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| Julio Cortázar |
Cortázar
Cartas (1937-54), (1955-64), (1965-68)
Julio Cortázar
Edición de A. Bernárdez y C. Álvarez Garriga
19 de octubre de 2021
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| Julio Cortázar |
La Universidad de La Laguna, a través del Vicerrectorado de Cultura y Extensión Universitaria con la intención de promover la creación literaria convoca la edición 2025 del XXVI Premio Internacional Julio Cortázar de Relato Breve Universidad de La Laguna.
Hubo alguna ocasión en que la Real Academia Española dejó de ser y llamarse Real. Fue, por ejemplo, en la Segunda República, de 1931 a 1939. Durante aquellos años, la corona de su emblema pasó a ser mural, de murallas con torreones intercalados. Podemos verla en la portada del malogrado Diccionario histórico de la lengua española (1933-36) —que solo llegó a ver dos tomos, los correspondientes a las letras a y ce— y también si vamos a la Biblioteca de la Docta Casa y solicitamos la consulta de las signaturas d 0-83 y d 0-84, que pertenecen al Diccionario de la lengua española en su decimosexta edición, publicado en 1936 por los talleres de Espasa Calpe.
”A Petrone le gustó el Hotel Cervantes por razones que hubieran desagradado a otros. Era un hotel sombrío, tranquilo, casi desierto. Un conocido del momento se lo recomendó cuando cruzaba el río en el Vapor de la Carrera, diciéndole que estaba en la zona céntrica de Montevideo”. Así comienza el cuento de Julio Cortázar La puerta condenada. El escritor se alojó en el hotel durante un viaje por la capital uruguaya, entre noviembre y diciembre de 1954, convocado a reuniones de la Unesco. El cuento fue publicado en Final del juego, en 1956.
“El agua salía hirviendo, y eso compensaba la falta de sol y aire. En la habitación había una pequeña ventana que daba a la azotea del cine contiguo; a veces se paseaba una paloma por ahí. El cuarto de baño tenía una ventana más grande, que se abría tristemente a un muro y a un lejano pedazo de cielo, casi inútil. Los muebles eran buenos, había cajones y estantes de sobra. Y muchas perchas, cosa rara”. La descripción de las instalaciones del hotel entonces llamado Cervantes (Soriano 868, Barrio de las Artes) despertó la curiosidad de sus fieles lectores y aportó un halo de misterio por siempre, aunque haya sido remodelado.
Quien transite los pasillos del hotel, se encontrará con un edificio que combina su original estilo italiano florentino de los años 20 con nuevos aires vanguardistas. Nada tiene de sombrío. Sí conserva la tranquilidad. Se trata de un hotel boutique, distinguido, con comodidades al por mayor, incluso la habitación 205. No lleva placa, ni nada en especial en su puerta de entrada. Desde afuera se ve como una habitación más. No para la percepción de un lector de Cortázar. Será imposible quitarse de la mente al protagonista del cuento, Petrone, un argentino que viaja por negocios y tiene todo bajo control, hasta que un mundo fantástico se cuela por una puerta donde escucha una criatura llorando y una mujer que lo consuela. La puerta condenada es la típica puerta clausurada por un mueble, que comunica a otra habitación.

¿Si la puerta existe o existió? La gerente del hotel nos da su respuesta. “Esta puerta hoy no existe. Tampoco tengo conocimiento si algún día existió o si fue solo el fruto de la imaginación de Cortázar… Lo que sí puedo decir es que en el plano original de 1927 esa puerta no está dibujada. ¿Pero quién sabe?”, se pregunta Lucile Gutiérrez, gerente general del actual Esplendor by Wyndham Montevideo Cervantes.
En el imaginario, la puerta tiene el poder de seguir existiendo, igual que el armario que la tapa. Hoy es posible dormir en esa habitación. Una manera de decir, en tanto uno sea capaz de silenciar la mente, y no llamar el llanto del niño.
El hotel fue construido por el arquitecto Leopoldo Tosi e inaugurado en 1927. Cortázar no fue el único huésped ilustre. Alojó a Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Norah Lange, José Luis Romero, Carlos Gardel, Atahualpa Yupanqui.
“Registros del hotel antiguo, no quedan. Después del cierre, el edificio se convirtió en un poco de todo: desde una fábrica de textiles, aulas de clase de baile, hasta un estacionamiento”, se lamenta Lucile Gutiérrez.
La habitación 205 se reserva de manera normal, es una habitación de categoría Suite. No hay tiempo específico de reserva. Siempre es bueno anticiparse para esté la habitación libre en las fechas requeridas. En la habitación está en exhibición una fotografía de la muestra de la argentina Rox Boyer “Cortázar en París”, que tuvo lugar en el hotel. La fotógrafa se dedicó a seguir los pasos del autor de Rayuela por la Ciudad Luz.
A pesar del paso del tiempo, cambio de nombre y reformas, la cultura continúa anidando en los espacios comunes del Esplendor by Wyndham Montevideo Cervantes. El grupo Cultural del Plata, gestiona sus muestras de carácter trimestral, que involucran a artistas locales, como Laura Moras, Erika Curbelo, incluida Rox Boyer.
“Del hotel, lo que está conservado es el techo del teatro. Todo lo demás fue reformado. Sobre todo la parte del lobby que antes era la entrada a la Sala Cervantes”, detalla Lucile Gutiérrez. La sala del ex teatro Cervantes fue declarada patrimonio nacional y monumento histórico en Uruguay. El Esplendor hoy ofrece 84 habitaciones remodeladas, tiene piscina interna climatizada y una gran terraza con vistas al río color de león, como poéticamente se refirió Cortázar al Río de la Plata en una carta al artista Eduardo Jonquières el 27 de noviembre de 1954.
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| Julio Cortázar |
Cortazar
María Teresa Andruetto
“Leí Rayuela, si mal no recuerdo, en el 71, mi primer año de vida en la ciudad y en la universidad. Yo ya había leído algunos libros de Cortázar, a Bestiario y Final del juego los leí, seguro, en tiempos de la secundaria. A Rayuela la leí en el momento de idolatría a Cortázar e hice por entonces, en paralelo, un seminario sobre su escritura (lo daba un profesor que era amigo de él y tenía cartas personales, discos en los que lo escuchábamos leer con ese rastro francés en el castellano, libros firmados, todo lo cual nos sumergía en el mito) y otro sobre la de Borges. Por ese tiempo yo había empezado a militar en una organización de izquierda y recuerdo discusiones campales a favor del primero y en contra del segundo, y oscilaba entre uno y otro, más allá de sus posiciones ideológicas. Con Cortázar era fácil acordar, lo leíamos como un escritor de izquierda, en tiempos ‘prefeministas’ aunque ya para entonces me hacía mucho ruido eso de lector hembra (que lee pasiva/convencionalmente) y lector macho. Pero igual, como casi todos por entonces, leí esa novela con entusiasmo y tuve una postal de Cortázar (la foto de Sara Facio) entre mis papeles. En rigor de verdad, de Rayuela, ya por entonces, aunque no me animaba a sostenerlo a viva voz, me gustaban (solo) ciertos fragmentos, no la novela entera (ni leída como hembra ni leída como macho), sobre todo porque ya entonces me parecía muy sesentista (muy centrada en el hedonismo, la valoración de la pereza, lo puramente individual y una cierta atmósfera de romanticismo psicointelectual) y yo era claramente setentista, con las preocupaciones sociales y la militancia tan fuerte de entonces.
Julio Cortázar
INSTRUCCIONES PARA CANTAR
Empiece por romper los espejos de su casa, deje caer los brazos, mire vagamente la pared, olvídese . Cante una sola nota, escuche por dentro. Si oye (pero esto ocurrirá mucho después) algo como un paisaje sumido en el miedo, con hogueras entre las piedras, con siluetas semidesnudas en cuclillas, creo que estará bien encaminado, y lo mismo si oye un río por donde bajan barcas pintadas de amarillo y negro, si oye un sabor de pan, un tacto de dedos, una sombra de caballo.
Después compre solfeos y un frac, y por favor no cante por la nariz y deje en paz a Schumann.
Julio Cortázar
Historias de cronopios y de famas
Julio Cortázar
INSTRUCCIONES PARA LLORAR
Dejando de lado los motivos, atengámonos a la manera correcta de llorar, entendiendo por esto un llanto que no ingrese en el escándalo, ni que insulte a la sonrisa con su paralela y torpe semejanza. El llanto medio u ordinario consiste en una contracción general del rostro y un sonido espasmódico acompañado de lágrimas y mocos, estos últimos al final, pues el llanto se acaba en el momento en que uno se suena enérgicamente.
Para llorar, dirija la imaginación hacia usted mismo, y si esto le resulta imposible por haber contraído el hábito de creer en el mundo exterior, piense en un pato cubierto de hormigas o en esos golfos del estrecho de Magallanes en los que no entra nadie, nunca.
Llegado el llanto, se tapará con decoro el rostro usando ambas manos con la palma hacia dentro. Los niños llorarán con la manga del saco contra la cara, y de preferencia en un rincón del cuarto. Duración media del llanto, tres minutos.
Julio Cortázar
Historias de cronopios y de famas
Julio Cortázar
MANUAL DE INSTRUCCIONES
La tarea de ablandar el ladrillo todos los días, la tarea de abrirse paso en la masa pegajosa que se proclama mundo, cada mañana topar con el paralelepípedo de nombre repugnante, con la satisfacción perruna de que todo esté en su sitio, la misma mujer al lado, los mismos zapatos, el mismo sabor de la misma pasta dentífrica, la misma tristeza de las casas de enfrente, del sucio tablero de ventanas de tiempo con su letrero «Hotel de Belgique».
Meter la cabeza como un toro desganado contra la masa transparente en cuyo centro tomamos café con leche y abrimos el diario para saber lo que ocurrió en cualquiera de los rincones del ladrillo de cristal. Negarse a que el acto delicado de girar el picaporte, ese acto por el cual todo podría transformarse, se cumpla con la fría eficacia de un reflejo cotidiano. Hasta luego, querida. Que te vaya bien.
Apretar una cucharita entre los dedos y sentir su latido de metal, su advertencia sospechosa. Cómo duele negar una cucharita, negar una puerta, negar todo lo que el hábito lame hasta darle suavidad satisfactoria. Tanto más simple aceptar la fácil solicitud de la cuchara, emplearla para revolver el café.
Y no que esté mal si las cosas nos encuentran otra vez cada día y son las mismas. Que a nuestro lado haya la misma mujer, el mismo reloj, y que la novela abierta sobre la mesa eche a andar otra vez en la bicicleta de nuestros anteojos, ¿por qué estaría mal? Pero como un toro triste hay que agachar la cabeza, del centro del ladrillo de cristal empujar hacia afuera, hacia lo otro tan cerca de nosotros, inasible como el picador tan cerca del toro. Castigarse los ojos mirando eso que anda por el cielo y acepta taimadamente su nombre de nube, su réplica catalogada en la memoria. No creas que el teléfono va a darte los números que buscas. ¿Por qué te los daría? Solamente vendrá lo que tienes preparado y resuelto, el triste reflejo de tu esperanza, ese mono que se rasca sobre una mesa y tiembla de frío. Rómpele la cabeza a ese mono, corre desde el centro de la pared y ábrete paso. ¡Oh, como cantan en el piso de arriba! Hay un piso de arriba en esta casa, con otras gentes. Hay un piso de arriba donde vive gente que no sospecha su piso de abajo, y estamos todos en el ladrillo de cristal. Y si de pronto una polilla se para al borde de un lápiz y late como un fuego ceniciento, mírala, yo la estoy mirando, estoy palpando su corazón pequeñísimo, y la oigo, esa polilla resuena en la pasta de cristal congelado, no todo está perdido. Cuando abra la puerta y me asome a la escalera, sabré que abajo empieza la calle; no el molde ya aceptado, no las casas ya sabidas, no el hotel de enfrente; la calle, la viva floresta donde cada instante puede arrojarse sobre mí como una magnolia, donde las caras van a nacer cuando las mire, cuando avance un poco más, cuando con los codos y las pestañas y las uñas me rompa minuciosamente contra la pasta del ladrillo de cristal, y juegue mi vida mientras avanzo paso a paso para ir a comprar el diario a la esquina.
Julio Cortázar
Historias de cronopios y de famas
Le hasard meurtrier se dresse au coin de la première rue.
Au retour l’heure-couteau attend.
MARCEL BÉLANGER, Nu et noir.
Uno se va contando despacito las cosas, imaginándolas al principio a base de Flora o una puerta que se abre o un chico que grita, después esa necesidad barroca de la inteligencia que la lleva a rellenar cualquier hueco hasta completar su perfecta telaraña y pasar a algo nuevo. Pero cómo no decirse que a lo mejor, alguna que otra vez, la telaraña mental se ajusta hilo por hilo a la de la vida, aunque decirlo venga de un puro miedo, porque si no se creyera un poco en eso ya no se podría seguir haciendo frente a las telarañas de afuera. Flora entonces, todo lo que me fue contando de a poco cuando nos juntamos, por supuesto ya no trabajaba en la casa de la señora Matilde (siempre la llamó así aunque ahora no tenía por qué seguirle dando esa seña de respeto, de sirvienta para todo servicio) y a mí me gustaba que me contara recuerdos de su pasado de chinita riojana bajando a la capital con grandes ojos asustados y unos pechitos que al fin y al cabo le iban a valer más en la vida que tanto plumero y buena conducta. A mí me gusta escribir para mí, tengo cuadernos y cuadernos, versos y hasta una novela, pero lo que me gusta es escribir y cuando termino es como cuando uno se va dejando resbalar de lado después del goce, viene el sueño y al otro día ya hay otras cosas que te golpean en la ventana, escribir es eso, abrirles los postigos y que entren, un cuaderno detrás de otro; yo trabajo en una clínica, no me interesa que lean lo que escribo, ni Flora ni nadie; me gusta cuando se me acaba un cuaderno porque es como si hubiera publicado todo eso, pero no se me ocurre publicarlo, algo golpea en la ventana y así vamos de nuevo, lo mismo una ambulancia que un nuevo cuaderno. Por eso Flora me contó tantas cosas de su vida sin imaginarse que después yo las revisaba despacito entre dos sueños y algunas las pasaba a un cuaderno, Emilio y Matilde pasaron al cuaderno porque eso no podía quedarse solamente en un llanto de Flora y pedazos de recuerdos; nunca me habló de Emilio y de Matilde sin llorar al final, yo la dejaba tranquila unos días, le alentaba otros recuerdos y en una de ésas le sacaba de nuevo aquello y Flora se precipitaba como si ya se hubiera olvidado de todo lo que me llevaba dicho, empezaba de nuevo y yo la dejaba porque más de una vez la memoria le iba trayendo cosas todavía no dichas, pedacitos ajustables a los otros pedacitos, y por mi parte yo iba viendo nacer los puntos de sutura, la unión de tanta cosa suelta o presumida, rompecabezas del insomnio o de la hora del mate delante del cuaderno; llegó el día en que me hubiera sido imposible distinguir entre lo que me contaba Flora y lo que ella y yo mismo habíamos ido agregando porque los dos, cada uno a su manera, necesitábamos como todo el mundo que aquello se completara, que el último agujero recibiera al fin la pieza, el color, el final de una línea viniendo de una pierna o de una palabra o de una escalera. Como soy muy convencional, prefiero agarrar desde el principio, y además cuando escribo veo lo que estoy escribiendo, lo veo realmente, lo estoy viendo a Emilio Díaz la mañana en que llegó a Ezeiza desde México y bajó a un hotel de la calle Cangallo, se pasó dos o tres días dando vueltas por barrios y cafés y amigos de otros tiempos, evitando ciertos encuentros pero tampoco escondiéndose demasiado porque en ese momento no tenía nada que reprocharse. Probablemente estudiaba despacio el terreno en Villa del Parque, caminaba por Melincué y General Artigas, buscaba un hotel o una pensión baratieri, se instalaba sin apuro, tomando mate en la pieza y yendo a los boliches o al cine por la noche. No tenía nada de fantasma pero hablaba poco y con pocos, caminaba sobre suelas de goma y se vestía con una campera negra y pantalones terrosos, los ojos rápidos para el quite y el despegue, algo que la dueña de la pensión llamaría furtividad; no era un fantasma pero se lo sentía lejos, la soledad lo rodeaba como otro silencio, como el pañuelo blanco en el cuello, el humo del faso pocas veces lejos de esos labios casi demasiado finos.
Todo parece girar en torno a Gesualdo, si tenía derecho a hacer lo que hizo o si se vengó en su mujer de algo que hubiera debido vengar en sí mismo. Entre dos ensayos, bajando al bar del hotel para descansar un rato, Paola discute con Lucho y Roberto, los otros juegan canasta o suben a sus habitaciones. Tuvo razón, se obstina Roberto, entonces y ahora es lo mismo, su mujer lo engañaba y él la mató, un tango más, Paolita. Tu grilla de macho, dice Paola, los tangos, claro, pero ahora hay mujeres que también componen tangos y ya no se canta siempre la misma cosa. Habría que buscar más adentro, insinúa Lucho el tímido, no es tan fácil saber por qué se traiciona y por qué se mata. En Chile puede ser, dice Roberto, ustedes son tan refinados, pero nosotros los riojanos meta facón nomás. Ríen, Paola quiere gin-tonic, es cierto que habría que buscar más atrás, más abajo, Carlo Gesualdo encontró a su mujer en la cama con otro hombre y los mató o los hizo matar, ésa es la noticia de policía o el flash de las doce y media, todo el resto (pero seguramente en el resto se esconde la verdadera noticia) habría que buscarlo y no es fácil después de cuatro siglos. Hay mucha bibliografía sobre Gesualdo, recuerda Lucho, si te interesa tanto averigualo cuando volvamos a Roma en marzo. Buena idea, concede Paola, lo que está por verse es si volveremos a Roma.
A Antoni Tàpies
Tantas cosas que empiezan y acaso acaban como un juego, supongo que te hizo gracia encontrar el dibujo al lado del tuyo, lo atribuiste a una casualidad o a un capricho y sólo la segunda vez te diste cuenta de que era intencionado y entonces lo miraste despacio, incluso volviste más tarde para mirarlo de nuevo, tomando las precauciones de siempre: la calle en su momento más solitario, ningún carro celular en las esquinas próximas, acercarse con indiferencia y nunca mirar los graffiti de frente sino desde la otra acera o en diagonal, fingiendo interés por la vidriera de al lado, yéndote enseguida.
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