"Mamá es preciosa, la más hermosa de todas las personas que puedas imaginar, más hermosa que la Virgen María”, escribió el legendario cineasta Ingmar Bergman en su novela autobiográfica Niños de domingo sobre su madre, Karin. Ella fue para él uno de sus más grandes tesoros a pesar de que siempre se mostró terriblemente fría y distante con él. La marca de su madre fue tan profunda que su cuarta mujer, la pianista Käbi Laretei, llegó a decir que Bergman siempre buscó mujeres que le recordaran a ella.
Secretos de un matrimonio, Confesiones privadas de Ingmar Bergman
Gema Monlleo 8 de noviembre de 2024
Leer a Bergman me da vértigo. Ingmar Bergman es demasiado personaje, demasiado mito, demasiada sombra, como para enfrentarme a él desde el desconocimiento de su obra. El respeto hacia un cine tal vez complejo en demasía me ha mantenido apartada de él hasta hace unas semanas, hasta que asistí al espectáculo de Angélica LiddellDämon, el funeral de Bergman. La catarsis sufrida en el teatro, la abducción gozosa, ha situado el fantasma de Bergman detrás de mis espejos, y tras entregarme virgen a su cine viendoPersona(1966) los hados de la sincronicidad me avisan que Fulgencio Pimentel editaConfesiones privadas, la tercera novela de su trilogía familiar trasLa buena voluntadyNiños de domingo.
El prefacio de Ingmar Bergman al guion de "Escenas de la vida conyugal"
Para evitar que el lector constreñido se pierda en el texto, he decidido –contrariamente a mi costumbre– escribir un comentario de las seis escenas. Aquellos que se sientan ofendidos por esta guía deberían saltarse las siguiente líneas.
LIV ULLMANN, EL STRADIVARIUS DE INGMAR BERGMAN QUE REVOLUCIONÓ EL CINE EUROPEO
POR IANKO LÓPEZ
Cuenta la escritora Linn Ullmann en su novela Los inquietos que su padre solía decirle a su madre que ella era su Stradivarius: “Un instrumento de la mejor clase con un sonido potente y rotundo”. Y que entonces la madre, emocionada, se llevaba la mano al pecho y repetía: “Soy su Stradivarius”. Sucede que ese padre era Ingmar Bergman, uno de los mejores y más influyentes directores de cine de la historia, y esa madre Liv Ullmann, una actriz sin duda de la mejor clase y capaz de los sonidos más poderosos y afinados, aun cuando de su boca no saliera una palabra.
Liv Ullmann: «Me han hecho sentir de menos muchas veces por ser mujer»
A sus 84 años, la actriz sigue negando su estatus de leyenda viva del cine. Pero aún abraza la relación más importante de su carrera: la que tuvo con Ingmar Bergman.
Para la joven Liv Ullmann, la que empezó a actuar en el cine con 20 y se marchó a probar suerte en Hollywood a los 30, Greta Garbo era la máxima estrella. El referente. La leyenda. Para la Liv Ullmann, de hoy, de 84 años, con una carrera como actriz y cineasta de casi siete décadas, Greta Garbo sigue siendo la estrella, la leyenda, el mito. “Yo no soy una leyenda. Punto”, dice casi incómoda, pero siempre sonriente, sentada en un hotel de Cannes, donde el pasado mes de mayo presentaba un documental sobre ella: Liv Ullmann: El camino menos transitado (estreno en España el 25 de julio en el Atlàntida Film Fest y la plataforma Filmin). Una película y un recibimiento en el festival francés que contradicen sus palabras: Liv Ullmann es historia y leyenda viva del cine mundial. “No”, repite, ahora algo más cortante. “Nunca seré Greta Garbo”.
Bergman y Ullmann, durante el rodaje de 'La vergüenza' (1968). SCANPIX
Liv Ullmann: "El cine de Bergman llegaba al fondo de uno mismo"
La actriz noruega recuerda al que fue su amante y director con motivo del centenario del realizador de 'Sonata de otoño'.
Conxa Rodríguez
Londres, 23 de enero de 2018
La actriz y directora noruega Liv Ullmann, a sus 79 años, goza de un sentido del humor, simpatía y espontaneidad que contrastan con los personajes torturados psicológicamente y traumatizados que la hicieron conocida de la mano del director sueco Ingmar Bergman. Este año se cumple el centenario y con este motivo la actriz ha participado este pasado fin de semana en la Filmoteca de Londres en un homenaje al que fue su maestro y amante durante, al menos, cinco años, de 1965 a 1970. La hija de ambos, Linn, nació en 1966.
La severa infancia de Ingmar Bergman marcó su carrera artística. Tras sopesar su retirada del cine, el director sueco narró la relación de sus padres en el libro ‘La buena voluntad’, convertido en película por Bille August con el título de ‘Las mejores intenciones’. Su lectura ilumina la obra de un autor clave para la cultura actual
Elvira Lindo 1 de mayo de 2021
Una mañana desapacible del invierno de 1965 el entonces director del Dramaten, Ingmar Bergman, trataba de imponer en el teatro el orden que había desbaratado la tremenda nevada. Todos habían llegado tarde, los actores y el público que asistía a los ensayos. Bergman estaba malhumorado. Recibió de pronto la llamada de su madre, Karin, para informarle de que su padre había sido hospitalizado para ser intervenido por un tumor maligno. La gélida manera en que el director narra esta escena en su autobiografía, Linterna mágica, nos ofrece una idea precisa tanto de una escritura bella y analítica como de una frialdad de corazón que heredó de su padre, el pastor luterano Erik Bergman. Bergman informó a su madre en tono desabrido de que no iría a hablar en el lecho de muerte con quien no tenía nada que decirse. La madre se echó a llorar, y el hijo le recordó que las lágrimas no le conmovían. Dicho esto, colgó con furia el teléfono.
La isla de Fårö, donde vivió Ingmar Bergman, se convierte en un lugar de peregrinaje cinéfilo con su festival anual
Jordi Costa
Fårö -
¿Se puede contar Secretos de un matrimonio (1973) a los niños? ¿Encerraba la imponente figura de Ingmar Bergman a un humorista camuflado? ¿Cuáles son las raíces de la muy particular relación de amor/odio que los suecos mantienen con uno de sus grandes tótems culturales? La respuesta a estas preguntas —y a muchas otras— pudo encontrarse entre el 24 y el 30 de junio en la programación de la Bergmanveckan, la Semana Bergman, el festival que desde 2004 reúne anualmente en la isla sueca de Fårö a cinéfilos de todo el mundo para celebrar no solo la huella imborrable que el director y guionista dejó en la historia del cine, sino también para reivindicar los múltiples rastros de su influencia en el contexto del cine contemporáneo, profundizar en aspectos poco conocidos de la obra del creador de El séptimo sello (1957) y ahondar en las sustanciales aportaciones de sus más fieles colaboradores.
Mia Hansen-Løve y Tim Roth, la semana pasada en Fårö.CARLA ORREGO VELIZ
A principios de la década de los sesenta, buscando locaciones para su película 'Como en un espejo', Bergman descubrió la geografía que le dio la identidad a su universo: Fårö, “la isla de los corderos” suspendida en la mitad del mar Báltico, al norte de la isla de Gotland en Suecia.
Sandro Romero Rey 22 de agosto de 2018
En Gritos y susurros, Ingrid Thulin introduce un vidrio en su sexo. Sangra. Humedece su mano y enrojece sus labios. En Los comulgantes, Gunnar Björnstrand tose en su parroquia ante la mirada impotente de su amante. En El silencio, dos hermanas y un niño quedan atrapados en el hotel de un país donde se habla un idioma desconocido. En Un verano con Mónica, la joven Harriet Andersson sostiene una mirada a la cámara como pocas veces se había hecho en el cine de los años cincuenta. En El séptimo sello, la Muerte juega ajedrez con un caballero medieval. En El manantial de la doncella, la joven Karin es violada, ante los ojos de un niño, por unos pastores a quienes les ha dado de comer. En De la vida de las marionetas, Robert Atzorn sueña con matar a su esposa y termina asesinando a una prostituta. En Fanny y Alexander, la madre de los niños protagonistas es una actriz insatisfecha, fascinada con el obispo protestante de la ciudad, con quien termina viviendo. En En presencia de un payaso, Börje Ahlstedt se inventa el cine sonoro y termina interpretando una obra de teatro para seis espectadores. La enumeración de situaciones del universo de Ingmar Bergman puede agotar cualquier esfuerzo, pero se convierte en un ejercicio fascinante para los retos de la memoria. Al mismo tiempo, es una invitación a los recién llegados para que se instalen frente a sus películas descomunales.
Linn Ullmann recompone su infancia en ‘Los inquietos’, libro que planeó con su padre, Ingmar Bergman
La autora noruega, la única hija del matrimonio entre el genio del cine y la actriz y directora Liv Ullman, explica: “La escritura y la confesión son dos cosas distintas”
ANDREA AGUILAR
Oslo, 19 de noviembre de 2021
En la sede de su editorial en Oslo, un equipo del principal canal noruego graba un reportaje sobre la reconocida escritora con motivo de la aparición de su esperado nuevo libro, una suerte de continuación de las memorias que publicó hace seis años y que acabó por asentar su prestigio internacional, más allá del mundo escandinavo y anglosajón. Esbelta e inquieta ella saluda con una amplia sonrisa y cierto nerviosismo, vestida de negro y con un moño alto. Y es que en contra de lo que cabría suponer, a Linn Ullmann (Oslo, 55 años), hija del director sueco Ingmar Bergman y de la actriz Liv Ullmann, le incomodan las cámaras. Esa podría ser la primera suposición errada sobre ella, la hija pequeña del reverenciado maestro de cine y la arrebatadora intérprete, la única que tuvieron juntos y la descendiente número nueve para Bergman. Pero en las páginas de Los inquietos (publicado en castellano por Gatopardo, y en diciembre en catalán por Les Hores) van cayendo las presunciones página a página y se va revelando una brillante y singular narradora.
‘Los inquietos’: la inmensa novela de Linn Ullmann sobre su padre, Bergman
‘Los inquietos’, la última novela de Linn Ullmann (Oslo, 1966), es un prodigio emocional y narrativo de principio a fin. Un vasto diario escrito con una prosa elegante, contundente, sin afectación, sin miedo a la memoria, ni a la vida, ni a la muerte, ni a la verdad, sobre su padre, el genial cineasta Ingmar Bergman, y su madre, la actriz Liv Ullmann. ‘Los inquietos’ es el trabajo de una escritora que hace juegos malabares con los recuerdos, con el dolor, con el abandono, para construir un libro que hable del padre.
La vida de la hija, la vida del padre, la de la madre, la muerte del padre, la supervivencia de la madre, la memoria, los nidos ocultos, los nudos por deshacer. La belleza de la contradicción como inmutable biografía:
“Estamos dolorosamente conectados”. A ella le parece que suena bien. Y que es un poco incómodo. Y confuso y cierto. Y tal vez algo cursi”.
Harriet Andersson con Ingmar Bergman
21 de marzo de 1953
Ingmar Bergman
HARRIET ANDERSSON
Yo debía realizar inmediatamente dos películas, una detrás de otra: Tres mujeres con guión original mío y Un verano con Mónica, adaptación de una novela de Per Anders Fogelström. Para el papel de Mónica seeligió a una actriz joven que hacía revista con medias de malla y elocuentes escotes en el Teatro Scala. Tenía alguna experiencia cinematográfica y era novia formal de un actor. A finales de julio fuimos a filmar exteriores al archipiélago de Estocolmo.
No se fíen de ninguna quiniela del Nobel de Literatura. No hay favoritos porque el sistema de la Academia Sueca es completamente hermético (salvo las sospechas del escándalo de Jean-Claude Arnault) y las listas de las casas de apuestas son solo un reflejo de lo que los apostantes creen premiable. Este jueves 7 de octubre a las 13.00 h. (en directo en RTVE), como cada año, el secretario permanente de la Academia Sueca, Mats Malm, abrirá la puerta de su despacho para pronunciar un nombre a los periodistas agolpados.
Según la mitología griega, el término “musa” corresponde a las divinidades del Olimpo inspiradoras del arte. Dicha expresión subsistió a través de los tiempos para referirnos a aquellas doncellas (por lo general) que a través del enamoramiento, hacen que los artistas se dirijan hacia ellas como su “fuente de inspiración”, su iluminación. En cuanto al quehacer cinematográfico, en la historia han existido casos sonados de dicha estimulación artística, por ejemplo el de StevenSpielberg con su musa KateCapshaw, el de Kubrick con su esposa Christiane o hasta el de Hitchcock con sus coquetas rubias Kelly, Heddren o Leigh, sin embargo, nadie mejor para simular fuera del mito a la figura de Apolo, el representante y eterno acompañante de las musas, como el sueco IngmarBergman.
Título original: Sommaren med Monika. Año: 1953. Duración: 97 min. País: Suecia. Director: Ingmar Bergman. Guión: Ingmar Bergman, Per-Anders Fogelström (Novela: Per-Anders Fogelström). Música: Erik Nordgren. Fotografía: Gunnar Fischer (B&W). Reparto: Harriet Andersson, Lars Ekborg, John Harryson, Georg Skarstedt, Dagmar Ebbesen, Bengt Eklund, Åke Fridell. Productora: Svensk Filmindustri. Género: Drama. Romance | Drama romántico
Ingmar Bergman era prácticamente un desconocido cuando se estrenó Un verano con Mónica, film que llamó la atención de la crítica francesa, como Jean Luc Goddard antes de convertirse en director de cine. Llamó la atención el primer plano en que Harriet Andersson mira fijamente la cámara rompiendo una de las mayores reglas de la historia del cine aunque ya ha habido anteriormente planos semejantes pero en este caso dicha mirada supone un desafío a las convenciones y al espectador.
Quien piense en Bergman como en un director existencialista e invernal es que no ha visto Un verano con Mónica. Ingmar Bergman nació hace ahora 100 años, en verano, y murió en la misma estación 89 años más tarde; entre ambos veranos, dejó medio centenar de películas donde apostaba por los juegos y las sonrisas de verano, por las parejas de cómicos y de criados, las enfermeras, la juventud… y las ganas de vivir, incluso en las reflexiones más lúgubres de sus últimos años. Un verano con Mónica (1953) no posee esa carga reflexiva y existencialista que hizo célebre al director de Persona (1966) pero, más que empobrecerse por ello, muestra abiertamente el corazón de una obra que se fue cubriendo de nuevas capas y máscaras con las que conocerse mejor.
Un verano con Mónica es el retrato de una ciudad moderna, Estocolmo, y una reflexión sobre la madurez y el paso del tiempo, pero poco de eso importaría si no fuera, ante todo, la reconstrucción carnal y física de un encuentro de los que solo brotan en verano. Los protagonistas son la luminosa presencia erótica de Harriet Andersson como Monika y el joven y enamoradizo punto de vista de Lars Ekborg. Monika trabaja en una frutería, es pobre y alegre; él, tímido y de clase media, apenas sabe vivir. Ambos quedan perfectamente retratados en sendos planos detalles durante su primera cita, al cine a ver una romántica película americana: Monika, descalzada, se frota los pies de la emoción ante la pantalla –“algunos lo tienen todo”, suspirará a la salida-; ya en un banco, él se retuerce las manos hasta que Monika le pide un beso con las glamurosas palabras que ha visto en el cine.
Su relación tiene lugar en una ciudad moderna de escaparates y cafés, pero también portuaria y fluvial, y cuando llega el verano ambos abandonan sus trabajos, familias, condicionamientos sociales y responsabilidades para huir en barca por el río hacia la costa. La cámara se deja fascinar por el rostro y el cuerpo de Monika, que sonríe al despertar por la mañana, y por la felicidad compartida en pareja y las ganas de vivir de ambos, que encuentran en el verano y en el amor una forma de rebeldía y de liberación, y también una aventura y un paraíso artificial del que deberán volver con el invierno (y con un niño en camino).
La profundidad en la mirada de Bergman no necesita de grandes temas porque, incluso en la filosófica e intelectual Como en un espejo, lo que más le importa es el cuerpo y el rostro de sus intérpretes; y a nadie filmó como a Harriet Andersson, de Un verano con Mónica a Gritos y susurros (1972). Al capturar el verano con Monika, Bergman es consciente tanto del carácter perecedero del verano como de su actriz como objeto de fascinación y deseo. Una sabiduría que da lugar a dos de los momentos más hermosos de su cine: dos miradas a cámara.
El momento en que Monika va a ser infiel al protagonista comienza con un movimiento de cámara desde una gramola -suena un jazz festivo- a la actriz, a quien un acompañante enciende un cigarro. Al otro no le vemos porque solo importa la decisión y los actos a comprender de Monika, hasta que en un acercamiento seductor ella se ofrece para que él encienda su cigarro en el suyo. Entonces Monika se recuesta en la silla y gira su mirada directamente hacia la cámara -aquella mirada a cámara con que Godard inauguraba el cine moderno-, que se acerca mientras se oscurece el fondo. Solo queda su mirada frontal, vulnerable y desafiando al juicio del espectador.
La siguiente mirada a cámara es la de él y cierra la película. Ya padre soltero, el protagonista pasea con su niña y se mira en un espejo (el mismo en que se contemplaba Monika antes de conocerle al comienzo de la historia). La cámara se acerca, el fondo se oscurece y el protagonista acaba mirando a cámara y dando inicio a unos fundidos encadenados sobre su rostro que rememoran su idilio con Monika. Finalmente, él abandona el plano, va a trabajar, y el espejo se queda reflejando aquella ciudad en donde suceden día a día estas historias.
Aquí se encuentra quizás la clave más importante del cine de Ingmar Bergman. Es desde la luz del verano, la estación de las fresas, que sus films cobran sentido. Porque Bergman sabe -e insistió más en ello con los años- que tras la juventud llega la vejez y la muerte; tras el romance, las crisis y discusiones en pareja; y tras el verano, siempre el invierno, pero es mejor sufrir cuando llega el frío de las estaciones que vivir en los hielos del dogma y el racionalismo de quien es impermeable a ellas. Y cuando la luz se apague, siempre podemos proyectar los recuerdos del verano.
El genio sueco Ingmar Bergman dirigió en 1953 una película que le supuso su reconocimiento internacional como director en este que fue su 12º largometraje basado en la novela del escritor también sueco Per Anders Fogelström, del mismo título que la película, Un verano con Mónica.
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El argumento trata sobre el enamoramiento de dos jóvenes que viven una "aventura de liberación". Harry tiene 19 años y trabaja en un almacén de vidrio y porcelana en el que no se encuentra a gusto. En un local próximo, un almacén de vegetales, trabaja Mónica también una joven de 17 años alegre y soñadora que está a disgusto en su trabajo y en su casa. Ambos comienzan una relación en un café, se enamoran y deciden dejar sus empleos, en los que son hostigados y abandonan la ciudad, Estocolmo, en la pequeña lancha del padre Harry dirigiéndose al archipiélago, próximo a la isla de Örno, para pasar unas semanas a solas, rompiendo cualquier atadura social o familiar. Pero todo cambia poco a poco hasta presentar su más fea cara.
Harriet Andersson
Un verano con Mónica
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Bergman rompió, además, un tabú con esta cinta que presentaba un desnudo de su actriz protagonista, Harriet Andersson, que hacía su primer trabajo con el director sueco con este largometraje que la consagró como una actriz de mérito.
Rodada en blanco y negro, Un verano con Mónica es de una belleza y una luminosidad fuera de lo común, pero es además una triste reflexión sobre asuntos trascendentes de la vida, la madurez, la responsabilidad, la fidelidad, el amor, el serio planteamiento del futuro, la vacuidad de la vida...
Ellen Hollender Bergman ¿Cómo se siente al envejecer? Ingmar Bergman Mi creatividad se agotó cuando hice Fantasmas y el drama televisivo Saraband. Me fui de Estocolmo y me establecí en Fårö para siempre. Nací hipocondriaco, y siempre he padecido diversos dolores y molestias indefinidos, pero nunca he dejado que interfiriesen con mi trabajo. Nunca he reflexionado sobre el modo en que envejezco. Mis achaques me han hecho compañía; han cambiado con los años, pero nunca se han interpuesto entre mi vida profesional y yo. En conjunto, he estado sano, y envejecer no me ha preocupado ni me ha dado motivos para reflexionar.