viernes, 23 de enero de 2026

Frode Grytten / El día que Nils Vik murió



Frode Grytten
El día que Nils Vik murió
La última travesía


Carolina  Isasi
22 de enero de 2026

Hay novelas que no avanzan: flotan. No empujan al lector hacia delante con giros o intrigas, sino que lo invitan a permanecer, a acompañar, a mirar con calma. El día que Nils Vik murió, del escritor noruego Frode Grytten, es uno de esos libros que se leen como se cruza un fiordo en silencio: sin prisa, atentos a lo que emerge en la superficie y, sobre todo, a lo que se intuye debajo.

La historia es sencilla y, precisamente por eso, poderosa. Nils Vik es un anciano barquero que vive solo en un pequeño enclave de la costa oeste de Noruega. Viudo, cansado, con el cuerpo ya frágil, se despierta una mañana de otoño con una certeza tranquila: ese será el día de su muerte. No hay sobresalto ni dramatismo. Nils no se pregunta por qué ni intenta evitarlo. Se limita a hacer lo que ha hecho toda su vida: levantarse, asearse, vestirse y dirigirse al fiordo para realizar su trabajo. Ese trabajo, llevar pasajeros de una orilla a otra, ha sido el eje de su existencia. Durante décadas, Nils ha cruzado el agua una y otra vez, transportando vecinos, conocidos, desconocidos, historias ajenas que se le han quedado adheridas sin que él lo pretendiera. Ahora, en ese último día, el trayecto cotidiano se convierte en una travesía definitiva. El barco avanza por el fiordo, pero también hacia la muerte. A partir de ese gesto mínimo, Grytten construye una novela profundamente simbólica que nunca pierde el contacto con lo concreto. El viaje de Nils es real, físico, perfectamente reconocible; al mismo tiempo, es un viaje interior y memorial. A bordo comienzan a aparecer pasajeros que no pertenecen al presente: personas fallecidas, figuras del pasado, rostros ligados a su oficio y a su vida. No llegan como fantasmas espectaculares ni como visiones aterradoras, sino como presencias naturales, casi familiares. Suben al barco, se sientan, hablan. Traen consigo fragmentos de vida.

"No hay exceso de sentimentalismo ni voluntad de epatar. Las historias aparecen y se retiran con la naturalidad de una conversación al final del día"

La novela adopta así una estructura coral. Cada pasajero abre un breve relato, una escena que ilumina no solo su propia historia, sino también el papel silencioso que Nils ha desempeñado en la comunidad. Él, que siempre ha estado en segundo plano, escuchando, transportando, esperando, descubre —o más bien confirma— que su vida ha estado hecha de los demás. Que su trabajo humilde lo ha convertido, sin saberlo, en depositario de una memoria colectiva.

Este desfile de voces podría haber derivado en un artificio, pero Grytten lo maneja con una contención admirable. No hay exceso de sentimentalismo ni voluntad de epatar. Las historias aparecen y se retiran con la naturalidad de una conversación al final del día. Algunas son duras, otras tiernas, otras incluso irónicas. Todas comparten una cualidad esencial: están contadas desde la aceptación, no desde el reproche.

"La figura del barquero remite inevitablemente al mito de Caronte, el encargado de transportar las almas al otro lado. Grytten juega con esa referencia sin subrayarla"

En paralelo a esos encuentros, Nils Vik revisa su propia vida. Piensa en Marta, su esposa, el gran amor que espera reencontrar al otro lado del fiordo. Piensa en los años compartidos, en la soledad posterior, en la fidelidad a una rutina que le ha dado sentido cuando ya no quedaba nadie en casa. No hay grandes confesiones ni cuentas pendientes espectaculares. Lo que hay es una mirada serena sobre lo vivido, una evaluación sin dramatismo, como si el balance final no necesitara justificarse. Uno de los elementos más delicados del libro es la presencia de Luna, la perra de Nils, muerta tiempo atrás, que lo acompaña durante la travesía. Su aparición añade una dimensión emocional muy concreta: la de los vínculos que no pasan por la palabra. Luna no habla ni explica nada; simplemente está. Y su presencia refuerza la idea central de la novela: que no llegamos solos al final, que nos acompañan también los afectos silenciosos, los gestos repetidos, las lealtades que no hacen ruido.

La figura del barquero remite inevitablemente al mito de Caronte, el encargado de transportar las almas al otro lado. Grytten juega con esa referencia sin subrayarla. Nils Vik no es un guardián del umbral ni un personaje solemne; es un trabajador corriente, un hombre que ha hecho lo mismo todos los días. Precisamente ahí reside la fuerza del paralelismo: la muerte no aparece como algo grandioso o excepcional, sino como la continuación lógica de una vida marcada por el tránsito, por el cruce, por el paso.

"Grytten no pretende enseñar a morir ni ofrecer consuelo fácil. Se limita a acompañar a un hombre en su último trayecto y a recordarnos que una existencia puede ser plena sin haber sido extraordinaria"

La prosa de Grytten es sobria, precisa, de una belleza discreta. No busca frases deslumbrantes ni metáforas llamativas. Su estilo se apoya en la observación, en la cadencia, en una economía de medios que deja espacio al lector. La traducción al español mantiene esa respiración lenta, esa sensación de que cada frase está colocada donde debe estar y no necesita empujarse hacia adelante.

El día que Nils Vik murió es, en el fondo, una novela sobre la dignidad de lo pequeño. Sobre las vidas que no dejan huella visible, pero sostienen el mundo. Sobre los oficios que parecen invisibles y que, sin embargo, conectan a las personas. Sobre la muerte entendida no como ruptura violenta, sino como paso, como llegada a otra orilla.

Al cerrar el libro, no queda una sensación de tristeza, sino de calma. Grytten no pretende enseñar a morir ni ofrecer consuelo fácil. Se limita a acompañar a un hombre en su último trayecto y a recordarnos que una existencia puede ser plena sin haber sido extraordinaria. Que una vida puede medirse en cruces diarios, en gestos repetidos, en silencios compartidos. Y quizás esa sea la mayor virtud de esta novela honda, de respiración lenta, que convierte el final en un lugar habitable, sin solemnidad ni miedo, y nos invita a pensar que, al final, todos somos también barqueros de algo o de alguien, aunque no siempre sepamos ponerle nombre.

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Autor: Frode Grytten. Título: El día que Nils Vik murió. Traducción: Mariana Windingland. Editorial: Anagrama.

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