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miércoles, 25 de julio de 2018

García Márquez en Dublin


García Márquez en Dublín


La visita del colombiano hizo posible la convergencia de tres inmortales de la literatura universal

CARLOS SALINAS DE GORTARI
13 JUN 2014 - 07:04 COT

Resulta paradójico que en Irlanda desconozcan la visita que Gabriel García Márquez hizo a ese país, siendo uno de los pueblos que más valora la literatura. Los irlandeses se consideran “salvadores de la civilización” por las obras clásicas que sus monjes copiaron y conservaron durante la Edad Media. Y decidieron recurrir a la literatura para “inventar Irlanda” como una comunidad histórica, y como una cultura de resistencia ante la imposición durante siglos de Inglaterra, su vecino más que incómodo, imperial. Tal vez eso contribuye a explicar que Irlanda, siendo un país que no llega a cinco millones de habitantes, cuenta con cuatro Premios Nobel de Literatura, a pesar de que quien tal vez más lo merecía, James Joyce, nunca lo recibió.

lunes, 17 de junio de 2013

Joyce / Dublín en el Bloomsday


Joyce acude al rescate de Dublín en el Bloomsday

Fiesta e ironía anticrisis en la conmemoración anual del día en que el autor irlandés situó la acción de su 'Ulises'

Juan Cruz  Dublín 17 JUN 2011


Es el Bloomsday de la crisis.
La novela de James Joyce Ulises, que detuvo para la historia la ciudad de Dublín en el día 16 de junio de 1904 desata, desde 1954, una celebración insólita en la capital de Irlanda.
Este año no han faltado los desayunos con riñones, las parrandas callejeras que recitan los textos de Joyce; no falta el humor tan joyceano, ni las excursiones de escolares pulcros, vestidos como hace un siglo, hasta la mítica Torre Martello.
No falta nada, pero sobre Dublín hay un manto de parálisis que Joyce describió y que regresa con él como un símbolo de esta fiesta. Aunque haga sol, y ayer vino y se fue, y volvió otra vez. Este Bloomsday, al que hace seis años se sumó una insólita troupe de escritores españoles, es el año de la crisis, el año del desorden mundial que a Irlanda le ha dado en el hígado, o en los riñones.

Vila-Matas: "Esta ciudad se salvó de la destrucción, cuando se dejó de construir"

En los carteles se leía: "La señora Bloom dice sí a la justicia económica"
Los escritores españoles que vienen a Dublín a celebrar el Bloomsday, y que ayer tarde realizaron junto a la Torre Martello sus ritos de la Orden de Finnegans, le pusieron a este Bloomsday el apodo de "Lo Desorden". Como dice Enrique Vila-Matas, cuya reciente novelaDublinesca es una especie de vademécum de la Orden, ese "Lo" es como el "Lo Pelat del ex futbolista De la Peña". Pero aquí significa la evidencia "de que vivimos la consecuencia de los egoísmos mundiales, que han creado un orden perverso".
Eso lo dice Malcolm Otero, el editor de la Orden, a la que también pertenecen los escritores Eduardo Lago (el autor de [sic] el emblema de este año: "¡Vila Lo Desoden!"), Antonio Soler y Jordi Soler. Ellos coinciden: Joyce creó un orden con el Ulises, edificó su novela sobre los hombros de Leopold Bloom, "un héroe de la modernidad", y lo hizo vivir en una sociedad a la que tuvo que enfrentarse como Don Quijote y como Sancho a la vez. Anthony Burgess, un antecedente ilustre de esta visión, lo dijo en esta línea: "Bloom es todos los hombres modernos".
Pues si este hombre moderno es, en efecto, un irlandés afectado por Lo Desorden que estamos viviendo, ayer estaba en las calles de Dublín, "en medio de una ciudad que se salvó de su destrucción", decía Vila-Matas, "gracias a que de pronto ya no se construyó más". Así que, paradójicamente, lo poco que quedaba de la geografía del Ulises se mantuvo merced a la crisis que ahora acogota al Bloom que son los irlandeses.
Ese espíritu ante la crisis no está exento de la fiesta. "Aunque los irlandeses no somos como otros europeos: nosotros ponemos cara de preocupación y luego pedimos otra copa". Quien nos decía esto, junto al David Byrne, el pub más emblemático de los sitios de Ulises, estaba al frente de un coro que llamaba la atención sobre los que han llevado al paro al 15% de la población y al país al cesto de los PIGS (Portugal, Irlanda, Grecia, España).
Decía este hombre, John Bissett, un trabajador comunitario que llevaba su Ulises en la mano: "La gente está deprimida, el capitalismo financiero nos ha puesto con la soga al cuello, y además no nos da margen para sacar al país del atolladero". Este será "el invierno de nuestro descontento", "será un tiempo muy severo para muchísima gente que en Navidad no tendrá cómo calentarse". ¿La solución? "No al FMI, que se vaya Trichet, que se acabe el socialismo para los ricos".
Todo eso que se decía con palabras ante el pub de Bloom lo decían los devotos de Joyce que paseaban con pancartas en las que se leían sucesivamente estas palabras que imitan el estilo del Ulises: "La señora Bloom dice sí a la justicia económica y el señor Bloom dice no al FMI y al rescate capitalista".
¿Afecta esto al humor de la fiesta?. "No, a Bloom no se lo puede vencer", me dijo Daithi Downe, un joyceano que trabaja para un servicio que atiende a los que no tienen dónde vivir.
Los españoles de la Orden de Finnegans hicieron de su pasión por Joyce una jornada gozosa. Ellos gritan, antes de sus lecturas: "¡Gracias! Qué grandes estamos esta mañana". Estuvieron en todas las ceremonias, leyeron con los joyceanos, y armaron dama de la orden (hasta ahora no había mujeres) a Maura Walsh, la carnicera más elegante de Dublín. No pudieron cumplir el rito ni con Ray Loriga ni con Marcos Giralt Torrente, que por una u otra razón no fueron a Dublín. Fueron "espumados", que es una manera de "tacharlos un poco" de la Orden. La Orden no permite desórdenes, como Joyce, por cierto.


Canciones, lecturas y pintas de cerveza para celebrar a Joyce

Francesco Manetto Madrid 17 JUN 2007

El 16 de junio de 1904, Dublín amaneció soleado. Al menos en una de las novelas más representativas del siglo XX. En las páginas de Ulises,del escritor irlandés James Joyce, Leopoldo Bloom y Stephen Dedalus vagan por la ciudad de la mañana hasta la madrugada del día siguiente. Ayer, en cambio, Madrid estuvo cubierto de nubes. Pero la lluvia no deslució las celebraciones del Bloomsday, el día en que, desde 1954, decenas de miles de aficionados a Joyce recuerdan en todo el mundo las hazañas de sus héroes literarios. Eso sí, los más de 2.000 irlandeses residentes en la capital se tuvieron que conformar con un Irish Pub del centro.
"Después de San Patricio, éste es el día más importante para Irlanda. No es exactamente una fiesta nacional, aunque sí es una gran cita cultural internacional", explicaba ayer Peter Gunning, embajador de ese país en España. Junto a él, centenares de personas homenajearon al escritor, pinta en mano o vistiendo las camisetas verdes de la selección nacional de fútbol,
Para todos los auténticos forofos de la novela y los que no consiguieron pasar de las primeras páginas -"desde luego, el libro es bastante complicado", confesaba un grupo de chicas-, los actores interpretaron, en inglés y español, algunos de los pasajes más representativos de esaOdisea. La noche de Molly Bloom, el atrevido desayuno de "riñones de cordero a la parrilla" de Leopoldo Bloom, el capítulo dedicado a Circe, la discusión sobre Hamlet...
Entre una lectura y otra, organizadas en Madrid desde 2004 por Ray Smith y en las que participó también Beatriz Villacañas, profesora de la Universidad Complutense, algunos músicos añadieron un toque musical a la velada. Garrett and Colleen interpretaron, por ejemplo, un tema basado en el capítulo de Penélope que recordaba With or without you,
la canción de otra gloria nacional irlandesa: el grupo U2. Y, tal vez, alguno de los asistentes tuvo ayer la cita más importante de su vida. Igual que el mismísimo Joyce, quien, según la leyenda, eligió para su novela la fecha de una cita que tuvo con la camarera Nora Barnacle: precisamente el jueves 16 de junio de 1904.


Aromas de ausencia

Ian Gibson 22 JUNIO DE 2004


Lo primero que llama la atención son las fundas. La Isla Esmeralda se precia de ser un país literario, como se sabe, pero uno no estaba al tanto de que en los respaldos de los asientos de Aer Lingus figuran páginas de un raro y abigarrado manuscrito compuesto de frases sueltas de distintos autores, en alucinante mezcolanza de inglés y de celta. ¡Es demasiado! Con lectura tan peregrina ya nos fuimos preparando, al poco de despegar el avión rumbo a Dublín y los fastos del centenario del Bloomsday, para sumergirnos en el mundo enmarañado de Ulises y sus múltiples variantes y ediciones, dilucidadas en la magna exposición de la Biblioteca Nacional de Irlanda.
Dublín ha sido estos días una fiesta joyceana: conferencias, recitales, teatro al aire libre, un desayuno multitudinario para 10.000 comensales, simposios... y, por supuesto, infinitas conversaciones en torno al hombre y su obra. El 16, Bloomsday, le tocó a la capital un espléndido día mediterráneo -mar azul, cielo despejado y un sol que enrojecía la delicada piel de los incautos-, y las gentes acudieron masivamente a la torre de Sandycove donde, al borde de las olas "verdemoco", Joyce vivió los seis turbulentos días que inspiraron el primer capítulo de su genial novela. Entre los fans del escritor que hormigueaban por allí había un grupo de españoles que comentaban, animados, las alusiones a Andalucía contenidas en el monólogo de Molly Bloom ("hasta alude a Sierra Nevada", subrayaba uno de ellos).
Nada más aleccionador, para saber apreciar lo que tenemos cerca, que algunos días fuera. Tal vez sobre todo si, tras largo tiempo, uno regresa a su lugar natal. En Dublín fue imposible no pensar en el Machado que, veinte años después de abandonar Sevilla, vuelve un día a franquear la cancela de las Dueñas. ¿Qué sentiría entonces? El poema número VII de las Poesías completas algo nos dice al respecto. La fuente del patio no ha desaparecido, está todavía el limonero lánguido, pero hay en el ambiente un "aroma de ausencia" que hace imposible que el "yo poético" pueda captar, pese a sus esfuerzos, más que recuerdos convencionales. En otro poema temprano, y con evidente alusión a Freud, Machado afirma que "de toda la memoria / sólo vale / el don preclaro de evocar los sueños". Sospeché en Dublín que apenas exagera.
La presencia española actual en la capital irlandesa se acrecienta conLa pelota vasca, que se está proyectando en la Filmoteca, y la reciente inauguración en la Galería Nacional, tras su éxito en El Prado, de los estupendos bodegones de Luis Meléndez. Nunca hubo panes e higos como los suyos, y esta coliflor da ganas de sentarse ya a la mesa. Se le augura a la exposición un éxito de público (La ironía, una vez más, es que el pintor murió pobre y desconocido.)
Después del Bloomsday volvió el tiempo veraniego habitual en Irlanda, y hubo que conformarse con los sunshowers, la mezcla de lluvia y sol que ha inmortalizado, en su versión inglesa, T.S. Eliot, y que es tan característica de Erin como el sirimiri del Norte español. He de confesar que en Dublín, pese a sus muchos atractivos, he soñado, como Molly, con el luminoso Sur.

Dublín bebe, come y ríe a cuenta de Joyce

La ciudad se convierte en una fiesta literaria y gastronómica por el centenario del Bloomsday

Miguel Mora Dublín 17 JUN 2004


Miles de dublineses revivieron ayer la jornada del judío Leopold Bloom del 16 de junio de 1904 narrada por James Joyce en Ulises. La celebración del centenario del Bloomsday fue una fiesta literaria y gastronómica en la que abundaron los disfraces de Leopold y Molly Bloom, la música y el humor. Fue una celebración a lo grande en la que lectores y aficionados recordaron a Joyce, que situó su novela el mismo día en el que conoció a Nora Barnacle y que no publicó hasta 1922 en París. En Madrid, el Círculo de Bellas Artes acoge hasta el 31 de julio la exposición Joyce y España, que aporta documentos inéditos y descubre la relación que el escritor mantuvo con autores y artistas españoles.

Mitad fiesta literaria, mitad verbena popular glotona y borrachuza, Dublín celebró ayer el centenario del Bloomsday por todo lo alto bajo un sol y un calor impropios de su fama y entre carcajadas, lecturas, disfraces, teatro callejero, larguísimas colas para trincar bocadillos de casquería surtida y música como le gustaba a Leopold Bloom. Entre la morcilla con mostaza, beicon con salchichas y los inevitables toneles de cerveza Guinness, la capital irlandesa se puso ciega a conmemorar los cien años de las odiseas dublinesas de Bloom y Stephen Dedalus. Fue una fiesta espléndida sin miedo al ridículo ni caídas en lo pomposo ni lo solemne y en la que participaron miles de personas que tomaron del Ulises su parte más accesible, su lado más humorístico, esos monólogos y diálogos del habla local tan sabiamente dibujados por Joyce, y toda la tramoya satírica que el autor utilizó para retratar a unos paisanos que, por lo visto, siguen siendo los mismos.

"Todas las dublinesas tenemos el espíritu de Molly Bloom, somos muy terrenales"

Fue una fiesta espléndida sin miedo al ridículo ni caídas en lo pomposo
La celebración trata de reproducir cada año con exactitud erudita el recorrido callejero de casi 29 kilómetros, ocho de ellos a pie, que realizó el pobre Bloom en apenas 18 horas, desde las ocho de la mañana hasta las dos de la madrugada del día siguiente. Joyce situó la acción el 16 de junio porque fue ese día el que conoció a la que sería su mujer, la camarera de hotel Norma Barnacle. Así que a las ocho en punto unos fanáticos heroicos se bañaron en el mar de Irlanda junto a la torre Martello, en Sandycove, a nueve millas del centro de Dublín, y luego, una vez vestidos, pasaron a hacinarse en las estrecheces de la torrecilla para comenzar la lectura de la novela por el principio: cuando Buck Mulligan aparece vestido con una bata amarilla y se afeita mientras habla con Dedalus en la azotea de esa misma torre que hoy es un museo minúsculo.

Sólo media hora después empezó el desayuno pantagruélico a lo largo de toda la calle North Grate George, en el puro centro de la ciudad, donde tiene su sede el James Joyce Center. A esa temprana hora, cientos de personas estaban ya de romería y dándole a la Guinness como si fueran las tres de la mañana. Había señoras disfrazadas de Molly Bloom, señores con el bombín ridículo de Leopold, un señor que había venido andando desde Cork (cinco días de viaje) para celebrarlo, un clónico de Joyce con el parche y el monóculo negro en el ojo izquierdo, unos señores muy trajeados leyendo dentro la novela a toda pastilla como si se la supieran de memoria, una Molly metida en una cama paseando lujuriosa con la cama a cuestas, unos actores estupendos interpretando fragmentos de la novela en diversos escenarios, uno de ellos un autobús patrocinado por la marca de salchichas preferida del protagonista de Ulises.

Desde el piso alto del autobús se asomó de repente una pelirroja guapísima de ojos azules. Era la enésima Molly Bloom, pero ésta recitaba con verdadero talento: "Le di todo el placer que pude". Son las últimas páginas de Ulises. Molly habla de Ronda, del barco perdido en Algeciras, de las castañuelas, de las chicas andaluzas y del moro guapísimo que la puso contra la pared: "Yes". Poco después, la actriz bajó del autobús: "Me llamo Sarah Jane Shields. Soy de Dublín y llevo cinco meses ensayando este monólogo y otro más. Es el segundo año que vengo, pero éste es mucho mejor que el anterior. Hay muchísima más gente".
Por el cielo grazna una gaviota, en una esquina hay unos títeres centenarios, bastantes señoras que se aproximan mucho, tenderetes con
merchandising, una caja con los 22 CD del Ulises leído, varios bebés rollizos y dos niñas siniestras con una muñeca -"la pobre se va a morir mañana de tuberculosis", dicen-. Las más graciosas son tres Mollys talluditas más anchas que largas:
-Me siento como si tuviera cien años menos, creo que pertenezco a aquella época más que a ésta.
-A mí también me hubiera gustado ser Molly, pero no hace falta. Todas las dublinesas tenemos su espíritu, somos muy terrenales.
-Sobre todo tú, princesa.
A las diez en punto llega la presidenta de la República, Mary McAleese. La aplauden un poco, se meten en el edificio y la invitan a "unos riñones de cordero con leve aroma a orina", y también a mantequilla amarilla, embutidos, mazapanes... La fiesta es un rito laico y cachondo, relajado y pacífico, excéntrico y muy divertido. ¿Qué pensaría Joyce si lo viera? "Probablemente, se descojonaría", dice Jeremy Tallin, un cineasta inglés que vive en Finlandia y ha venido a rodar un documental sobre el centenario. "Ayer fui a la perfumería donde compra el jabón un personaje de la novela y me di cuenta de que es un libro para enfermos, para especialistas y fanáticos. De repente llegó un tipo a comprar ese jabón, y luego otro a lo mismo, y allí estábamos los tres hablando como unos perturbados sobre el puto jabón del Ulises. Ridículo, tío, totalmente ridículo".
En fin, quizá un poco, sobre todo si nos imaginamos la traducción española del asunto con las fuerzas vivas disfrazadas el día del Quijotey los académicos tomando queso manchego alrededor de los molinos. Pero el caso es pasarlo bien un rato, devolver algo de cariño a la gloria nacional que tanto prestigio ha dado a las letras de su país y tantos beneficios y turistas a su economía, hacerle llegar hasta su tumba en Zúrich que cien años después de su exilio Irlanda quiere por fin a James Joyce y, sobre todo, se ríe con él, bebe en su honor, se pone ciego a comer "los órganos internos de las bestias" como su antihéroe Leopold, ese judío marginal al que este pueblo, católico a ultranza, se entrega cada 16 de junio como si fuera un dios.


domingo, 16 de junio de 2013

Joyce / Bloomsday / 16 de junio de 1904

James Joyce
James Joyce

16 de Junio: El "Bloomsday"
Por José Luis Díaz-Granados

La noche del 16 de junio de 1904 —seis meses después de haber fracasado en su intento de publicar la novela Retrato del artista adolescente en una revista de Dublín—, James Joyce, entonces de 22 años de edad, salió por primera vez con Nora Barnacle, una sencilla camarera de hotel, inculta y atractiva, a quien había conocido días atrás.
Pasearon por una playa solitaria y de pronto, de manera inesperada, la muchacha comenzó a prodigarle al joven una serie de caricias eróticas, tan audaces y provocadoras, que marcaron para siempre la sensibilidad del dublinés. Aquel encuentro con quien se convertiría en la compañera de su vida llevó al promisorio escritor a escoger esa fecha mágica como la del día en que se desarrolla su novela Ulises, que escribiría a partir de 1914, durante siete años, de manera ininterrumpida, con pasión de poseso y en medio de las mayores dificultades.
Eran tiempos muy difíciles, no solamente por el hecho de que estaban bajo el fuego cruzado de la Primera Guerra Mundial, sino porque el joven narrador sufría la incomprensión y el rechazo sistemático de todas las editoriales y revistas literarias. Además, él y Nora tenían que andar de un lado para otro a causa del conflicto, en tanto que Joyce padecía de un creciente problema en los ojos que amenazaba ceguera, no tenía un centavo en los bolsillos y la familia crecía con la llegada de Giorgio y Ana Lucía, los dos hijos pequeños. 
El libro salió publicado, luego de incontables peripecias, el 2 de febrero de 1922, precisamente el día en que Joyce cumplía sus 40 años de vida. El éxito fue inmediato, a pesar de que críticos pudibundos y guardianes del puritanismo acusaron al autor de "obsceno" y "pornográfico". Escritores y poetas de la talla de Ezra Pound lo apostaron todo por Ulises hasta el punto de conseguirle editor y crítica favorable y T. S. Eliot lo comparó con La guerra y la paz. En cambio Virginia Woolf —que había tenido acceso al manuscrito inédito—, lo rechazó de plano desde el primer momento.
En su diario, la celebrada autora de Mrs. Dalloway, calificaba el Ulises de "vulgar" y de "baja clase", algo así como "el entretenimiento de un jovencillo que se rasca con grima sus sarpullidos". Y cuando terminó su lectura anotó: "Acabé de leer Ulises y me parece un fracaso... Es un libro difuso, salobre, pretensioso y vulgar, no sólo en el sentido común, sino en el literario. Quiero decir que un escritor de primera línea respeta demasiado el acto de escribir para permitirse hacer trampas". Y la propia Nora, la compañera del escritor, comentaría que el libro seguramente "era una gran cochinada".
Ulises representa el día más largo y célebre de la historia de la literatura universal. En 18 capítulos se va desenvolviendo, a través de voces y de veces, la travesía urbana de un publicista llamado Leopoldo Bloom y las acciones imprecisas de un joven maestro de escuela de nombre Stephen Dedalus. 
La inusitada novela, cuya redacción inició Joyce en Trieste, Italia, en 1914, continuó en Zurich y terminó en París en 1921, ha sido presentada desde su publicación en 1922, como una genial parodia de La odisea de Homero, desarrollada en espacios citadinos, con protagonistas nada heroicos y con una Penélope muy distante de su legendaria fidelidad.
Desde horas muy tempranas, Bloom sale de su casa luego de consentir a su bella esposa Marion (o Molly), con quien no tiene relación sexual alguna; asiste a un entierro, almuerza, vagabundea por calles y avenidas de Dublín a sabiendas de que Molly está recibiendo en ese momento a un amante; come, escucha música, pone atención a una arenga de un orador nacionalista; contempla a una bañista en la playa, visita a una amiga en el hospital y allí conoce a Dedalus, a quien acompaña hasta el sector de tolerancia; luego de un incidente con un soldado se dirigen a la casa del publicista, donde toman chocolate. Cuando Dedalus se va, Bloom, borracho, se duerme sobre el pecho de su esposa. Ella, regocijada con su romance vespertino, reinventa su trayectoria vital. Esas 60 páginas finales sin una coma, ni un sólo punto aparte y que culmina con un "Sí" por la vida, constituyen el prodigioso monólogo interior con el que, además de otras técnicas que introduce en su libro, Joyce revoluciona para siempre las estructuras del género narrativo.
Además, algunos críticos han señalado que cada episodio corresponde a un color determinado y a alguna parte del cuerpo. También se ha afirmado que la llegada de Bloom para reposar en el seno de su esposa, representa la muerte del ser humano cuando retorna al seno de la tierra.
Con la confirmación de Ulises como una de las obras fundamentales del siglo XX, escritores e intelectuales, lectores y admiradores regados por el mundo, celebran cada 16 de junio el "Día de Bloom" o el "Bloomsday". Entonces en los festejos se  rememoran episodios de este insólito planeta literario, se recrea la vida y peripecias de su autor y se realizan en voz alta  lecturas colectivas sin fin desde horas muy  tempranas hasta poco antes de la medianoche.  


José Luis Díaz-Granados (Santa Marta, 1946), poeta, novelista y periodista cultural. Su novela Las puertas del infierno (1985), fue finalista del Premio Rómulo Gallegos. Su poesía se halla reunida en un volumen titulado La fiesta perpetua. Obra poética, 1962-2002 (2003).



El día crucial del ‘Ulises’ de James Joyce

16 de junio de 1904

Fue un día de verano común y corriente, que a la postre cambió la historia de la literatura.


Por Anita de Hoyos
El Espectador, 13 de junio de 2013


James Joyce, uno de los más importantes escritores de la historia. / ArchivoJames Joyce, uno de los más importantes escritores de la historia. / Archivo
En una torre al lado del mar, el joven Stephen Dedalus discute con un amigo y le devuelve la llave quedándose sin alojamiento. Después, Stephen se entrevista con el viejo rector de un colegio para gomelos donde da clases de literatura. El viejo le paga su sueldo y le entrega un artículo sobre el peligro de la fiebre aftosa. Stephen sale a vagabundear a la playa, contempla a lo lejos la torre a la que no volverá nunca, deja que su imaginación vague sin concluir nada y regresa a la ciudad, Dublín, abandonando sobre una roca un pañuelo lleno de mocos y seguido por un bergantín de tres palos que entra al puerto.
Esa misma mañana, el señor Leopold Bloom, de profesión vendedor de anuncios, despierta en el lecho que comparte con su esposa Mary, de profesión cantante. Mr. Bloom prepara el desayuno para su mujer, se lo lleva a la cama donde le explica mal el significado de la palabra “metempsicosis” y habla con ella de libros levemente pornográficos. Después, come un jugoso riñón de cerdo, caga puntualmente, mientras lee mediocre periodismo irlandés, y sale a la calle, olvidando la llave de su casa en un bolsillo de la ropa que se puso el día anterior.
La odisea de este par de mediocres sin llave sigue su curso durante este 16 de junio cuando pasa de todo y no pasa nada. Bloom visita las oficinas del periódico donde trabaja, vaga por las calles soñando con los anuncios que piensa vender, almuerza, va a un entierro, es engañado por su mujer, se masturba mirando a una coja y asiste al nacimiento de un niño. Por su parte, Stephen da una conferencia en la biblioteca de Dublín, donde demuestra que Shakespeare es el fantasma del padre de Hamlet, habla con su hermana Dilly y se prepara para una noche de alcohol. Finalmente, Bloom y Stephen se encuentran y van a un burdel donde se emborrachan. Bloom invita a Stephen a su casa, a la que tiene que entrar por la puerta del servicio, y le da un chocolate caliente. Los dos hombres conversan y Stephen se despide de Bloom y sale a la calle, donde sospechamos que seguirá hacia el destierro. Por su parte, Bloom vuelve al sobre conyugal con su mujer adúltera y descansa. Ha viajado. El día se cierra con un mar de palabras sin signos de puntuación que ocupa 60 páginas y empieza y termina con la palabra yes.
Mal contado, esto es Ulises, la obra mayor de James Joyce, un genio que logró reunir en un libro el más profundo simbolismo y el realismo más crudo. Irónico y con la insolencia necesaria para creerse Shakespeare y pensar que tenía la capacidad de abolir el tiempo, Joyce nos dejó esta joya para ver si entendíamos que sólo asumiendo la vida con toda su mugre era posible llegar al cielo.
Durante más de un siglo, académicos, psicoanalistas y críticos de salón han destripado el Ulises y hurgado en sus entrañas buscando mensajes ocultos. Joyce se divertía estimulando esta lectura carnicera. Muerto de risa, se preocupó por difundir el atemorizante rumor de que en su novela había “algo más que lo evidente”, logrando que sus críticos se sintieran brutos y vacilaran a la hora de cuestionarlo. Esto, desde luego, no evitó que Ulises fuera censurado y que miles de ejemplares de esta novela magnífica ardieran en una hoguera atizada por funcionarios mediocres todavía más brutos que los críticos académicos. Pero esa es otra historia. En 1950 Occidente decide perdonar los pecados de su artista más grande y lo entroniza en el panteón de los inmortales. Desde entonces, ya todos tienen clara la excelsa calidad literaria de una obra que pocos han leído y nadie está seguro de entender.
Para evitar osos, cuando Valery Larbaud presentó en sociedad el Ulises lo hizo siguiendo un manual de lectura confeccionado por el mismo Joyce, donde se delataban las referencias homéricas y las partes del cuerpo humano a las que correspondían cada uno de sus capítulos. Con el tiempo, esta lectura prejuiciosa perduró y sucesivas generaciones de críticos descubrieron referencias al Talmud, al tarot, a la alquimia, al cine, al lenguaje periodístico, a Swift y a Swinburne, a anónimos poetas isabelinos. Lo aterrador es que todos estos hallazgos son reales. Joyce los puso en el texto de manera intencional logrando que el Ulises, con su avasallante dotación de treinta mil palabras distintas, no sólo sea el inventario de un idioma, sino el de una cultura.
Ulises es una novela monstruo con varios corazones, como el Kraken, y miles de ojos, como Argos. Un espanto mitológico, pero también un espanto de comedia. Joyce multiplicó con rigor de erudito los símbolos y las recurrencias con una obvia intención de burla. Le debían parecer muy graciosos los esfuerzos que haría después un ejército de incompetentes por penetrar en un texto que cifró de manera muy astuta.
A estas alturas, ya habrá más de uno que piense que me estoy tomando a Joyce a la ligera, que al acusarlo de payaso y negarme a hablar de su discurso oculto le estoy quitando méritos. Error. Joyce fue una mente superior, con todo lo que eso comporta. Para ponerlo en sus palabras: “un hombre de genio no comete errores. Sus errores son voluntarios y son puertas al conocimiento”. Así que el tono irónico que atraviesa Ulises como un relámpago es deliberado. La primera vez (me refiero a Shakespeare, of course) fue tragedia; la segunda debía ser farsa.
En Ulises nada es serio. O mejor dicho: todo es trascendente, pero es tratado de una manera que atenta contra la formalidad. No en vano Joyce era un simbolista, alguien que sabía que detrás de los actos más cotidianos se agazapa un signo capaz de abrir las puertas del más allá. Pero también era un realista, alguien que tenía claro que ese más allá arranca en este más acá que nos constituye, donde el más elevado de los pensamientos y la más atroz de las pasiones son meras reacciones químicas. Como decía Paul Eluard: hay otro mundo, pero está en éste.
Por eso, las discusiones sobre el “monólogo interior”, el laberinto, las llaves perdidas, Ícaro y su mujer pájaro, los cuernos de Shakespeare, la influencia de la escolástica o la canción de las sirenas, no sólo son inútiles, sino aburridas. Joyce se burló de todo eso al hacer su pregunta definitiva: “¿Qué nombre usó Ulises cuando vivió entre las mujeres?”. No lo sabremos nunca. Todo es tan incierto que dan ganas de vomitar, pero vayámonos acostumbrando porque el tiempo de las respuestas fáciles pasó. Estamos condenados a la penumbra.
Entonces, es mejor leer Ulises sin pretensiones hermenéuticas. Dejarnos ir y ya, sin pensar tanto. Así entenderemos de una que esta novela espléndida nos propone un desafío elemental: disfrutar con la prosa de alguien que está colocado en el umbral de los sueños, un mediador entre este mundo y el otro que sabe que no estamos condenados a la ceguera, sino apenas a la penumbra, y que es posible conocer la luz y ser iluminados por su recuerdo. Porque, ya entrados en gastos, hay que admitirlo: existe un momento de excepción deslumbrante en que las contradicciones de nuestra vida miserable desaparecen. Se llama epifanía y Joyce tuvo la suya y todos merecemos la nuestra.
Entre otras cosas, porque el 16 de junio de 1904 tal vez sí sucedió algo especial. Joyce conoció a Nora una semana antes, el 10 de junio de 1904. Nora Barnacle, la mujer pájaro que lo llevaría volando lejos del laberinto de Dublín y sería su musa durante 35 años. Su esposa, su única patria, que le dio una familia, garantizó la existencia del Ulises, que yo escriba estas páginas y que ustedes las lean en este momento. Todo esto porque tal vez, sólo tal vez, James y Nora hicieron el amor bajo los rododendros ese día de verano que parecía tan común y corriente.

El Espectador


16 DE JUNIO: 
TODOS DUBLINESES

Un “Bloomsday” en las calles de Joyce
Desde hace cosa de 57 años, cada 16 de junio Dublín se llena de “canotiers”, pajaritas y gafas de montura circular para rendir homenaje a la ópera magna de James Joyce, un “Ulises” que a la sazón transcurre a lo largo de esa jornada y a lo ancho de esas calles en recuerdo de la primera cita que el genio irlandés mantuvo con su futura mujer, Nora Barnacle. Riñones cocidos, caminatas, lecturas y “pubs”, muchos “pubs”, constituyen el menú de una jornada que este 2011 vivimos sobre el terreno.

Por MILO J. KRMPOTIC



Me encanta el sabor a riñones por la mañana. Pero no es exactamente así, claro. Pese a la delicadeza con que están cocidos, pese a la ausencia de sabores extremos, me cuesta concebir su ácida blandura a tan temprana hora y el trago de zumo de naranja con que los bajo tampoco acaba de ayudar. Sucede que la perspectiva de conquistar un Bloomsday sobre el terreno, en las mismas calles de Dublín que el 16 de junio de 1904 ampararon el tan ficticio como homérico deambular de Leopold Bloom, sí justifica la épica con que afronto el comienzo de la jornada. Pasan pocos minutos de las ocho y el primero de los tres turnos con que The Gresham Hotel homenajea (a 23 euros el cubierto) el desayuno del Ulises de Joyce luce una media entrada. Los otros dos sí han colgado el cartelito de sold out, pero éste es quizá, por coincidencia de horarios entre literatura y realidad, el que congrega a los más puristas seguidores de la ópera magna del siglo XX. En pleno siglo XXI: las gafas de montura redonda que lucen los treintañeros en la mesa a mi derecha invitan a pensar en una convención de seguidores de cierto alumno de Hogwarts. Luego uno vuelve a reparar en las pajaritas y chaquetas de tweed y canotiers, en la avanzada edad de no pocos comensales, en los platos rebosantes de riñones, salchichas, huevos revueltos, beicon y morcilla (aquí rebozada en cereal) y se pone de nuevo en situación: Joyce.
Durante los siguientes cuarenta minutos, un elenco de ocho actores (en algún momento pienso que son más, pero a la postre se trata de público disfrazado que avanza entre ellos camino del self-service) pone en escena diversos episodios de la obra más comentada a la par que menos leída del mundo mundial. Dos ideas acuden a mi mente. A la primera se le suman los animadores del pub crawl de la tarde-noche anterior, una pareja que declamaba a Oscar Wilde lo mismo que interpretaba el Godot de Beckett, y me lleva a preguntarme cuántos dublineses, dueños de una vocación artística o no, pondrán un plato de patatas rellenas en la mesa familiar gracias al extraordinario legado literario de su ciudad. La otra tiene que ver con el capítulo de El desguace de la tradición (Cátedra) donde Javier Aparicio Maydeu explica el Ulises en clave de broma infinita desde la forma y parodia en el fondo, pues eso es lo que trasluce la troupe del Gresham: comedia prácticamente bufa puntuada por instancias de gran musicalidad y una endiablada técnica vocal a la hora de lidiar con aliteraciones y neologismos. El monólogo final de Nora Bloom, a tres voces, nos recuerda que Joyce escogió el 16 de junio de 1904 como escenario de la novela por tratarse de la fecha en que por vez primera mantuvo una cita con su futura mujer, Nora Barnacle. De paso, nos invita a dejar atrás los restos de desayuno irlandés para salir a la calle O’Connell, presidida desde hace ocho años por una monumental aguja metálica de 121 metros de altura, y emprender la marcha hacia el James Joyce Centre.


Con la política hemos topado
El ministro de Cultura ha decidido madrugar y, por aquello de la seguridad en tiempos del 15M, no podemos acceder aún al interior del Centro. Así, durante los siguientes veinte minutos realizamos un completo inventario de su tienda de regalos: seis ediciones del Ulises (entre los 6 y los 28 euros de precio), DVDs de las adaptaciones cinematográficas de la obra joyciana (debemos recordar las restricciones de equipaje en cabina de RyanAir para no hacernos con las versiones de Joseph Strick del Retrato… y el mismo Ulises, quizá incluso con la doblemente crepuscular Los muertos de John Huston), tazas y camisetas atravesadas por la leyenda “Stately” (que es a la verde Irlanda lo que “En un lugar de la Mancha” a la piel de toro; esto es, el punto de partida de un trayecto sin par pero también una cita al alcance de cualquiera)…
La constante afluencia de grupos nos devuelve a la calle y allí, sin comerlo ni beberlo, nos plantamos como figurantes de lujo en la filmación del discurso bloomsdayano del senador David Norris, quien además de haber impartido clases sobre la obra de Joyce en el Trinity College logró en 1988 acabar con la ley antihomosexual que provocó la caída en desgracia de Wilde y, por cierto, es candidato a la presidencia de Irlanda en las elecciones del próximo mes de octubre. “Todos pertenecemos a la familia Joyce”, clama el político. Y, cuando acto seguido pide un aplauso para Robert Joyce, sobrino nieto del escritor con quien nos cruzaremos en otras dos ocasiones a lo largo del día, decidimos que quizá lleva razón, pero que sin duda algunos miembros de la familia Joyce son más sanguíneos que otros. Y la duda planea sobre nuestras cabezas: ¿nos aguarda la experiencia de topar con Vila-Matas o alguno de sus secuaces de la Orden del Finnegans? Les avanzo la respuesta por si no les apetece llegar hasta el final del artículo para averiguarlo: sí, pero sólo en las páginas de El País del día siguiente, artículo de Juan Cruz mediante.
A la voz de “estos son los periodistas españoles” (la guía nos cuida cual polluelos y se encarga de que el padrinazgo de la Oficina de Turismo de Irlanda dé siempre sus frutos), pasamos por delante del público que guarda ordenada cola y nos franquean por fin la entrada al Centro. No hay tiempo para plantarse ante cada uno de sus paneles audiovisuales, por lo que realizamos la visita en menos de un cuarto de hora. Comenzamos refocilándonos por lo bajo al descubrir el segundo nombre de Joyce: Augustine. Continuamos, bajo un retrato de Mary Murray, decidiendo que el escritor salió a su madre. Y, por no extralimitarnos en el apartado de trivialidades de esta crónica, terminamos identificando tres elementos, uno por planta, como hallazgos más reseñables: en orden creciente de importancia, la exposición fotográfica de Motoko Fujita (imágenes para las que podría haberse inspirado lo mismo en Bohumil Hrabal que en Joyce, pero que ciertamente se nos antojan atractivas); la reproducción de una de las habitaciones, con su cama incluida, en las que el dublinés escribió a lo largo de siete años y a lo ancho de tres países el Ulises, y la puerta original del número 7 de la calle Eccles, domicilio en la ficción del bueno de Leopold Bloom. Un rato después, ya en pleno tour guiado por los escenarios del libro, descubriremos que donde Dublín decía 7 hoy dice 78 y que la llamada Bloom House, de llamativa entrada amarilla, acoge actualmente una clínica especializada en cirugía láser.


La hora del gorgonzola
Tras la independencia y la partida de la población británica, Irlanda se descubrió poseedora de un montón de iglesias protestantes prácticamente vacías. La de St. Andrew vuelve a recibir, desde 1995, centenares de miles de visitantes al año, con el truco de que se ha reconvertido en sede de la Oficina de Turismo. Igualmente frecuentada se ve la de St. Mary, que en 1761 amparó el matrimonio de Arthur Guinness, patrón laico de la ciudad, y cuya nave y sacristía están ocupadas ahora por el popular restaurante The Church (la cripta, previa retirada de diversos restos humanos, hace las veces de almacén). Y la de St. George, en uno de los extremos de Eccles, dueña por tanto del campanario que le indicaba la hora a Bloom, exhibe en cambio, atravesando la columnata frontal, un inmenso cartel que reza: “Se alquila”. Inevitable que su majestuosa y melancólica presencia nos distraiga de las explicaciones del guía del tour a pie, quien se dirige ya hacia Hardwicke Street para mostrarnos la carnicería donde el héroe de Joyce compraba sus riñones, la farmacia a la que acudía a que le curaran una herida y, girando ya por O’Connell, el pub Mooney’s Wine and Spirits donde remojaba el gaznate.
La hora de la comida nos encuentra a las puertas de otro pub, el Davy Byrnes de Duke Street, escenario donde Leopold Bloom almuerza un bocadillo de gorgonzola. Atenuado el sentido épico tras tanta caminata, nos preguntamos si debemos sumar algo de queso verde al tempranero desencuentro con los dichosos riñones cocidos cuando la guía acude en nuestra ayuda con una interesante maniobra de distracción: ha dado con un enviado especial de la radio nacional irlandesa, la RTE, y le ha hecho ver el interés de pulsar la opinión de la prensa española sobre el Bloomsday.
No hay exceso de humildad en la constatación de que el diálogo que sigue resulta tirando a intrascendente. ¿Hemos leído el Ulises? Pues a trozos, tal y como recomienda Javier Aparicio Maydeu, aunque cabe admitir que esos trozos no han sido ni muy numerosos ni especialmente contundentes. ¿Y consideramos importante la interrelación entre el libro y Dublín? Para Dublín, desde luego que sí: no en vano venimos de recorrer su zona noble (los pubs del Temple Bar quedan para la noche) como parte de un ritual urbano-literario que, 57 ediciones después, provoca la devoción de no pocos nativos y la alborozada visita de otros tantos extranjeros.
Inevitable remitirse, llegado ese punto de nuestro discurso, a dos de los personajes que media hora antes habíamos encontrado protagonizando la sesión de lectura non-stop que suele tener lugar bajo la pérgola del parque de St. Stephen’s Green. El primero fue Joe Duffy, presentador de la propia RTE, quien celebró que su fenomenal acento irlandés resultara por una vez adecuado a las circunstancias y acto seguido se lanzó a recitar, contemporáneo él, con un iPad como guía. Y el segundo fue el embajador finlandés en Irlanda, señor Pertti Majanen, quien nos deleitó con la primera página del Ulises tal y como suena traducida a su idioma natal. No resulta descartable que las 150 personas que componíamos su audiencia en ese momento experimentáramos un escalofrío mientras pensábamos al alimón: “¿Que el Ulises te parece difícil? Pues toma dos cucharadas…”.


“Sí quiero Sí…”
Dos fueron, entre los siglos XVIII y XIX, las grandes hambrunas irlandesas. Sus responsables: el frío extremo de la temporada 1740-41 y el mildiu de la patata. Sus víctimas, el citado tubérculo y, por extensión gastronómica, una población que entre 1845 y 1852 perdió a dos millones de habitantes, la mitad fallecidos y la otra mitad emigrados. A día de hoy se considera que en Estados Unidos hay cerca de 37 millones de personas con sangre irlandesa. La isla, en cambio, se mantiene en los 6.200.000, contando con el millón y medio del aún británico Ulster. Cuatro gatos, sí, como cuatro son también sus literatos galardonados con el Premio Nobel: Yeats, Bernard Shaw, Beckett y Seamus Heaney. Joyce no figura entre ellos, ni falta que le hace para proyectar su sombra sobre un país orgulloso de su herencia artística y dueño, muy posiblemente, del mayor número de instrumentos musicales por metro cuadrado de suelo europeo.
Tras una escapada a las tiendas de la peatonal Grafton Street (escenario hace tres décadas de los pinitos callejeros de U2), tras visitar también la maravillosa exposición del Book of Kells en el Trinity College, nos dirigimos a Gallagher’s, en pleno Temple Bar, para degustar los tradicionales boxties, o panqueques de patata. Hace varias horas que los canotiers, por recurrentes, han dejado de ser noticia. Y la lluvia que persistentemente ha caído durante la tarde ha hecho que nuestra posible caminata hasta la torre Martello, allí donde el majestuoso y orondo Buck Mulligan ejerce el noble arte del afeitado en clave de misa católica para dar inicio al Ulises, se haya quedado en un paseo por los Docklands amenizado por ese Centro de convenciones con forma de jarra de pinta.
No ha anochecido del todo, caprichos del estío septentrional, cuando dejamos la casa de Oscar Wilde a un lado para alcanzar el hotel que nos hospeda. Desde la vecina Merrion Square nos llega el aroma de las rosaledas y los jazmines y los geranios y las chumberas, fragancia literaria que nos desarma definitivamente y, retomando el espíritu satírico de la obra, nos lleva, ya en la habitación, sí, a extraer de la maleta nuestro volumen del Ulises, sí, a estrecharlo entre nuestros brazos y apretarlo contra el pecho, a sentir sí su corazón desbocado y a susurrarle te leeré, en todos los fragmentos del mundo te leeré, sí quiero Sí…



jueves, 2 de mayo de 2013

Julieta Roffo / Las ciudades habitadas por la literatura


Ciudades habitadas 

por la literatura

Por Julieta Roffo

Tres ciudades británicas encabezan un ranking global, pero 
para los escritores argentinos, entre tantos otros, las luces 
parisinas fueron un llamado a la creatividad.

Clarín, 14 de septiembre de 2012

Las raíces latinas que abundan en la Argentina, esas que a muchos empujan a responder “De un barco” cuando se les pregunta de dónde descienden, pueden teñir de sorpresa la afirmación que la revista National Geographic Traveler realizó a fines del años pasado en un artículo que dio la vuelta al mundo: las tres ciudades “más literarias” del globo se concentran en el Reino Unido. 



La influencia parisina marcada en Buenos Aires como en ninguna otra ciudad de Latinoamérica, los años que allí vivió Julio Cortázar, quien además pintó muy detalladamente la capital francesa en Rayuela, una de las novelas constitutivas de la literatura argentina, las experiencias que en esa ciudad vivieron autores como Leopoldo Lugones, María Elena Walsh, Oliverio Girondo o Ernesto Sábato, e incluso el deseo de Jorge Luis Borges de morir ahí, en el mismo lugar que Oscar Wilde, vuelven a la Ciudad Luz familiar y cercana. No sólo por la arquitectura de algunas avenidas porteñas, o por la cercanía idiomática, sino también por lo que simbólicamente aportó al mundo de las letras argentinas. 

Sin embargo, según el análisis publicado por la revista, Edimburgo es la ciudad más literaria de todas: en la capital escocesa hay un importante Museo de Escritores, donde se homenajea, entre otros, a Robert Louis Stevenson y a Sir Walter Scott y hay pubs que se jactan de haber sido sitios de inspiración de Sir Arthur Conan Doyle, el creador de Sherlock Holmes. Dublín, la capital de Irlanda, se ubica en segundo lugar: allí nacieron o vivieron James Joyce, George Bernard Shaw, Bram Stroker y Oscar Wilde. Allí transcurre el Ulises de Joyce, una de las novelas más importantes del siglo XX, y por la cual cada 16 de junio dublineses (y miles de turistas) celebran el Bloomsday, el único día en la vida de Leopold Bloom que el autor narra en su extensísimo texto. Londres también tiene lo suyo: aunque William Shakespeare –el autor fundacional de ese idioma, como Cervantes funcionó para el español- nació en Stratford-upon-Avon, la capital inglesa alberga al teatro en el que se interpretaban sus obras y que aún funciona, y además, la biblioteca del Museo Británico es una de las más importantes del mundo y cuenta con manuscritos de Jane Austen y del mismísimo Joyce, entre tantos otros. 

La característica de París tal vez sea que allí no sólo hubo escritores nativos de importancia universal, como Víctor Hugo y Honoré de Balzac, o como Jean-Paul Sartre y su compañera, Simone de Beauvoir, con mesa fija en el célebre Café de Flore; sino que también fue La Meca de las Letras -¿la tierra (de la inspiración) prometida?- para autores de todo Occidente: nada menos que Ernest Hemingway, Truman Capote y Sábato también frecuentaron esas mesas; Mario Vargas Llosa, como Cortázar, vivió en la capital gala, y allí escribió La ciudad y los perros, su primera novela, que acaba de cumplir 50 años. 

A mediados del siglo XX, París fue una especie de centro neurálgico de las artes, y eso abarcó a la literatura: mudarse allí, conocerla, caminarla, podía resultar inspirador, no sólo por su paisaje y su carácter cosmopolita, sino porque ahí mismo podían encontrarse a otros artistas y compartir con ellos la experiencia creativa. Eso tal vez la haya vuelto el escenario de textos como París era una fiesta, en el que Hemingway rememora su tiempo allí, o la mismísima Rayuela, situada sobre los puentes del Sena y en la que la propia historia muestra esa efusividad artística que asociaba a músicos con escritores y con pintores en proyectos colectivos. Los años en los que las dictaduras militares se instalaron por la fuerza en Latinoamérica fueron motivo de exilio para muchos autores, y en algunos casos, París fue no sólo inspiración sino refugio. 

La San Petesburgo de Fiódor Dostoievsky, donde transcurren Crimen y castigo y donde escribió Los hermanos Karamazov, también integra esa lista en la que la única ciudad latinoamericana es Santiago de Chile: allí, la casa de Pablo Neruda, en la que se encontraba con su musa inspiradora, es un bien cultural que además atrae a los turistas que visitan esas latitudes. 

Pero más allá de listas, las circunstancias por momentos artísticas, por momentos políticas, y a veces una combinación de ambas, hicieron de París un lugar elegido por los que allí habían nacido, y también por los que morían por conocerla e inspirarse en sus calles, entre los que hubo varios argentinos que cambiaron, al menos por algunos años, su escenario. Hoy no se trata de una práctica tan habitual: a veces la propia aldea –y la versatilidad de situaciones que se suscitan día a día- puede llamar a las musas.