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miércoles, 10 de julio de 2019

Sławomir Mrożek / El árbol




SŁAWOMIR MROŻEK
EL ÁRBOL


Vivo en una casa no lejos de la carretera. Junto a esa carretera, a la entrada de la curva, crece un árbol.

Cuando yo era niño, la carretera era aún un camino de tierra. Es decir, polvorienta en verano, fangosa en primavera y en otoño, y en invierno cubierta de nieve igual que los campos. Ahora es de asfalto en todas las estaciones del año.

Cuando yo era joven, por el camino pasaban carros de campesinos arrastrados por bueyes, y sólo entre la salida y la puesta de sol. Los conocía todos, porque eran de por aquí. Eran más raros los carros de caballos. Ahora los coches corren por la carretera de día y de noche. No conozco ninguno, aparecen de no se sabe dónde y desaparecen hacia no se sabe dónde.

Sólo el árbol ha quedado igual, verde desde la primavera hasta el otoño. Crece en mi parcela. 

Recibí un escrito de la Autoridad. “Existe el peligro –decía el escrito– de que un coche pueda chocar contra el árbol, ya que el árbol crece en la curva. Por lo tanto, hay que talarlo”. 

Me quedé preocupado. Llevaban razón. Efectivamente, el árbol está junto a la curva, y cada vez hay más coches que cada vez corren más rápido y sin prudencia. En cualquier momento puede chocar alguno contra el árbol. Así que tomé una escopeta de dos cañones, me senté bajo el árbol y, al ver acercarse al primero, disparé. Pero no acerté. Por eso me arrestaron y me llevaron a juicio. 

Traté de explicar al tribunal que había fallado únicamente porque mi vista ya no es buena, pero que si me dieran unas gafas seguro que acertaba. No sirvió de nada. 

No hay justicia. Es verdad que un coche puede chocar contra el árbol y dañarlo. Pero sólo con que me dieran unas gafas y algo de munición, me quedaría sentado vigilando. ¿A qué tanta prisa por talar un árbol si hay otros métodos que pueden protegerlo de un accidente? 

Y no les costaría nada, aparte de la munición. ¿Acaso es un gasto excesivo?


Slawomir Mrozek / Una noche en un hotel



Slawomir Mrozek

UNA NOCHE EN UN HOTEL



Iba a dormirme cuando del otro lado de la pared llegó un golpe poderoso.


“Ya empezamos”, pensé. “Igual que en la famosa anécdota. El vecino se quitó un zapato y lo dejó caer a suelo. Ahora no voy a dormirme hasta que se quite el otro. Y vaya uno a saber cuánto tendré que esperar a que lo haga”.

Pero grande fue mi sorpresa no bien se oyó, casi enseguida, el segundo golpe.

Estaba a punto de dormir de nuevo cuando detrás de la pared hubo un tercer estrépito que me desveló.

Eso sí que no lo esperaba. ¿Mi vecino acaso tenía tres piernas? Imposible. ¿Había vuelto a calzarse para quitarse el zapato al instante? Poco probable. Por lo visto, concluí, tenía dos vecinos.

Así que ahí empezó mi calvario, como lo había imaginado. Me ayudaba a resistir la esperanza de que pronto el segundo vecino se sacaría el segundo zapato. La noche iba transcurriendo y sin embargo el segundo, o sea, el cuarto ruido no llegaba.

No pude pegar un ojo y a la mañana bajé totalmente exhausto a tomar el desayuno. Ubiqué con facilidad a mi vecino. Busqué al otro, pero nada. Sólo uno. El otro, con seguridad, se había dormido muy borracho y ahora roncaba con un zapato puesto.

– ¿Tiene ratones en su habitación? –preguntó entonces mi vecino-. Yo sí. Tanto ruido estaban haciendo que tuve que arrojarles un zapato, así paraban.

Desde ese día dejé de pensar aferrado a la lógica. Un estúpido ratón tiene más poder que toda la lógica de este mundo. Y la lógica sólo produce insomnio.


domingo, 30 de junio de 2019

Slawomir Mrozek / La vida difícil


Slawomir Mrozek

REVOLUCIÓN

Traducción de Bozena Zaboklicka y Francesc Miravitlles 

En mi habitación la cama estaba aquí, el armario allá y en medio la mesa.
Hasta que esto me aburrió. Puse entonces la cama allá y el armario aquí.
Durante un tiempo me sentí animado por la novedad. Pero el aburrimiento acabó por volver.
Llegué a la conclusión de que el origen del aburrimiento era la mesa, o mejor dicho, su situación central e inmutable.
Trasladé la mesa allá y la cama en medio. El resultado fue inconformista.
La novedad volvió a animarme, y mientras duró me conformé con la incomodidad inconformista que había causado. Pues sucedió que no podía dormir con la cara vuelta a la pared, lo que siempre había sido mi posición preferida.