Nadia Léger, desconocida artista de la vanguardia, nunca dejó de creer en el sueño soviético. Una exposición en la capital francesa recupera su obra
MONIKA ZGUSTOVA
15 MAR 2025 - 05:40 CET
El Museo Maillol de París expone por primera vez la obra de una pintora hasta ahora bastante desconocida para los amantes del arte y el público en general. En el cartel que invita a la muestra (que permanecerá abierta hasta el 23 de marzo) aparece el autorretrato de una mujer enigmática: Nadia Léger (1904-1982). Al entrar en la exposición sorprende el estruendo de las marchas militares soviéticas. Y es que Nadia fue toda su vida una fervorosa comunista; esta es la primera información que ofrece la muestra junto con sus retratos de Lenin, Stalin y Brézhnev, entre muchos otros personajes relevantes de la Unión Soviética.
Stalin retratado en su despacho por el fotgrafo estadounidense James Abbe (1883_1973), el 13 de abril de 1932. EFE
Joshua Rubenstein: “A Stalin, la paranoia lo volvió débil, vulnerable”
El autor de "The last days of Stalin" sostiene que la muerte del líder fue desaprovechada por EE.UU. para distender el mundo y que solo unos pocos nostálgicos lo reivindican en la Rusia actual. Esta semana se estrena por streaming "State funeral", el documental que muestra imágenes inéditas de su faraónico velorio.
Héctor Pavón
25 de mayo de 2021
"Hablar sobre Stalin es una pesadilla para usted?”. “No. Lo disfruto. La muerte de Stalin es algo para celebrar”, sostiene unJoshua Rubenstein sonriente a través de la pantalla de Zoom. Es historiador estadounidense y en 2016 publicó The last days of Stalin (aún sin traducción en castellano). Una reconstrucción al detalle de los últimos y controvertidos días de Stalin y de esa URSS sin su líder más sangriento, componen esta biografía del académico de la Universidad de Harvard. Rubenstein fue director regional deAmnistía Internacional en su país. Es autor de libros sobre cultura y política soviéticas y también sobre el Holocausto.
Como deja claro Joshua Rubenstein en su nuevo libro Los últimos días de Stalin, un imperio que siembra miedo lo cosecha.
POR
DAVID MIKICS/ 30 DE MAYO DE 2016
Josef Stalin se desplomó solo en la madrugada del 1 de marzo de 1953, después de despedirse a las cinco de la mañana de su círculo íntimo. Los compinches del dictador, Nikita Khrushchev, Lavrenti Beria, Georgy Malenkov y Nikolai Bulganin, se habían visto obligados a soportar otra larga cena empapada de licor con su líder y, antes, una película (Stalin adoraba las películas de Hollywood). Una semana después, la noche del 5 de marzo, la hija de Stalin, Svetlana, presenció los últimos momentos de su padre mientras yacía luchando por respirar en su dacha en un suburbio de Moscú. “De repente levantó su mano izquierda como si estuviera señalando algo arriba y lanzando una maldición sobre todos nosotros”, escribió más tarde. “El gesto era incomprensible y lleno de amenaza, y nadie podía decir a quién o a qué podía estar dirigido”. Unos segundos después, Stalin estaba muerto.
Prisioneros del gulag de Vorkutá, uno de los más grandes de la Unión Soviética, en 1945.LASKI DIFFUSION
El comunismo, en tres palabras para los escritores y artistas: censura, represión, muerte
El periodista y editor Manuel Florentín publica una gran crónica de la persecución que los regímenes totalitarios han perpetrado contra intelectuales y creadores, desde la Unión Soviética de Lenin a la Nicaragua de Ortega
“Lo que recibe el nombre de comunismo no es otra cosa que fascismo con bandera roja” (Valentín González, El Campesino, comunista español, teniente coronel en la Guerra Civil y antiestalinista).
Sucedió en la primavera de 1992, pocos meses después de proclamarse la independencia de Ucrania. Joseph Brodsky, el premio Nobel de Literatura ruso exiliado en Estados Unidos, lanzó una pregunta que delataba el sentir ruso que alienta hoy la invasión de Ucrania. Brodsky participaba en un debate sobre poesía eslava en la Universidad Rutgers de Estados Unidos con el polaco Czeslaw Milosz y Oksana Zabuzhko. Cuando esta fue presentada como poeta ucrania, Brodsky preguntó en tono de burla: “¿Dónde está Ucrania?”. Zabuzhko, que se sentaba entre él y Milosz, respondió: “¿No lo ve? Está donde siempre, entre Polonia y Rusia”.
Los soldados rusos toman posiciones durante la batalla de Stalingrado.STF
Stalingrado y “el carácter inquebrantable del pueblo ruso”
Vladímir Putin sigue cultivando el mito de la Gran Guerra Patriótica para justificar la invasión de Ucrania
José Andrés Rojo
2 de febrero de 2023
En algún momento de su monumental novela Stalingrado,Vasili Grossman se refiere al motor que impulsaba a buena parte de quienes se batían a muerte con las fuerzas nazis que invadieron la Unión Soviética en 1941: “Una idea tan sencilla como ‘quiero que las personas trabajadoras vivan libres, felices y prósperas en una sociedad justa y emancipada’ fue la razón fundamental que guio las extraordinarias vidas de muchos revolucionarios y pensadores”. Los desmanes y el terror de Stalineran tan notorios que nadie podía llamarse a engaño, pero la voluntad de frenar al enemigo se impuso y, con el tiempo, la Unión Soviética fue una de las grandes potencias vencedoras en la que allí se conoce como la Gran Guerra Patriótica. Vladímir Putin lleva tiempo intentando aprovechar aquella gesta para alimentar su relato ultranacionalista, y el último paso podría ser el de volver a nombrar Stalingrado a Volvogrado.
En junio de 1934, Joseph Stalin llamó al escritor Borís Pasternak a propósito de la detención del poeta Osip Mandelstam. La conversación no duró más de tres minutos, pero luego adquirió proporciones míticas. En ‘Tres minutos. Sobre el misterio de la llamada de Stalin a Pasternak’, el escritor albanés Ismaíl Kadaré convierte en una novela fascinante las diferentes versiones de esta legendaria llamada entre el dictador y el futuro autor de ‘Doctor Zhivago’ y Premio Nobel
Javier García Recio 19 de noviembre de 2023
Es preciso una referencia al contexto.Los rusos siempre han sido grandes admiradores de la poesía y de sus poetas. Aman la poesía. En 1934, Borís Pasternak, Osip Mandelstam y Anna Ajmatova, especialmente, son los poetas aclamados y admirados en Moscú, San Petesburgo y otras grandes ciudades. Los moscovitas conocen y recitan sus poemas, llenan los teatros para oírlos recitar, los aclaman por las calles. Son personajes populares y queridos.Al otro lado, Josep Stalin llevaba ya diez años ejerciendo su poder tiránico y había puesto ya en marcha sus famosas purgas.
‘Tres minutos’, de Ismaíl Kadaré: el dictador que llamaba a los poetas
El eterno candidato al Nobel analiza con un tono irónico algunas de las versiones sobre la llamada telefónica que hizo Josef Stalin a Boris Pasternak en 1934
MONIKA ZGUSTOVA
“El camarada Stalin quiere hablar con usted”, oyó Boris Pasternak cuando descolgó el teléfono un día de junio de 1934, en Moscú.
Fotograma de la película rumana 'Boda muda' extraído de IMBD.
‘Boda muda’, entre la realidad y el imaginario de Rumania
La comedia de Horatiu Malaele habla de los absurdos que provocó la muerte de Stalin en los países del ámbito comunista de Europa del Este
Raúl Sánchez Costa
Bucarest, 3 de abril de 2024
Entre la realidad y el imaginario. Esa es la frontera por la que se mueve la película rumana Nunca Muta (Boda muda, ahora en Netflix). Un largometraje sobre lo absurda que puede ser la historia, sobre cómo los destinos individuales se destruyen por la ceguera colectiva y cómo la comedia más vivaz puede degenerar en tragedia. “Se trata de una historia real que tuvo lugar en el bloque de la Europa del Este, cuando la humanidad se encontraba en un curioso e inexplicable letargo”, explica Horatiu Malaele, director del filme y actor. En concreto, sobre los absurdos que provocó la muerte de Stalin en los países del bloque comunista de Europa del Este. Y sobre cómo aquel episodio ha quedado grabado en el imaginario popular de Rumania, como demuestra el éxito que ha tenido el filme allí.
Una señal de tráfico en Volgogrado en la que se lee "Stalingrado", este martes.STRINGER (
GUERRA DE RUSIA EN UCRANIA
El Kremlin trata de recuperar el nombre de Stalingrado
El partido del presidente ruso rehabilita la figura del antiguo dictador soviético e insiste en comparar la guerra de Ucrania con la cruenta batalla de la II Guerra Mundial
Javier G Cuesta Moscú, 1 de febrero de 2023
Vladímir Putin confesó una vez al cineasta estadounidense Oliver Stone que “Stalin fue un producto de su época”. El dictador soviético era, a ojos del presidente ruso, una figura histórica víctima de “una excesiva demonización”. En el presente, en la época marcada por la invasión rusa de Ucrania, las autoridades presionan para renombrar de nuevo la ciudad de Volgogrado como Stalingrado. El mandatario visita este jueves la urbe con motivo del 80º aniversario de la victoria que encauzó la guerra contra el nazismo. Las glorias del pasado, incluso las que se atribuyó a Stalin, son un activo político muy valioso para sus justificaciones del presente.
El Parlamento de Volgogrado impuso en 2013 la tradición de cambiar el nombre de la ciudad durante 24 horas cada 2 de febrero, día de la derrota del VI Ejército alemán en Stalingrado, aunque la iniciativa no llegó a cristalizar en una tradición, ya que no se cumplió todos los años, como en 2017. Fue una de las iniciativas emprendidas por aquella época por las autoridades para fomentar el patriotismo, como la muy popular cinta de San Jorge. Este año, sin embargo, la campaña ha ido mucho más lejos y los letreros de la ciudad fueron sustituidos ya el lunes 30 de enero.
El líder del Partido Comunista Ruso, Gennady Zyuganov, asiste al desfile por la celebración del 80 aniversario de la rendición de la Alemania nazi en Stalingrado, que se celebra este jueves.NATALIA KOLESNIKOVA (AFP)
La exaltación de la figura de Stalin en el presente se ha materializado incluso en la aprobación en junio del año pasado de una ley que prohíbe establecer paralelismos entre el Tercer Reich y la Unión Soviética, y entre las acciones de sus ejércitos durante la II Guerra Mundial. Ello incluye hasta penas de 15 días de cárcel por “delitos” como denunciar las conquistas territoriales que obtuvo Moscú en Polonia a través de las cláusulas secretas del pacto Molotov-Ribbentrop, cuya existencia fue revelada por el Gobierno de Mijaíl Gorbachov.
Putin, al que la directora de Russia Todayha llegado a referirse con el mismo título que ostentaba Stalin (Vozhd, caudillo), calificó el pacto de Stalin y Hitler de “inmoral” en una carta abierta a Polonia. Década y media después, aquellas afirmaciones son delito, porque su nueva versión oficial es que el acuerdo con el Tercer Reich fue solo una forma de ganar tiempo.
A pesar de este fervor nostálgico, las encuestas del propio Kremlin demuestran que la población está en contra de renombrar a su ciudad en homenaje a Stalin. Según los sondeos del centro estatal VtsIOM, un 67% de los habitantes de Volgogrado rechazan la medida porque la consideran un derroche de dinero y un sinsentido. La mayoría de los consultados critican la iniciativa con el argumento de que no se debe vivir en el pasado.
El Kremlin, por su parte, intenta vincular su guerra contra Ucrania con la II Guerra Mundial a base de repetir que Kiev es un supuesto “régimen a desnazificar”. El recuerdo en cada hogar de la que en Rusia se conoce como Gran Guerra Patria y las millones de vidas perdidas en la lucha contra el Tercer Reich son sus bazas. Por ello, las autoridades de Volgogrado han planteado cambiar su nombre a través de varias iniciativas ciudadanas, incluidas varias formadas por veteranos tanto de batallas de hace 80 años como de las actuales en Ucrania.
Referéndum sobre el cambio de nombre
El Gobierno de la región se plantea celebrar un referéndum sobre el cambio de nombre. Y el partido de Putin, Rusia Unida, ha instruido a sus políticos a hacer comparaciones esta semana entre la ofensiva sobre Ucrania y la batalla de Stalingrado, “aquella línea de donde es imposible retirarse”. Al preguntarle si Volgogrado, la ciudad del Volga, podría volver a honrar el nombre de Stalin definitivamente, el portavoz del Kremlin, Dmitri Peskov, ha eludido una respuesta clara: “No puedo confirmar nada”.
Putin visitará Volgogrado hoy. En su agenda figura depositar una ofrenda floral ante la Llama Eterna del Salón de la Gloria Militar, situado en la colina de Mamáyev Kurgán, y pasear por el museo-panorama dedicado a la batalla de Stalingrado. En su entrada fueron inaugurados este miércoles tres bustos con las efigies de Stalin, como comandante supremo de las Fuerzas Armadas de la URSS, y de los mariscales Gueorgi Zhúkov y Aleksandr Vasilevski, responsables de la primera gran victoria soviética.
A propósito de la crisis Rusia-Ucrania, fragmento de “Hambruna roja”, la investigación de la historiadora y periodista Anne Applebaum sobre una guerra que cobró la vida de al menos cinco millones de personas entre 1931 y 1934 en la antigua URSS, de los cuales cuatro eran ucranianos.
Anne Applebaum ha recibido del Premio Pulitzer por "Gulag" y fue finalista del National Book Award por "El Telón de Acero". Con “Hambruna roja”, sello Debate, ganó en España los premios de periodismo de El Mundo y el Francisco Cerecedo 2021.
Las señales de advertencia eran abundantes. A principios de la primavera de 1932, los campesinos de Ucrania comenzaron a pasar hambre. Informes de la policía secreta y cartas escritas desde regiones productoras de cereal de toda la Unión Soviética —el Cáucaso septentrional, la región del Volga, Siberia occidental— mencionaban a niños con el estómago hinchado por el hambre, familias que comían hierba y bellotas o campesinos que abandonaban sus hogares en busca de comida. En marzo, una comisión médica encontró cadáveres en las calles de una aldea situada cerca de Odesa. Nadie tenía la fuerza suficiente para enterrarlos. En otra aldea, las autoridades locales trataban de ocultarles la mortandad a los forasteros. Negaban lo que estaba ocurriendo, aunque estuviese sucediendo ante los ojos de los propios visitantes.
Los 25.000 polacos que Stalin asesinó: así fue el mayor crimen soviético de la II Guerra Mundial
Un libro indaga en la matanza perpetrada por la URSS en el bosque de Katyn y en la guerra propagandísitca que se desató entre nazis y aliados.
David Barreira 10 de marzo de 2020
El teniente coronel Friedrich Ahrens observó a un lobo cavando un agujero en la nieve profunda del bosque de Katyn, a las afueras de la ciudad rusa de Smolensk. Al lado del animal, el militar alemán vislumbró una cruz de abedul como las que se colocan sobre las tumbas de los soldados y rápidamente dio aviso al oficial al mando. Era finales de enero de 1943 y la tierra estaba congelada: hubo que esperar hasta mediados de marzo para que el lugar pudiese ser examinado. Aquellas fosas escondían miles de huesos humanos.
Tres años antes, primavera de 1940: más de 22.000 oficiales y funcionarios de la élite polaca son ejecutados con un balazo en la nuca entre los árboles del bosque de Katyn, al borde de una fosa común, y en otros lugares de la Unión Soviética. Muchos de ellos fueron a la muerte atados, otros con sus abrigos sobre la cabeza. Había oficiales de Estado Mayor, médicos, profesores y hasta medallistas olímpicos. También una mujer, la piloto Janina Lewandowska. ¿Su delito? Ser supuestos "criminales de guerra", "contrarrevolucionarios".
Pero en este caso, los verdaderos asesinos fueron Stalin y sus secuaces, con Lavrenti Beria, jefe del temible NKVD, la policía secreta de Moscú, a la cabeza. Fue el mayor crimen cometido por los soviéticos en el trascurso de la II Guerra Mundial, una escalofriante lista de ejecuciones que el Kremlin tardó medio siglo en reconocer. Ahora, un ensayo del periodista e historiador alemán Thomas Urban, titulado La matanza de Katyn (La Esfera de los Libros), bucea en documentos originales y los relatos de los testigos oculares de la masacre para construir una rigurosa y documentada historia que vierte luz sobre todos los intentos de manipulación y mentiras que se encadenaron.
Su relato arranca con la inverosímil firma del Tratado de No Agresión entre la Alemania Nazi de Hitler y la Unión Soviética, y recordando que la invasión de Polonia en septiembre de 1939 no solo fue obra las tropas de la Wehrmacht. El Ejército Rojo, atacando desde el este, tomó 180.000 prisioneros polacos, unos números que superarían los 230.000 tras las detenciones realizadas por los funcionarios del NKVD en las semanas posteriores. La élite del país sería encerrada en tres campos de concentración: Kozelsk, Ostashkov y Starobelsk.
El 5 de marzo de 1940 comenzaron las tareas de liquidación: el Politburó emitió la 'Decisión nº 144', según la cual se fusilaría a 25.700 polacos. Dos días después, Beria firmó la orden de destierro por diez años de todos los allegados de los condenados a muerte sin su conocimiento. A partir de mediados del mes de abril, unas 60.000 mujeres, hijos, hermanos y padres fueron deportados a la estepa kazaja en condiciones miserables. Vivieron en pésimas cabañas de madera o agujeros en el suelo. Miles de ellos no sobrevivieron al primer invierno, con temperaturas de hasta 45º bajo cero. Todas sus propiedades fueron entregadas a los oficiales del Ejército Rojo y a miembros del Partido Comunista.
Los reos fueron transportados en trenes en grupos de 250 personas y conducidos al bosque de Katyn en autobuses. Los guardias soviéticos les habían hecho soñar con una inminente liberación, pero en realidad iban a ser despedidos con un disparo en la cabeza. "El nombre de este pequeño pueblo en el oeste de Rusia representa el intento de Stalin de exterminar a la clase dominante polaca, para extender su sistema totalitario de la Unión Soviética a Polonia. La orden del Kremlin no solo afectó a Katyn, sino también a otros lugares donde murieron, en total, unos 25.000 oficiales e intelectuales polacos", escribe Urban.
La jugada de Goebbels
La Operación Barbarroja lanzada en junio de 1941 sacudió el transcurso de la II Guerra Mundial: los nazis invadieron el territorio anexionado por los soviéticos y estos huyeron despavoridos hacia el este, elevando en miles el número de víctimas polacas. Paradójicamente, Moscú decretó una amnistía cuya finalidad era integrar a los oficiales de Polonia —a los que no habían ejecutado— en las filas del Ejército Rojo. A finales de ese año, se habían creado tres divisiones polacas, con un total de casi 40.000 hombres exhaustos y mal alimentados.
Portada de 'La matanza de Katyn'.Esfera de los Libros
Pero el hallazgo en Katyn por los alemanes de las pruebas de la masacre soviética abrieron un nuevo frente en la guerra. "No podía creer lo afortunado que era", dijo de Joseph Goebbels, ministro nazi de Propaganda, uno de sus subordinados. Rápidamente y empujado por Hitler, armó una campaña destinada a abrir una brecha en los aliados: el 11 de septiembre de 1943, la agencia alemana informó del hallazgo de las fosas comunes con miles de cuerpos. El duelo propagandístico había dado el pistoletazo de salida: Radio Moscú contraatacó diciendo que sus enemigos habían preparado los cuerpo en Auschwitz y los habían enterrado en el bosque de la localidad rusa.
La operación de Goebbels fue un éxito a medias: por una parte, logró que el Gobierno polaco en el exilio reclamase al resto de los Aliados que una misión de la Cruz Roja realizase un informe sobre el terreno. La URSS, evidentemente, no estaba dispuesta a dilucidar responsabilidades. Reino Unido y EEUU trataron de apagar el incendio: en un telegrama, Churchill le dijo A Roosevelt: "Los hemos convencido de que no se concentren en los muertos, sino en los vivos, en el futuro, no en el pasado".
Los nazis, por el contrario, sí supieron explotar informativamente la masacre: Goebbels ordenó que los propios polacos relatasen a sus compatriotas los extremos de las ejecuciones. La Cruz Roja del país realizó una investigación en la que se concluía que los asesinatos tuvieron lugar entre marzo y abril de 1940 a raíz de los documentos encontrados entre los cadáveres.También les llamó la atención las heridas de bayonetas cuadradas que presentaban muchos de los cuerpos: este tipo de arma solo la poseían el Ejército Rojo y el NKVD.
Fosa común de Katyn.Wikimedia Commons
A pesar de las evidencias irrebatibles, Stalin siempre negó la implicación de la URSS en la matanza de Katyn. Todo este proceso de sucesión de versiones lo reconstruye con elegancia y atractivo Thomas Urban en su libro. Algunos pasajes de su investigación se leen con perplejidad, sobre todo el capítulo dedicado a la Comisión Burdenko, una operación de reescritura sistemática de la historia orquestada por Beria y su delegado, Vsevolod Merkulov.
Los talleres de falsificación de los servicios secretos soviéticos, escribe el historiador, recibieron el encargo de "producir y obtener documentos fechados entre el otoño de 1940 y el verano de 1941. Debían demostrar que los oficiales polacos aún estaban a salvo en los campos soviéticos durante este período". Fotografías aéreas tomadas por los alemanes y conservadas en los archivos estadounidenses evidencian que en Katyn "se utilizaron excavadoras y bulldozers para realizar extensos movimientos de tierra" entre octubre y noviembre de 1943. También persiguieron a todo tipo de testigos mediante calumnias, intimidación o la liquidación. Pero las mentiras terminaron desvelándose.
¿A cuántas personas asesinó Joseph Stalin en su «Gran Purga» del terror?
En paralelo a la Gran Purga, Stalin inició sus planes para transformar Rusia de un país agrícola a uno industrializado, uno capaz de soportar las exigencias tecnológicas de la Segunda Guerra Mundial y luego la Guerra Fría. El resultado fue una gran hambruna
Cesar Cervera 16 de marazo de 2018
En una encuesta realizada el pasado año por el centro de estudios Levada, se puso de manifiesto que para la población rusa Joseph Stalin, el dictador comunista al frente del país durante la Segunda Guerra Mundial, resulta «el más sobresaliente» personaje del país, independientemente del momento histórico. Estudios similares demuestran que la popularidad del líder soviético ha crecido en los últimos años, mientras aumenta el desinterés por conocer la magnitud de sus crímenes. Stalin es más popular en Rusia conforme se conoce menos de él.
Pero, ¿cuántas personas concretas asesinó Stalin por cuestiones políticas? ¿Se le debe responsabilizar a él directamente de las hambrunas en Ucrania? ¿Hubo intención de eliminar a elementos incómodos al régimen con la estrategia «suicida de Rusia» durante la Segunda Guerra Mundial?
Iósif (en ruso) Stalin no inventó nada en cuanto a represión, simplemente continuó con la obra bolchevique allí donde la dejó Vladímir Lenin, cuyo exitoso golpe de Estado en 1917 fue seguido de la creación de la «Comisión extraordinaria de lucha contra el sabotaje y la contrarrevolución», comúnmente conocida como Checa. Inspirados por el ejemplo jacobino de la Revolución francesa, los bolcheviques anunciaron el «terror rojo» para oponerse al «terror blanco». El primer anuncio oficial de esta campaña represiva, publicado con el título de «Llamamiento a la clase obrera», el 3 de septiembre de 1918, pedía a los trabajadores:
(...) Aplastad la hidra de la contrarrevolución con el terror masivo. Cualquiera que se atreva a difundir el rumor más leve contra el régimen soviético será detenido de inmediato y enviado a un campo de concentración.
El alumno supera al maestro
La represión contra los enemigos del régimen se desplegó en su máxima expresión a partir del verano de 1918, tras la insurrección de los socialrevolucionarios de izquierda de Moscú. Millares de presos y de sospechosos fueron masacrados a lo largo de toda Rusia, siendo el primer acto de una Guerra Civil entre los bolcheviques y el resto de fuerzas que se cobró alrededor de nueve millones de vidas, entre muertes directas y las provocadas por la ruina y la hambruna generalizada.
Durante el golpe y la guerra civil, Stalin ocupó distintos puestos en el régimen leninista, entre ellos el de comisario político en el Ejército Rojo, comisario del Pueblo de Asuntos Nacionales (1917-1923) y secretario general del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética desde 1922. Una secretaría que empleó para extender su poder a otras instituciones soviéticas y para, tras la muerte de Lenin en 1924, sofocar gradualmente a todos los grupos opositores dentro del Partido Comunista. Esta primera purga incluyó a León Trotski, que fue desterrado de la Unión Soviética en 1929.
Stalin en el exilio (1915)
Como un iceberg, la punta de la represión estalinista solo supuso un pequeño aperitivo del total de muertes. A partir de 1930 se desencadenó la llamada Gran Purga o Gran terror de Stalin. Cientos de miles de miembros del Partido Comunista Soviético, socialistas, anarquistas y opositores fueron perseguidos, juzgados y, finalmente, desterrados, encarcelados o ejecutados en los campos de concentración gulags.
Todo ello sirvió a Stalin para consolidar su poder y limpiar la disidencia trotskista y leninista de todos los órganos soviéticos. De los seis miembros del Politburó original (el máximo órgano de gobierno), únicamente Stalin sobrevivió a su ascenso, mientras cuatro fueron ejecutados y Trotsky, desterrado, sería asesinado en México en 1940. A su vez, de los 1.966 delegados del XVII Congreso del Partido Comunista celebrado en 1934, 1.108 fueron arrestados y encarcelados para ser ejecutados en la mayoría de casos.
Esta política de gulags también afectó al Ejército Rojo. Tres de los cinco mariscales; 13 de los 15 comandantes de ejércitos; 8 de los 9 almirantes; 50 de los 57 generales de los cuerpos de ejército; 154 de los 186 generales de división; todos los comisarios del ejército y 25 de los 28 comisarios de los cuerpos de ejército, de la Unión Soviética fueron juzgados y condenados por razones políticas. El resultado fue la disminución del poder operativo de las Fuerzas Armadas a cambio de un aumento de la fidelidad ideológica de cara a la inminente Segunda Guerra Mundial. Comandantes fanáticos, pero inexpertos.
«Cada noche traen unos 250 cadáveres entre los que un número muy elevado no tiene hígado. Les ha sido quitado a través de un corte muy ancho»
En paralelo a la Gran Purga, Stalin inició sus planes para transformar Rusia de un país agrícola a uno industrializado, capaz de soportar las exigencias tecnológicas de la Segunda Guerra Mundial y luego la Guerra Fría. Los planes quinquenales para la economía nacional de la URSS ayudaron a un rápido desarrollo de la industria, especialmente la pesada, a costa de un grave sacrificio de vidas. El desajuste forzoso de la producción agrícola causó, en su primera fase, una gran hambruna en todo el territorio soviético entre 1932 y 1933.
Según la «Encyclopædia Britannica» se estima que entre seis y ocho millones de personas murieron debido a la hambruna, siendo la mayoría de los fallecidos de origen ucraniano. No en vano, el historiador británico Robert Conquest advierte, en su libro «La cosecha del dolor: La colectivización soviética y la hambruna de terror», que si se extiende la muestra de 1930 a 1937 los campesinos muertos se elevan hasta los once millones.
El genocidio ucraniano
Un millón de kazajos falleció en esta hambruna debido a que fueron sedentarizados a la fuerza y privados de sus ganados; en tanto, la cercana Ucrania sufrió lo peor de la escasez de alimentos. Al imponer la colectivización de la agricultura en este territorio, Stalin inició una auténtica guerra contra los «kulakos», los campesinos propietarios, de modo que la hambruna devastó a la población rural y se extendió a las ciudades. La policía secreta se dedicó a realizar inspecciones aleatorias y a apropiarse de la comida escondida por los campesinos. Centenares de miles de ucranianos fueron deportados en programas de colonización a Siberia, mientras se vivían situaciones de canibalismo entre los que insistieron en quedarse en la tierra de sus padres.
«Cada noche traen unos 250 cadáveres entre los que un número muy elevado no tiene hígado. Les ha sido quitado a través de un corte muy ancho. La policía acaba de atrapar a algunos “amputadores” que confiesan que con esa carne confeccionaban un sucedáneo de pirozki (empanadillas) que vendían inmediatamente en el mercado», dejó registrado un cónsul extranjero sobre las imágenes de terror que se sucedieron en Járkov. Cuando el «Holodomor» alcanzó su momento álgido, se calcula que morían unas 25.000 personas cada día en Ucrania.
Imagen parcial del campo de trabajo Perm-36, creado en la década de 1940
A todas las muertes provocadas directamente por órdenes de Stalin se podría sumar las bajas derivadas de la Segunda Guerra Mundial. En este conflicto Stalin viró de una alianza con la Alemania Nazi al principio de la guerra hasta una lucha sangrienta contra las tropas alemanes que, hasta la toma soviética de Berlín, causó la muerte de 8,5 millones de soldados y 17 millones de civiles, así como la pérdida del 30% de la riqueza natural de toda la URSS. El dictador suplió el mal armamento y adiestramiento de sus hombres a base de ingentes cantidades de combatientes: la masa interminable de soldados fue su mejor baza en la guerra.
Pero no solo de matar rusos vivía el estalinismo. Entre 1940 y 1941, unos 170.000 habitantes de países bálticos fueron enviados a campos soviéticos. Y, en años posteriores, se repitió la deportación hasta alcanzar al 10% de población de antiguas repúblicas bálticas, unas 250.000 personas, incluidos funcionarios e intelectuales. Asimismo, la masacre de Katyn inauguró en 1940 el desmantelamiento de toda la estructura nacional polaca. Cuatro millones de polacos de la parte que anexionó Stalin fueron consignados a Gulag, de los que apenas uno de cada tres sobrevivió para ser repatriado a partir de 1956.
Una cifra oscilante y no oficial
Alexánder Solzhenitsyn se hizo muy popular en plena Perestroika con su libro «Archipiélago Gulag», donde estimó en 66,7 millones de víctimas del régimen soviético entre 1917 y 1959. Sin embargo, hoy esa cifra se encuentra bajo cuarentena ante la dificultad de separar hambrunas, desplazados, bajas militares, represaliados y exiliados. A partir de 1991, se pudo acceder a los archivos oficiales y proponer datos basados en documentación soviética. Los autores de «The Road to Terror: Stalin and the Self-Destruction of the Bolsheviks, 1932-1939» calculan que solo en la Gran Purga se vieron afectadas unos cuatro millones de personas, pero incluso aquí es complicado separar a los fusilados y asesinados en los interrogatorios de los que huyeron al extranjero o fueron enviados a regiones del norte.
El investigador Robert Conquest, autor de sendas investigaciones sobre la represión política y la gran hambruna rusa, estimó entre trece y quince millones de muertos
Ni siquiera hoy existe una cifra oficial del total de muertos, oscilando el cálculo de los historiadores modernos entre los cuatro y los 50 millones de personas. El investigador Robert Conquest, autor de sendas investigaciones sobre la represión política y la gran hambruna rusa, situó la cifra antes de su fallecimiento, en 2015, entre trece y quince millones de muertos. La suya es en la actualidad la investigación más completa.
Haciendo un desglose del total, el escritor ruso Vadim Erlikman afirma, por su parte, que hubo 1,5 millones de ejecuciones, cinco millones de víctimas de los gulags, entre 1.7 y 7,5 millones de deportados y un millón de prisioneros de guerra, es decir alrededor de nueve millones de víctimas. Para completar la cifra de los 15 millones de Conquest y otros autores habría que sumar los seis millones de muertos por el hambre y las malas condiciones que padecieron, sobre todo, los ucranianos y los alemanes del Volga.