

EL PAÍS



![]() |
| Laura Poitras muestra el León de Oro obtenido por 'All the Beauty and the Bloodshed' |
Se juntaron dos guerreras. Detrás de la cámara, la cineasta Laura Poitras, capaz de poner en jaque al Gobierno de EE UU con sus obras. Y, como sujeto de su último documental, la fotógrafa Nan Goldin: una vida entera de batallas creativas, familiares e incluso una pelea casi imposible y, sin embargo, victoriosa contra la todopoderosa familia de millonarios Sackler. Inevitable, pues, que la película, All the Beauty and the Bloodshed, también ganara: este sábado ha recibido el León de Oro del festival de Venecia. Un triunfo merecido, pero no por eso menos inaudito: es la segunda vez que un documental domina el palmarés del festival de cine más antiguo del mundo. Sacro GRA, de Gianfranco Rosi, en 2013, fue el primero.

Por si alguien siente el impulso de pensar que Eli Roth pretende reinventarse como el nuevo Tim Burton o de sospechar que Amblin Entertainment está intentando clonar la mitología de Harry Potter, quizá sea necesario poner al lector en antecedentes. Detrás de una película tan inesperada en la carrera del director de Hostel (2005) como La casa del reloj en la pared hay, en realidad, un tributo a la memoria sentimental que viene de mucho más lejos: Roth nació un año antes de que el escritor John Bellairs debutase, tras transitar los registros de la literatura de humor y la fantasía, en el ámbito de la novela de terror para adolescentes con la primera aventura del huérfano Lewis Barnavelt. El minucioso, sofisticado y decadentista Edward Gorey fue escogido como portadista e ilustrador de esa obra que abriría una larga y fructífera relación profesional entre el artista y el escritor, que nunca llegaron a conocerse pese a la palpable afinidad de sus imaginarios. Frente a las populares aventuras de Los Tres Investigadores, de Robert Arthur, jr., que, anticipando el patrón de Scooby-Doo trataban lo sobrenatural siempre como representación e impostura, los trabajos de Bellairs y Gorey no domesticaban las vetas de terror e irracionalidad que heredaban de la tradición gótica. En definitiva, La casa del reloj en la paredera literatura juvenil que creía, sin subterfugios ni medias tintas, en fantasmas, muertos vivientes, hechizos y casas embrujadas.

Que la homosexualidad se cura es algo que hoy solo creen algunos fanáticos religiosos que mandan a sus hijos a terapia. Pero en los años cuarenta, aquellos tratamientos psiquiátricos gozaban de cierto prestigio, estaban en la onda de las terapias freudianas y a sus puertas llamaban chicos y chicas de clase bien que querían erradicar de su alma la pulsión que les abocaba a sentirse atraídos por seres del mismo sexo. A uno de estos psiquiatras acudió la joven Patricia Highsmith, una chica de Texas que estudiaba en Barnard, la prestigiosa universidad de mujeres al norte de Manhattan. Patricia andaba pensando en casarse con su novio, otro joven escritor, pero la conciencia íntima de su ambigüedad sexual le hizo ponerse en manos de un médico. No se lo tomaba muy en serio, o no quería realmente curarse, porque cuando le propusieron una terapia con un grupo de mujeres casadas que padecían una homosexualidad latente, la joven dejó escrito que le divertía imaginar que se ligaba a alguna de esas señoras ricas carcomidas por su desviación. Casadas, ricas, mayores que ella. Ese era el tipo de mujer por el que se sentía atraída aquella joven morbosa, que a los 27 años ya tenía en un cajón Extraños en un tren, publicada un año más tarde.
![]() |
| Cate Blanchett Foto de Daniel Jackson |