Mostrando entradas con la etiqueta Jennifer Egan. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Jennifer Egan. Mostrar todas las entradas

miércoles, 28 de agosto de 2024

Jennifer Egar / La gran novelista estadounidense que todo el mundo lee

 


Jennifer Egan



Jennifer 
Egan LA GRAN NOVELISTA ESTADOUNIDENSE QUE TODO EL MUNDO LEE


THE GENTLEWOMAN
Número 4, Otoño e Invierno 2011

La última novela de Jennifer Egan, una disección satírica de la decadente industria musical estadounidense, le valió el Premio Pulitzer de este año y colocó su nombre en lo más alto de las listas de los libros más vendidos. Es una escritora audaz, lo suficientemente valiente como para evitar la máxima de escribir sobre lo que se conoce (raza, sexualidad... ella se atreve a hablar de eso); de hecho, prefiere escribir sobre hombres que sobre sí misma.

martes, 12 de marzo de 2019

Jennifer Egan / “América es un país que quizá no pueda ser otra cosa que violento”

Jennifer Egan


“América es un país que quizá no pueda ser otra cosa que violento”

Jennifer Egan reconstruye el Nueva York de la Segunda Guerra Mundial en 'Manhattan Beach', la novela más clásica y ambiciosa de la hasta posmoderna autora


Laura Fernández
Nueva York, 16 de febrero de 2019


Jennifer Egan en su casa de Brooklyn, Nueva York, el pasado 23 de enero.
Jennifer Egan en su casa de Brooklyn, Nueva York, el pasado 23 de enero. MAITE H. MATEO

En algún lugar de la bohemia y poco iluminada South Portland Street, cerca del coqueto Café Paulette y de la librería Greenlight, en el corazón del viejo Brooklyn, hay una casa que se resiste a que las cosas acaben. Un par de coronas navideñas siguen decorando el portal, y, a los pies del mismo, un gato de cerámica finge juguetear con una calabaza de Halloween. Cuando anochece, las bombillas que recorren la escalinata se iluminan. Dentro, hay un trineo en el pasillo, junto a las escaleras, y soldaditos de plomo en el salón. Un piano, discos de Fleetwood Mac, viejos cuadros de una vieja galería, un Monopoly. Cientos de pequeños tesoros, aquí y allá. Como Sasha, el inolvidable personaje de El tiempo es un canalla, cualquiera diría que a Jennifer Egan (Chicago, 1962) le gusta rodearse de recuerdos de otros. En el fondo, de alguna manera, dice, siempre está a vueltas con el pasado. La literatura para ella es, asegura, intentar explicar el mundo, reunir piezas, como el paleontólogo reúne huesos, para darle sentido a las partes de lo vivido. ¿Que por qué se ha ido tan lejos esta vez? ¿Que por qué reconstruye en Manhattan Beach (Salamandra, traducción de Carles Andreu Saburit) cómo vivió América, y en concreto, Brooklyn, la ciudad de Nueva York, la Segunda Guerra Mundial? En realidad, confiesa, después de su segunda taza de té de jengibre, para entender (y perdonar) a su padre.

Jennifer Egan / "El 11-S me hizo replantearme la historia de Estados Unidos"




Jennifer Egan. Foto: NHPR

Jennifer Egan: "El 11-S me hizo 

replantearme la historia 

de Estados Unidos"

Tras el éxito de El tiempo es un canalla, con el que rompió moldes y ganó el Premio Pulitzer 2011, Jennifer Egan viaja ahora al Nueva York de los años 30 y 40 en Manhattan Beach, una novela clásica en la que explora los cimientos que forjaron los Estados Unidos de hoy a través de la historia de Anna Kerrigan, una mujer pionera e independiente.


ANDRÉS SEOANE
11 DE FEBRERO DE 2019


Su libro de relatos Ciudad Esmeralda (1993) y novelas como Look at Me (2001) o La torre del homenaje (2006), plagadas de acrobacias estilísticas y formales cimentaron su fama de narradora provocativa y experimental. Un reconocimiento que se consolidó por completo con la celebrada El tiempo es un canallauna novela coral, irónica y fragmentaria, llena de juegos temporales e interpelaciones al lector, que le valió el Premio Pulitzer de 2011. Siete años después, Jennifer Egan (Chicago, 1962) regresa, de nuevo impredecible, con una canónica ficción histórica ambientada en el Nueva York de los años 30 y 40.

Jennifer Egan / Manhattan Beach / Reseña

Jennifer Egan


Manhattan Beach

Jennifer Egan

Traducción de Carles Andreu. Salamandra. Barcelona, 2019. 477 páginas. 23 €
AMOR TOWLES | 08/02/2019 |


Jennifer Egan. Foto: Pieter van Hattem













En las páginas iniciales de Manhattan Beach -la primera novela de Jennifer Egan (Chicago, 1956) desde que en 2011 ganó el Premio Pulitzer de Ficción por El tiempo es un canalla-, un día de invierno una niña de once años llamada Anna Kerrigan visita la franja costera de Brooklyn en compañía de su padre, Eddie, y un tipo del hampa de nombre Dexter Styles. Aunque el encuentro, que se celebra en 1934, es breve, y las circunstancias conducen rápidamente a los personajes en direcciones diferentes, los lectores se darán cuentan de que sus destinos quedan entrelazados para siempre. También advertirán que, al final, la novela resulta más tradicional que la ingeniosa El tiempo es un canalla, aunque ambos libros brinden placeres comunes, entre ellos los finos modismos, los escenarios imaginados y la constante indagación en la naturaleza humana. 

Jennifer Egan / «Con las redes sociales, cada vez es más difícil conseguir que la gente lea»


Jennifer Egan

Jennifer Egan: «Con las redes sociales, cada vez es más difícil conseguir que la gente lea»

Siete años después de ganar el Pulitzer, la escritora estadounidense regresa a la ficción con «Manhattan Beach», una historia ambientada en el Nueva York de la Segunda Guerra Mundial


Inés Martín Rodrigo
5 de febrero de 2019
Pese a que es enero, y el paisaje debería estar cubierto por el blanco manto de la nieve, la lluvia arrecia en Brooklyn. Las rachas de viento, que se cuelan entre las grandes avenidas del distrito neoyorquino, han dejado un reguero de paraguas volteados, ya sin dueños, en el camino.Jennifer Egan (Chicago, 1962) vive en una de las típicas «brownstone houses», con sus empinadas escaleras. Allí recibe a ABC, disculpándose «por este tiempo tan horrible», que ella achaca al «cambio climático». Hace años, la escritora y su marido, el director teatral David Herskovits, abandonaron el bullicioso Manhattan por el bien de sus dos hijos.

lunes, 26 de noviembre de 2012

Mirta Rojo / Letras más allá de Philip Roth


Philip Roth

Letras más allá de Philip Roth


La librería Tipos Infames de Madrid 

hace para S Moda 

una selección de los 10 novelistas estadounidenses 

a los que no hay que perder de vista. 

Estas son sus apuestas.


Mirta Rojo
El País, 25 de noviembre de 2012


01. Árbol de Humo, de Denis Johnson

Su visión oscura, terrible y alucinógena del mundo en guerra convierte a esta novela en una digna sucesora de Apocalypse Now.


02. Una historia conmovedora, asombrosa y genial, de Dave Eggers

Con su título no son necesarios más calificativos para describir la obra de este escritor sobrado de ingenio. Hay que comenzar con su primer libro.


03. The broom of the system, de Foster Wallace

Es el autor que proyecta la más alargada sombra de genialidad sobre la novela norteamericana actual. Pálido Fuego publicará próximamente su primera obra.




04. El fin de Alice, de A.M. Homes

Por el placer, casi olvidado, de sentir que el libro que uno tiene entre manos es algo peligroso, recomendamos este monstruo literario.




05. The marriage plot, de Jeffrey Eugenides

Es uno de los escritos más seductores y descomunales que hemos leído en tiempo. Dentro de poco aparecerá su traducción al español.


06. El tiempo es un canalla, de Jennifer Egan

Egan articula las historias de varios personajes para contar que, más allá de sus vidas privadas, como dice el título: El tiempo es un canalla.



07. Más afuera, de Jonathan Franzen

Después de la algarabía mediática de Libertad, hay que echarle un vistazo a toda su obra. Lo último es este ejemplar de ensayos.




08. El velo negro, de Rick Moody

Se lee y suena como un disco recopilatorio y autobiográfico de culpas, vínculos sanguíneos y literarios. Está escrito con humor y en orden aleatorio.



09. Chronic City, de Jonathan Lehem

El Manhattan distópico que ha descrito Jonathan Lethem en esta novela se parece demasiado al Manhattan auténtico.


10. Ciudad abierta, de Teju Cole

Este joven escritor de ascendencia nigeriana nos ha dado una alegría. Ciudad abierta está ambientada cinco años después del 11-S.

viernes, 27 de enero de 2012

Jennifer Egan / El tiempo es un canalla / Reseña




El tiempo es un canalla

Jennifer Egan

Traducción de C.A. Saburit. Minúscula. Barcelona, 2011. 407 páginas, 20 euros
NADAL SUAU | 27/01/2012 | 


Jennifer Egan. Foto: Pieter M. Van Hatt

Cuando, al final de esta novela, Jennifer Egan (Chicago, 1962) hace que un viejo emboscado, un llanero solitario, airado y derrotado que nunca tuvo página ni perfil en la red, se suba a un escenario al aire libre de Nueva York, en 2020, para lograr que toda una generación pueda creer de nuevo en la pureza y el dolor, el lector ya ha entendido hace mucho que El tiempo es un canalla no es el ligero divertimento generacional que parece en sus primeras páginas, ni tampoco un simple esqueleto que la HBO cubrirá de piel visual en forma de serie. No, El tiempo es un canalla es una magnífica novela con derecho, no sólo a ganar el Pulitzer, sino a que la leamos con pasión. 


Y es verdad que estamos ante una de esas novelas con banda sonora propia, de The Stooges a Blondie, de los Dead Kennedys a The Steve Miller Band, y que en ella se encuentra toda la mitología del rock, tan aglutinadora, tan impregnada de historia personal y universal. Además, la peripecia personal de Bennie Salazar y otros personajes nos descubre entresijos del negocio de la música. Pero este libro no se centra en la industria musical. En realidad, también nos podrían vender la novela como un libro atravesado por la sombra del World Trade Center, y sería cierto. O por las redes sociales, perfectamente entendidas e incorporadas en la estructura narrativa, en sus consecuencias morales o en fragmentos como este: “los días en que la gente perdía el contacto ya casi son historia [...]. Todos nosotros nos reuniremos en ese lugar nuevo, y al principio te parecerá extraño, pero muy pronto lo que realmente te parecerá extraño será que antes pudieras perder a alguien, o perderte tú”. Y sin embargo, en El tiempo es un canallaimporta, sobre todo, la soledad de esa hija que se hizo mayor, dejó de agitarse en conciertos punk y ahora toma un Virgin Mary con sombrillita junto a su madre; la soledad de las victorias ridículas, la de una vieja gloria que concibe su propia muerte como un espectáculo (cualquier cosa a cambio de un minuto más de gloria), la de todos esos hombres intentando forzar una nueva erección. E importa la memoria, claro, no en vano el epígrafe inicial es de Marcel Proust. Porque, en fin, esta novela habla del tiempo y de lo que éste hace con nosotros. 

Todo esto, Jennifer Egan lo explica con humor, con un prodigioso sentido del ritmo que convierte su novela en un objeto listo para ser devorado, y con una estructura, ya lo hemos dicho, compleja. Nada nuevo bajo el sol: desde que somos modernos, las estructuras narrativas fragmentarias vienen significando de todo: siempre hay una teoría física, lingüística, semiótica o sociológica que las justifique. Y siempre reciben el calificativo de “novedosas”. A mí no me parece que Egan haga nada nuevo: lo valioso es que lo hace muy bien, logrando que al lector le parezca necesario este tejido complejo que salta de personaje en personaje y de década en década, de los setenta al futuro pasando por nuestro presente. Por supuesto, es probable que esta estrategia refleje con certeza el entramado de relaciones en tiempos de Facebook, pero, sobre todo, funciona como un buen grupo de rock: “unas personas, unos instrumentos y unos aparatos de aspecto desvencijado se combinaban de repente para generar una estructura única de sonido, flexible y viva”. Come together.

Egan tiene recursos de sobra, y sabe llevarnos de Washington o Nueva York a una dictadura bananera; escuchamos multitud de voces, y se nos cuelan finísimas reflexiones dispensadas sin pedantería. A veces, ese dominio absoluto de sus armas la lleva a permitirse jueguecitos como parodiar el estilo periodístico de D F Wallace o presentarnos un largo capítulo en formato power-point. Esto último no es más que una muestra de ingenio y, como sabemos, el ingenio tiene mucho de espectáculo pero no necesariamente transmite verdad. Yo no creo que El tiempo es un canalla gane nada por introducir unas diapositivas informáticas elaboradas por una niña de 12 años... Pero lo que se dice en esas diapositivas sí me interesa, porque contiene tanta verdad como el resto del libro, y tal vez más. Vean a esta niña mirando una foto de su madre cuando era joven y escribiendo: “tiene aspecto de alguien a quien querría conocer, o incluso de alguien que me gustaría ser”. El tiempo es un canalla, sí, que nunca se queda pero nunca se va.




viernes, 30 de diciembre de 2011

Jennifer Egan / La forma es el fondo



Jennifer Egan

La forma es el fondo

EDMUNDO PAZ SOLDÁN
30 DIC 2011

Con El tiempo es un canalla (2010), su cuarta novela, la escritora norteamericana Jennifer Egan ha ganado premios tan prestigiosos como el Pulitzer y el National Book Critics Circle Award, superando a autores conocidos como Jonathan Franzen y David Grossman. Egan se merece todos los elogios; su libro es una curiosa y muy lograda combinación de realismo convencional y experimentación con la forma. Egan está tan dispuesta a conseguir varias cosas dispares a la vez que El tiempo es un canalla puede leerse como una novela y también como una colección de cuentos con personajes interrelacionados entre sí. Incluso en sus influencias, el libro se inclina ante el altar de Proust -los dos epígrafes le pertenecen, al igual que el tema central del paso del tiempo-, pero, para su estructura, Egan ha confesado que una serie televisiva -Los Soprano- fue su modelo principal (la idea era "escribir una novela que tuviera la misma sensación lateral de una serie televisiva, la misma clase de movimiento en todas las direcciones, no siempre hacia adelante. El movimiento de los personajes centrales hacia los periféricos de temporada a temporada o incluso en la misma temporada"). El tiempo es un canalla recorre cincuenta años -desde los convulsos años setenta hasta la distópica década de 2020- en la vida de varios personajes asociados a la industria musical; los más importantes son Bennie Salazar, un ejecutivo de una compañía musical que alguna vez fue músico punk, y Sasha, su secretaria, una cleptómana compulsiva llegada a Nueva York con sueños de triunfo. Su historia no es contada linealmente: por dar un ejemplo, si en el primer capítulo Sasha tiene 35 años y ya no trabaja con Bennie, en el segundo, ella todavía es su secretaria y lo acompaña a ver a un grupo musical del cual la compañía quiere deshacerse. La novela explota luego en múltiples historias, cada una narrada desde una perspectiva y un tono diferentes, y aparecen, entre otros, Lou, un productor musical mujeriego, con cuatro hijos y las ganas de llevarse el mundo por delante, Mindy, una estudiante de Berkeley que es amante de Lou ('Safari', el capítulo/cuento que relata su historia, es uno de los mejores), y el "magnético" Scotty, un cantante de "baladas de paranoia y desconexión" a cargo de narrar el capítulo más cómico (cuando visita a Bennie en sus oficinas lujosas con un pescado muerto en la mano). Esta estructura desordenada de la novela no es gratuita. En El tiempo es un canalla, la forma es el fondo: Egan trata de captar la relación no lineal del individuo con el tiempo. En un párrafo, la novela puede congelar la acción del presente y proyectar a los personajes dos o tres décadas en el futuro, para luego volver al presente. La música, constante en la novela, es ideal para esos viajes en el tiempo, para que Sasha y compañía se den cuenta de que las capas se han ido sedimentando, de que se están convirtiendo en historia. El título tiene ese sentido: nadie está libre de la destrucción del tiempo; Lou, que en su momento triunfal llega incluso al desafío de decir que nunca envejecerá, termina un par de décadas después en una cama de hospital, agonizante. La novela aspira a narrar el momento actual como si fuera histórico, registrar la sensibilidad del presente. Sacudida por transformaciones dramáticas, la industria musical en torno a la cual giran los personajes de El tiempo es un canalla es ideal para que Egan explore los cambios durante el medio siglo en que transcurre la acción. Por un lado, la novela puede leerse como una crítica de la forma en que la digitalización tecnológica está produciendo películas, canciones y fotos tan precisas y perfectas que carecen de vida: "Un holocausto estético", piensa Bennie, que, sin ironía alguna, está a cargo de crear esos productos culturales que detesta. Pero esa misma digitalización también crea instrumentos que, usados de manera creativa, pueden ser liberadores. El capítulo más arriesgado, un diario de alrededor de cien páginas que Alison, la hija de 12 años de Sasha, lleva allá por 2020 en formato PowerPoint encierra una de las metáforas principales de la novela: los gráficos, las flechas y los círculos que se repiten una y otra vez representan cuán conectados estamos todos en la era digital.


Jennifer Egan / "Mi novela es como un disco de los años setenta"




JENNIFER EGAN 

"Mi novela es como un disco de los años setenta"


Barbara Celis
30 de diciembre de 2011
La crítica de Estados Unidos ha calificado de experimental y sorprendente El tiempo es un canalla, Premio Pulitzer de ficción

Para ser vanguardista, a veces también hay que mirar hacia el pasado. Los grandes maestros de la literatura se atrevieron a hacer cosas que hemos olvidado y por eso ciertos riesgos narrativos hoy resultan revolucionarios, aunque no sean nuevos en absoluto. Esa es una de las lecturas que hace Jennifer Egan (Chicago, 1962; jenniferegan.com) del éxito de su novela El tiempo es un canalla, el último Premio Pulitzer de literatura. Trece capítulos que conviven entre ellos de forma autónoma, protagonizados por diversos personajes relacionados con la industria de la música, que van y vienen a medida que el tiempo pasa de forma no lineal y en los que las diferencias estilísticas son extremas. "La novela para mí es algo abierto y muy experimental en su esencia. Basta con fijarse en los grandes genios de la literatura: el Quijote de Cervantes, flexible y totalmente abierto, o los libros de Laurence Stern. Los escritores tenemos libertad para explorar todos los territorios y si a eso le añades lo que traen las nuevas tecnologías las puertas son infinitas". La valentía narrativa de Jennifer Egan, demostrada a través de cinco libros que han acumulado premios hasta culminar con el Pulitzer, reside sobre todo en esa inquietud puramente instintiva, según la define ella misma, que la lleva a explorar "para no aburrirse" territorios que desconoce. "El reto es tratar de hacer algo que creo que no puedo hacer, aprender y además entretener".


Jennifer Egan
Sonriente, espontánea y exudando simpatía, lo comenta frente a un café con hielo una fría tarde de otoño en Brooklyn, un barrio en el que viven decenas de escritores neoyorquinos. "Este libro nació, de forma abstracta, de un reto personal: me releí En busca del tiempo perdido de Marcel Proust, y me hizo plantearme cómo sería escribir sobre el paso del tiempo hoy, pero de una forma más moderna, no tan detallista. Por otro lado, hace años que tenía curiosidad por escribir sobre la industria musical, un lugar muy interesante para hablar del paso del tiempo porque ha tenido problemas dramáticos para adaptarse al universo digital". La combinación de ambas cosas creó, estructuralmente, "un libro que es como un disco de los años setenta, como Tommy o Quadrophenia, donde cada tema es completamente diferente del anterior y donde aparentemente no hay unidad, pero al escucharlo como un todo entiendes el sentido". La referencia a los discos de la banda británica The Who tampoco es casual: era el grupo preferido de Egan. Esta escritora, que descubrió su necesidad de escribir durante un viaje de juventud, nació en Chicago pero creció en el San Francisco de los años ochenta, donde vivió en directo el auge de la escena musical punk de la costa Oeste norteamericana, cuya fuerte presencia impregna todas las páginas del libro. "La música tiene esa extraordinaria cualidad de hacerte viajar en el tiempo de forma inmediata. Cuando eres adolescente los grupos que escuchas son tu seña de identidad, no creo que haya otro momento en la vida en que la música sea tan esencial y cuando pasan los años y de repente escuchas alguna de aquellas canciones que marcaron tu juventud, el golpe del paso del tiempo es inmediato".
Un ejecutivo de la industria discográfica y su asistente son los dos pilares alrededor de los que se mueve esta novela en la que, sin embargo, ellos solo protagonizan dos capítulos. Personajes periféricos que aparecen en ambos se convierten en protagonistas de otros relatos "porque una vez creados me pedían darles más vida". Al terminar el libro, cuya estructura narrativa es muy libre, Egan temía que no se pudiera definir. "Pero luego pensé: ¿qué más da? Es ficción y yo estoy básicamente siguiendo mi propio instinto. Mi objetivo es que esos personajes te atrapen y te entretengan y si puedes conseguir eso ¿qué más da cómo definas el libro?". Los críticos lo han hecho, calificando la novela de experimental, sorprendidos sobre todo por el capítulo escrito en Powerpoint en el que una niña de 12 años habla de la importancia de las pausas musicales en los temas de música rock. "Me parecen interesantísimas. Crees que una canción ha terminado y de repente sigue y tienes esa sensación de alivio pero poco después la canción termina. Me parece una metáfora muy interesante sobre el paso del tiempo porque hay muchos momentos de pausa en nuestra vida pero después, la vida continúa. Explicarlo en Powerpoint, una herramienta que yo jamás había utilizado antes, me permitió explorar esa idea de forma mucho más gráfica".
En el libro también hay una inteligente y desternillante exploración del mundo de las celebridades, un tema que en cierto modo había tocado ya en su libro Look at me, protagonizado por una modelo.En cierto modo ella misma se ha convertido, tras el Pulitzer, en una estrella, aunque como bien dice "la palabra celebridad y la palabra escritor no pertenecen al mismo universo, al menos en Estados Unidos". Pero lo cierto es que su nombre está de moda, alimentado por las ventas de su último libro y por el boca a boca entre la gente joven. La cadena HBO además ha comprado los derechos para convertirlo en serie, algo de lo que ella se desentiende, como ya hizo con su libro The invisible circus, que llevó al cine Adam Brooks. "La literatura y el cine son animales diferentes y yo prefiero mantenerme al margen de la imagen. Lo mío son las palabras".
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 30 de diciembre de 2011