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jueves, 1 de mayo de 2014

Emmanuelle Béart / El cine me provoca tanto amor como odio

Emmanuelle Béart

Emmanuelle Béart

“El cine me provoca tanto amor como odio”

Emmanuelle Béart presenta en España 'Los ojos amarillos de los cocodrilos' y reflexiona sobre su carrera y la crisis actual



La actriz francesa Emmanuelle Béart, ayer en Madrid /ÁLVARO GARCÍA
Emmanuelle Béart enciende un cigarrillo que ha gorroneado en la mesa de al lado. ¿Hay pecadillos imposibles de abandonar? “He dejado de fumar”. Da una calada. “Totalmente”. Da otra calada. Echa a reír. Durante la entrevista, Béart (Saint-Tropez, 1963), durante años culmen de la actriz francesa, se pasará a un cigarrillo de vapor y a un paquete de Mentos. Los caramelos son más vulgares, el cigarro le da la posibilidad del jugueteo, de usarlo para remarcar sus frases, incluso se parapeta detrás de él cuando confiesa que una pregunta le incomoda y desde allí contraataca con mohines pecosos.
Más bella que en sus anteriores pasos por España —¿gracias a una tranquilidad vital, a un mejor cirujano?—, Béart presenta Los ojos amarillos de los cocodrilos, basada en un best seller, la primera película que defiende con fruición tras cuatro años en el teatro, y que en España se estrena el 9 de mayo. En una curiosa variación del refrán “La suerte de la fea la guapa la desea”, encarna a una hermana sobreprotegida y ensalzada por su familia, hasta el punto de apropiarse de una novela de la otra hermana —la cara b, abandonada por su marido, ninguneada por su madre— que de repente la convierte en una escritora de éxito. “Todo se estructura desde la infancia. Ambas tienen construida su identidad con respecto a la personalidad que les atribuyeron en su niñez, cuando les dijeron que una lo tenía todo, como prolongación de los sueños y de las frustraciones de la madre, y la otra sufrió abandono: para estar a la altura se cultivó intelectualmente. En el momento en que arranca la película ni una ni otra se atreven a imaginar que romperán ese paradigma”. ¿Le dio por recordar la buena suerte que tuvo con su progenitor, el poeta y cantante Guy Béart, o charlar con su compañera de reparto, Julie Depardieu, hija del inmenso Gérard, sobre padres y padres? Béart se escuda: cuando lee un guion solo piensa “en la historia, en su mejor desarrollo”, le atraen las familias. “Todos interpretamos un papel en esa obra de teatro entre burlesca y dramática, somos rehenes de esos lazos”. Ya, pero ¿y sus padres? “Sé que estoy esquivando tu pregunta [risas]. Bueno, en el caso de Julie hay demasiadas cosas entremezcladas, así que ella y yo solo hablamos de sus gallinas y de nuestros hijos. Aunque es cierto que nuestra vida entra en los personajes, un buen actor debe usar su herramienta más poderosa, la imaginación, para abstraerse de los problemas diarios”.

viernes, 21 de marzo de 2014

Chabrol / Tres películas


Claude Chabrol
TRES PELÍCULAS

Claude Chabrol (París, 24 de junio de 1930 - París, 12 de septiembre de 2010) ha sido un cineasta prolífico -¡creo que son 56 sus películas!- y venerado por quienes amamos el cine con los sentidos y con la razón. Más allá de etiquetas, el suyo es un estilo que mima el detalle en la mirada y en la composición de sus personajes; su honestidad le ha llevado siempre a huir de arquetipos morales y de simplificaciones, aunque sea conocida su aversión a la clase alta -la bourgeoisie- que con tanta frecuencia diseccionó en sus intrigas en clave negra.


Son tantas y tan buenas sus películas -no he visto todas, pero sí un buen puñado, en el cine y en televisión, cuando aún se emitían ciclos de calidad, años ha- que no sabía bien cuál elegir, pero repasando su filmografía he comprobado que entre 1992 y 1995 realizó tres películas seguidas que quizá sean mis favoritas.



BETTY
1992
Marie Trintignant

Marie Trintignant

Marie Trintignant
Marie Trintignant


Basada en una vibrante novela de Georges Simenon, esta película nos brindó la que quizá sea mejor interpretación de Marie Trintignant, quien se metió en la piel de una joven descastada -en el sentido de clase del término-, abandonada a su suerte por su implacable familia política. Betty es una heroína invertida que surca los mares del placer sin retorno, el que duele y descompone por dentro, cara a cara, sin hipocresía. Una gozada de principio a fin, también estéticamente, que no se deleita en el morbo gratuito que tantos réditos le hubiera dado.



L´ENFER 
(El infierno)
1993

Emmanuelle Béart

Emmanuelle Béart

Emmanuelle Béart

Muchas veces Chabrol se asomó a los abismos más siniestros que se conocen, los del alma humana -acordaros de Merci pour le chocolat, sin ir más lejos-. Quizá cuando dio el triple salto mortal en esta especialidad fue en 1993, con L´enfer, una película insoportable en el sentido de que no se puede resistir tanto dolor y tanta demencia sin solución como irradiaba este Otelo contemporáneo que encarnó François Cluzet. 

Como curiosidad, la película era una idea de Henri-Georges Cluzot -el director de Las diabólicas-, que comenzó a ser rodada por Romy Schneider y Jean-Louis Trintignant; pero Cluzot sufrió un ataque al corazón...

Por favor, no dejéis de ver la escena que he bajado, en la que el marido reconcomido por los celos persigue a su mujer sin que esta se dé cuenta, y sobre todo el momento en que dice para sí -Fait pas ça, fait pas ça, attention à toi / No lo hagas, no lo hagas, ten mucho cuidado...- rogando por que ella no entre en la casa de un supuesto amante. 

¿No es estremecedor?

Ah, se me olvidaba: pocas veces estuvo tan radiante y bellísima Emmanuelle Béart.





LA CÉRÉMONIE 

(La ceremonia)

1995









Detesto la costumbre de ciertos críticos o aficionados a tildar de obra maestra sus películas favoritas. Pero ya tan acostumbrado estoy a oírlo o leerlo que a la hora de acometer la escritura de unas líneas sobre este trabajo lo primero que me viene a la cabeza es "obra maestra".. pero no lo voy a decir. Simplemente opino que es una de las películas más importantes, a todos los niveles, que se hicieron en los años 90. Que adapta extraordinariamente a la ya de por sí talentosa Ruth Rendell.

Que te deja sin aliento, noqueado, sin capacidad de respuesta. Que quien visiona esta película ya nunca más la olvida. Que Sandrine Bonnaire, Isabelle Huppert y Jacqueline Bisset -¡ahí es nada!- están impresionantes. 

¿Algo más? Sí. Que no necesita forzar la tuerca ni introducir recursos espúreos tan en boga hoy entre los autores radicales -Haneke, Von Trier- para dar un verdadero recital de cine con un irresistible clima in crescendo y con el mérito innegable de haber actualizado en pantalla, en los años 90, la dialéctica de la lucha de clases.

(Perdonadme, de verdad, si me he pasado de pomposo. Pero amo de veras el cine de Claude Chabrol y lo que representa. 

¡Muchas gracias, Claude, y no sólo por el chocolate!).



jueves, 20 de marzo de 2014

Emmanuelle Béart / El pintor y la modelo



Emmanuelle Béart

La Belle Noiseuse

EL PINTOR Y LA MODELO

Entrevista realizada por Antoine de Baecque
Cahiers du Cinéma número 447.




La Belle Noiseuse no es tu primer encuentro con Jacques Rivette
No. El primer encuentro fue para Hurlevent. Quedaron dos parejas posibles para la película tras los ensayos, es extraño: por un lado estábamos David Bursztein, que es Nicolas en La Belle Noiseuse, y yo, por otra parte Lucas Belvaux y Fabienne Babe. Creo que a Rivette le parecimos demasiado “románticos” y eligió a los otros. Luego nos rondamos el uno al otro, varias veces. Me propuso hacer un proyecto, con Jeanne Moreau, sobre el teatro, que no se hizo. Finalmente mientras rodaba con Scola en Italia recibí las veinte páginas que presentaban La Belle Noiseuse y me parecieron magníficas.

Luego el rodaje comenzó en julio de 1990…
Primero hubo un largo acercamiento, lo cual me soprendió porque no estoy acostumbrada a trabajar así. Pero me gustó mucho ese momento. No me sentía arrojada brutalmente dentro de la película. Me pareció formidable que alguien como Rivette viniese poco a poco a verme, que cenásemos juntos, hablando de todo. Aprendimos a conocernos, nos pusimos en confianza. Recuerdo particularmente una vez en que me dijo: -“háblame del pasado de Marianne”… No sabía si tenía que hablar de mí misma o inventar. Me dijo que inventase. E inventé. No guardó nada de eso, pero con todos los pedacitos de conversación construyó un personaje.

¿No tenías miedo de entrar en la “familia Rivette” o entre “sus mujeres”?
Jacques está rodeado de mujeres. Es sorprendente. Es bello y conmovedor. Pero la “familia” Rivette no era un problema para mí. Lo que me interesaba era el papel que me proponía y su manera de trabajar. Él y sólo él. No tuve miedo de un colectivo en que no podría integrarme. Me da más miedo hablar con los Cahiers du Cinéma que ir a ver a Rivette… Es verdad que existen ciertas relaciones de celos entre las actrices respecto a Jacques. Porque cuando se interesa por ti quieres guardarlo para ti sola. Cuando trabajamos es de una precisión tal, de una atención tal, que una tiene miedo de que el trabajo se relaje cuando nos dirige en grupo, junto a los otros. Por ejemplo cuando salí de las tres semanas de rodaje en el taller y volvieron los otros personajes, cuando Jacques se interesó de nuevo por ellos, por Jane, sufrí como un niño abandonado. ¿Dónde se había metido mi director, el mío?





El rodaje de La Belle Noiseuse comenzó por dos semanas de puesta en situación, donde Rivetterodó la llegada de los personajes, la cena, la visita del taller. ¿Era eso necesario, como una especie de calentamiento?
Era una presentación. Cada uno se mostraba. Jacques quería absolutamente rodar en orden cronológico. Yo estaba en la espera de lo que iba a suceder en el taller, en la desnudez del personaje. Eso me angustiaba mucho.

Para ti el taller era ante todo la prueba de la desnudez. ¿Cómo la afrontaste?
Sabía por supuesto antes de hacer la película que el tema era ese cuerpo desnudo. Recuerdo el día en el que le dije que sí a Jacques. Enseguida me habló del desnudo. Es muy púdico y yo también. Siempre había pensado que rechazaría las películas con desnudo porque son ante todo películas de sexo. Y a mí me fastidia. Pero cuando Rivette me dijo: -“¿El desnudo es un problema?”, yo le respondí: -“no, no es un problema”. Porque me parecía apasionante abordar de verdad el desnudo, sin falsa estética. En la película el desnudo es el estado bruto, es una arcilla que es amasada, de la que se saca un brazo, una pierna. Quería mostrar eso, el cuerpo desnudo más allá de las poses de la estética convencional, los brazos que cuelgan, en la primera escena de desnudo, por ejemplo, o el pecho encogido, o las piernas abiertas. Esa idea, para ser sincera, me asustaba un poco. Pero me parecía bien abordar el desnudo de esa manera. El desnudo como un bloque en bruto que poco a poco iba a tomar unas formas, y luego otras. Me decía para tranquilizarme que era un poco como ir al médico, sobre todo al principio del rodaje de esas secuencias. Mostrarse desnuda sin emoción sexual, para desanimar al voyeurismo, pero siendo mirada, escrutada. Cuanto más avanzaba el rodaje más se tenía que acercar mi desnudez al estado de abandono total que permitiría al pintor y a Jacques mirar los músculos, la carne, una anatomía de modelo.



Pero la historia de tu desnudez es también una rebelión: tomas en mano tu cuerpo y lo ofreces tú misma a Frenhofer….
Sí. Al cabo de un momento la actividad pasa del lado del modelo. Al principio Jacques no lo veía del todo así, pero sentí tal violencia ante ese estado de abandono del modelo que me rebelé instintivamente. Hice del personaje alguien que decide tomar en mano el cuadro, provocar al pintor, removerlo. Mi relación con la desnudez cambia entonces. Es cierto que también viví este rodaje como una aceptación progresiva de mi propio cuerpo, tras un primer momento de reticencia, un segundo de abandono, un tercero de rebeldía y luego un cuarto de creación. Estar desnuda en el taller se convertía en un placer natural y creativo: todo lo contrario de algo malsano.

Sin embargo en la dramatización de las secuencias del taller las poses parecen cada vez más dolorosas.
Es realmente la actriz quién soporta en primer lugar, ella sola, ese aspecto dolorista. Hubo auténticos momentos de tensión, que de hecho en la película pueden terminar con un ataque de risa o con lágrimas, con llanto. En ciertos momentos ya no sentía nada, ya no me podía mover.

¿Que le decías a Rivette entonces?
Tuve, por supuesto momentos de rebeldía.

Está integrado en la tensión dramática de la película misma…
No lo sé. No nos dijimos directamente esas cosas. Eso se ve en el cuerpo, pero permanece a pesar de todo en el campo del secreto. Rivette me dijo un día: “creo que no hemos hecho la película que estaba prevista”… Mi actitud frente a él, con él, mi rebeldía tanto como mi placer, han hecho que las cosas no sucediesen exactamente tal y como él las imaginaba. En ciertos momentos yo retomaba mi personaje, su cuerpo, y lo relanzaba en una dirección que no se esperaban ni Rivette ni Piccoli. Llevaba un diario y todas las noches escribía en él palabras dirigidas a Rivette, que no le mostraba, por supuesto, pero con las que podía decirle todo. Eso me ayudaba a sentirme mejor a y a ver mejor hacia dónde iba.

¿Llevar un diario durante un rodaje es algo habitual en ti?
No. Esta vez sentí una necesidad real. No podía hablar. Eran cosas que debía guardar para mí misma. A partir del momento en el que acepté el papel, cono todo conocimiento de causa, no podía parar o minar el rodaje con conversaciones demasiado largas o demasiado delicadas con Rivette. Tenía simplemente la necesidad de liberarme, de desahogarme, de decirle mierda a Jacques, pero también de reflexionar y de dominarme. Era eso mi diario de La Belle Noiseuse. Es muy violento. Pero Jacques siempre sintió esos momentos, los más difíciles para mí. Siempre vino hacia mí cuando tenía que hacerlo. La primera vez que me desnudé, tras la toma, me fui a un rincón para aislarme, para tener un poco de soledad. Me sentía muy mal, realmente al borde del desmayo. Estaba humillada. Él vino. Me encontró en mi escondite y me dijo: “Eres bella, eres muy bella.“… Eso me ayudó mucho. Era una manera de decirme que habíamos tenido razón de hacer todo esto juntos. Teníamos los dos el mismo miedo del desnudo, por pudor, por timidez, pero a partir de ese momento sabíamos que iríamos hasta el final de la película.

Con Michel Piccoli, que miraba tu cuerpo, más que con otros sin duda, las relaciones debieron de ser…
…formidables. Michel me dijo en seguida que si había la más mínima mirada o gesto, le más mínimo detalle de su parte que pudiese molestar, tenía que decírselo inmediatamente. Jacquesse acostumbró a mi desnudez, tenía que darme indicaciones de interpretación, venía a verme mientras estaba desnuda. Michel, él, una vez que se terminaba la toma, desviaba sistemáticamente la mirada. Esas dos actitudes en seguida me pusieron en confianza. No había ninguna “habladuría” en este rodaje, todas las relaciones pasaron a la película. Todo está en ella.







Otro personaje estaba presente: el pintor, Bernard Dufour.
Durante el rodaje hizo fotos. Nos encerramos y yo posé desnuda para él, en poses cercanas a las de la película, pero al mismo tiempo bastante diferentes, poses de pintura.

¿Nunca habías posado para un pintor?
No. Incluso lo habría rechazado. De hecho las poses eran bastante perturbadoras para mí, bastante violentas. Un poco como si hubiese vivido dos veces la película. Bernard Dufour me ayudó mucho a sentir la evolución de las poses que yo debía llevar a la película. También me hizo comprender la fatiga del modelo y su necesidad para el pintor, para su mirada. Ese estado de transpiración, de febrilidad, que es al mismo tiempo aterrador y exaltante porque una acaba por sentir la más mínima parcela de su cuerpo. Por ejemplo el momento en la película en que antes de la pose me quedo dormida es una experiencia que me había sucedido después de la sesión de fotos con Bernard Dufour. Con él tuve por lo tanto una relación un poco particular. Me pintaba “de verdad”, tenía más una relación de seducción, para que hiciese un cuadro que me gustase, para que mi cuerpo le inspirase algo.

En los esbozos, los cuadros de Dufour hechos en el rodaje, ¿te reconoces?
No, la verdad es que no. Pero pienso que es normal. Tengo la sensación de tener nalgas como toneles, pechos tres veces más grandes. Provoqué su imaginario.

En la película, sin embargo, se ve que tu cuerpo es realmente el de un modelo, que sus formas se organizan, o se desorganizan, en función de la mirada del pintor, que no es para nada un cuerpo de maniquí posando en una revista, que no está conforme a lo cánones de la moda.
Hace años que me dicen que no estoy a la moda, que no tengo una gran boca lo suficientemente pulposa, ni nalgas de tal manera, ni pechos de tal otra… Mi cuerpo no corresponde al de una maniquí. Pero en la película toma una verdadera vida que no tienen las maniquís que posan en las revistas. Me parece que, en esta película, tengo un cuerpo pleno, un cuerpo de modelo, efectivamente, con formas que inspiran a la mirada.

¿A la mirada del pintor como a la mirada del cineasta?
Sí, aunque de manera diferente. A decir verdad no hay más que una mirada en la cual no quise pensar nunca el rodaje, sino no habría aguantado, y es la del espectador. Es esa la que temo.

De hecho no asististe a las proyecciones de la película, ni en Cannes ni en la Cinemathèque.
Cuando vi la película, tapándome los ojos, espera que le sucediese lo mismo que al primer cuadro de Frenhofer: que lo emparedasen para que las personas exteriores no la viesen. Tuve bastante miedo, lo confieso, del estreno de la película, de las fotos en la prensa, de la reacción de la gente.

Y tú, personalemente, ¿cual fue tu reacción al ver tu cuerpo en La Belle Noiseuse?
Me sentí muy perturbada. Era muy extraño. Quería que la película fuese emparedada, negada a la vista de los otros, y que me fuese dada a mí, como el más bello testimonio de mis veinticinco años. Pensé inmediatamente, es raro, que cuando fuese más mayor sería maravilloso para mí verme a los veinticinco, así, desnuda, sin superficialidad, con muchos fragmentos de lo que soy, con muchas de mis palabras. Es Emmanuel a los veinticinco.

Pero Rivette ha captado con la misma justeza una mujer joven de veinticinco años, una mujer de cuarenta y un hombre más mayor, de sesenta…
Jacques ha contado muchas historia. El miedo a la edad y a la impotencia que la acompaña, la muerte de la pareja. Es una película sobre el envejecimiento donde encarno el principio de una cadena que llega hasta Frenhofer. No me daba realmente cuenta de todo eso al llegar al rodaje, vino más bien durante, y sobre todo al ver la película. Pero ese miedo a envejecer, ese miedo a no gustar ya, a ser remplazada, creo que a lo veinticinco ya lo tengo.










Rivette utiliza planos muy largos. ¿Cómo reaccionaste a eso?
Creo que es algo que sentí por primera vez: tener tiempo. Tener el tiempo real de actuar, el tiempo de escuchar, el tiempo de estar desnuda, el tiempo de sufrir. Hasta ahora tenía más bien la impresión de que había que precipitar las cosas, que había que responder al instante, en una toma. Jacques ralentizó todo eso. Me ha enseñado a escuchar los silencios o la voz del otro. Pero, por mi parte, también he provocado primeros planos sobre mí…

Es cierto que la película está muy fragmentada para una película de Rivetteel plano contraplano es casi una figura dominante.
Pensaba que era muy importante que se viesen las miradas, ver los ojos de Marianne y luego ver los ojos del pintor. A menudo tenía ganas de atraer la cámara hacia mí, de aspirarla hacia mi rostro, sin duda para protegerme un poco, sin duda también para participar mejor en la película. Eso Jacques debió de sentirlo. Nunca le pregunté nada directamente, de todas maneras Rivettehace a menudo lo contrario de lo que se le pide y es mejor así, pero entré en la película a mi manera.

Los planos largos son también momentos de azares posibles, de momentos robados. Para un actor son cosas difíciles de controlar.
No tuve esa sensación en el rodaje de La bella mentirosa. No hubo nunca necesidad de improvisar, por ejemplo, cuando eso era algo de lo que tenía un poco de miedo. Al contrario, el marco de Rivette es muy riguroso. La secuencia del estallido de risa también fue rodada dos veces, una primera vez la noche, una segunda por la mañana. Jacques Rivette siempre se negó a robarnos algo. Tomó lo que le dimos y que él por supuesto había pedido, eso es todo. La noción de riesgo y de salto al vacío la sentimos, sí, puesto que recibíamos el texto por la noche o la mañana misma del rodaje, sin conocerlo antes, lo que exige una gran concentración, pero improvisación no hubo. El rodaje era más bien concentrado, habitado por tensiones, no siempre se sabía a donde se iba, pero íbamos con rigor y concentración. En la primera toma “probábamos”, como decía Jacques, pero luego llegaba, como un ratoncito, y de manera sorprendente decía cuatro o cinco cosas, muy precisas, que hacían en la segunda toma todo funcionaba. Nunca me puso totalmente en peligro para luego robarme una mirada o un plano. Al revés, estaba muy presente. Jacques, en el taller, por el hecho de la desnudez, no podía para nada permitirse el dejarme en la imprecisión. Si hubiese estado desnuda sin saber qué hacer habría sido insoportable. De hecho quizás Rivette no trabajó como suele por el tema de la película y el comportamiento de los actores.

¿Esta noción de trabajo era muy importante en la película?
Sí. Mucho. Cada uno tenía su espacio en esa gran casa. Una habitación para la escritura, por ejemplo, en la que no me atrevía a entrar, al igual que los escritores no podían venir al taller en el que y rodaba. Creo que hay que tomarse la palabra “taller” al pie de la letra, como si por toda la casa estuviesen funcionando pequeños talleres, como una colmena. A partir de las nueve de la mañana cada uno estaba muy concentrado, absorbido por su tarea y eso es muy inhabitual en un rodaje. La verdadera relación entre los talleres se establecía por la noche: nos contábamos nuestras experiencias del día. Y luego nosotros, los actores, nos íbamos a descansar y los otros preparaban el rodaje para el día siguiente. Pienso que Jacques debió de dormir muy poco…

Vayamos a la última parte de la película, la salida del taller y la comedia final. Después de tres semanas de encierro en el taller debió de ser muy perturbador.
Estábamos completamente perdidos. Y yo un poco abandonada, pero la película lo quería así. Durante uno o dos días todo el equipo, Michel, yo, Jacques, los guionistas, el sonido y la luz, todo era evanescente.

Todo eso está en la película, se ve.
Es cierto. La película cuenta todo eso, los momentos muy rápidos, donde todo avanzaba paralelamente, en todos los talleres, y los momentos de duda, en los que todo se ralentizaba, en los que daba un poco de miedo. ¿Y mañana? ¿Qué vamos a hacer mañana? Pero hacía falta parar las secuencias de pose en el taller. Era inagotable, pero había que parar. Menos mal que teníamos poco tiempo, porque sino pienso que nunca habríamos salido de allí. Marianne  es un personaje que realmente se formó ahí. Era bastante bello, de hecho, porque normalmente, con un guión escrito, se tiene la vida muy dirigida, llena de imposibilidades. Aquí lo que estaba bien era la impresión de estar realmente integrada en la película, como un guionista o un director, de poder cambiarla, acelerarla o ralentizarla. Me convertí un poco en directora. Nunca antes había tenido esa sensación de que nada estaba escrito, nada decidido, nada cerrado. Eso me había hecho sufrir en otras películas. En Manon des sources en una escena no tenía ganas de llorar, o no tenía ganas de acabar con el institutor, y Berri me dijo –“¿Quieres reescribir a Pagnol?” Tenía diecinueve años y sí, quería reescribir a Pagnol. Mientras que con  Rivette tuve una verdadera sensación de libertad, una sensación muy bella. Por eso siempre le estaré agradecida a Jacques. Es su integridad lo que me sorprendió. En el mundo del cine se habla de dinero, de taquilla, de “actores-kleenex” que se toman y se tiran, y cuando llegas a él, al rodaje, él confía en ti, te implica y te da libertad. Es terriblemente sano. Para mí fue algo muy bello el descubrir a alguien como él.