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miércoles, 24 de diciembre de 2014

María Teresa Andruetto / Desnuda en la tienda


María Teresa Andruetto
DESNUDA EN LA TIENDA

Necesito ropa, dijiste. Una blusa
alegre, de color subido. Y fuimos
a la tienda. La chica que nos llevó
a los vestidores se llamaba Tula.
Te queda rico, dijo, te queda de novela.
Nos metimos las dos en esa caja,
entrábamos apenas.

Como no había asientos ni percheros
te ofrecí mis brazos.
Te sacaste el vestido, la campera,
te sacaste la blusa, las hombreras,
te sacaste el turbante, la remera,
te sacaste el corpiño, la bolsita de mijo,
te miraste al espejo y me miraste
y yo vi tu pecho crudo, las costillas
al aire, y después tu corazón
como una piedra, fuerte y fatal
como una piedra.





martes, 23 de diciembre de 2014

Juan Liscano / Pareja sin historia


Juan Liscano
PAREJA SIN HISTORIA

Se acarician. Se bastan.
Están colmados por ellos mismos
colmados por la sed sensual del otro.

Se conocieron ayer:
llevan siglos de parecerse
de abrazarse en las paredes siempre únicas
de reconocerse en todos los lugares
donde el sueño esconde su tesoro
donde la dicha deja a la nostalgia
donde nunca estuvieron
donde están.

Aroma de piel ramajes íntima penumbra
labios que besan por la herida
rostro asomado al secreto del rostro que lo refleja
palabras que se derriten por los dedos
semejanzas descubiertas con delicia
apetencias de olvido y de sabores no probados
mientras se inventan paraísos sin castigo
y se cuentan a tientas el alma
mientras asumen el destino de las frutas
y la vida fulgura en ellos
con sus “siempre” y sus “nunca” efímeros
con sus “primera vez” repetido hasta el final
con sus partes confundidas cual miembros que el amor enlaza.

Hasta ellos no alcanza el rumor de la urbe
o será más bien que no lo oyen
que lo cubre el susurro con que se aman
que lo dispersa el soplo que se dan.

Se huelen se gustan se desean.
La libertad que encuentran los deslumbra.
Ascienden en una isla espacial entre los astros.
Pareja sin Historia
pareja constelada.

Se miran a sí mismos en el otro.
Ella aparece abierta impúdica ojerosa tremulante
él: enhiesto obsceno avisor posesivo
ella: contráctil húmeda gimiente umbría
él: herido llameante solar fulminado.
¡Cuánto abandono momentáneo!¡Cuánto triunfo!
Pueden equivocarse gozosamente
confundir las imágenes del deseo espejado
fundir los sabores de sus bocas
perderse juntos en el placer del otro
fluir de manantiales en arroyos
de arroyos en raudales de raudales en ríos
hasta el mar hasta volcarse en la unidad del origen
en el espacio pletórico y vibrante
donde cada movimiento se transmite de polo a polo
donde flotarán donde están flotando
como dos hipocampos entregados al rito nupcial.

Aflojan las redes y los nudos milenarios
arrojan de sí el pasado las cáscaras los trapos
viento propicio borra las huellas mezcla arenas y estrellas
le dan la espalda a la memoria hueca
para ser cresta de una ola
para ser cresta espuma sortilegio
cielo de mar espacio palpitante que rompe en sales
y en la cresta de esa ola de caballos tornasolados
que recorre de punta a punta el tiempo como una playa
me arrojo contigo!
¡la corro contigo hasta el final del día!
¡sobre su filo tú y yo somos jabalina y destello!
¡vivan este esfuerzo estos besos esta presencia única!
¡vivan este júbilo del mar los cuerpos aparejados!
¡nuestro almizcle que huele a marisco y a gato montés!
¡el relámpago en que nos dormimos juntos!





lunes, 22 de diciembre de 2014

Mónica Albizúrez Gil / Mujer sola


Mónica Albizúrez Gil
MUJER SOLA

Mejor signo de libertad
no encuentro
que esta noche a solas sin miedo al teléfono
babeando deliciosamente
la almohada
la pierna atravesada
el camisón enrollado
oscuridad total como me gusta
y la seguridad
de que nadie perturbará
mis sueños
hasta que yo misma lo determine

noche autónoma de absoluto silencio
en la que empiezo
como nunca antes
a gustar de mí

domingo, 21 de diciembre de 2014

Manuel Bandeira / Desnudo

Ilustración de Gyeong Mi Kim
Manuel Bandeira
DESNUDO
Cuando estás vestida,
Nadie imagina
Los mundos que escondes
Bajo tus ropas.
(Así, como en el día,
No tenemos noción
De los astros que lucen
En el profundo cielo.
Pero la noche se desnuda,
Y, desnuda en la noche,
Palpitan tus mundos
Y los mundos de la noche.
Brillan tus rodillas
Brilla tu ombligo
Brilla toda tu
Lira abdominal.
Tus senos exiguos.
-Como dos frutos pequeños
En la rigidez
Del tronco robusto-
Brillan.) ¡Ah, tus senos!
¡Tus duros pezones!
¡Tu torso! ¡Tus flancos!
¡Ah, tus hombros!
Con la desnudez, tus ojos
también se desnudan;
Tu mirar es más difuso,
Más lento, más líquido.
Entonces, en ellos,
Floto, nado, salto,
¡Me sumerjo
perpendicular!

sábado, 20 de diciembre de 2014

Gonzalo Fragui / De cómo los antiguos amores hacen planes para mudarse


Gonzalo Fragui

DE CÓMO LOS ANTIGUOS AMORES 

HACEN PLANES PARA MUDARSE

a Miguel James

Quienes más sufren
cuando un nuevo amor nos abandona
son los antiguos amores

Ellas nos ven llegar desde lejos
después de una larga ausencia
nos miran sospechosamente
nos olfatean

Ellas dicen
¡Ay, poeta, de qué nueva batalla vendrás!
Yo sólo les muestro mi silencio como trofeo de guerra

A pesar de sus ironías
ellas entienden
Una me indica posiciones de tai-chi para el bazo
Otra me proporciona en la boca
pequeñas porciones de un té negro como de alacranes
Otra me aplica quemaduras en plexo solar y en las manos
con un extraño cigarro chino
Otra me acuesta en su sofá y me recorre con sus cristales
Otra me pide que respire profundo, hasta acá abajo, más abajo,
y nos faltará quien me ofrezca una oración o una cerveza

Poco a poco voy saliendo a flote

Entonces ellas
hacen planes para mudarse de habitación
de trabajo
de ciudad
de planeta
lo antes posible
No quisieran verme llegar de nuevo
como perro alcanzado.


viernes, 19 de diciembre de 2014

Aída Toledo / Ella / La misma

Ilustración de Paul Laurenzi
Aída Toledo
ELLA/LA MISMA

Me miro en el espejo
y no he dejado de ser
la misma
la que creyó en príncipes
la virgen
la que leía libros en el bus
la misma
con sus faldas cortas
y sus piernas flacas
la de la invariable rutina
de la casa al instituto
del instituto a la casa
la misma
la que medio soñó con hijos
la que pasó seis años con el
mismo novio
la que se equivocó
pensando que lo amaba
la misma
la que no miraron
cuando ella los miró
la que ahora escribe
en tanto un hombre
¿su príncipe tan esperado?
la deja la olvida la ignora
o la evade
ella/ la misma.


Aída Toledo
Brutal batalla de silencios, 1990





jueves, 18 de diciembre de 2014

E.E. Cummings / Puedo tocar?


E.E. Cummings
PUEDO TOCAR?

puedo tocar? -dijo él-
voy a gritar -dijo ella-
sólo una vez -dijo él-
oh, que delicia -dijo ella-

puedo tocar? -dijo él-
cuánto? -dijo ella-
mucho -dijo él-
por qué no ? -dijo ella-

(vamos -dijo él-
no muy lejos -dijo ella-
dónde es lejos? -dijo él-
donde tú estás -dijo ella-)

puedo quedarme -dijo él-
(de qué modo? -dijo ella-
así -dijo él-
si me besas -dijo ella-

puedo moverme? -dijo él-
es amor? -dijo ella-)
si tú quieres -dijo él-
pero tú matas -dijo ella-

(tiptop -dijo él-
no te detengas -dijo ella-
oh, no -dijo él-
despacio -dijo ella-

(te viniste? -dijo él-
ammm! -dijo ella-)
eres divina -dijo él-
(eres mío -dijo ella-)







miércoles, 17 de diciembre de 2014

martes, 16 de diciembre de 2014

Denise Levertov / Muerte en México

Catrina con sombrero
Cuernavaca, México, 2013
Foto de Triunfo Arciniegas

Denise Levertov

MUERTE EN MÉXICO

Dos semanas antes de su declive,
tres semanas antes de su muerte, el jardín
ya empezó a desaparecer. La cerca desvencijada se rindió
a las amenazas y los chicos arrojaban
juguetes de plástico rotos -amarillos feroces,
rojos sin resonancia, en el camino y en el limonero;
o se metían corriendo por los huecos, pisoteando las plantitas.
Durante dos semanas nadie las regó, excepto yo, dos veces
pero después me fui. Ella todavía estaba consciente
y me dio las gracias. Les pedí a los demás que regaran
pero empezaron las lluvias; cuando volví eran aguaceros
violentos, repentinos que azotaban todas las tardes.
                                                                               Brotó la maleza,
el manto seco fue barrido pronto
por los desagües. Oh, todavía quedaba verde
pero el jardín se esfumaba- cada día
menos señales del oasis
planeado con esmero, un cantero circular que su mente
concibió para las begonias, las rosas y los lirios,
y el romero-para-la-memoria.
Veinte años para construirlo-
menos de un mes para deshacerse,
y los que lo habían visto crecer,
los que vivieron esas décadas a su vera
no hicieron nada por conservarlo. Oh, Alberto sí,
un día arregló un poquito la cerca
cuando le dije que un jardín sería valioso
para un futuro inquilino. Pero nadie creyó
que la jardinera iba a vivir (yo menos que nadie),
así que su dolor ante la ruina
permanecía abstracto, un concepto incomprensible
que no movía a ningún acto. Cuando se la llevaron
                                                                            en una camilla
camino del sanatorio*, el deterioro visual
se volvió una bendición,
no pudo haber visto más que un manchón verdoso.
Pero a mí la maleza, los rosales sin rosas, los
tallos rotos de la caña india y de los amarilis, toda
esa jungla verde y opaca, me mostraban
-antes de que terminara su agonía-
una mirada obstinada, ciega, que lo veía todo:
la había visto ya en los museos,
en las máscaras de piedra de dioses y de víctimas.
Una mirada que no admite ternura alguna, si sonríe,
lo hace con amargura sublime -no,
ni siquiera es amarga: no admite
arrepentimiento, en su cosmos no hay lugar para la nostalgia,
la amargura es irrelevante.
Si sostiene una flor, y lo hace,
una flor sedosa, brillante y delicada que florece
un solo día, la sostiene
apretada entre los dientes filosos.
Sobre su rostro pueden arrastrarse enredaderas y escorpiones pero aunque los siglos limen
los párpados y las anchas fosas nasales, la mirada de piedra
sigue inmóvil, fija, absoluta,
una sonrisa negadora frente a la eternidad.
Los jardines desaparecen. Ella, aquí, era extranjera,
igual que yo. Su muerte
no era asunto de México. El jardín
era un rehén. Los viejos dioses
tomaron lo que era de ellos.


*N de la T: en español en el original.

Catrina
Cuernavaca, Mexico, 2013
Photo by Triunfo Arciniegas

DEATH IN MEXICO
by Denise Levertov

Even two weeks after her fall,
three weeks before she died, the garden
began to vanish. The rickety fence gave way
as it had threatened, and the children threw
broken plastic toys –vicious yellow,
unresonant red, onto the path, into the lemontree;
or trotted in through the gap, trampling small plants.
For two weeks no one watered it, except
I did, twice, but then I left. She was still conscious then
and thanked me. I begged the others to water it-
but the rains began; when I got back there were violent,
sudden, battering downpours each afternoon.
                                                                          Weeds flourished,
dry topsoil was washed away swiftly
into the drains. Oh, there was green, still,
but the garden was disappearing-each day
less sign of the ordered,
thought-out oasis, a squared circle her mind
constructed for rose and lily, begonia
and rosemary-for-remembrance.
Twenty years in the making-
less than a month to undo itself;
and those who had seen it grow,
living around it those decades,
did nothing to hold it. Oh, Alberto did,
one day, patch up the fence a bit,
when I told him a future tenant would value
having a garden. But no one believed
the garden-maker would live (I least of all),
so her pain if she were to see the ruin
remained abstract, an incomprehensible concept,
impelling no action. When they carried her past
                                                                                on a stretcher,
on her way to the sanatorio, failing sight
transformed itself into a mercy, certainly
she could have seen no more than a greenish blur.
But to me the weeds, the flowerless rosebushes, broken
stems of the canna lilies and amaryllis, all
a lusterless jungle green, presented-
even before her dying was over-
an obdurate, blind, all-seeing gaze:
I had seen it before, in the museums,
in stone masks of the gods and victims.
A gaze that admit no tenderness, if it smiles, it
only smiles with sublime bitterness-no,
not even bitter: it admits
no regret, nostalgia has no part in its cosmos,
bitterness is irrelevant.
If it holds a flower-and it does,
a delicate brilliant silky flower that blooms only
a single day-it holds it clenched
between sharp teeth.
Vines may crawl, and scorpions, over its face,
but though the centuries blunt
eyelid and flared nostril, the stone gaze
is utterly still, fixed, absolute,
smirk of denial facing eternity.
Gardens vanish. She was an alien here,
as I am. Her death
was not México’s business. The garden though
was a hostage. Old gods
took back their own.


Poems 1972-1982