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sábado, 2 de abril de 2022

Walter Benjamin / Apenas llegue la muerte

 

Walter Benjamin


Walter Benjamin: Apenas llegue la muerte

Portbou fue el lugar en el que se suicidó el filósofo alemán, que huía de los nazis. Antes había sido uno de los caminos de salida al exilio de los republicanos españoles. Entre ellos estaba el padre de la autora


MARÍA VELA ZANETTI

Sería a finales de los noventa del siglo pasado. No se consideraba raro entonces acometer estas giras con final melancólico. Ahora, muertos tantos amigos, los que resistimos, sólo queremos pasarlo bien, pero no a toda costa. Ni a culatazos.


Viajábamos por carretera desde el pueblo de Fortià hasta el de Portbou, a un paso de Francia. Llamar a esta visita “excursión” —alguien lo dijo y luego se atragantó como uno de esos niños que sólo piensan en comer y embadurnarlo todo—, nos lo hacía menos duro, menos real. Todos habíamos leído ya a Benjamin. Intensamente. Casi de rodillas. Sabíamos de su agónica huida, con apenas 48 años, desde París hasta la frontera con España el 26 de septiembre de 1940, y con los nazis pisándole los talones. Casi podíamos sentir en nuestro bolsillo, apretada por una mano ya muy débil, la dosis necesaria de morfina, que tal como él había dispuesto, le libraría de sus garras.

lunes, 15 de febrero de 2021

Walter Benjamin / El teléfono


Walter Benjamin
Teléfono

    Puede que sea por culpa de la construcción de los aparatos o de la memoria, lo cierto es que, en el recuerdo, los sonidos de las primeras conversaciones por teléfono me suenan muy distintos de los actuales. Eran sonidos nocturnos. Ninguna musa los anunciaba. La noche de la que venían era la misma que precede a todo alumbramiento verdadero. Y la recién nacida fue la voz que estaba dormitando en los aparatos. El teléfono era para mí como un hermano gemelo. Y así tuve la suerte de vivir cómo superaba, en su brillante carrera, las humillaciones de los primeros tiempos. Pues cuando ya habían desaparecido de las habitaciones exteriores las arañas, pantallas de estufa, palmeras, consolas y balaustradas, el aparato, cual mítico héroe que estuviera perdido en un abismo, dejó atrás el pasillo oscuro para hacer su entrada real en las estancias menos cargadas y más claras, habitadas ahora por una nueva generación. Para ella fue el consuelo de la soledad. A los desesperados que querían dejar este mundo miserable les enviaba el destello de la última esperanza. Compartía el lecho de los abandonados. Incluso llegaba a amortiguar la voz estridente que conservase desde su exilio, convirtiéndola en un cálido zumbido. Pues, ¿qué más había menester en lugares donde todos soñaban con su llamada o la esperaban temblando como el pecador? No muchos de los que hoy lo utilizan recuerdan aún qué destrozos causaba en aquel entonces su aparición en el seno de las familias. El ruido con el que atacaba entre las dos y las cuatro, cuando otro compañero de colegio deseaba hablar conmigo, era una señal de alarma que no sólo perturbaba la siesta de mis padres, sino la época de la Historia en medio de la cual se durmieron. Eran corrientes las discusiones con las oficinas, sin mencionar las amenazas e invectivas que mi padre profería contra los departamentos de reclamaciones. Sin embargo, su verdadero placer orgiástico consistía en entregarse durante minutos, y hasta olvidarse de sí mismo, a la manivela. Su mano era como el derviche que sucumbe a la voluptuosidad de su éxtasis. A mí me palpitaba el corazón; estaba seguro que, en estos casos, era inminente que la funcionaria recibiera una paliza por castigo. En aquellos tiempos, el teléfono estaba colgado, despreciado y proscrito, en un rincón del fondo del corredor, entre la cesta de la ropa sucia y el gasómetro, donde las llamadas no hacían sino aumentar los sobresaltos de las viviendas berlinesas. Cuando llegaba, después de recorrer a tientas el oscuro tubo, apenas dueño de sí mismo, para acabar con el alboroto, y arrancando los dos auriculares que pesaban como halteras, encajando mi cabeza entre ellos, quedaba entregado a la merced de la voz que hablaba. No había nada que suavizara la autoridad inquietante con la que me asaltaba. Impotente, sentía cómo me arrebataba el conocimiento del tiempo, deber y propósito, cómo aniquilaba mis propios pensamientos, y al igual que el médium obedece a la voz que se apodera de él desde el más allá, me rendía a lo primero que se me proponía por teléfono.


Walter Benjamin
Infancia en Berlín hacia 1900




Walter Benjamin / Columna triunfal

 



Walter Benjamin
Columna Triunfal

    Se encontraba en medio de la ancha plaza, como la fecha impresa en rojo sobre el calendario de taco. Deberían de haberla arrancado el último Día de Sedán. Sin embargo, cuando yo era pequeño, no se concebía que hubiese un año sin el Día de Sedán. Después de Sedán no hubo más que desfiles. Por eso estuve con mi institutriz entre la multitud, cuando en mil novecientos dos Ohm Krüger, después de la perdida guerra de los bóers, recorrió la Calle de Tauentzien. Pues resultaba inimaginable no admirar a un señor que, con su chistera, estaba recostado sobre el asiento acolchado y que «había hecho una guerra». Así dijeron. A mí me pareció grandioso y al mismo tiempo poco formal, como si el hombre hubiese llevado consigo un rinoceronte o un dromedario, haciéndose famoso por ello. ¿Qué pudo haber después de Sedán? Con la derrota de los franceses, la Historia Universal parecía haber bajado a su glorioso sepulcro, sobre el cual esta columna se elevaba como estela funeraria y en el que desemboca la Avenida de la Victoria. Siendo alumno de tercer curso, subí las anchas gradas que conducían a los soberanos de mármol, no sin presentir de una manera confusa que más de una entrada privilegiada se me franquearía más tarde, al igual que estas escalinatas, y luego me dirigí a los dos vasallos que, a izquierda y derecha, coronaban la parte de atrás, ya que eran más bajos que sus soberanos y se dejaban examinar con más comodidad. Por otra parte, porque me satisfacía la certeza de saber a mis padres tan distantes de los poderosos del momento como lo fueron estos dignatarios de los gobernantes de su época. Entre ellos preferí a aquel que salvaba a su manera el abismo entre alumno y hombre de Estado. Era un obispo que tenía en la mano la catedral de su jurisdicción y que aquí era tan pequeña que podría haberla construido con mis juegos de construcción. A partir de entonces no he dado con ninguna Santa Catalina sin que reparase en su rueda, con ninguna Santa Bárbara sin percatarme de su torre. No olvidaron explicarme de dónde procedía el adorno de la Columna Triunfal. Pero no comprendí exactamente qué había de particular en los cañones que lo componían: si los franceses entraron en la guerra con cañones de oro o si nosotros los fundimos con el oro que les habíamos quitado. Con ello me pasaba lo mismo que con un libro espléndido de mi propiedad, la Crónica Ilustrada de esta guerra, que tanto pesó sobre mí, porque nunca terminaba de leerlo. Me interesaba y era un experto en los planes de las batallas, pero, no obstante, la desgana que me causaba su cubierta impresa en oro iba en aumento. Menos soportable aún era el débil resplandor del oro del ciclo de los frescos de la rotonda que revestía la parte inferior de la Columna Triunfal. No pisé jamás este recinto iluminado por una luz amortiguada y reflejada por la pared del fondo; temí encontrar allí imágenes de la clase de los grabados de Doré sobre el «Infierno» de Dante, que jamás abrí sin pavor. Los héroes, cuyas hazañas dormitaban allí, en la galería, me parecían para mis adentros tan depravados como la multitud de aquellos que gemían azotados por huracanes, empalados en troncos sangrantes, congelados en bloques de hielo del oscuro cráter. De esta manera, la galería representaba el Infierno, justamente lo opuesto al círculo de la Gracia que rodeaba, arriba, la figura esplendorosa de la Victoria. Había días que la gente se estacionaba en lo alto. Delante del cielo, sus contornos negros semejaban figurines de pegatinas. ¿No tomaría acaso las tijeras y el cazo de la cola para repartir, una vez terminado el trabajo, las figuritas delante de los portales, detrás de los arbustos, entre las columnas o donde se me antojara? Las gentes, allá arriba, en la luz, eran las criaturas de tan alegre capricho. Los envolvía un eterno domingo. ¿O acaso sería un Día de Sedán eterno?


Walter Benjamin
Infancia en Berlín hacia 1900





Walter Benjamin / Panorama imperial

 

Walter Benjamin
Panorama imperial


    Debido al gran atractivo de las estampas de viaje que se encontraban en el Panorama Imperial, poco importaba con cuál de ellas se comenzara la visita. Como la pantalla con los asientos delante formaba un círculo, cada una iba pasando por todos los huecos, desde los cuales se veía, a través de sendas ventanillas, la lejanía de tenue colorido. Siempre se encontraba sitio. Y, particularmente, hacia el final de mi infancia, cuando la moda comenzaba a volver las espaldas a los panoramas imperiales, se acostumbraba uno a «viajar» con el recinto medio vacío. No había música en el Panorama Imperial, esa música que hacía que más tarde el viajar con las películas fuese algo fatigoso, porque corrompe la imagen de la que podría alimentarse la fantasía. Sin embargo, me parece que un pequeño efecto, en el fondo discordante, supera todo el encanto engañoso que envuelve los oasis en un ambiente pastoral o las ruinas en marchas fúnebres. Cuál no sería aquel tintineo que sonaba segundos antes de desaparecer bruscamente la imagen para dejar paso, primero a un vacío, y luego a la siguiente. Y cada vez que sonaba se embebían de un ambiente de melancólica despedida los montes hasta sus pies, las ciudades con sus ventanas relucientes, los indígenas pintorescos de tierras lejanas, las estaciones de ferrocarril con sus humaredas amarillas, los viñedos hasta en la más pequeña hoja de sus vides. Me convencí por segunda vez —pues la contemplación de la primera imagen suscitaba regularmente esta sensación— de que sería imposible apurar todas las delicias de una sola sesión. Y surgió el propósito, jamás cumplido, de volver al día siguiente. Pero aún antes de decidirme por completo se estremecía toda la máquina, de la que estaba separado tan sólo por un tabique de madera; la imagen flaqueaba para desvanecerse acto seguido hacia la izquierda. Las artes que aquí perduraban aparecieron con el siglo diecinueve. No demasiado temprano, pero a tiempo para dar la bienvenida al romanticismo burgués. En 1838, Daguerre inauguró su Panorama en París. A partir de entonces, estas cajas relucientes, acuarios de lo lejano y del pasado, tienen su lugar en todos los corsos y paseos de moda. Allí, como en los pasajes y quioscos ocuparon a snobs y artistas antes de convertirse en cámaras, donde, en el interior, los niños hicieron amistad con el globo terrestre, de cuyos meridianos el más alegre, bello y variado cruzaba el Panorama Imperial. Cuando entré allí por vez primera, hacía tiempo que había pasado la época de las delicadas pinturas paisajísticas. Pero no se había perdido nada del encanto cuyo último público fueron los niños. Así, una tarde quiso persuadirme, a la vista de la imagen transparente de la villa de Aix, de que yo había jugado en la luz oliva que fluye a través de las hojas de los plátanos sobre el ancho Cours Mirabeau, en una época que nada tenía que ver con otros tiempos de mi vida. Pues esto era lo que hacía extraño aquellos «viajes»: el que los mundos lejanos no siempre fueran desconocidos y que las añoranzas que despertaban en mí no fueran siempre de las que hacen tentador lo desconocido, sino de las otras, más dulces, por regresar al hogar. Puede que fuera obra de la luz de gas que caía tan suavemente sobre todo. Y cuando llovía, no tenía que estar delante de los carteles donde figuraban puntualmente, a dos columnas, las cincuenta imágenes. Entraba y entonces encontraba en los fiordos y en las palmeras la misma luz que iluminaba mi pupitre por las noches, cuando hacía mis deberes, a no ser que un fallo del alumbrado produjera de repente aquella extraña penumbra en la que desaparecía el colorido del paisaje, que quedaba entonces oculto bajo un cielo color ceniza. Era como si hasta hubiera podido oír el viento y las campanas, si hubiese estado más atento.

Walter Benjamin
Infancia en Berlín hacia 1900


domingo, 14 de febrero de 2021

Walter Benjamin / El desterrado de Berlín






Walter Benjamin, el desterrado de Berlín

Mientras la guerra derrumbaba todo su mundo, el escritor se refugiaba escribiendo sobre su infancia perdida


Antonio Muñoz Molina
4 de febrero de 2021



Walter Benjamin, retratado en 1928.
Walter Benjamin, retratado en 1928.ALAMY STOCK PHOTO
Hay novedades sigilosas. Es preciso estar alerta para que no pasen sin dejar rastro. La editorial Periférica publica nuevas traducciones de las dos obras más puramente literarias de Walter Benjamin, Infancia berlinesa hacia mil novecientos y Calle de sentido único, a cargo de Richard Gross. Y esa novedad se vuelve todavía más atractiva porque coincide con la traducción de la más reciente biografía en inglés de Benjamin, la que publicaron hace varios años Howard Eiland y Michael W. Jennings. Las ediciones de Periférica tienen un formato que se ajusta al bolsillo de una chaqueta y favorecen la lectura accidentada e itinerante que parecen exigir esos dos libros. Con casi mil páginas de papel biblia, que incluyen notas copiosas, fotografías e índices muy bien organizados, la biografía de Eiland y Jennings es una proeza más llamativa todavía porque la ha emprendido una pequeña editorial, Tres Puntos. Y también habrá tenido mucho de proeza el trabajo de la traductora, Elizabeth Collingwood-Selby, que ha debido moverse con mucho conocimiento y destreza entre el inglés de los biógrafos y el alemán del biografiado.

El ‘affaire’ Walter Benjamin

Walter Benjamin


El ‘affaire’ Walter Benjamin


La memoria del filósofo enfrenta la ultraderecha francesa e intelectuales


Oscar Caballero
6 de agosto de 2020

¿Qué pecado he cometido contra vosotros muriendo?, podría quejarse Walter Benjamin, con voz de ultratumba, cuando apenas falta mes y medio para el 80 aniversario de su suicidio en Portbou, la noche del 25 al 26 de septiembre de 1940. La vida tiene esas cosas, cuando Berna, Berlín, Fráncfort, Friburgo y sobre todo París podrían haber reivindicado su memoria (de hecho, en París está muy avanzada la edición de sus obras completas) es Perpiñán la que, desde 2013, agita la enseña con su nombre. Dicen que como señuelo de Jean-Marc Pujol, el duradero alcalde anterior de la ciudad (2009-2020) nacido en la Argelia francesa, fiscalista y submarinista.

Walter Benjamin / El filósofo que venció al olvido


Walter Benjamin




Walter Benjamin, el filósofo que venció al olvido

Tras una existencia de intensos pesares que incluyeron el ostracismo profesional y el exilio, la potente figura intelectual del filósofo y pensador alemán Walter Benjamin conocería póstumamente el reconocimiento que se le negó en vida. La reciente publicación de varias de sus obras y de libros sobre su vida, así como su influencia en otras disciplinas, resaltan claramente la amplia influencia que su pensamiento ejerce en la actualidad.

Andrés Seoane
25 de enero de 2018

Despreciado intelectualmente por las instituciones alemanas y la élite cultural parisina, forzado al exilio errante y vagabundo por el delirio megalómano y racista de su patria, borracha de nazismo, y muerto finalmente en un pueblo perdido de la frontera hispanofrancesa donde se suicidó debido a la desesperación. La vida de Walter Benjamin (Berlín, 1892-Portbou, 1940) fue fiel reflejo de la época que le tocó vivir, esa brutal primera mitad del siglo XX donde tantas cosas desaparecerían para no volver jamás. Pero entre tanta oscuridad, el filósofo alemán fue capaz de alumbrar una obra límpida y luminosa cuya influencia ha ido creciendo exponencialmente tras su muerte hasta ser capital en la actualidad.

sábado, 13 de febrero de 2021

Walter Benjamin y la caja china



Walter Benjamin y la caja china


ABEL GONZÁLEZ FERNÁNDEZ
23 MARZO DE 2018

En 1936 Walter Benjamin escribe La obra de arte en la era de la reproductibilidad técnica, un texto de aires proféticos que nada le gustó a Theodor Adorno. Los presupuestos de Benjamin eran tan utópicos como implacables: el aura de originalidad espiritual era el atributo de la obra de arte en el contexto político del fascismo, la reproductibilidad técnica del arte como instrumento eficaz de la lucha de clases.

Walter Benjamin / La tarea del traductor

Walter Benjamin

Walter Benjamin

LA TAREA DEL TRADUCTOR

Cuando nos hallamos en presencia de una obra de arte o de una forma artística nunca advertimos que se haya tenido en cuenta al destinatario para facilitarle la interpretación. No se trata sólo de que la referencia a un público determinado o a sus representantes contribuya a desorientar, sino de que incluso el concepto de un destinatario «ideal» es nocivo para todas las explicaciones teóricas sobre el arte, porque éstas han de limitarse a suponer principalmente la existencia y la naturaleza del ser humano. De tal suerte, el arte propiamente dicho presupone el carácter físico y espiritual del hombre; pero no existe ninguna obra de arte que trate de atraer su atención, porque ningún poema está dedicado al lector, ningún cuadro a quien lo contempla, ni sinfonía alguna a quienes la escuchan.

jueves, 13 de agosto de 2020

¿Qué libros compraban Simone de Beauvoir, Joyce, Hemingway o Lacan en París?





El escritor James Joyce y la librera Sylvia Beach en 1930, dentro del local de Shakespeare and Company.El escritor James Joyce y la librera Sylvia Beach en 1930, dentro del local de Shakespeare and Company.GETTY

¿Qué libros compraban Simone de Beauvoir, Joyce, Hemingway o Lacan en París?



Un equipo de investigación de la Universidad de Princeton vuelca ‘online’ los registros de la histórica librería ‘Shakespeare and Company’ y detalla el perfil lector de sus clientes más ilustres


Alessandro Leone
Cupello, Italia, 19 de marzo de 2020


Durante la primera parte del siglo XX, París representaba más que nunca la ciudad de los intelectuales, un punto de encuentro en el que confluían algunos de los autores símbolo de esa época. Gertrude Stein la llamaba Generación perdida, una expresión que se volvió famosa gracias a la novela Fiesta (1948), de Ernest Hemingway, y que describía a los jóvenes que tuvieron la mala suerte de madurar durante el contexto del primer conflicto mundial. La capital francesa ofrecía rincones que parecían refugios seguros, como la histórica librería Shakespeare and Company. Fundada en 1919 por Sylvia Beach, se dedicaba, y todavía se dedica, a la venta de libros en lengua inglesa, en ese momento difíciles de conseguir a un precio razonable.



De hecho, en Brentano costaban cinco veces más que los libros en francés y el catálogo de la Librería Americana no era tan extenso para resultar atractivo. En cambio, el servicio de la Shakespeare and Company se presentaba como algo único. Por ocho francos y otros siete de depósito se podía solicitar un libro en préstamo, dos si se aumentaba la cifra hasta 12. El tiempo máximo de lectura permitido era dos semanas para las publicaciones más antiguas y una para las más recientes. Todos estos detalles se conocen gracias al trabajo del Shakespeare and Company Project, un equipo de la Universidad de Princeton, guiado por el profesor Joshua Kotin, que ha volcado el registro de la librería parisina online. A través de esos datos se descubren los gustos literarios de algunos de los grandes escritores que a menudo frecuentaban la tienda, como Gertrude Stein, James Joyce, Ernest Hemingway, Aimé Césaire, Simone de Beauvoir, Jacque Lacan y Walter Benjamin.

martes, 18 de octubre de 2016

Andrea Aguilar / El aura de los libros perdidos


El aura de los libros perdidos

Robadas en estaciones o calcinadas entre las llamas se desvanecieron obras de Hemingway, Gógol y Schulz. Un ensayo recupera su historia


ANDREA AGUILAR
18 OCT 2016 - 17:05 COT



Ernest Hemingway perdió en un maleta todos los cuentos que había escrito y una primera novela en 1922.  HULTON DEUTSCH GETTY IMAGES

Los manuscritos perdidos han sido un tema literario (o metaliterario) recurrente, una estructura narrativa sobre la que se han construido un buen número de obras, y tras la que se han escondido escritores tan grandes como Cervantes. Como un intrincado juego de espejos que borra las fronteras entre realidad y ficción o como simple cebo para empujar la trama de una historia, el capital creativo y las posibilidades de fabulación a las que invita la desaparición (¿romántica?, ¿deses­perada?, ¿azarosa?, ¿irremediable?) de una obra están más que probadas. En un plano más terrenal, se encuentra la erudita pasión académica por incunables, desaparecidos y demás piezas imposibles del gran puzle literario. También, la ágil recuperación de libros “perdidos” en cajones o áticos emprendida por agentes, editores y deudos de insignes escritores ha demostrado el excelente tirón, en este caso comercial y mediático, de la literatura extraviada y recuperada. 

miércoles, 22 de enero de 2014

Walter Benjamin / Las catacumbas y el firmamento

Foto
Monumento a Walter Benjamin en Portbou (Girona). / PERE DURAN

Las catacumbas y el firmamento de Walter Benjamin

Llega a las librerías la mítica ‘Obra de los pasajes’, del pensador y crítico literario alemán

Este libro está a medio camino entre la filosofía y la literatura, entre el marxismo y la poesía surrealista


Walter Benjamin, en la Biblioteca Nacional de Francia en París en 1939. / GISÈLE FREUND
No creo que haya ensayo filosófico más famoso, complejo, influyente y poco leído que la así llamada Obra de los pasajes, de Walter Benjamin.Su nombre obedece a que ni siquiera puede llamarse “libro”: es un montón de papeles que acabaron guardados en una maleta, en cuyas páginas hay kilómetros de citas (ajenas) y comentarios (de Benjamin). ¿Un conjunto de ruinas? Así lo describe Giorgio Agamben: es la visión de un superviviente cuando pasea la mirada por los cadáveres y ruinas que se extienden a su alrededor tras un bombardeo.

Es la visión de un superviviente al pasear la mirada por las ruinas
La editorial Abada acaba de publicar una nueva versión de este clásico dentro de la ambiciosa obra completa del autor, y tiene como garantía la solvencia de su traductor, el poeta Juan Barja. La desventaja es que hasta dentro de unos meses no aparecerá el segundo volumen. En cualquier caso, es un acontecimiento editorial. Mientras tanto, siempre nos queda la edición de hace algunos años en Akal.

En la primera parte, explora un mundo de mitos que se vuelven a activar
¿Qué andaba buscando Benjamin con tan abrumadora acumulación de documentos fragmentarios? Es casi imposible contestar a esta pregunta. El editor alemán, Rolf Tiedemann, cree que la ambición de Benjamin era escribir una filosofía de la historia que superara la herencia de Hegel y Marx.Otros opinan que es el más sofisticado análisis de los orígenes del capitalismo industrial. También los hay que no la tienen por obra de filosofía, sino de literatura, un prodigioso experimento comparable al de Joyce, que usa aquellas técnicas cinematográficas de montaje sobre las que tanto escribió Benjamin. Y no falta quien cree que, por lo menos en su primera parte, es un poema surrealista.

Breve biografía

Walter Benjamin nació en Berlín en 1892, en cuya universidad estudió, así como en las de Friburgo y Berna, donde se doctoró con una tesis sobre el romanticismo alemán.
A su vuelta a Berlín y una vez truncada su carrera académica, trabajó como crítico literario y traductor. Influido por Bloch y Luckács, asumióposturas marxistas.
Desde 1933 vivió exiliado en París, adonde se había mudado ante el empuje del nazismo en Alemania. Huyó de la ciudad a mediados de junio de 1940.
Se trasladó a España con idea de embarcar hacia EE UU. En Portbou, se suicidó con morfina. Un monumento recuerda su paso por la localidad gerundense.
La primera parte de la Obra de los pasajes es el séptimo de los 11 volúmenes de las obras completas, cuya edición está llevando a cabo Abada a partir de la publicada en Alemania por la prestigiosa Suhrkamp Verlag, en edición de Rolf Tiedemann y Hermann Schweppenhäuser (con la colaboración de Theodor W. Adorno y Gerhom Scholem).
Porque en realidad hay dos partes y mantienen grandes diferencias la una con la otra. Nuestro pensador trabajó en su obra de 1927 a 1940. En la primera etapa, de 1927 a 1929, es indudable que quería reconstruir el auge del capitalismo nacido de la Revolución Francesa, haciendo uso de un método sorprendente: vivificando las ruinas que han quedado de aquel primer momento explosivo. Así, por ejemplo, los pasajes, los panoramas, los grandes almacenes de París, pero también la publicidad o la prostitución. Estos restos arqueológicos aparecen ante nuestro entendimiento como cadáveres devueltos a la vida (Benjamin usó la palabra “fantasmagoría” para su proyecto) y con capacidad para “despertarnos” del sueño capitalista.
En esta primera parte, Benjamin explora un mundo compuesto por mitos eternos que se vuelven a activar en cada etapa de la historia y que como tales mitos son invisibles en el presente, pero pueden intuirse en el pasado. El método no es muy distinto al de algunos surrealistas (en este caso Aragon) cuando describen un surtidor de gasolina como si fuera un tótem salvaje de los tiempos modernos. “El capitalismo es un producto natural junto con el cual le sobrevino a Europa un nuevo sueño en cuyo interior las fuerzas míticas se vieron nuevamente reactivadas”, escribe. Y este fue el problema. Su mentor y protector, el filósofo Th. W. Adorno, marxista ortodoxo y simpatizante del partido comunista, no podía admitir que Benjamin pusiera en modo onírico lo que para los creyentes era una superestructura racionalmente deducible de la infraestructura material. Benjamin tenía que cambiar de método si quería mantener la protección de Adorno.
Así que, a partir de 1929, Benjamin interrumpió su obra y se puso a estudiar la de Marx. Tanta humildad no se vería recompensada porque nunca alcanzó a ser un comunista aceptable y aun en la actualidad solo los muy conservadores lo siguen presentando como filósofo marxista. El caso es que no reemprendió su obra hasta 1934 y ya no la abandonaría hasta 1940, cuando la persecución nazi le obligó a escapar de París. Como es sabido, acabaría suicidándose en Portbou.
En su segunda parte, la música tiene otro programa, otra armonía, y aunque continúa siendo palmariamente benjaminiana sopla en ella un fuerte viento materialista que impone al texto nuevos mitos y fantasmagorías sin por ello disminuir la fuerza analítica. Son ahora los fantasmas de la Comuna, del París de Haussmann, de la Bolsa, de los ferrocarriles, de la gran banca. Y es también el fantasma de Baudelaire, luminoso aparecido lírico, primer poeta de la ciudad industrial que insufla sentido a la acumulación de mercancías, con gran irritación de Adorno.
Baudelaire será una obsesión de Benjamin y logrará arrancar al poeta del Olimpo francés, donde mueren los grandes, para devolverlo a la vida verdadera. He aquí una iluminación perfecta: Benjamin dio vida nueva a una poesía que había sido condenada a gloriosa ruina y languidecía convertida en mármol. La misma editorial Abada acaba de publicar, dentro de sus obras completas, el conjunto de ensayos que Benjamin dedicó a Baudelaire. Una edición imprescindible.

Lo que intuía en 1935 se ha convertido en un monstruo colosal
En su segunda parte, el concepto clave de los pasajes será el fetichismo de la mercancía, noción que tomó de Lukács, no de Marx, y que ha ido adquiriendo fuerza a medida que el capitalismo se ha ido haciendo cada vez más agresivamente fetichista. Las “imágenes del deseo” que se ocultan en las mercancías eran de nuevo, para Benjamin, espectros míticos que se filtraban desde el pasado en la vida del presente para hacernos caer en un sueño. Iluminarlos conducía a nuestro despertar. A nosotros, que no solo vivimos el fetichismo de las mercancías de un modo absoluto, sino que lo aceptamos como lo propio de “la Naturaleza”, es decir, que ya no queremos despertar, esta segunda parte nos puede parecer casi melancólica. Lo que Benjamin intuía en 1935 se ha convertido en un monstruo colosal que cubre con su sueño narcótico el globo entero y contra el que carecemos de herramientas críticas decisivas tras el hundimiento de la izquierda en su propio sopor arcaico.
Eso no hace menos interesante la segunda parte, en la que asistimos al ascenso de la mercancía (el fantasma por antonomasia) desde las catacumbas (los pasajes) hasta los palacios (los grandes almacenes) y finalmente a los templos (las exposiciones universales). La mercancía y su deseo fantasmagórico nace enterrada en los subterráneos iluminados por gas del Paris ochocentista, sube impetuosa a los escaparates lujosos de los grandes bulevares y acaba por asentarse en un pedestal parecido al trono de san Pedro a partir de las exposiciones universales. Esta segunda parte requerirá, seguramente, un nuevo comentario cuando aparezca el segundo volumen de Abada.

Su grandeza está en la cantidad de interpretaciones que permite
La grandeza de esta obra catastrófica permite tantas interpretaciones que los comentaristas siempre nos quedamos cortos, pero no quiero dejar pasar un elemento de cierta importancia para algunos lectores. Indirectamente, en esta obra se encuentra oculta o sumergida una defensa romántica del arte, tan original como oscura. Es evidente que Benjamin luchaba contra la filosofía de la historia “progresista”, la de Hegel, la de Marx, pero también la del cristianismo. Él no creía en la continuidad temporal y escatológica que permite deducir leyes y sentido a los acontecimientos, como si el tiempo se dirigiera hacia algún lugar. Aun cuando simuló ser un materialista dialéctico tenía demasiada inteligencia para someterse a un dogma. Veía el curso de la historia como una secuencia siempre interrumpida, un cataclismo enigmático que amontona cadáveres y que a veces se ilumina con el relámpago de un “acontecimiento”. Sin embargo, en ese momento de iluminación, lo que aparece a nuestro entendimiento es un mito que regresa en un renacimiento perpetuo. Lo que vemos durante los escasos momentos en que despertamos de nuestra ensoñación son arquetipos originarios que dan brevemente sentido a una existencia banal mediante la unión perfecta de presente y pasado. Esos momentos de iluminación no los producen las guerras, las revoluciones, los inventos o las luchas sociales, lo producen las obras de arte.
En nuestro firmamento brillan miríadas de estrellas, pero muchas de ellas sabemos que ya han muerto y hasta nosotros solo llega su fantasma. Lo mismo sucede con las obras de arte, con la particularidad de que incluso las muertas y fantasmagóricas permiten a los buenos marineros navegar por el mar de la existencia.