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Alfred, el marido de O’Keeffe
Cada uno de los cuadros mostrados en las sucesivas exposiciones de la pintora durante los años veinte en Nueva York eran una suerte de autorretrato
Estrella de Diego
30 de abril de 2021
Cuando faltan sillas las mujeres tenemos que irnos al sofá. Le ha ocurrido a la presidenta de la Comisión Europea en una escena memorable. Su compañero, el presidente del Consejo Europeo, la dejaba sentarse retirada, mientras él sonreía para la foto desde la poltrona de honor. Desde luego, la principal culpa de ese destierro no era del anfitrión, sino de quien no se sentaba en el sofá también. Y hubiera dado igual que el desterrado fuera hombre o mujer. Cualquiera que tuviera internalizado lo improcedente de las exclusiones, hubiera podido evitar su propio ridículo. También se llamaría tacto, o cuidados, como se dice ahora en ese afán absurdo de renombrarlo todo. La presidenta, ha confesado, se sintió sola y me pregunto cuánto poder necesita tener una mujer para no sentirse sola, para no acabar siendo la excepción de una forma u otra.