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viernes, 25 de agosto de 2023

Novelas para disfrutar en la hamaca con Toni Morrison, Patrick Modiano, Isabel Allende y John Waters

'Habitat IV', 2023. Pintura de José Lourenço. Cortesía de la galería Siboney

'Habitat IV', 2023. Pintura de José Lourenço. Cortesía de la galería Siboney


Novelas para disfrutar en la hamaca con Toni Morrison, Patrick Modiano, Isabel Allende y John Waters

Dos premios Nobel, la autora más leída en español y el rey del cine 'trash', entre nuestras lecturas elegidas para unas vacaciones sin prisas ni horarios. 

17 julio, 2023 01:35GUARDAR NOVELA
NOVELA NEGRA / VACACIONES / VERANO
Nuria Azancot 
17 de julio de 2023

Chevreuse

Patrick Modiano
Anagrama. 18,90 €

A vueltas con la memoria, vuelve ese espléndido narrador de sí mismo y del pasado francés que es el Nobel Patrick Modiano. Ahora nos encontramos con Jean Bosmans, que vuelve con dos amigas a la casa de su infancia, donde también vivió, en los años 40, el estraperlista Guy Vincent, misteriosamente desaparecido.

sábado, 29 de julio de 2023

Dennis Lehane / Un trago antes de la guerra

 

Dennis Lehane


Recuperan la espléndida ópera prima de Dennis Lehane, autor de 'Mystic River' y 'Shutter Island'

'Un trago antes de la guerra' es el inicio de la saga protagonizada por los detectives Patrick Kenzie y Angie Gennaro, amigos de la infancia con pasados turbulentos.


Miguel Ángel Oeste
29 de julio de 2023
 

Con muy buen criterio, Salamandra está recuperando todo Dennis Lehane. Sin duda alguna, uno de los mejores escritores contemporáneos más allá de prejuicios con el género negro al que suele adscribirse, aunque muchos de sus libros se salten las convenciones noir y sean un ejemplo de la mejor literatura que uno puede leer.

jueves, 29 de julio de 2021

Dennis Lehane / “Somos la cárcel en la que estamos prisioneros”


Dennis Lehane posa para EL PAÍS en Santa Mónica, California, en 2019.
Dennis Lehane Santa Mónica, California, 2019

Dennis Lehane: “Somos la cárcel en la que estamos prisioneros”

20 años después de la publicación de ‘Mystic River’, el autor reflexiona sobre los grandes temas de su literatura y cómo creó aquella novela que lo cambió todo para él


Juan Carlos Galindo
Madrid, 4 de mayo de 2021

“Los grandes hombres intentan hacer las cosas bien, que es lo único que importa. El verdadero amor es así”, reflexiona el personaje de Annabeth Marcus en las desoladoras páginas finales de Mystic River, una novela publicada hace 20 años y que marcó un punto de inflexión en la carrera de Dennis Lehane y en el devenir del género negro contemporáneo. Annabeth dice esto a su marido Jimmy, un hombre con las manos manchadas de sangre, marcado, como tantos personajes de Lehane, por el peso de la culpa y de un pasado que no termina de irse, decidido a hacer lo que sea por defender a los suyos. “Es uno de los pocos libros que he escrito a los que todavía soporto volver. Salió muy bien, la construcción es sólida, los personajes tienen profundidad. Es lo más parecido a mi voz, puedo escuchar mi propia cadencia cuando lo leo. Y es fiel al mundo en el que crecí, no idealiza, no sentimentaliza”, reflexiona Lehane una tarde de marzo en Nueva Orleans, donde se ha trasladado desde su residencia en Santa Mónica para grabar con Apple una serie para televisión, una labor que ha ido ocupando cada vez más tiempo en el quehacer del autor de Shutter Island.

MÁS INFORMACIÓN

Mystic River cuenta la historia de tres hombres —Jimmy Marcus, Sean Devine y Dave Boyle— cuyas vidas dieron un vuelco una aburrida tarde de 1975 cuando se toparon con dos depredadores sexuales. Dave subió al coche de los monstruos, engañado, y pasó cuatro días secuestrado, sometido a las peores vejaciones. Nada volvió a ser lo mismo para ninguno de aquellos niños que 25 años después tratan de sobrevivir a ambos lados de la ley. “Es la destilación de todo lo que pude atrapar acerca del mundo en el que crecí. Capta las alegrías y los horrores, la comedia y el sinsentido de la violencia. Recuerdo haberme dado la misión de desenterrar esos recuerdos solo como fueron, y no como deberían haber sido o como yo querría que fuesen”, rememora Lehane (Boston, 55 años) desde su residencia provisional, rodeado de mansiones de estilo clásico sureño y calles flanqueadas por enormes árboles de los que cuelgan grandes líquenes. Nada parecido a su Boston natal, a esos vecindarios obreros en los que todo el mundo se conocía, parte esencial de su geografía literaria y que ahora han desaparecido. “Prácticamente todos esos barrios están ahora completamente gentrificados y serían irreconocibles para la generación de mis padres”, lamenta Lehane, que ya en Mystic River anticipa un movimiento que luego ha sido imparable.

Dennis Lehane / «La fe en Dios no está en peligro, pero sí la creencia en los hechos»

 

Dennis Lehane


Dennis Lehane: «La fe en Dios no está en peligro, pero sí la creencia en los hechos»

El escritor de Boston, un esteta del thriller reconocido mundialmente por «Mystic River» o «Shutter Island», llega a España con «Después de la caída», su última novela, una historia de personajes que buscan y se buscan


Bruno Pardo Porto
15 de noviembre de 2018

Dennis Lehane (Boston, 1965) es una de las plumas de oro de Hollywood, pues de sus novelas han salido películas de éxito como «Mystic River», «Adiós pequeña, adiós» o «Shutter Island». Sin embargo, él dice que no se preocupa por la gran pantalla, que solo intenta hacer su trabajo: escribir bien. Y bien lo ha tenido que hacer para que la crítica literaria lo haya encumbrado como uno de los pocos estetas del thriller, tan preocupado por el ritmo de la intriga como por el de su prosa, que se corta con puntos que son hachazos, dejando frases lapidarias en la memoria del lector. Lo suyo es la música de cañerías, que diría Bukowski. Y lo de sus personajes son las heridas abiertas o las cicatrices, siempre tapadas con una coraza bien dura que solo se resquebraja con el paso de las páginas. De todo eso hace gala «Después de la caída» (Salamandra), su última novela, más azul que negra. Una historia de individuos que buscan y se buscan.

Dennis Lehane / "Después de la caída", poesía estremecedora

 


«Después de la caída», poesía estremecedora

Dennis Lehane es uno de los escritores más influyentes de Hollywood y del género negro


Marina Sanmartín
8 de noviembre de 2018

Hay muchas razones para celebrar la publicación de una nueva novela de Dennis Lehane (Biston, 1965). El escritor de «Mystic River» o «Shutter Island» (ambas llevadas con éxito a la gran pantalla) y coguionista de series como «The Wire o Boardwalk Empire», siempre suscita con su regreso a las librerías una promesa de interés, que en el caso de «Después de la caída» se ve satisfecha con creces, puesto que la historia contiene, además de los ingredientes fundamentales de una buena intriga, la huella inconfundible de su autor. Escogido por la revista «The Hollywood Reporter» como uno de los escritores más influyentes de Hollywood y ganador en 2017 del Premio Pepe Carvalho, Lehane nos cuenta en «Después de la caída» la vida de la reportera Rachel Childs, una mujer con tendencia a la agorafobia y obsesionada con la búsqueda de su padre, que la abandonó cuando todavía era una niña y cuyo nombre la madre de Rachel, alegando que con su silencio sólo pretende protegerla, se lleva a la tumba.

Cualquier otro día / La obra cumbra de Dennis Lehane

CUALQUIER OTRO DÍA - LEHANE DENNIS - Sinopsis del libro, reseñas, criticas,  opiniones - Quelibroleo


'Cualquier otro día', la obra cumbre de Dennis Lehane

Por José R. Casado - Agosto 04, 2019
'Cualquier otro día', la obra cumbre de Dennis Lehane
El escritor estadounidense Dennis Lehane y la portada de su novela Cualquier otro día.


El escritor estadounidense, autor de obras adaptadas al cine como Mystic River o Shutter Island, abrió la trilogía policial y mafiosa de la familia Coughlin con una portentosa novela de cuidada ambientación histórica en el Boston de los años veinte.

Dennis Lehane / Mystic River / La colina y las marismas


Dennis Lehane
Mystic River

La colina y las marismas

    
Cuando Sean Devine y Jimmy Marcus eran niños, sus padres trabajaban juntos en la fábrica de golosinas Coleman; al llegar a casa, aún llevaban impregnado el hedor de chocolate caliente. Se convirtió en una característica permanente de su ropa, de la cama donde dormían y del respaldo de vinilo del asiento de sus coches. La cocina de Sean olía a crema de cacao, y el cuarto de baño a barrita de chocolate Coleman. Al cumplir los once años, Sean y Jimmy habían llegado a odiar tanto los dulces que durante el resto de su vida, nunca volvieron a añadir azúcar al café ni a tomar postres.

jueves, 24 de junio de 2021

El arte de Scorsese bucea en la locura




El arte de Scorsese bucea en la locura



CARLOS BOYERO
14 DE FEBRERO DE 2010

En Corredor sin retorno, la película más impresionante que he visto sobre manicomios y la capacidad contagiosa de ese vértigo que confunde la realidad, figuraba en sus títulos de crédito iniciales esta temible sentencia de un trágico griego: "A quien los dioses se empeñan en destruir, primero le vuelven loco". Muchos años después, Martin Scorsese, director eternamente obsesionado por los volcanes de la mente, con un largo historial en su cine de protagonistas paranoicos, psicópatas, esquizofrénicos y autodestructivos, aborda en la muy esperada Shutter island las tenebrosas brumas de la enfermedad más indeseable.

Shutter Island


Adapta una novela de Dennis Lehane, escritor apasionante y guionista en varios capítulos de la legendaria serie de televisión The wire. Por alguna extraña razón, ya que suelo devorar cualquier cosa que lleve su firma, he demorado la lectura de Shutter island. Y me alegro, porque me hubiera privado de los continuos giros y la apabullante sorpresa final que plantea Scorsese en esta película tensa, compleja, hipnótica y que en determinados momentos puede parecer confusa, aunque pensándola después (algo que revela que te ha dejado poso) descubres que lo aparentemente retorcido tenía coherencia, que el director te puede descolocar con el desenlace pero eso no implica que te haya engañado.

Leonardo DiCaprio
Shutter Island




'Shutter island' es una retorcida y enfermiza tela de araña que engancha
Scorsese ha confesado su admiración por las películas negras, misteriosas y góticas que produjo la RKO en los años cuarenta y cincuenta. Cine de presupuesto escaso y maravillosamente aprovechado, con estilo y aroma. Aquí trata de encontrar esa atmósfera perdida. Y aunque no le cite, también hay transparentes influencias de Hitchcock.

Pero Scorsese, a diferencia de Tourneur y de Val Lewton, dispone de los medios más grandiosos. Los utiliza muy bien. Recreando un mundo febril y enigmático en una isla azotada por tormentas y tempestades. Sus habitantes son los dementes más peligrosos, los guardianes que les vigilan y una corte de psiquiatras presuntamente siniestros que han descubierto la eficacia de las lobotomías. Allí llegan dos policías de élite con la misión de averiguar el secreto que ocultan varias inexplicables desapariciones de enfermos.

Scorsese narra con maestría el angustioso acorralamiento de los sabuesos que hurgan en aparentes maquinaciones. Crea un universo desasosegante, nos ofrece sutiles pistas de que nada es lo que parece, alterna las pesadillas con la realidad. Sales de esta película con sensaciones muy raras. En mi caso, también con la certeza de que no he mirado el reloj a pesar de durar 140 minutos. Es la prueba de que me ha enganchado esta retorcida y enfermiza tela de araña.




La película rumana If I want to whistle, I whistle y la danesa Submarino tienen vocación de tragedia, pero no logran contagiarla. La primera cuenta la crisis de un encarcelado chaval cuando se entera de que la madre va a largarse del país llevándose a su hermano pequeño. La segunda describe los efectos devastadores que sufren en su vida adulta dos hermanos, uno alcohólico y el otro yonki, que tuvieron una infancia desdichada por el abandono y desequilibrio que les creó la borracha de su madre. Ambas están correctamente dirigidas, pero no logro establecer la menor empatía con las toneladas de sufrimiento que almacenan los protagonistas.

Tampoco consigo establecer complicidad y hay un montón de cosas que no entiendo en la española El mal ajeno, exhibida en la sección Panorama. La produce Alejandro Amenábar, la ha escrito Daniel Sánchez Arévalo y la dirige Óskar Santos. Mezcla demasiados géneros con escasa armonía. Identificas las obsesiones del autor de Azuloscurocasinegro y Gordos. También te remite a Abre los ojos. Y el debutante Óskar Santos posee fuerza visual. Todo ello no evita que me pierda frecuentemente en este cóctel de urgencias, delirios, amores al límite, psicopatías, cine de terror, etcétera. Hay alguna secuencia turbadora pero también muchas más pretensiones que aciertos. Eso sí, te hace reconocer la extrema vulnerabilidad, las contradicciones y los traumas que pueden sufrir los médicos, esas personas obligadas a convivir con el dolor, la enfermedad, el miedo, la muerte.

* Este artículo apareció en la edición impresa del domingo, 14 de febrero de 2010.
EL PAÍS




Scorsese / Shutter Island

 




POSTERS & TAPAS
Martin Scorsese
SHUTTER ISLAND





martes, 15 de septiembre de 2020

Dennis Lehane “Todos somos juguetes rotos en algún grado”





Dennis Lehanne
Foto de Xavier Cervera

Dennis Lehane
"Todos somos 

juguetes rotos 

en algún grado"


Juan Luis Álvarez
4 de agosto de 2019

Escritor imprescindible del noir actual, Dennis Lehane (Boston, 1965) combina la ácida crítica social de su obra y su desengañada visión del ser humano con su ironía y trato afable. El autor de las memorables novelas 'Mystic River' o 'Shutter Island', éxitos luego en cine, y la reciente 'Después de la caída', repasa sus 25 años de carrera. 
Quizás rompa algunos esquemas saber que el escritor que ha diseccionado los bajos fondos de Boston sin ahorrarse detalles escabrosos es de risa fácil. A Dennis Lehane le gustan las frases con doble lectura y tiene una especie de don para empatizar con el sentido del humor de su interlocutor, sin perder por ello su acidez, su toque de cinismo y su compromiso a la hora de retratar una sociedad que definitivamente no le gusta, utilizando la novela policiaca para ello.
Mientras su última obra, Después de la caída –en la que por primera vez narra desde el punto de vista de un personaje femenino–, vende miles de ejemplares en todo el mundo, celebra sus primeros 25 años como autor, con la tranquilidad de haber conseguido situarse como uno de los pocos imprescindibles del noir de su generación. Gracias a Mystic River o Shutter Island, a los detectives Kenzie y Gennaro, que protagonizan varios de sus libros o a la saga criminal de los Coughlin, situada en la época de la Prohibición; todas obras con referente cinematográfico.
Ya hace mucho tiempo que abandonó el peligroso barrio de Dorchester, donde se crió con su familia –inmigrantes católicos de origen irlandés–, para, tras innumerables idas y venidas, acabar cerca de Hollywood, atraído por el mundo del cine y de las series, “aunque echo mucho de menos el frío que hace allí”, y buscando compañía laboral, “porque al final te cansas de escribir solo en una habitación”.


“El ser humano nunca deja de ser corrupto o cruel y asqueroso con los demás. Es inherente en nosotros. Sin embargo, la honestidad, la generosidad y la empatía también nos acompañan siempre”
¿Conecta el auge de la novela policiaca con el momento tan convulso que estamos viviendo?
Son tiempos estupendos para el noir, aunque, en realidad, creo que siempre lo son. El ser humano nunca deja de ser corrupto o cruel y asqueroso con los demás. Resulta inherente en nosotros. Pero lo contrario, la honestidad, la generosidad y la empatía, también nos acompañan siempre. Eso es igualmente verdad. Ahora mismo, estos tiempos parecen terribles, pero son como tantos. En nuestra historia como especie, el horror y la bondad existen al mismo tiempo, lo que no deja de sorprenderme. Somos muy complejos. A menudo me pregunto por qué recordamos siempre mejor lo malo que nos ha ocurrido antes que lo que nos hizo sentir plenos. Lo puse en boca de uno de mis personajes: “La felicidad sólo nos recuerda lo que nos gusta sentirnos así”.


Una de las novedades positivas de este momento es el impulso que está recibiendo la igualdad entre géneros. ¿Se considera usted un adelantado en esta materia?
En cierto modo, sí. Siempre he colocado en el centro de mis historias a personajes femeninos independientes que no necesitan un hombre para definirse. Rachel, la protagonista de la última, una periodista con gran carácter a la que le hunde la carrera un momento de debilidad ante las cámaras mientras narra en directo la tragedia de Haití, es sólo otra de muchas, como Angie Gennaro, Annabeth Marcus o Graciela Couglin: mujeres trabajadoras capaces de sostenerse de sobra por sí mismas.


El arquetipo de la femme fatale, tan del género negro, ¿es machista o feminista?
Depende del escritor. Las mujeres fatales pueden ser grandes iconos feministas si se mira desde la perspectiva adecuada. Suelen ser mujeres que deciden no tener en cuenta las normas establecidas por los hombres o que las utilizan tan bien que lo hacen mejor que ellos. Mujeres como Kathy Moffat de Retorno al pasado o Matty Walker, la protagonista de Fuego en el cuerpo o algunos de las grandes personajes femeninos de Jim Thompson o James M. Cain son así. Ellas deciden no comer mierda ni disculparse por quiénes o cómo son. Adoro esto.


¿Le resulta difícil meterse en el pensamiento y en los sentimientos de una mujer para contar una historia desde su punto de vista? 
Creo que hombres y mujeres miramos el mundo de forma distinta. Probablemente es algo que tiene que ver con la educación que hemos recibido, casi siempre enfocada a perpetuar los roles. Confieso que, a veces, he tenido que revisar profundamente lo escrito para asegurarme de que no estaba filtrando a Rachel o a cualquiera de ellas bajo una perspectiva masculina. No obstante, una parte muy destacada de mi trabajo consiste en introducirme bajo la piel de otras personas. No encuentro mayor dificultad para colarme en la mente de una mujer que en la de un jugador de béisbol negro de Ohio o de un contrabandista de origen irlandés en 1943.


“Las mujeres fatales pueden ser grandes iconos feministas si se mira desde la perspectiva adecuada. Suelen ser mujeres que deciden ignorar las normas establecidas por los hombres”
Si le dicen que es un escritor muy cinematográfico, ¿qué piensa?
Que no acabo de pillar qué es lo que quieren decir. Verá, puede que yo escriba de un modo vívido que hace que escoja los detalles especificos que crean imágenes complejas en la mente de un lector. No digo que no sea bueno en eso. Di­ckens lo hizo. Poe, también. Como Homero. Lo que significa que esa forma de escribir, que yo considero que es “la Buena” con mayúscula, ya estaba ahí muchos siglos antes de que el cine hiciera su aparición. Dicho esto, estoy muy orgulloso de las adaptaciones a la gran pantalla de mis novelas Mystic River o Shutter Island. Esas películas no son mis libros, al igual que mi perro no es mi gato, pero opino que son, en sí mismas y por los méritos de quienes las llevaron a cabo, unas obras maravillosas.


Normalmente la mayoría acaba diciendo que “el libro es mejor”.
(Risas). Eso es verdad, lo dicen siempre, incluso cuando no es así; cuando la película es infinitamente mejor, como es el caso de Tiburón, por ejemplo. Lo ideal sería que ambas obras sean piezas maestras, cada una en su ámbito. 


¿Qué es Boston para usted? Está tan presente en su obra que parece un personaje más…
Yo siento como si lo fuera. Es mi fuente. El gran amor no humano de mi vida. Conozco esa ciudad hasta la médula. Sé todo lo que no es atractivo en ella y escribo sobre esas cosas para que nadie pueda acusarme de amar a ciegas, pero, a pesar de todo, lo hago de forma salvaje y apasionada. Todo esto está muy ligado al amor que tenía por mi padre. Él amaba esa ciudad como los inmigrantes adoran los lugares que los adoptan. Y solía guiarme a través de ella, por lo que se convirtió en un gran vínculo entre nosotros. Tiene un tirón emocional innegable para mí. Pero ahora vivo en Los Ángeles, al lado de la playa, porque trabajo en Hollywood, y mis hijos están encantados. Pero desde que vivo aquí he escrito dos novelas y las dos están ambientadas en mi ciudad. Necesito imaginar el escalofrío, la suciedad, la luz del día nublado, para darle consistencia a lo que he pensado. Incluso aquí vivo rodeado de ruido y de movimiento. No me gusta el si­lencio complaciente de esta ciudad que parece estar siempre de vacaciones.


En Mystic River usted utiliza la narración para denunciar la mentira, la inseguridad y la violencia que nos rodea. ¿Son sus preocupaciones centrales?
Algunas de ellas. Por eso resultan tan apasionantes de explorar. La mayoría de los escritores tenemos unas cuantas obsesiones centrales a las que volvemos de vez en cuando de forma consciente o inconsciente, pero sabiendo que son asuntos sobre los que nunca sabremos lo suficiente. Hay autores que han decidido mostrar de forma fehaciente lo que sienten o piensan. Yo he elegido no indagar tan de cerca sobre mí mismo y prefiero exponer lo que me preocupa. Dejo que sean los lectores y los críticos los que decidan hasta qué punto me retrato en lo que escribo.


“La corrección política apesta. Es un tipo de discurso controlador que nos lleva a que nuestra conducta y pensamientos acaben atados de pies y manos y desarrollándose dentro de un cercado”
La violencia siempre esta presente en su obra de un modo u otro. ¿Cree que los humanos somos violentos por definición?

Sí.

¿No le da una vuelta por aquello de la corrección política?
No (risas). Diablos, la corrección política apesta. No decir claramente lo que se piensa, llamando a las cosas por su nombre, ha hecho mucho daño y nos ha hecho retroceder tanto en materia de ­libertades y derechos, que nos ha dejado en la situación política tan atrasada que estamos viviendo ­actualmente en Estados Unidos. Creo que, como escritor, soy una persona sensible y respetuosa cuando considero que debo serlo, pero la corrección políti­ca es un tipo de discurso controlador que nos lleva a que nuestra conducta y nuestros pensamientos acaben atados de pies y manos y desarrollándose dentro de un cercado. Como ferviente demócrata que cree en la libertad de expresión y de pensamiento ante todo, preferiría que la gente expresase lo que siente, aunque no esté de acuerdo con ellos, a que callen por temor.


La comunidad literaria y artística, en su mayor parte, se ha convertido en el azote de Donald Trump…
Ese señor es una abominación. Una mancha en nuestro país. Washington, Jefferson y Lincoln no han dejado de removerse en sus tumbas desde que llegó a la Casa Blanca. Él es la antítesis de lo que es mi gran nación. Mi mayor preocupación es cuantas décadas tardaremos en limpiar la porquería y el olor que deje.


¿La novela policiaca americana es demócrata o republicana?
Esta es buena; no lo había pensado. Yo creo que es demócrata por actitud más que por contenido. De todos modos, lo de “demócrata contra republicano” es un concepto fabricado, en cuyo fuego se ha vertido una gran cantidad de combustible en los últimos 30 años para tener un medio simplista –y adecuado al servilismo ante el poder– de etiquetarnos. Tengo muchos amigos que son republicanos y nos entendemos bien; lo que significa que no todo está tan claro y tan “colocado en categorías”. Sin embargo, no tengo amigos que sean neoconservadores de los que no permiten el intercambio de pensamientos y opiniones. No se trata de dónde te encuentras en un tema en particular, siempre que lo hayas reflexionado y estés convencido de lo que piensas. El lío lo arman los ideólogos que sólo aceptan como válido lo suyo situándose más allá de cualquiera razonada discusión. Si haces eso, estés en la derecha o la izquierda, desde luego formas parte del problema.


“Ese señor (Trump) es una abominación. La antítesis de lo que es esta gran nación. Washington, Jefferson y Lincoln no han dejado de removerse en sus tumbas desde que llegó a la Casa Blanca”
La religión, y más específicamente el concepto de culpa, está presente en casi todas sus novelas. ¿Hasta qué punto influyen las creencias en su escritura?
Sí. Por supuesto no soy practicante ni creo en ninguna fe. Pero soy un escritor católico por definición. Nací y crecí en un ámbito en el que ese era el credo y lo impregnaba todo hasta el punto de que todo aquello no se ha despegado fácilmente; por tanto, soy un autor obsesionado con la culpa y la redención y el lugar que han de ocupar la moralidad, la integridad y sus opuestos es este mundo. Y tengo que decir, por otro lado, que es un territorio amplio, inquietante y muy interesante en el que andar investigando. No parece tener fin.


Ha realizado importantes aportaciones como consejero en casos de niños y jóvenes maltratados. Vivir de cerca esas situaciones… ¿ha cambiado su punto de vista sobre la humanidad?
Probablemente. Mire, todos somos juguetes rotos en algún grado. Todos hemos perdido algo que nos ha dolido intensamente e intentamos luchar cada día para encontrar sentido a nuestra propia existencia. Y ese objetivo es hermoso. Sobre eso precisamente es sobre lo que escribí por primera vez en mi vida. Hay muchas cosas admirables en ese empeño y en no permitir que nos mueva y nos empuje ni el pasado, ni los pactos que hicimos sin estar preparados para ello, ni nuestros propios límites. Como persona, me gusta esa lucha y quienes la aceptan como parte de sus vidas, y como escritor me brinda unas oportunidades dramáticas in­creíbles.


¿Les hizo escribir, a estos chavales, como parte de su proceso de mejora o curación? 
Es algo tremendamente útil en todos los sentidos. Mucho más si has tenido problemas de esa envergadura siendo tan joven. No fue mi caso. Empecé a poner el lápiz sobre el papel a los ocho años aunque vengo de una gran familia de contadores de historias; de una tradición oral, no literaria, que rompí.


¿Cómo recuerda a aquel Dennis Lehane que tuvo que hacer de todo para subsistir (incluso conducir limusinas), mientras buscaba su oportunidad para publicar?
En constante movimiento y lleno de sueños. U2 tiene una canción que lo define bien: Running to stand still. Así me sentía yo. Corriendo para mantenerme en alto. Iba a un ritmo furioso y me imaginaba viviendo más vertiginosamente aún. Pero a veces me decía a mí mismo: “Siéntate el tiempo suficiente como para escribir lo que tienes en la cabeza en un pedazo de papel que alguien más que tú quiera leer”.


“Todos hemos perdido algo que nos ha dolido intensamente e intentamos luchar cada día para encontrar sentido a nuestra propia existencia. Y ese objetivo es hermoso”
Cada persona que se dedica a su profesión escribe por diferentes razones. ¿Cuál es la suya?
Supongo que creo tener algo que decir. También sé que necesito comunicarme y subrayar que estoy aquí. Y además, gracias a este don, si queremos llamarlo así, puedo dar voz a gente que quiere decir lo mismo que yo, pero no tiene ni las herramientas ni el entrenamiento para ello. A estos, particularmente, espero serles útil.


Ya era un escritor que tener en cuenta cuando se incorporó como guionista a la legendaria serie The Wire. ¿Qué le aportó?
Yo, a la serie, le aporté un final que fue criticado hasta por Obama (risas). Era un gran seguidor y digamos que no le gustó nada cómo acabó, pero no fue culpa mía porque yo no tenía influencia sobre unas tramas que había que escribir, pero que ya estaban diseñadas. Supe desde el principio que estaba trabajando en algo realmente bueno y éramos completamente anónimos, no como ahora, que es el momento del “creador”, que es alguien tan popular como las estrellas que protagonizan la serie. Pudimos trabajar sin presión, con tranquilidad. Y resulta que aquel trabajo estaba iniciando una nueva edad de oro de las series de televisión. 


Después trabajó en Boardwalk Empire, ambientada en los años de la ley seca, con Scorsese como productor ejecutivo, y en la reciente Mr. Mercedes, sobre un asesino en serie. ¿Le persigue el toque negro en todo lo que hace?
Bueno, es lo mío, pero no me lo llevo al cuarto de estar. Me encanta la comedia y considero que es la forma narrativa más difícil de manejar, mucho más que los dramas. Por eso, las buenas son tan difíciles de encontrar. Si me pongo a ver una de los Monthy Python o El jovencito Frankestein o Con la poli en los talones, que es una obra maestra de lo criminal, estoy en el cielo.
Y entre unas cosas y otras llegó la cincuentena a su vida (acaba de cumplir 54). ¿Cómo asume el paso del tiempo?
Pues hasta ahora estaba genial, porque le había dicho a todo el mundo que tenía 47, pero lo acaba usted de fastidiar, así que me voy a ir a algún lugar a acurrucarme a leer El rey Lear o algo similar y a llorar por mi inexorable decadencia. Qué horror…


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Dennis Lehane / Después de la caída




“Siempre suya, Atormentada”




Dennis Lehane
DESPUÉS DE LA CAÍDA

Manuel Rodríguez Rivero
2 de noviembre de 2018

Uno de los autores que se llevó en el equipaje la editora Anik Lapointe en su viaje desde la serie negra de RBA a la serie Black de Salamandra fue Dennis Lehane. Gracias a su presencia en los catálogos de las dos editoriales podemos disfrutar en español de casi toda la obra del escritor y guionista bostoniano, cuyas novelas suelo leer tan pronto llegan a mis manos.

De ellas recuerdo con especial cariño Desapareció una noche (1998), adaptada al cine con no demasiada fortuna por Ben Affleck con el título de Adiós, pequeña, adiós (2007); Mystic River (2001), llevada espléndidamente a la pantalla (2003) por Clint ­Eastwood, y Shutter Island (2003), de la que Scorsese realizó una película (2010) perturbadora, aunque no a la altura de sus obras maestras. Al cine le gusta Lehane, como demuestra la abundante filmografía basada en sus obras, y a Lehane le gusta el cine: los episodios de The Wire escritos por él destacan en una serie en la que abundaron los buenos guiones.
Quizás incluso le guste demasiado. Hacia la segunda mitad de su última novela, Después de la caída (Salamandra), cuya primera parte es un prodigio de suspense psicológico, se nota que Lehane ya estaba pensando en una película (de hecho, ya había vendido los derechos a DreamWorks): el ritmo se fragmenta y bifurca en episodios encadenados y falsos callejones que no llevan a ninguna parte, mientras que el final adolece de apresuramiento y cabos sueltos. La historia se centra en la reportera televisiva Rachel Childs, un personaje atormentado con problemas de identidad (¿quién fue su padre?, ¿quién es, en realidad, su marido?) y graves conflictos morales (sus reportajes sobre el terremoto de Haití, en el que se niega a embellecer la horrible realidad tal como le exigen sus jefes; su sentido de culpabilidad por el asesinato de una niña) que le conducen a un estado de pánico y aislamiento de los que tarda mucho en recuperarse.
Y cuando lo logra, se ve inmersa en un escenario en el que verdad y apariencia son las dos caras de una realidad que se le escapa. La novela, que se inicia con un aldabonazo (“un martes de mayo, a los 35 años de edad, Rachel mató a su marido de un disparo”), transcurre en Nueva Inglaterra —Boston, Providence, Maine—, y se lee bien a pesar de sus excesos episódicos y del abuso de las intuiciones y premoniciones del “cerebro reptiliano” de su protagonista. Quizás, esta vez, la película sea mejor que la novela.