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martes, 6 de octubre de 2020

Bruno Schulz / Nadando en un Chagall sumergido



Bruno Schulz
Poster de T.A.

Bruno Schulz: nadando en un Chagall sumergido 

Por: Marcos Ordóñez
24 de octubre de 2012

Portada de la edición de Barral de Las tiendas de color canela
1972. Tenía quince años cuando descubrí a Bruno Schulz. Era la época en que me acercaba a libros y discos por sus portadas o sus títulos. El de la edición de Barral no podía ser más perfumado: Las tiendas de color canela. ¿Habéis visto esas películas – Merlín el Encantador es la primera que me viene a la cabeza – en las que un mago le entrega un libro a un niño, y el niño lo abre y del libro brota una luz intensa y dorada, una luz que parece venir de un tiempo sin tiempo? 

Schulz era el mago y el libro era su libro, y yo había dejado de ser niño pero volví a ver mi rostro de entonces, de nuevo iluminado por la luz de verano eterno de sus páginas. O reflejado, porque al otro lado de aquel espejo había otro niño de ojos entrecerrados y sonrisa triste, un niño llamado Bruno que no había querido crecer, y vivía, viviría siempre, en un país tan lejano, rutilante y desaparecido como el de los veranos de mi infancia.

miércoles, 19 de agosto de 2020

Marcos Ordoñez / Me acuerdo de Bernard Frank


Bernard Frank. La sélection : extrait de 'Un siècle débordé'
Bernard Frank

Me acuerdo de Bernard Frank




Marcos Ordoñez
12 de noviembre de 2014



El pasado día 3 se cumplieron ocho años (aniversario imperfecto) de la muerte de Bernard Frank, al que sigo echando muchísimo de menos. Joan de Sagarra me lo descubrió, inyectándome una adicción muy poderosa: gracias a él leí toda su obra (y todo sobre él) con pasión maníaca. Devoraba cada semana su crónica en el Nouvel Observateur, rastreaba sus primeros libros, sus textos más arcanos. Durante años intenté copiarle. No me preocupaba porque tenía la sensación de que únicamente lo leíamos Sagarra y yo, pero rogaba a los dioses que nadie lo tradujera al castellano: Bernard Frank era mío y solo mío.

martes, 11 de agosto de 2020

Adiós a la infancia / Marselona capital

Xavier Ricart, a la izquierda, y Jordi Oriol, en una escena de 'Adiós a la infancia'.rn
Xavier Ricart, a la izquierda, y Jordi Oriol, en una escena de 'Adiós a la infancia'. 

Marselona Capital

Oriol Broggi ha logrado llevar al teatro la narrativa de Juan Marsé.

'Adiós a la infancia', adaptación de Pau Miró, llena cada noche el Lliure



Marcos Ordoñez
20 de diciembre de 2013

Nunca pensé que el mundo de Marsé pudiera trasladarse al teatro, y menos en un encaje de bolillos que entrevera cinco novelas (Si te dicen que caí, El embrujo de Shangái, Un día volveré, Rabos de lagartija y Caligrafía de los sueños) y arma carambolas a muchas bandas: viendo Adiós a la infancia parece que Marsé y Sisa hubieran jugado en la misma calle, y que Pau Miró (adaptador), Oriol Broggi (director) y los entregadísimos intérpretes les contemplaran desde un terrado de otra época.

miércoles, 31 de julio de 2019

Marcos Ordónez / La reina Huppert








Isabelle Huppert, en un momento de la representación de 'Mary Said What She Said'.
Isabelle Huppert, en un momento de la representación de 'Mary Said What She Said'. LUCIE JANSCH

La reina Huppert


Hace mucho que en el Lliure (ni en el Grec) no se escuchaba un aplauso tan intenso y tan sostenido como el que el público, puesto en pie, dedicó a Isabelle Huppert y a Robert Wilson

Marcos Ordóñez
26 de julio de 2019

Da la impresión de que Robert Wilson e Isabelle Hup­pert se reúnen cada trece años para llevar a cabo una suerte de invocación escénica, entre ritual y extraño oratorio, protagonizado por poderosas criaturas: Orlando, basada en la novela de Virginia Woolf (Théâtre de Vidy-Lausanne, 1993); la devoradora Madame de Merteuil de Quartett, de Heiner Müller (Odéon, 2006), y Mary Said What She Said, dedicada a María Estuardo, y con la que se cierra un círculo, pues la firma Darryl Pinckney, que escribió Orlando también en tres partes. Estrenada el pasado mayo en el parisiense Théâtre de la Ville, el nuevo espectáculo de Wilson y Huppert ha estado dos días en el Lliure como una de las rotundas estrellas del festival Grec.

domingo, 23 de junio de 2019

Peter Brook / El último gigante



Peter Brook, el último gigante

Imposible tratar de resumir en pocas palabras una trayectoria como la de este patriarca de 94 años


Marcos Ordoñez
24 de abril de 2019

Imposible tratar de resumir en pocas palabras una trayectoria como la de Peter Brook, un patriarca de 94 años, cada vez más sabio, esencial y transparente. Se trata, pues, de atrapar “algunos momentos de gracia” de los tantísimos que nos ha regalado. Muchos no le descubrimos en el teatro sino en el cine, en aquel Marat-Sade con casi el mismo reparto de la Royal Shakespeare y del que vuelven ahora la perturbada melancolía de Glenda Jackson y los helados fuegos de Ian Richardson y Patrick Magee. Regresan libros como El espacio vacío, que Península publicó en 1969, a un año de la edición británica: un ensayo que sigue siendo vivísimo y capital. De repente, en 1983, se inaugura el Mercat de les Flors, que se convertirá en la sede barcelonesa de Brook, con aquella Tragedia de Carmen presentada en Bouffes du Nord y que parecía acabada de componer. ¿Y cómo pretender abrazar de nuevo las nueve horas del Mahabharata, que parecía narrarse por primera vez ante nosotros en Aviñón a lo largo de nueve horas, del mismo modo que salió el sol en la cantera Callet como la perfecta clausura de un relato? La vimos de nuevo en el Mercat, y volvimos a Aviñón para aplaudir, en 1991, en Les Taillades, aquella Tempêteen la que Calibán (David Bennent) era un niño furioso y el Próspero de Soutigue Kouyaté recordaba una estatuilla de Giacometti que hubiera cobrado vida.

miércoles, 13 de marzo de 2019

Cosas que no sabía sobre Gena Rowlands


Gena Rowlands

Cosas que no sabía sobre Gena Rowlands

Marcos Ordoñez
6 de marzo de 2019


Gena Rowlands es una de mis actrices favoritas. Como nunca la vi en el teatro, decido volver a ver Opening Night (Noche de estreno) donde interpretaba a Myrtle Gordon, una actriz teatral. El auténtico tema de esta película oscura y turbadora era el miedo a la vejez, pero el final es pura alegría: Myrtley y Maurice, su compañero (John Cassavetes), reconvierten la función en una comedia loca. Esa noche averiguo que hizo en teatro Love Streams, de Ted Allan, con Jon Voight, y luego Cassavetes la llevó al cine. Me hubiera encantado verla: adoro esa historia, mi tercer papel favorito de Rowlands, tras Una mujer bajo la influencia y Opening Night. Francesca Pinón, que también la venera, me regala Mable, Myrtle, Gloria… et les autres (2001), un libro de conversaciones con Stig Björkman, publicado por Cahiers du Cinema y que no he encontrado traducido aquí.

viernes, 18 de enero de 2019

Teatro en Londres / Un paseo por el West End


Gillian Anderson y Lily James, en una imagen promocional de 'Eva al desnudo'.

Un paseo (posible) por el West End

Propuestas para 2019 en Londres: Eva al desnudo por Ivo van Hove, dos joyas de Sondheim y mucho Pinter


MARCOS ORDOÑEZ
11 de enero de 2019


El West End londinense ha sido siempre un torbellino de estrenos imposible de abarcar: lo que sigue es, forzosamente, un breve muestreo dictado por mi gusto y para abrir el apetito a los aficionados de lo que la cartelera va a ofrecer en los primeros meses del nuevo año. Veamos.

viernes, 30 de noviembre de 2018

James Salter fue al teatro




James Salter fue al teatro



He leído muchas novelas en las que alguien va al teatro. Pero cuando el protagonista de 'Años luz' va al teatro para ver 'El maestro constructor', la obra se convierte en un espejo helado


MARCOS ORDÓÑEZ
28 NOV 2018 - 17:45 COT

Que yo sepa, el gran James Salter no escribió teatro. Escribió novelas, cuentos, memorias, reportajes, guiones, hasta un libro de cocina con su segunda esposa, Kay Eldredge, pero creo que nada de teatro. Cosa que me extraña un poco, porque Salter tenía una sensibilidad finísima para la escena. Quizás donde más se advierta es en la deslumbrante Años luz (Salamandra), que estos días he vuelto a releer. Es muy raro, por ejemplo, que un escritor norteamericano presente a un personaje, Chaptelle, hablando de Laurent Terzieff, un ídolo de culto en la Francia de los sesenta, al que califica como “el nuevo actor más grande aparecido en 20 años”, alguien “de intensidad amenazadora”, en quien no logra detectar “ni una sola deficiencia”.

lunes, 18 de septiembre de 2017

Marcos Ordóñez / Tres noches con Jeanne Moreau

Jeanne Moreau


Tres noches con Jeanne Moreau

'Zerline’, monólogo a partir de ‘Los inocentes’, de Hermann Broch, fue su culminación teatral


MARCOS ORDÓÑEZ
6 SEP 2017 - 16:35 COT

Este verano, tras la muerte de Jeanne Moreau, un amigo (bastante más joven que yo) me preguntó si la había visto en escena. Tres veces, le dije, hace casi treinta años. La primera fue Le récit de la Servante Zerline, una producción del Festival de Otoño de París, estrenada en Bouffes du Nord, que vino al María Guerrero, invitada por Pasqual, y luego al Principal barcelonés, en el Grec, en julio de 1988. Dirigía Klaus Michael Grüber, que en el 77 había montado en España El arquitecto y el emperador de Asiria, de Arrabal, con Marsillach y Prada.

jueves, 30 de junio de 2016

Marcos Ordoñez / Maldito Martin Amis

Martin Amis
Maldito Amis

Me parece una autoridad. Lo que sabe este hombre, qué envidia me da


Marcos Ordoñez
7 de octubre de 2015

Leo una entrevista con Martin Amis en el Jot Down del domingo. Muy buena entrevista. Hacia el final, estas líneas me pegan un macetazo: “La edad diluye a los escritores. El peor de todos los destinos trágicos es perder la habilidad de impartir vida a tus creaciones (tus creaciones, en otras palabras, ya nacen muertas)”. Tremendo párrafo. Un poco ególatra, si me permiten. ¿El peor de todos los destinos trágicos? Se me ocurren tres infinitamente peores: la pérdida de un ser querido, un cáncer sin remisión, la borradura del alzhéimer. Espero que Amis no entienda "destino" en el sentido helénico de predeterminación. También me fastidia un poco lo de "tus creaciones". Muy pomposo me suena eso. Muy teatral. En Francia lo vi escrito por vez primera. Allí no dicen (o muy poco) "spectacle", dicen "création". En el programa del festival de Avignon de cada año hay más "créations" que en la isla del doctor Moreau. Pues eso: que en vez de "tus creaciones" preferiría "tu mirada", lo que haces a la hora de escribir con tu mirada, con tu imaginación, con tu memoria.

domingo, 30 de agosto de 2015

Marcos Ordóñez / El síndrome de Trigorin

El síndrome de Trigorin

MARCOS ORDÓÑEZ 10 ENE 2013 - 01:42 CET
En Los que sueñan el sueño dorado (Mondadori), la formidable antología de crónicas de Joan Didion, hay un texto llamado Sobre tener un cuaderno de notas donde la escritora americana dice: “La gente que toma notas en cuadernos es una especie distinta. Gente solitaria y reticente que siempre está cambiando la disposición de las cosas, insatisfechos ansiosos, niños que al parecer sufrieron al nacer cierto presentimiento de pérdida”.
Es posible. No digo que no. No sé si tuve al nacer un “cierto presentimiento de pérdida” o si llegó más tarde, pero de un tiempo a esta parte me debato entre la pérdida posible y el desbordamiento cierto, porque tengo la sensación de que los días son cada vez más cortos y están cada vez más llenos de impresiones a recordar. Todo va muy deprisa, cada vez hay más libros que leer, y obras y películas y cosas por ver, y muchos papeles por escribir, y doy gracias a los dioses por todo ello, pero me doy cuenta de que ya no puedo leer sin un lápiz, y necesito tener siempre a mano un cuaderno para que no se me vaya lo que veo, pienso o leo, sepultado por los siguientes estímulos, como emails no contestados, de cara a lo que escribiré luego, es decir, mañana mismo, esta noche, ahora, ya, o anteayer, un anteayer muy vasto, irreal: he llegado a tomar notas, entre dos sueños, para artículos o libros que ya había publicado. ¿Qué me pasa, doctor?
No, no me quejo, sería obsceno quejarse, esa es la vida que quería llevar desde muy joven, pero me pregunto si no estaré comenzando a experimentar el síndrome de Trigorin, el escritor que aparece en La gaviota, de Chejov. Trigorin se sentía obligado a tomar notas de modo compulsivo. “Veo una nube en forma de piano”, le cuenta a Nina, “e inmediatamente pienso que eso quedaría bien en una escena futura. Huelo un heliotropo y apunto: ‘Olor penetrante, color de viudedad, mencionar al describir una noche de verano o adjudicárselo al personaje de una viuda”.
Pues así andamos: tomo notas a todas horas, que a veces triplican la extensión de lo que he de escribir. Tengo un cuaderno en la mesilla de noche y debería tener otro en la ducha, porque muchas ideas llegan bajo el agua, eso está estudiado. Tengo tacos de papel por toda la casa y post-it pegados en los lugares más inverosímiles. Tomo notas (otro cuaderno) en la oscuridad de un teatro o de la alcoba (para no despertar a mi mujer). Tomo notas en una esquina: intento sentirme como un personaje de Modiano, pero siempre parece que estoy poniendo una multa. Tomo notas para este artículo y el de la semana próxima, y para novelas y cuentos que a lo mejor no escribiré, o que cuando los escriba difícilmente sabré que nacieron de una nota olvidada. No tomo notas para recordar que he de tomar notas porque eso no puedo olvidarlo.
Naturalmente, como todos los escritores, creía que eso solo me pasaba a mí, hasta que la otra noche, cenando en casa de Alfonso Armada, mi amigo me abrió la puerta de su estudio y vi una estantería abarrotada de lo que parecían ser libros pero eran cuadernos de notas. Del suelo al techo. Y no solo eso. Armada, uno de los grandes periodistas de este país, corresponsal en África y Nueva York y viajero por medio mundo, no lleva un cuaderno de notas sino cuatro, en los que escribe cada noche. En tres idiomas, para acabarlo de arreglar. Comenzó a escribir su cuaderno español en 1978. Vino luego el cuaderno gallego, que se llama Tranvías adentro. El cuaderno inglés lleva como título un escueto English diary. El cuarto, Diario dramático, recoge, de nuevo en castellano, sus impresiones sobre teatro, cine, y arte en general. O sea, un Trigorin a la cuarta potencia. Aquella noche, de vuelta al hotel, me sentí un absoluto principiante cuando anoté: “Quinientos cuadernos cuadriculados, con margen rojo a la izquierda, forrados con papel de estraza, cada uno de su correspondiente color. Entre nota y nota aparecen pegadas fotos de periódicos, hojas de árboles, entradas y billetes de tren”. Cuando lo escribí no imaginaba que esa nota cerraría este artículo. ¿O en realidad lo empezó?





FICCIONES

DE OTROS MUNDOS

jueves, 25 de junio de 2015

Marcos Ordoñez / Regreso a Salterlandia

James Salter

James Salter

Regreso a Salterlandia

MARCOS ORDÓÑEZ Madrid 1 MAY 2014 - 08:37 CET


Lo primero que se advierte en la obra de James Salter es que es un hombre que ha vivido atentamente y cree en la literatura como una forma de atrapar y recuperar la vida: “Solo las cosas conservadas por escrito”, dice, “tienen alguna posibilidad de ser reales”. La solapa de Todo lo que hay, su nueva novela (Salamandra, traducción de Eduardo Jordá) nos informa de que tiene 89 años, o sea que todavía hay esperanza: los que nos dedicamos a esto quizás podamos escribir así algún día. Su estilo es ahora menos lírico, menos extático que en la preciosa Años luz. Ha ganado ligereza sin perder precisión ni profundidad: se nota que entre una y otra está la destilación extrema de los grandes cuentos de La última noche.
Todo lo que hay avanza como un río ancho y majestuoso. Reconoces ese curso, su placidez, su densidad de miel oscura. Sus destellos: “Tardes incandescentes en España, con las persianas cerradas y una cuchilla de sol ardiendo en la penumbra”. De nuevo, una sensación de plenitud, de querer volver al libro cada noche como quien vuelve a casa.
Me gusta que los capítulos cambien de forma. El capítulo casi documental de la guerra en el Pacífico, que abre la novela. El capítulo sobre Vivian, con el erotismo fulminante de Juego y distracción: “No se lo quitó todo, solo los zapatos, las medias y la falda. No se atrevía a más. Se besaron, hablaban entre murmullos. Cuando resbalaron las bragas blancas, un blanco que parecía sagrado, él apenas respiraba”. El capítulo sobre el fin de semana en la casa de Liz Bohannon, durante la nevada, que recuerda un cruce entre un cuento de Chejov y La regla del juego de Jean Renoir.
Me gusta que la cámara vaya pasando de unos a otros y ampliando su foco; que de repente abandone al protagonista para seguir al editor Eddins y su romance con Dena. Me gustan los capítulos en los que apenas hay acción: Azul empieza con una avispa, sigue con una tormenta eléctrica, salta a la ciudad, Eddins y Bowman hablan en un restaurante, han envejecido, y luego Bowman sale, solo, al “fracasado crepúsculo de Nueva York”, como diría Capote, y pasea por Madison Avenue y vuelve a un bar de su juventud. Hay algo del Fréderic Moreau de La educación sentimental en el perfil de Bowman, y algo de Newland Archer, el protagonista de La edad de la inocencia, de Edith Wharton. Un hombre educado, apasionado, enamorado de su trabajo, pero que no logra encontrar el verdadero amor (Y me gusta que Salter se arriesgue, hacia el final, a que le rechacemos moralmente). Me gustan los diálogos, tan cercanos al último Hemingway de Más allá del río y entre los árboles e Islas en el golfo. El patrón de otros capítulos, casi relatos, recuerdan, en cambio, al mejor Fitzgerald: la portentosa obertura de La señora Armour tiene la irremediable desesperanza de Otra visita a Babilonia. Vuelven los estallidos de vida y de tristeza furiosa. El dolor con el freno de la dignidad como último puerto: “No dejes que me convierta en un borracho”, dice un personaje que ha sufrido una terrible pérdida. La narración anterior de esa tragedia (la calma engañosa, la dosificación de la amenaza, el mazazo que te hiela la nuca) debería enseñarse en las escuelas de escritura. Como el libro entero.

sábado, 11 de octubre de 2014

Marcos Ordoñez / Misterioso Modiano

Modiano herbe des nuits
Patrick Modiano

Misterioso Modiano

Por  02 de enero de 2013
Un hombre solitario vuelve a un barrio de su juventud, un domingo por la tarde, cuando comienza a anochecer, y trata de recuperar su pasado. Se abre una brecha de tiempo y brotan calles borrosas, datos confusos, sombras de gente a la que frecuentó durante un tiempo y no ha vuelto a ver. 

“Y sin embargo no lo soñé”, dice el narrador. 

Así comienza L’herbe des nuits y así comienzan, en esencia, casi todos los libros de Patrick Modiano. Su nueva novela apareció en Gallimard el pasado 4 de octubre, e imagino que no tardará en publicarse en castellano. No sé si salen siempre en otoño o yo me lo imagino; lo cierto es que llevo más de treinta años leyéndolas, y las espero como esperan los franceses la llegada del Beaujolais: Gallimard podría poner un anuncio en las librerías con la frase “Le Modiano nouveau est arrivé”. Me encanta también la invariabilidad de las portadas de Gallimard (el fondo color crema, el título en letras rojas, el nombre del autor en letras negras), que no han cambiado desde los años veinte, desde la gran época de la Nouvelle Revue Française, de la que todavía permanecen las iniciales, como un sello nobiliario o un código secreto.

martes, 15 de abril de 2014

Martín Caparrós, detective



Martín Caparrós, detective

Hoy quiero celebrar la publicación aquí de 'El interior'. Solo llevo cien páginas, pero estoy atrapado, entusiasmado


MARCOS ORDÓÑEZ
16 ABR 2014 - 17:16 COT

Hará casi diez años cayeron en mis manos los tres tomazos de La voluntad, de Martín Caparrós y Eduardo Anguita, una crónica de los movimientos revolucionarios argentinos entre el 66 y el 78. Nunca había leído una cosa igual. La historia subterránea de un país a través de quinientos testimonios. O más, porque aquellos tres tomos ahora ya son cinco. Un fabuloso retrato de época, lo que pasaba abajo y lo que pasaba arriba, y el día a día, lo que daban en el cine, lo que comían, lo que vestían, y los grandes sueños, y las grandes cagadas. Mejor que una novela, una película, una serie. Me causó un impacto fortísimo, una admiración enorme. Pensaba: ¿por qué nadie hizo en nuestro país algo parecido sobre la vida política clandestina durante los 60-70? Una de las respuestas podría ser: porque eso supone un trabajo de locura. Pero esos dos grandes periodistas argentinos lo hicieron.
Hoy quiero celebrar la publicación aquí de El interior, de Martín Caparrós, en una nueva editorial, Malpaso (con triple proa: Barcelona, México, Buenos Aires), y una nueva colección, Lo Real, que dirige Jorge Carrión. Preciosa edición, estupendo libro. Solo llevo cien páginas, pero estoy atrapado, entusiasmado. Y me divierte estar haciendo ahora un apunte microscópico sobre las descomunales crónicas de su autor, porque las setecientas páginas del libro, que apareció en Argentina en 2006, "cubren" la primera parte, el Norte: la segunda, el Sur, aparecerá algún día, esperemos que pronto.





Casi todo lo que mira es o se vuelve interesante cuando lo atrapa, en un estilo fragmentario y a la vez torrencial

El Interior: un hombre que se echa al camino, al volante de un Renault 21 blanco (llamado Erre) que había sido de Osvaldo Soriano, otro gran ojo, otra gran antena. Un hombre que mira, escucha, pregunta. Un detective de la realidad. Un plan: recorrer la Argentina "de la que no se habla", que no es una Argentina bucólica ni agreste. "Contra lo que se cree", dice, "el interior no es un mundo rural: todo lo contrario. el 80 por cien de sus habitantes vive en ciudades". Un viaje que comienza en 2004 y sigue durante 2005, en salidas de tres meses. 14 provincias argentinas. 30 mil kilómetros. Caparrós graba conversaciones, monologa ante el micro, toma apuntes. Escribe, escribe, escribe. Las crónicas de Caparrós son extensas porque mira mucho y tiene mucho que contar. Y porque casi todo lo que mira es o se vuelve interesante cuando lo atrapa, en un estilo fragmentario y a la vez torrencial. Surgen cientos de historias, entre las que retengo ahora, 1) el relato casi de western del legendario sindicalista Alberto Piccinini, que tras seis años entre rejas se planta ante su antigua fábrica, la gigantesca Acindar, porque los nuevos trabajadores están esquiroleando una huelga, y arriesgándose a volver a la cárcel toma la palabra y logra convencerles de que no entren, 2) el aguafuerte del boliche La Rosa, un puticlub que ni Lynch hubiera imaginado (hay que leerlo para creerlo), y su alucinante amo, el nietzscheano Indio Blanco, 3) la historia de Federación, el pueblo entrerriano que nació tres veces, contada en cinco páginas magistrales. Historias que rastrea o que le salen al paso, que vive o que le cuentan. Voces anónimas, voces ante las que pocos se detendrían a escuchar. Sí, lo sé: pensarán que todo eso les queda lejos. Pero cuando alguien sabe mirar y sabe contar, todo se nos vuelve próximo. Y apasionante. Queremos más crónicas. De allá y de aquí.


miércoles, 27 de marzo de 2013

Marcos Ordoñez / Tres miradas sobre Huppert


Isabelle Huppert

Tres miradas sobre Huppert

La actriz francesa acaba de cumplir 60 años, y aún no he atrapado las claves de su arte

Marcos Ordoñez
27 MAR 2013 - 14:49 COT

La actriz más audaz de su generación, la menos previsible, la más fría y la más incendiada. “Interpretar es un juego físico, un enorme placer y un vacío permanente”, le decía este verano a Françoise Santucci en Libération.Y también: “Hay una única manera de abordar un personaje: tiene que resonar dentro de ti. El problema es que siempre se puede depurar más, y ser obsesiva es bueno para el trabajo pero ensombrece la vida”. Acaba de cumplir 60 años y sigue rodando una media de tres películas al año. El anterior se salió por la escuadra y rodó siete. Lógicamente, no hace tanto teatro como quisiéramos, pero cuando lo hace es imborrable. La he visto tres veces en escena, ojiplático, y aún no he conseguido atrapar las claves de su arte. Recuerdo, selecciono, corrijo, remonto. He aquí algunos extractos de mis intentos.
4.48 Psychosis, de Sarah Kane, dirigida por Claude Régy. Teatre de Salt, 2002. “Huppert, genio puro: un escorpión rodeado por un círculo de fuego. Parece una adolescente (camiseta azul, pantalón de cuero, zapatillas negras) que haya vivido 10 vidas y 10 muertes. Asistimos a una resurrección, una restitución: Sarah Kane está viva y respira por su boca y habita en su carne. Control físico absoluto. Un cuerpo desvelado, aprisionado como en un lecho vertical, durante dos horas, sin moverse un centímetro. Una muerta insumisa, puesta en pie ante nosotros. Una inmensa fatiga, una rabia infinita. Unas manos que no dejan de crisparse y retorcerse y enviar mensajes con el lenguaje secreto de los esquizofrénicos. Un rostro desnudo que muestra la emergencia de la calavera, que se transfigura a cada giro de la luz. Un fulgor negro latiendo en el fondo de los ojos arrasados. Cada vez que esa cabeza se mueve, imperceptiblemente, escuchamos el rugido de una torrentera de piedras”.
Hedda Gabler, de Ibsen, dirigida por Eric Lacascade. Lliure, 2005. “Se masajea el tobillo, se enrosca y desenrosca un rizo con el dedo, se frota la nuca, carraspea, tose, se apoya en una sola pierna, y lo maravilloso es que no resulta fatigosa, sino todo lo contrario. Su manera de interpretar a Hedda es algo rarísimo, que quizás podría definirse como método trascendido. Como si hubiera pasado 10 años con Strasberg y luego la hubiera tomado Brook en sus manos para limpiarla. Hay una especie de centrifugado, de tranquilización de los tics del Método. Es un trabajo muy técnico, al servicio de la neurosis del personaje, que fluye con una naturalidad sorprendente. Hasta el menor gesto parece calculado al milímetro, orgánico y estilizado al mismo tiempo. Madeleine Renaud era algo parecido. La superdiva y la antidiva a la vez, la gran dama que puede tener cualquier edad. Y flotando sobre su cabeza, como una aureola, el oscuro perfume de las bestias inexplicables”.
Quartett, de Heiner Müller, dirigida por Bob Wilson. Odéon, 2006. “Se diría que todo el espectáculo está concebido para ella: Wilson como Von Sternberg iluminando a Marlene. La Huppert ya fue Orlando en sus manos: la salamandra que atraviesa todos los fuegos, todas las épocas, todas las reencarnaciones posibles. Quartett es la definitiva confirmación de que estamos ante una médium de muchísimo cuidado, porque sin dejar de ser ella es otra a cada giro: Jeanne Moreau en Los amantes, Deneuve en Belle de jour, Delphine Seyrig en Labios rojos, Micheline Presle en Falbalas. Un rayo ha petrificado su melena rubia en un zigzag lateral. Abre la boca (“Valmont, je la croyais éteinte votre passion pour moi…”) y el texto gira como una rata en una rueda, como Brel cantando La Valse a mille temps. Luego la palabra se hiela y ella la escupe y el salivazo ninja se estalactiza: ni te das cuenta y ya te ha perforado un ojo. Quema lo que toca, y en su paleta están, dispuestos al ataque, todos los tonos de la pasión: gatita falsamente mimosa, tigresa desesperada, loca de amor, muerta a la que no hay quien entierre ni cristiano capaz de dejar de mirarla. No nos deja, no acaba de irse, repite una y otra vez la letanía final mientras una pecera nocturna y lapidaria cruza lentísimamente el escenario y ella es una silueta negra alejándose, con el zapato de tacón colgando de los dedos, ese zapato de tacón que desearías que no cayera jamás”.
Feliz cumpleaños, señora.
EL PAÍS