopia que había descubierto que unas escaleras eran de subir y otras de bajar y que había sido la primera lectora de todo lo que salió de la pluma de Cortázar, incluso cuando ya no eran pareja, aunque sí amigos incondicionales hasta el final.
De memoria prodigiosa, Aurora Bernárdez atesoraba anécdotas, muchas de ellas salpicadas de punzante humor ácido, y era delicioso escucharla desgranar historias de sus padres, inmigrantes gallegos en Argentina, de sus tías, de sus hermanos, uno de ellos el poeta Francisco Luis Bernárdez, amigo de Borges, de Arlt, integrante de los grupos vanguardistas en Buenos Aires, y de todo el mundo del ámbito de la cultura.
El azar y la necesidad hicieron que la discreción de su delicado trabajo como traductora de pronto se trocara en la más expuesta labor como albacea de la obra de Cortázar. Sin embargo, nada alteró aquel orden minucioso que una mujer como ella supo instaurar en su liviana existencia (como escribió Cortázar en un cuento). Disfrutaba estando en su casa, sencilla, limpia y ordenada, exenta de lujos pero repleta de belleza y comodidades para el alma, y desde allí el mundo seguía a su alcance. Le gustaba leer y estar al tanto de todo: Le Monde todos los días y El País los domingos, y celebraba que se lo lleváramos cuando la visitábamos. Luego nos premiaba con su compañía y el desayuno en el café de la plaza, con las mejores medialunas de París, las de la panadería de la vuelta. La echaremos de menos. Por encima de todo le agradecemos su precioso tiempo, y el amor y el respeto que dedicó a cuidar la obra que Cortázar le confió al morir. Lamentamos que con tanta vehemencia nos privara de sus memorias, porque ella tuvo, cómo no, una riquísima vida propia. Descanse en paz.
Mariángeles Fernández es especialista en la obra de Cortázar y fue durante años amiga personal de Aurora Bernárdez.


sábado, 8 de noviembre de 2014

Muere Aurora Bernárdez, traductora y viuda de Cortázar

Aurora Bernárdez y Julio Cortázar, 1956

Muere Aurora Bernárdez, 

viuda de Cortázar y clave en su vida literaria

Se encargó de revitalizar toda la obra del gran autor con su amiga Carmen Balcells



    Aurora Bernárdez en una exposición en 2005. / RICARDO GUTIERREZ
    Aurora Bernárdez, viuda de Julio Cortázar, traductora literaria de Camus, Sartre, Durrell y Nabokov, entre otros, murió esta mañana a los 94 años en un hospital de París. Había sufrido una caída el pasado viernes, al salir de una vista médica, como consecuencia de un accidente cerebrovascular. Estuvo casada con Cortázar desde los años 50, fue relevante en la escritura de sus primeros libros más importantes, incluyendo Rayuela; aparece en otros, como compañera fiel, como una memoria inteligente e infatigable. Tras su separación, en los años setenta, él vivió con otras compañeras, la agente Ugné Kurvelis y la fotógrafa y escritora Carol Dunlop; a la muerte de esta, en 1983, Cortázar enfermó gravemente. Fue Aurora Bernández quien lo cuidó hasta el final. Después del fallecimiento del autor de Todos los fuegos el fuego, fue Aurora Bernárdez, con su amiga Carmen Balcells, la que se encargó de revitalizar la obra del gran cronopio, que sigue siendo leído en todo el mundo de habla española como si nunca hubiera desaparecido. Esta y sus admirables traducciones (de William Faulkner, por ejemplo) son sus mejores obras, así como su capacidad para recordar y para contar con todo detalle lo que vivió junto a Cortázar y junto a otros grandes escritores del siglo XX.
    Aurora Bernárdez y Julio Cortázar

    jueves, 8 de enero de 2009

    Cristina Peri Rossi / Julio Cortázar


    Cristina Peri Rossi

    A medida que voy escribiendo este libro, que no pensaba escribir nunca, siento que el tiempo real es el pasado, el tiempo inmediato es el pasado, y cuando paro a descansar un poco –ya no fumo, Julio, ni siquiera el cigarrillo de después de hacer el amor, qué combate, al fin dejar de fumar fue como exiliarse de la nicotina, como tu muerte fue exiliarme de París y hasta de cierta manera de estar en Barcelona– me siento extraña, el miedo a no volver que nos asalta a los escritores, el miedo a quedarse en aquellas provincias inventadas, en la memoria que es un poco invención y un poco fantasía, pero si es lo único que nos queda de tantas palabras, de tantos paseos, de tanta vida. 

     

                 Cuando conocí a Julio Cortázar, en París, en 1973, era un hombre melancólico. (¿Quién que lee no es un melancólico, quién que escribe no lo es?) Ya se sentía un exiliado y el golpe militar en Chile y en Uruguay lo había sumergido, de pronto, en una realidad semejante a la de Rayuela, con la sustancial diferencia de que los personajes de la novela podían regresar a Buenos Aires, y él, no, como yo no podía volver a Montevideo. Hay exilios políticos, y otros, sentimentales; son las separaciones, y para estos, no es necesario cambiar de ciudad. Julio Cortázar y Aurora Bernárdez, su primera y hasta entonces única esposa, se habían divorciado, hacía tiempo, ya, pero Cortázar arrastraba cierta tristeza, una nostalgia por ese matrimonio deshecho que posiblemente sólo le podía confesar a una mujer ("Cada día me es más difícil hablar con los hombres –me decía Julio. Con ellos, hay que hablar de temas; en cambio, me gusta conversar con las mujeres, tienen las emociones a flor de piel, y eso es muy importante para mí, porque los hombres de mi generación se creían muy machos, y el falso pudor les impedía hablar de sus sentimientos"). El divorcio lo había pedido Aurora, a consecuencia de la relación que Julio sostuvo con Ugné Karvelis, durante el primer viaje que hizo a Cuba, invitado por Fidel Castro, a partir del cual Julio Cortázar se convirtió en un escritor políticamente comprometido. (Lo había estado antes, en Argentina, pero entonces, estuvo comprometido en contra del peronismo; ahora lo estaba a favor de la revolución latinoamericana que parecía extenderse como una marea incontenible.) Ugné Karvelis era una mujer muy atractiva, con aspecto de walkyria, vivía y trabajaba en París –agente y asesora literaria– y era una buena embajadora de la Revolución Cubana; acerca de su belleza y de su valentía política corrían muchas leyendas, pero en 1973, la relación entre ambos ya estaba muy deteriorada, entre otras cosas, por los celos y el alcoholismo de Ugné. Julio no quería hablar de estos problemas, pero muchas veces se le veía silencioso y triste. Sufrí en carne propia los celos desmesurados de Ugné (esos celos no distinguían sexo, opción sexual ni tampoco a los amigos varones). No vivían juntos, aunque Julio dormía en casa de Ugné casi todas las noches. Además, era su agente literaria. Julio quiso que yo la conociera, aunque me advirtió: "Ugné es muy celosa. Te va a odiar. Olvídate de publicar en Francia: lo va a impedir". La velada en la que nos conocimos fue bastante penosa. Julio me había invitado a ver, en París, la representación de una de nuestras óperas favoritas, Turandot, realizada por una famosa compañía teatral de enanos y de enanas (salvo la protagonista, de estatura normal). Apareció acompañado por Ugné Karvelis. La incomodidad de ambos era evidente, y pensé que Julio había tenido que ceder para evitar un conflicto. Intenté tranquilizar a Ugné, pero me di cuenta de que el problema venía de lejos y que yo era, en ese momento, sólo una de sus manifestaciones. No hablaron una sola palabra entre ellos, ni antes, ni después de la función, ni tampoco en la cafetería adonde fuimos luego. Hacía mucho frío esa noche, en París, y los miembros de la compañía también buscaron refugio en la cafetería, lo cual animó un poco a Julio - y a mí, todo sea dicho–, porque la tensión que había entre ellos no era nada saludable. Como casi todos los depresivos, me hice la pregunta que no tenía que hacerme: ¿Qué le he hecho yo a esta mujer para que me odie? La pregunta correcta debió ser: ¿Qué le ocurre a esta mujer para que me odie? Ugné era una mujer muy guapa, una real hembra, y Julio, un hombre muy atractivo, que gustaba mucho a las mujeres; la relación sexual estaba servida, y el conflicto, también. Sé que Julio intentó suavizar la hostilidad de Ugné hacia mí, pero no lo consiguió. Tiempo después, cuando tuve que exiliarme en París y Julio estaba en Brasil, visitando a su madre de incógnito, la llamé para que me ayudara: yo era una compañera política indocumentada, perseguida por la Policía de Extranjería de tres países. La llamé por teléfono, tal como me había indicado Julio, desde Brasil, pero Ugné fue cortante: "Si tenés problemas, arreglate sola", me dijo, y dio por finalizada la conversación. Ugné no me brindó la menor ayuda, ni siquiera quiso verme; en todo caso, gracias a ella, aprendí una amarga lección: los celos de una mujer, por inmotivados que fueran, están por encima de la solidaridad y del compañerismo político. (Son muy amargas, las cosas que se aprenden en el exilio. Pero eso no es lo peor: lo peor es que, posiblemente, la experiencia no le servirá a otros. Todo tiende a repetirse, como en uno de los círculos de Dante.) Cuando Julio regresó de Brasil y se enteró de la actitud de Ugné sufrió un gran disgusto. Tuvo una de esas cóleras frías, heladas, tan profundas que nada basta para aplacarlas. No sé qué ocurrió entre ellos, porque era demasiado elegante como para contármelo, pero a partir de ese momento, sus relaciones fueron todavía más tensas; para huir del conflicto, y de París, comenzó a viajar con mucha frecuencia, a pesar de que detestaba el avión. Eran huidas, con el pretexto de un congreso, de una invitación a una universidad, pero, en realidad, Julio estaba buscando el amor que le faltaba y dejando atrás una relación cada vez más conflictiva, más peligrosa. "Soy un hombre solo", me dijo a menudo, y eso se le notaba a veces en la mirada, en los pasos.


    Yo fantaseaba, a veces, con una reconciliación de Julio con Aurora aunque él la consideraba imposible. "La vida da muchas vueltas", decía mi abuela. Me acordé de esta frase cuando al final, en París, muerta Carol, la segunda esposa de Cortázar, Aurora Bernárdez lo acompañaba cariñosamente y se convirtió en su albacea. Sé, Julio, que el precio pagado fue altísimo, y además, estoy segura de que no te gusta que yo lo diga, pero era como si se hubieran reconciliado.

    Cristina Peri Rossi
    Julio Cortázar
    Barcelona, Editorial Omega, 2001


    FICCIONES


    Poemas

    viernes, 28 de julio de 2000

    Vargas Llosa / La trompeta de Deyá

    Julio Cortázar

    La trompeta de Deyá

    MARIO VARGAS LLOSA 28 JUL 1991

    Aquel domingo de 1984 acababa de instalarme en mi escritorio para escribir un artículo, cuando sonó el teléfono. Hice algo que ya entonces no hacía nunca: levantar el auricular. "Julio Cortázar ha muerto -ordenó la voz-. Dícteme su comentario".Pensé en un verso de Vallejo -"Español de puro bestia"- y, balbuceando, le obedecí. Pero aquel domingo, en vez de escribir el artículo, me quedé hojeando y releyendo alguno de sus cuentos y páginas de sus novelas que mi memoria conservaba muy vivos. Hacía tiempo que no sabía nada de él. No sospechaba ni su larga enfermedad ni su dolorosa agonía. Pero me alegró mucho saber que Aurora había estado a su lado en estos últimos meses y que, gracias a ella, tuvo un entierro sobrio, sin las previsibles payasadas de los cuervos revolucionarios.
    Los había conocido a ambos un cuarto de siglo atrás, en casa de un amigo común, en París, y desde entonces, hasta la última vez que los vi juntos, en 1967, en Grecia -donde oficiábamos de traductores, en una conferencia internacional sobre algodón- nunca dejé de maravillarme con el espectáculo que significaba ver y oír conversar a Aurora y Julio, en tándem. Todos los demás parecíamos sobrar. Todo lo que decían era inteligente, culto, divertido, vital. Muchas veces pensé: "No pueden ser siempre así. Esas conversaciones las ensayan, en casa, para deslumbrar luego a los interlocutores con las anécdotas inusitadas, las citas brillantísimas, las bromas que, en el momento oportuno, descargan el clima intelectual".
    Se pasaban los temas el uno al otro como dos consumados acróbatas y con ellos uno no se aburría nunca. La perfecta complicidad, la secreta Inteligencia que parecía unirlos era algo que yo admiraba y envidiaba en la pareja tanto como su simpatía, su compromiso con la literatura -que daba la impresión de ser exclusivo, excluyente y total- y su generosidad para con todo el mundo, y sobre todo, los aprendices como yo.