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miércoles, 31 de julio de 2024

Irene Vallejo / Quizás, quizás, quizás

 


Irene Vallejo 28 07 2024
FERNANDO VICENTE


Quizás, quizás, quizás

Mafalda ya nos advirtió del peligro: “El problema de las mentes cerradas es que siempre tienen la boca abierta”


Irene Vallejo

27 de julio de 2024


Somos seres opinadores y, en el frenesí de comentarlo todo, es fácil precipitarse por la rampa tramposa de la generalización apresurada. Las fotos veraniegas de las redes nos convencen de que todos los demás son más felices. La rabieta de un niño conduce a sermonear sobre los padres que ya no educan a sus hijos, y de ahí al declive de la familia hay un solo paso. Nada más tentador que convertir casos aislados en causa general. Este mundo de urgencias y apocalipsis otorga más credibilidad a las afirmaciones simplificadas, contundentes y sin fisuras, incluso vociferantes, como si fuesen prueba de conocimiento y capacidad de liderazgo, mientras ignora a quienes tienen el valor de compartir sus perplejidades. Olvidamos que, a veces, las cataratas de certezas brotan de los labios más intransigentes. Mafalda nos advirtió del peligro: “El problema de las mentes cerradas es que siempre tienen la boca abierta”.

lunes, 10 de octubre de 2022

John Berger / ¿Por qué miramos a los animales?





¿POR QUÉ MIRAMOS A LOS ANIMALES? – UN ENSAYO DE JOHN BERGER

MAL SALVAJE
24 de mayo de 2018

Los zoológicos públicos aparecieron al inicio del período que vería desaparecer a los animales de la vida cotidiana. Esos zoológicos, adonde va la gente para encontrarse con los animales, para observarlos, para verlos, son, en realidad, monumentos a la imposibilidad de tales encuentros. Los zoológicos modernos constituyen el epitafio a una relación que era tan antigua como el hombre. No suelen verse desde esta perspectiva porque nadie se cuestiona adecuadamente su existencia.

John Berger / Jackson Pollock


Jackson Pollock




JACKSON POLLOCK, UN ENSAYO DE JOHN BERGER


MAL SALVAJE
MARZO 12, 2019

En un período de desintegración cultural, como el que vivimos hoy en Occidente, no es fácil calcular el valor del talento individual. Algunos artistas tienen claramente más talento que otros, y se espera que quienes entienden profundamente el medio en el que operan sepan distinguir entre los más y los menos dotados. A la mayor parte de la crítica contemporánea solo le interesa establecer esta distinción; en general, el crítico actual acepta los objetivos del artista (siempre que no supongan un desafío a su propia función) y se concentra en la facilidad o la aptitud con las que los persiguen, o la carencia de las mismas. Pero esto elude la cuestión principal: ¿hasta qué punto puede el talento librar al artista de reflexionar sobre la decadencia de la cultura a la que pertenece, hasta qué punto puede eximirlo de cuestionarla?

John Berger y Ricardo Piglia / Vidas paralelas

 

John Berger


Vidas paralelas

Berger y Piglia: oficios de la escritura y la vida, por Federico Galende

16 de junio de 2017

Ambos autores, fallecidos en enero pasado, compartieron una mirada descreída sobre el oficio de escribir. En una época en que todos se definían a sí mismos como escritores, Berger veía en el quehacer literario tan solo una actividad solitaria e independiente. En ningún caso, una profesión. Por su parte, Piglia opinaba que se trataba de un acto ridículo, “una manía, un hábito o una adicción que al final se convierte en un modo de vivir, en un modo como cualquier otro”.

John Berger / Hacia la boda / Reseña





Hacia la boda, de John Berger

Javier Rodríguez Marcos
21 de marzo de 2020
En los próximos meses, aunque no haya librerías donde comprarlos, el coronavirus producirá una avalancha de libros que en su mayoría serán testimonios de cómo se vivió la enfermedad o la cuarentena. No será la primera vez. La epidemia del sida produjo en los años ochenta y noventa una contundente respuesta desde las artes plásticas y desde la literatura de testimonio, con memorias como las de Harold Brodkey –Esta salvaje oscuridad– o autoficciones como Al amigo que no me salvó la vida, de Hervé Guibert. La primera persona estuvo a la altura, pero faltaba la gran novela. La escribió John Berger en 1995: Hacia la boda.

Kit de supervivencia cultural para el encierro (día 8)
Sabemos que todos los libros tratan de los temas eternos y que todo lo que pueda decirse del amor y la muerte lo escribieron Ovidio y Shakespeare, pero hay algo que ningún clásico pudo escribir, por ejemplo, una novela de amor en los tiempos del sida. En la suya, Berger cuenta el viaje a Italia de los invitados a un casamiento desde distintos puntos de Europa. El resultado convierte el Cantar de los cantares en una road movie coral. Unos padres, una hija, su futuro marido y un médico portador de malas noticias son algunas de las voces que suenan en las 200 páginas de un libro –sapiencial y sabio– lleno de observaciones fulgurantes como la descripción de una peluquería en la que hay “confianza en lugar de espejos” o como esta pregunta: “¿Qué haremos antes de la eternidad?”. Y esta respuesta: “Tomarnos algún tiempo”. John Berger donó los derechos de autor de su novela al comité ciudadano anti-sida de Madrid. Como decían los clásicos, donde hay dolor hay un lugar sagrado. 
EL PAÍS

Geoff Dyer / Recordando a John Berger

John Berger

Recordando a John Berger

Por Geoff Dyer
Traducción de Patricio Tapia

18 de enero de 2019


A dos años de la muerte del gran crítico de arte, ensayista y novelista británico, quien fuera su amigo y de alguna forma su heredero –también es autor de libros inclasificables que mezclan experiencia, viaje y reflexiones culturales– destaca la humanidad de hombre que se empeñó por establecer relaciones de igualdad y que optó por resistir los embates de la historia con una exquisita mezcla de generosidad y pesimismo. “Cuando muera –recuerda Dyer que dijo Berger, al modo de una última utopía–, quiero ser enterrado en tierra de la que nadie sea dueño”, es decir, un espacio de todos.

martes, 24 de agosto de 2021

John Berger / Volar con Berger


John Berger

Volar con Berger

El poeta y la artista Marisa Camino dibujan 'Cómo crece una pluma'


JUAN CRUZ
Madrid 28 NOV 2006

Cuando ayer le preguntamos a John Berger qué le preocupa del mundo que hay alrededor, el poeta inglés estuvo 47 segundos pensándose bien una respuesta.

domingo, 1 de julio de 2018

John Berger / Maneras de ver


John Berger
MANERAS DE VER
WAYS OF SEEING



John Berger / Testigo y cronista del mundo



John Berger



John Berger
TESTIGO Y CRONISTA DEL MUNDO

Extracto de las conversaciones mantenidas los días 4 y 5 de mayo de 2006 con John Berger a raíz de su participación en el ciclo Esclavos del siglo XXI, organizado por el Aula de Cultura de la CAM en Alicante. John Berger falleció el pasado 2 de enero (2017).

John Berger / King / Una historia de la calle


John Berger
King: una historia de la calle

Berger denuncia el materialismo y la bajeza a la que ha llegado la sociedad moderna, que no sólo margina a quienes no soportan sus exigencias, sino que los olvida e ignora 


JOSÉ ANTONIO GURPEGUI | 18/10/2000 |


Me resisto a creer que se trate de una simple moda la temática común que se puede apreciar en algunas novelas norteamericanas de los últimos años, y por últimos años entiendo desde 1990. Me refiero a obras en torno a la miseria humana, no miseria ética o conceptual, sino miseria física, existencial y vital. Creo que fue Paul Auster, con El país de las últimas cosas quien primero trató el tema de los desheredados, de los sin techo (aunque no fuera ése el motivo principal de la novela) en los Estados Unidos, y sin duda ha sido Frank MacCourt, aunque se trate de otro tiempo y otro país, quien más corazones ha conmovido con sus Cenizas de ángela. Pero desde luego no son los únicos ni quienes con mayor dureza han reflejado ese tercer mundo que cohabita, codo con codo, junto al primero. En 1999 L. Strinberg publica Invierno en Grand Central, donde comenta sus propias experiencias viviendo en las calles de Nueva York y este mismo año también hemos podido disfrutar la novela de Joseph Mitchell El secreto de Joe Gould, donde volvemos a encontrar como protagonista a un “pordiosero” neoyorkino.

lunes, 6 de febrero de 2017

John Berger y el Pompidou

John Berger
Berger y el Pompidou

La muerte del autor de ‘Modos de ver’ coincide con el cuarenta aniversario del centro cultural y museo que modificó de raíz el acceso del público al arte en todas partes

MERCÈ IBARZ
3 ENE 2017 - 18:00 COT




Centre Pompidou en París.  SIME
El Pompidou abrió el 31 de enero de 1977, tras una larga y compleja historia de desencuentros entre políticos, gestores y analistas culturales. Lleva el nombre del presidente que lo mandó construir, en el corazón del antiguo mercado de abastos de Les Halles, pero que no lo vería nacer: se murió antes y lo inauguró su sucesor Chirac. Acostumbrados hoy a ver surgir museos y centros de arte mastodónticos, en una pequeña ciudad en los noventa españoles o en Uzbekistán recientemente, puede costar imaginar qué supuso el Pompidou.

Para despedir a John Berger. / Una visita a su refugio de invierno


John Berger
Para despedir a John Berger.

Una visita a su refugio de invierno

Matilde Sánchez
03 / 01 / 2017

Demostraba una militancia a favor del contacto directo; no tenía agente literario para la prosa breve. Después de haber recibido sus materiales periodísticos desde los años 90 por fax, empezamos a comunicarnos por correo electrónico con Beverly Bancroft, que siempre enviaba “un abrazo de John”.

John Berger / Beverly, madre y esposa


John Berger

Beverly, madre y esposa

El escritor John Berger y su hijo, el pintor Yves Berger, han elaborado un para para plasmar la evocación del otro pilar fundamental de su familia, Beverly Bancroft, fallecida hace dos años.





Rondó para piano, en Do mayor, Op. 51 Nº 1
 "Moderato e grazioso"
Ludwig van Beethoven

Habían pasado cuatro semanas desde la muerte de su mujer, Beverly Bancroft, cuando una noche John Berger (Londres, 1926) se sentó, en medio de la soledad de su casa, a escuchar el Rondó número 2 para piano (op.51), de Beethoven. “Durante casi nueve minutos, por lo menos, fuiste ese rondó, o ese rondó se convirtió en ti. Contenía tu levedad, tu persistencia, tus cejas arqueadas, tu ternura”, escribe Berger en Rondó para Beverly (Alfaguara), un pequeño gran libro, realizado en complicidad con su hijo, el pintor Yves Berger, quien ilustra la mayor parte de esta cincuentena de páginas, en donde ambos comparten, además, algunas fotos del álbum familiar: el estudio de Beverly, marido y mujer en la nieve (imagen tomada por Jean Mohr en 1976) y la casa de ambos en Quincy, en los Alpes franceses.

viernes, 13 de enero de 2017

Juan José Millás / R.I.P.






John Berger fotografiado en Barcelona durante la inauguración de la instalación de Isabel Coixet “De A para X”. MARCEL.LI SÁENZ



R.I.P.

¿Dónde se refugia el yo cuando recibimos una mala noticia; dónde cuando nos dan una alegría; dónde cuando necesita estar solo?


JUAN JOSÉ MILLÁS
12 ENE 2017 - 18:00 COT


Lo primero que el médico de John Berger preguntaba a sus pacientes era en qué lugar de su cuerpo vivían. ¿En qué parte de su cuerpo vive usted, en el hígado, en el corazón, quizá en el aparato locomotor o en el reproductivo? ¿Pasa más tiempo en el estómago que en los pulmones? ¿Prefiere para el invierno la región abdominal y para el verano la pélvica? ¿Cuántos días al año visita ese suburbio denominado espalda? ¿Cuánto tiempo se detiene en el culo? Configurado así el cuerpo como una ciudad de provincias, cabe preguntarse cómo nos trasladamos de unas partes a otras de su geografía y cuántas veces al día vamos, no sé, del cerebro a la columna vertebral o de los ojos a la boca, donde reina un músculo húmedo que llamamos lengua.
¿Se trataba acaso de una manera de averiguar dónde les dolía a sus pacientes o la pregunta se atenía a su significado literal? ¿Puede el yo, ese extraño ser que nos habita, instalarse indistintamente en las diferentes capas de la piel o en las entretelas de los intestinos? ¿Dónde se refugia cuando recibimos una mala noticia; dónde cuando nos dan una alegría; dónde cuando necesita estar solo? Pero si consideramos que, además de por un yo, estamos okupados por un tú que se manifiesta cuando se dirigen a nosotros (¿tienes fuego, por favor?) y por un él, que aparece cuando hablan de nosotros (ese tipo es imbécil), ¿en qué parte del cuerpo reside cada uno? ¿Comparten habitación, son vecinos, se comunican entre sí?

¿Dónde viven, en fin, mi yo, mi tú, mi él, dónde, incluso, mi ello? ¿Son todas esas instancias personales variedades de una sola o forman un grupo de pronombres que se disputan la misma víscera, la misma oquedad, la misma glándula? Muy agudo, el médico del difunto Berger. R.I.P.

jueves, 5 de enero de 2017

John Berger / Palabras emigrantes



John Berger
PALABRAS EMIGRANTES



Migrant words by John Berger

En un puñado de tierra 
he enterrado todos los acentos 
de mi lengua materna 

allí yacen 
como agujas de pino 
reunidas por las hormigas 

Puede que algún día 
el llanto balbuciente de otro vagabundo 
las incendie 

entonces caliente y consolado 
oirá toda la noche 
la verdad como una nana



1980



RIMBAUD
John Berger (1926-2017) / L’humanisme fait art





John Berger / Despedidas


John Berger
DESPEDIDAS



Los huéspedes más alegres han partido 
desaparecieron los verdes atavíos 
la luz sin sombra acepta de mala gana 
la escarcha en los cristales. 

Donde amantes y hierbas 
gastaron sus semillas 
en grietas de hierro 
ahora el hielo hace las camas. 

Pero no te complazcas en la pena, 
ojo de ratón del petirrojo, 
silencio reptante, 
estas cautelosas líneas, 

en sus circunloquios 
son silenciosos testigos 
de la persistente 
ocupación del hombre.







miércoles, 4 de enero de 2017

John Berger / “El silencio no miente”


John Berger

John Berger: “El silencio no miente”

El pintor y escritor británico cumple 90 años y publica en España Rondó para Beverly, un sentido homenaje a su esposa fallecida


Juan Cruz
9 de noviembre de 2016


Impone el silencio de John Berger. Como si la edad, el tiempo, las palabras se detuvieran en su pelo revuelto, en la experiencia física de los dolores, en sus ojos azules y vivos, inquisitivos y adolescentes, para ser solo pensamiento y mirada.
Está echado en su chaise longue, en la casa en la que vive, cerca de París, frente a la claraboya abierta al patio, donde escribe o pinta, y no está echado porque quiera reposar de una noche larga, sino porque este atleta de la carretera, que hace nada se cruzaba Europa a bordo de una moto, tiene dolor de espalda, lo vence ese dolor. A veces se levanta, viaja por la casa como un pájaro mudo, y luego vuelve ahí, al lecho y al dolor, y al dolor, también, de las palabras. Ha escrito muchos libros en los que están el dolor, el placer, el descubrimiento, la pasión del arte, y se remite a ellos cuando le hablas de lo que pasa en el mundo, de lo que piensa del fin de la historia que proclamaron antes de tiempo, de la inmigración, de la que también ha escrito, de lo que supone vivir, y de la memoria, de la orfandad que siente y que está detrás de todas sus líneas autobiográficas, en Siempre bienvenidos (Huerga & Fierro), por ejemplo, y que ahora vuelve, en un libro recién editado en Inglaterra y del que él lee unos párrafos, otra vez, sobre esa orfandad.

De todos esos rasgos humanos, rabiosamente humanos y despiertos, destaca este hombre de 90 años, escritor, pintor, ensayista, poeta y huérfano, el silencio que distingue el comienzo de cada una de sus palabras, como si las dijera a cincel. Cada una de sus sílabas, podría decirse, es el brochazo de un autorretrato, y no necesariamente de pluma o de lápiz sino de sangre, como si arañara con su uña de obrero sobre la piel de su vida.
En Siempre bienvenidos, de 1991, escribe Berger sobre la orfandad: “Ahora, la verdad es que no tengo miedo a la oscuridad. Mi padre murió hace 10 años y escribo lo presente un mes después del fallecimiento de mi madre a los 93 años. Quizás sería un buen momento para iniciar una autobiografía. La versión de mi vida no puede alejarse de ambos, ni de mi padre ni de mi madre. Y el libro, cuando lo acabara, sería en consecuencia una especie de familiar. Una autobiografía se inicia cuando uno tiene la sensación de encontrarse solo. Es la resultante de un sentimiento de orfandad”.
Eso que parece escrito, como todo lo suyo, con la facilidad de la música y de la poesía, es el resultado de horas de tachadura y revisión; relee un texto nuevo, en inglés, como si estuviera observando las palabras como piedras, o esculturas, o cuadros en los que vierte el ruido de las flores, su esplendor diverso y también la soledad a la que remiten las flores desnudas. Por eso, porque escribe releyendo y tachando, como Rulfo, Brecht o César Vallejo, sus poetas, se resiste a hablar de lo que ya dijo en sus libros. “Escribo cada página tres o cuatro veces, cambiando palabras para intentar llegar a la precisión de la lógica y el pensamiento que el lector puede agarrar. Porque vivimos en un mundo rodeado de palabras, bla, bla, bla… Si alguien quiere saber qué he dicho de cada cosa, que vaya a los libros”. Que vaya, por ejemplo, al libro que escribió sobre la inmigración, en The Seventh Man, “un libro que quizá es más relevante hoy que cuando lo escribí; si quiere saber qué pienso de la inmigración ahora que lea ese libro, que mire esas fotos [de Jean Mohr]… Y si quiere saber qué pienso de este siglo que comienza y sobre el supuesto fin de la historia que lea el último libro que escribí a partir de Baruch Spinoza [El cuaderno de Bento, Alfaguara]”.
A su auxilio como artista acude la pintura. ¿Acaso hay cosas que no pueden decir las palabras, y que tampoco puede decir ese imponente silencio que precede a lo que dice? Berger, de nuevo en silencio, como si tuviera una mano levantada, un muro de aire a través del que ve viniendo lo que querría decir. Es un hombre orando en medio de un desierto al que de pronto se asoma, otra vez, el verbo, como si lo estuviera pesando en relación, precisamente, con el aire a través del que se ha abierto paso. “Creo que la pintura nos muestra cosas que la escritura no puede. Igualmente, la escritura nos cuenta historias y pensamientos que la pintura no puede”.



La pintura nos muestra cosas que la escritura no puede y la escritura nos cuenta historias y pensamientos que la pintura no puede

Sus libros son él mismo; el que está aquí, reposando el dolor, es sólo la dimensión física de esos libros. “Cuando escribo un libro imagino una obra en construcción, llena de constructores, personas a las que estoy leyendo, de mis amigos. Para cada libro, la obra es diferente. Allí trabajamos tal vez durante años, y luego si en esa zona de obras aparece un edificio ya estoy solo yo en ese edificio, y salgo de él y simplemente me siento como un superviviente”. Esos amigos que lo acompañan pueden ser amigos cercanos o gente que no conoció, “y pueden ser del otro lado del mundo o de hace siglos… Hace poco tuve la increíble oportunidad de bajar a las cuevas prehistóricas de Chauvet, de hace 30.000 años. En los muros hay animales pintados, y también huellas de manos. Cuando contemplé una de esas manos estaba casi a solas. Me sentí como un vecino”. Sus libros, también los de ficción (como G., novela reeditada por Alfaguara ahora), están en efecto llenos de gentes, de amigos reconocibles (como Juan Muñoz, escultor, que aparece con su genio creador, y con su humor imparable), y de golpes de vida, “porque yo no entiendo la ficción como categoría. Si quieres contar una historia no te vas a una categoría llamada ficción. Lo que haces es escuchar a la gente. El contador de historias es ante todo uno que escucha. Y lo que busca son historias que cuentan los demás, normalmente sobre su vida o sobre la vida de sus amigos. Para mí de eso va el contar historias, no la ficción”.
Son golpes de vida. “Cuando estoy escribiendo un libro todo lo que pasa está, de una manera u otra, tocado por mi vida en ese momento. Pero cuando acabo el libro, buah, me olvido, lo borro de mi mente para hacerle sitio a otra historia”.
—¿Cuál es su estado mental cuando empieza a escribir?, John.
Silencio.
Y la respuesta:
—Me vuelvo consciente de que hay algo que necesita ser dicho. Puede ser algo grande sobre el mundo, o algo sobre el aspecto de una flor en un jarro, por alguna razón o por otra. A veces me digo: quizá lo diga otro. Y a veces la respuesta es: no, si no lo dices no será dicha. Y entonces tengo que escribir.








En el libro que aparece ahora en Reino Unido [Confabulations] Berger regresa a su infancia. Lo relee cuando sale la niñez, otra vez, en las preguntas. Esta es la traducción de lo que él lee, el libro aún no ha sido vertido al español por su traductora de siempre, Pilar Vázquez. “Hace poco releí el maravilloso libro de Albert Camus El primer hombre. En él busca en su infancia aquello que le convirtió en lo que es hoy. Y lo hace sin rastro de egocentrismo. Es un libro sobre el mundo en aquel momento, y sobre la historia. Después de leerlo me empecé a preguntar qué me ha convertido a mí en el contador de historias que soy. Y di con una pista, nada comparable a lo que encontró Camus. En cuanto tuve memoria he tenido la sensación de ser una especie de huérfano extraño, porque mis padres me amaban, no había nada patético en mi condición. Algunas circunstancias materiales, sin embargo, hacían posible esta situación e incluso la animaban. Veía poco a mis padres. Cuando estaba en casa me cuidaba una institutriz de Nueva Zelanda mientras mi madre hacía pasteles y caramelos para venderlos en el mercado. Esto era en los años treinta y a mis padres les costaba llegar a fin de mes. Y en las dos habitaciones en las que vivíamos la institutriz y yo había un armario enorme y cuando venía me metía allí. De vez en cuando mi madre subía a vernos y a traernos caramelo recién hecho. Desde pequeño me mandaron a internados, y mis padres me venían a visitar una vez al trimestre y me sacaban por ahí un sábado. A los 16 años me escapé del internado y encontré la manera de vivir de forma independiente, con amigos, en Londres”.
Se hace el silencio. John prosigue:
“En Navidades íbamos a visitar a mis padres y a celebrar, y mi padre me dio mi primera moto. A mis 18 años le pedí que posara para mí y le hice un retrato que tengo aquí. Cuando era niño él había querido ser pintor, pero no le dejaron, y guardaba como recuerdo un cuadro que había hecho sobre un plato de metal como una especie de talismán. Y como huérfano uno aprende a ser autosuficiente, y los trucos de los oficios que eso requiere. Uno se hace freelance,un freelance desde los cuatro o cinco años más o menos. Trataba a los demás como si también fuesen huérfanos como yo, y creo que eso lo sigo haciendo. Propongo una conspiración de huérfanos, rechazamos toda jerarquía, damos por sentada la mierda del mundo e intercambiamos historias sobre cómo, a pesar de todo, sobrevivimos. Somos impertinentes. Más de la mitad de las estrellas del universo son huérfanas, no pertenecen a constelación alguna y arrojan más luz que todas las estrellas de constelación. Sí, somos impertinentes, y yo me acerco a los lectores de la misma manera, como si ellos también fueran huérfanos”.
¿Qué sentimiento tiene releyendo ese párrafo sobre la orfandad? “Creo que pensé en mi madre. Cuando era muy anciana, como a la edad que tengo ahora, me dijo que, cuando estaba embarazada de mí, su primer hijo, sintió que esperaba que ese niño fuera escritor. ‘Y nunca te lo dije para no influir en ti’. ‘¿Y por qué nunca has leído mis libros?’, le pregunté. ‘Porque quería que siguieran siendo tan buenos como yo imaginaba que eran”.
—Igual usted los borra de su mente por la misma razón.
—¡Síííí! ¡Jajajaja!
—A esa edad que usted tiene su madre le dijo a Katia, su hija, su nieta: “Cuando seas muy vieja te darás cuenta de lo difícil que es convencer a los demás de que estás feliz”.
—Estaba contenta, la recuerdo decir eso. La tomé de la mano y me dijo: “¿Me das la mano para consolarme? Es muy agradable, pero puedo vivir sin ello, y así estarás más relajado… De niño, cuando venía a darme las buenas noches, ponía el sonido de su voz bajo la almohada para que estuviera conmigo toda la noche.
—En sus libros están la soledad, la ternura y la fuerza. Parece aquello que decía Ernesto Guerra, hay que endurecerse pero nunca perder la ternura…
—Sí, me acuerdo de esa cita del Che… Qué razón tiene. Eso estaba en mi cabeza. Es un pensamiento hermano… ¿Le cuento una historia? Me convertí en escritor porque quería ser pintor. Estaba en la escuela de arte. Una amiga me llevó a la BBC a que describiera cuadros. El primero que escogí fue uno de Van Dyck, en la National Gallery. Cinco minutos de radio, y así me fui haciendo escritor.
Mira como un pescador; dice con los ojos y con la palabra. “Sí que miro como un pescador, al interior del agua, a ver lo que hay bajo los bancos del lago, a ver si hay un pez o si esas burbujas muerden, ¡jajajaja!”.
El mundo es ahora, dice Berger, una carga de la caballería de los especuladores, las decisiones las toman ellos, los políticos solo hablan. Tal vez pase que una nueva política se abra paso, “seguro que yo no viviré para verlo”.
Berger echado en su chaise longue, el periodista preguntando. Le pregunté cuál es el valor del silencio:
—El silencio no miente.
Luego se levantó para decir adiós, su mano poderosa sobre la puerta, los ojos azules de pescador impecable. El abrazo fue también un beso a un niño huérfano en sus ya tan innumerables años. Hoy cumple los 90.
Alfaguara acaba de editar Rondó para Beverly (con su hijo Yves, sobre su esposa fallecida en 2013), El cuaderno de Bento, Con la esperanza entre los dientes, G. y Una vez en Europa.