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miércoles, 30 de julio de 2025

Las desconcertantes nueve vidas del escritor Jerzy Kosinski

 



LAS DESCONCERTANTES NUEVE VIDAS DEL ESCRITOR JERZY KOSINSKI



Bob vickrey
1 DE NOVIEMBRE DE 2014 

El público inquieto de la conferencia editorial parecía algo impaciente mientras esperaba la llegada del aclamado novelista Jerzy Kosinski para su discurso en el almuerzo programado en el Hotel Copley Plaza de Boston. Kosinski llegaba con un retraso considerable a la presentación oficial de su próximo libro a finales de ese año.

Jerzy Kosinski, del salvajismo de la guerra a una vida de disfraces

 

El escritor Jerzy Kosinski (derecha), con el cineasta Hal Ashby, en una foto de 1979 en Estados Unidos.
El escritor Jerzy Kosinski (derecha), con el cineasta Hal Ashby

Jerzy Kosinski, del salvajismo de la guerra a una vida de disfraces




Celia Castellano Aguilera

Actualizado a

El epílogo perdido de El pájaro pintado de Jerzy Kosinski

 

Jerzy Kosinski


El epílogo perdido de El pájaro pintado de Jerzy Kosinski



Neil Strauss

Cuando leí por primera vez El pájaro pintado de Jerzy Kosinski, me impactó no solo su fuerza, sino también los paralelismos en la biografía del autor al final. Fue descubrir que había algo de verdad en este libro despiadado sobre la condición humana lo que lo colocó en el primer puesto de mi lista de libros más recomendados.

martes, 29 de julio de 2025

Una breve mirada a Jerzy Kosinski

Jerzy Kosinski


Jorge Arturo Hernández

UNA BREVE MIRADA A JERZY KOSINSKI


BIOGRAFÍA


Leí por primera vez a Jerzy Kosiński (ŁódźPolonia, 1933-Nueva York, 1991) hace unos 17 años. En aquel entonces no sabía quién era el autor ni había escuchado nada de él. Adquirí Desde el jardín (una edición de Javier Vergara con cubiertas blancas, el título en letras grandes, doradas, y el nombre del autor escrito en azul) en una librería de viejo que estaba ubicada en la calle Matamoros del primer cuadro de Cuernavaca. 

Jerzy Kosinski, «show-man» del ego

 

Jerzy Kosinski


Jerzy Kosinski, «show-man» del ego



Sergio Ramírez

Impecablemente atildado como si acabaran de recortarlo de una página de la ya fenecida revista Squier, Jerzy Kosinski se exhibe ante el público congregado para oírlo en la sala de conferencias de la Amerika-Haus en Berlín, se pasea en perfecto dominio del auditorio como un show-man de la televisión, casi puede uno adivinar el invisible cordón del micrófono que arrastra tras sí mientras cuenta sus anécdotas de animador; y casi al descuido, retoca su peinado. Kosinski, the great. Emigrado de Polonia -Jerzy Nikodem Kosinski nació en Lodz en 1933, hijo de padres rusos- llegó a los Estados Unidos en 1957, ya doctorado en Sociología, y después de trabajar como camionero, barman de cantina pobre y chofer de ricos, se casó ¡oh, el milagro americano! con la viuda de uno de los fundadores de la más grande compañía de acero de USA. (Que, por supuesto, se murió al poco tiempo de cáncer).

lunes, 28 de julio de 2025

Jerzy Kosinski / El sanatorio

 




Jerzy Kosinski


El SANATORIO

1

Me contraté para enseñar a esquiar y viví en un lugar de veraneo de las montañas adonde enviaban a los tuberculosos. Desde mi apartamento se podía ver el sanatorio y distinguir los pálidos rostros de los recién llegados de los bronceados semblantes de los pacientes a largo plazo que se soleaban en las terrazas.

Jerzy Kosinski / La isla

 


Jerzy Kosinski


LA ISLA

Éramos varios los asistentes de arqueólogo que trabajábamos en una de las islas con un profesor que, durante años, había estado excavando y desenterrando los restos de una antigua civilización que había florecido quince siglos antes de la Era Cristiana.

Jerzy Kosinski / Los caballeros de la mesa redonda



Jerzy Kosinski


LOS CABALLEROS 
DE LA MESA REDONDA


Cuando yo estaba en el ejército, muchos de los soldados solían practicar un juego en el cual unos veinte o veinticinco hombres se sentaban alrededor de una mesa, cada uno con una larga cuerda atada a su órgano. A los jugadores, los llamaban «Los Caballeros de la Mesa Redonda». Un hombre, a quien llamaremos el rey Arturo, sujetaba los extremos de todas las cuerdas sin saber quién estaba en el otro extremo.

Jerzy Kosinski / El caballo

 



Jerzy Kosinski
EL CABALLO

Bajé del tren en una estación pequeña. Cuando el tren se alejó, yo era la única persona que comía en el restaurante de la estación. Detuve al camarero y le pregunté si en aquel pueblo había algo de interés. Me miró y dijo que esa tarde se realizaría una función privada en otro cercano.

Jerzy Kosinski / Tarjetas



Jerzy Kosinski
TARJETAS

Yo viajaba hacia el sur. Las aldeas eran pequeñas y pobres; cuando me detenía en ellas, alrededor de mi automóvil se congregaba una multitud y los niños seguían todos mis movimientos.

Jerzy Kosinski / El pulpo

 


Jerzy Kosinski
EL PULPO

Fui al zoológico para ver a un pulpo sobre el cual había leído. Estaba alojado en un acuario y se alimentaba de cangrejos y peces vivos, de almejas… y de sí mismo. Mordisqueaba sus propios tentáculos, consumiendo uno tras otro.

domingo, 27 de julio de 2025

Los traumas de Jerzy Kosinski: reales e inventados

 

Jerzy Kosinski
Foto de Inge Morath


Los traumas de Jerzy Kosinski: reales e inventados

“Jerzy”, de Jerome Charyn, es un conmovedor intento de rastrear las conexiones entre las luchas de Kosinski en tiempos de guerra y las ficciones de posguerra.

En 1982, Jerzy Kosinski, novelista y celebridad literaria polaco-estadounidense, apareció en la portada de la  revista Times , fotografiado por Annie Leibovitz. Desnudo hasta la cintura, con el hombro apoyado en la puerta de un establo, calzaba botas de polo y pantalones de montar blancos ajustados; los arreos de caballo colgaban como un látigo de su mano izquierda. Su piel estaba bronceada y reluciente, su pecho lampiño, su expresión opaca: severa, cautelosa, quizás un poco confrontativa. El artículo que acompañaba el artículo, un perfil adulador de Barbara Gelb, lo calificaba de "el superviviente definitivo". Definiéndose como una "conocedora de supervivientes", Gelb escribió que, de todos los supervivientes del Holocausto que conocía, Kosinski era el más dañado —"física y psicológicamente"— y el más sincero al respecto: "con crudeza en su ficción, con ingenio en el salón".

lunes, 21 de julio de 2025

Thomas Bernhard / En la buhardilla de los Höller

 


Thomas Bernhard
EN LA BUHARDILLA
DE LOS HÖLLER

[…] En la buhardilla de los Höller, en la que yo me había instalado ahora con los escritos de Roithamer, que en su mayor parte se ocupaban de la construcción del Cono, y tenía que considerar ese ocuparme de Roithamer y de su legado como la ocupación terapéutica francamente ideal después de mi larga enfermedad y sentirlo precisamente como ideal , Roithamer tuvo la idea de construir el Cono, y los planos más importantes para la construcción del Cono fueron trazados por él en esta buhardilla y, apenas entré en la habitación de los Höller, descubrí que ahora, meses después de la muerte de Roithamer y medio año después de la muerte de su hermana, para la que había construido el Cono, entretanto abandonado a su ruina, que ahora, en la buhardilla de los Höller, seguían estando todos los planos, en su mayor parte no utilizados pero siempre relativos sólo a la construcción del Cono, así como todos los libros y escritos relativos a ella que Roithamer había utilizado en su totalidad, en los últimos años, para la construcción del Cono, libros y escritos en todos los idiomas imaginables, incluso en los que él no hablaba, pero que se había hecho traducir por su hermano Johann, que hablaba muchos idiomas y, en general, estaba dotado para los idiomas como ninguna otra persona que yo conociera, también esas traducciones estaban en la buhardilla de los Höller y, ya a la primera ojeada, vi que debía de tratarse de centenares de esas traducciones, montones enteros de traducciones del portugués y del español había descubierto enseguida al entrar en la buhardilla de los Höller, esos centenares y millares de procesos mentales de penoso desciframiento pero, probablemente, importantes para su proyecto de construir y terminar el Cono, de hombres de ciencia desconocidos para mí pero probablemente muy familiares para él, que se ocupaban del arte de la construcción, él odiaba las palabras arquitecto o arquitectura , jamás decía arquitecto ni arquitectura y, si yo lo decía u otro decía arquitecto o arquitectura, replicaba enseguida que no podía escuchar las palabras arquitecto o arquitectura, esas dos palabras no eran más que deformidades, abortos verbales que un pensador no podía permitirse, y yo tampoco utilizaba jamás en su presencia, y luego tampoco ya en otras ocasiones las palabras arquitecto o arquitectura, también Höller se había acostumbrado a no utilizar las palabras arquitecto ni arquitectura, decíamos siempre, como el propio Roithamer, sólo constructor o construcción o arte de la construcción, el que la palabra construir era una de las más hermosas lo sabíamos desde que Roithamer nos habló al respecto, precisamente en la buhardilla en que me alojaba ahora, una tarde oscura y lluviosa en que, realmente, habíamos temido una inundación como las que con tanta frecuencia se producen en la garganta del Aurach y tienen efectos posiblemente devastadores en toda la garganta del Aurach, pero que de repente, sin embargo, había retrocedido, las inundaciones causaban siempre los mayores daños imaginables en la garganta del Aurach, pero respetaban la casa de los Höller, provocaban en todas partes, Aurach abajo y Aurach arriba, los mayores daños imaginables, pero respetaban la casa de los Höller, situada precisamente en la garganta del Aurach, porque había sido construida por la clara inteligencia de Höller, y todos los que veían que, a lo largo del curso entero del Aurach, todo quedaba asolado y devastado y destruido, se asombraban siempre de esa circunstancia increíble, y esa tarde oscura y lluviosa en que habíamos temido otra vez una de esas inundaciones que todo lo asolaban y devastaban, pero que luego, sin embargo, no se había producido, Roithamer nos explicó la belleza de la palabra construcción y la belleza de la palabra construir y la belleza de las palabras obra de arte de la construcción.


Thomas Bernhard
“Corrección”
Alianza Tres, Barcelona, 1983, pp. 15-17
Traducción de Miguel Sáenz


viernes, 13 de junio de 2025

Isaac Bashevis Singer / Guimpl, el Tonto

 


Friedrich Stellmach 


Isaac Bashevis Singer GUIMPL, EL TONTO


(“Gimpel the Fool”)


I

      Soy Guimpl el ingenuo. No me considero un tonto. Al contrario. Pero la gente me ha puesto ese apodo. Empezaron a llamarme así cuando aún estaba en el jéder [una escuela elemental tradicional cuyo fin es enseñar a los niños las bases del judaísmo y del hebreo]. Hasta siete apodos llegué a tener: imbécil, zafio, lelo, simple, pánfilo, bobo e ingenuo. Y este último es el que se me quedó pegado. ¿En qué consistía mi ingenuidad? En que era fácil tomarme el pelo. Me dijeron una vez: «Guimpl, ¿sabes que la esposa del maestro ha dado a luz?». Y yo, confiado, no fui al colegio. Pues bien, resultó ser falso. ¿Cómo iba a saberlo yo? Es cierto que la mujer no mostraba una barriguita muy abultada, pero yo nunca me había fijado en su barriga. ¿Tan ingenuo era esto? Los gamberros, sin embargo, rompieron a reír y a rebuznar, a brincar y a bailar, y a canturrearme la oración para un buen sueño. Y encima me llenaron las manos no con pasas, como suele ofrecerse cuando una mujer da a luz, sino con cagarrutas de cabra. Yo no era ningún alfeñique. Si le propinase a alguien una bofetada, le haría ver hasta Cracovia. Sin embargo, por naturaleza no soy realmente un peleón. Siempre pienso para mis adentros: déjalo pasar. Así que la gente se aprovecha de mí.

Isaac Bashevis Singer / El Spinoza de la Calle Market


Head of an Old Man in a Cap by Rembrandt

Isaac Bashevis Singer  EL SPINOZA DE LA CALLE MARKET



(“Der Spinozist: Dertseylung”, yidis, 1944)
(“The Spinoza of Market Street”)

(Traducido del yidis al inglés por el autor y Elizabeth Shub)

1

      El doctor Nahum Fischelson andaba de un extremo a otro de su habitación, un tabuco sito en la calle Market, en Varsovia. El doctor Fischelson era un hombre bajo, encorvado, de barba grisácea; sería completamente calvo si no le quedaran unos mechones de cabello en el cogote. Tenía la nariz ganchuda como un pico y sus ojos, grandes y oscuros, parpadeaban como los de un pajarraco. Era un caluroso atardecer de verano, pero el doctor Fischelson llevaba una levita negra que le llegaba hasta las rodillas y cuello duro con corbata de lazo. Caminaba despacio desde la puerta a la buhardilla, abierta en lo alto de la inclinación del techo, y de ésta otra vez a la puerta. Había que subir unos peldaños para mirar hacia afuera. Sobre la mesa, ardía una vela en un candelabro de cobre, y diversos insectos zumbaban alrededor de la llama. De cuando en cuando, uno de los bichitos volaba demasiado cerca del fuego y se le chamuscaban las alas, otro ardía por un instante sobre el pabilo. En estos casos el doctor Fischelson hacía una mueca; su rostro arrugado se estremecía; hasta se mordía los labios por debajo de su alborotado bigote. Luego, sacaba el pañuelo del bolsillo y lo agitaba ante los insectos.

Isaac Bashevis Singer / Un amigo de Kafka

 

Friedrich Stellmach 


Isaac Bashevis Singer UN AMIGO DE KAFKA


(“A Friend of Kafka”)

Traducido del yiddish al inglés por el autor y Elizabeth Shub).

1

       Mucho antes de leer sus obras, supe de la existencia de Kafka por boca de su amigo Jacques Kohn, quien fue actor del Teatro Yiddish. Y he dicho «fue», porque cuando le conocí llevaba ya años retirado de su profesión. Corrían los primeros años treinta, y el Teatro Yiddish de Varsovia había perdido gran parte de su público. El propio Jacques Kohn era un hombre viejo y derrotado. Pese a que aún vestía como un pisaverde, sus ropas presentaban el aspecto de las prendas muy usadas ya. Lucía monóculo en el ojo izquierdo, anticuado cuello alto (del tipo llamado, en aquel entonces, «matapadres»), zapatos de charol y sombrero hongo. Los cínicos del club de escritores yiddish de Varsovia, que tanto él como yo frecuentábamos, le habían dado el mote de «el Lord». Pese a que su espalda se le encorvaba cada vez más, hacía titánicos esfuerzos para andar con los hombros echados hacia atrás. Peinaba los escasos restos de su amarillento cabello de manera que formara un puente que le cubriera la calva cabeza. Siguiendo las tradiciones teatrales de pasados tiempos, de vez en cuando hablaba en un yiddish germanizante, lo cual hacía de un modo muy principal cuando contaba su amistad con Kafka. Últimamente, Jacques Kohn había comenzado a escribir artículos para los periódicos, pero los directores se los rechazaban unánimemente. Vivía en una buhardilla de la calle Leszno, y estaba siempre enfermo. Los miembros del club le aplicaban la siguiente frase mordaz: Pasa el día en una tienda de oxígeno, de la que sale al anochecer hecho un donjuán.

martes, 25 de enero de 2022

Isaac Bashevis Singer / Cuando Shlemel fue a Varsovia

Cuando Shlemel fue a Varsovia (Un cuento de Isaac Bashevis Singer)Isaac Bashevis Singer
BIOGRAFÍA

Cuando Shlemel fue a Varsovia


 Aunque Shlemel era un vago y un dormilón de mucho cuidado, siempre había rondado por su cabeza la idea de hacer un largo viaje. Había oído muchas historias de países lejanos, de grandes desiertos, de profundos océanos y de altas montañas, y a menudo le decía a su mujer que algún día emprendería un largo viaje. Y ella siempre le decía:
– Shlemel, no estás tú hecho para estos trotes... Lo tuyo es quedarte en casa y cuidar de los niños, mientras yo voy al mercado a vender las verduras.

jueves, 23 de diciembre de 2021

Andrzej Sapkowski / La voz de la razón

 


Andrzej Sapkowski

7

LA VOZ DE LA RAZÓN


La voz de la razón 1

    Vino a él al romper el alba.
    Entró con mucho cuidado, sin decir nada, caminando silenciosamente, deslizándose por la habitación como un espectro, como una visión, el único sonido que acompañaba sus movimientos lo producía el albornoz al rozar la piel desnuda. Y sin embargo, justo este sonido tan débil, casi inaudible, despertó al brujo. O puede que sólo le sacara de una duermevela en la que se acunaba monótono, como si estuviera en las profundidades insondables, colgando entre el fondo y la superficie de un mar en calma, entre masas de sargazos ligeramente movidos por las olas.

Andrzej Sapkowski / El último deseo

 



Andrzej Sapkowski

6

EL ÚLTIMO DESEO


I

    El siluro sacó al aire su cabeza y sus bigotes, tiró con fuerza, salpicó, removió el agua, su blanco vientre destelló al sol.
    —¡Cuidado, Jaskier! —gritó el brujo, apoyándose con los tacones en la arena mojada—. ¡Sujeta, hombre!
    —Sujeto —resolló el poeta—. ¡Madre mía, qué monstruo! ¡Un leviatán y no un pez! ¡Nos vamos a poner las botas, por los dioses!

Andrzej Sapkowski / El confín del mundo

 


Andrzej Sapkowski

5

EL CONFÍN DEL MUNDO


I

    Jaskier bajó con cuidado los escalones de la taberna, llevando dos jarras que chorreaban espuma. Maldiciendo en voz baja, se abrió paso por entre el grupo de niños curiosos que se apretaban en torno a él. Atravesó oblicuamente el corral, evitando las numerosas plastas de las vacas.
    Alrededor de una mesa puesta en la calle, ante la que el brujo hablaba con el estarosta de la villa, se habían reunido ya unas decenas de colonos. El poeta colocó las jarras, se sentó. Enseguida se dio cuenta de que durante su corta ausencia la conversación no había avanzado ni siquiera una pulgada.