¿Un ‘caravaggio’ en el trastero?
Francia declara tesoro nacional un posible cuadro del maestro italiano encontrado en Toulouse
Alex Vicente
París, 13 de agosto de 2016
Alex Vicente
París, 13 de agosto de 2016

'Al oeste del Edén', de Jean Stein, es un relato oral sobre la capital del autoengaño y la reinvención, que deja al descubierto los trucos con los que se construyó su poderosa mitología, a la que la literatura también contribuyó

Visita a la Fundación Carmignac, una isla con 300 obras contemporáneas para vivir una experiencia espiritual

Para llegar a esta fundación hay que subirse a un barco y luego cruzar un bosque delimitado por impresionantes acantilados y una playa de arena amarilla. Al cruzar la puerta, el visitante debe quitarse los zapatos e ingerir un brebaje medicinal preparado por un druida local. Solo entonces estará listo para adentrarse en el vientre de esta morada provenzal situada en la isla francesa de Porquerolles, a solo siete kilómetros de la Costa Azul. La Fundación Carmignac abrirá sus puertas este sábado en este remanso de paz idóneo para destierros voluntarios, conocido por su parque natural y sus rutas de senderismo. A partir de ahora, habrá que situarlo también en el mapa del arte contemporáneo.

Entre el azul de California y la luz cambiante de Normandía, el artista británico buscó durante seis décadas una nueva manera de representar el mundo visible
Alex Vicente
París, 12 de junio de 2026
La obra de David Hockney, fallecido este jueves en Londres a los 88 años, puede leerse como una sucesión de ciclos temáticos desplegados a lo largo de más de seis décadas: las piscinas californianas, los interiores domésticos, los retratos de amigos y familiares, los paisajes de Yorkshire y Normandía, y una curiosidad constante por las herramientas técnicas, de la Polaroid al iPad, pasando por el fax y la fotocopiadora. En todas sus etapas, Hockney habrá sido un pintor de la vida moderna, casi un Manet de su tiempo, siempre atento a la perspectiva, la luz, el paso de las estaciones y el reverso melancólico del deseo.





Alex Vicente
7 de septiembre de 2024
Es nuestro director más internacional, más profeta fuera que dentro, premiado y apreciado en todo el mundo menos en España, donde su cine y su figura siguen despertando recelos. Son los lugares comunes que suelen acompañar al nombre de Pedro Almodóvar, el visionario venerado en el extranjero, pero no siempre en su casa. Ni una cosa ni la otra son del todo ciertas. La realidad cuenta una versión un poco distinta: al director le costó 20 años ganarse el prestigio internacional y su relación con los certámenes europeos no siempre ha sido fácil. El Festival de Cannes, que lo acabó ensalzando como uno de los grandes genios del cine actual, también le reservó ciertos reveses. En su día, el certamen francés rechazó algunas de sus películas más conocidas, como Mujeres al borde de un ataque de nervios, Átame y Tacones lejanos. “No sabían si era buen cine o una petardada”, contó Almodóvar en 2019. Cannes no le abrió las puertas hasta Todo sobre mi madre, pocos meses antes de que ganara con ella su primer Oscar.
Alex Vicente
Berlín, 12 de abril de 2024
Sentada en la recepción del mugriento gimnasio que regenta en medio del desierto de Nuevo México, Kristen Stewart (Los Ángeles, 34 años) parece soñar con una vida lejos de tan penoso lugar. Peinada con un asimétrico corte mullet —corto por delante, largo por detrás— y vestida con estudiado desaliño, aparece en pantalla por primera vez para desatascar un inodoro. A su alrededor, cuerpos sudorosos se someten a la dictadura del fitness y se inyectan cócteles de anabolizantes para plegarse a su dogma: sin esfuerzo no hay recompensa; no se gana músculo sin sufrir. “El dolor es la fragilidad que abandona el cuerpo”, reza un cartel colgado en la pared. Sucede en los EE UU de finales de los ochenta, los del reaganismo tardío, pero podría transcurrir en cualquier lugar del mundo en la actualidad.
| Jorge Guillén Foto de Mario Muchnik |
Mario Muchnik fue bachiller en Buenos Aires, universitario en Nueva York, físico nuclear en Roma, jefe de una empresa de audiovisuales en Londres, director de colecciones literarias en París, fundador de la editorial que llevó su nombre en la Barcelona de 1973 y después responsable de distintos proyectos librescos en Madrid, donde sigue residiendo. ¿Qué tienen en común estas vidas sucesivas? Pues que, en todas ellas, Muchnik se volcó en una pasión inmutable: la fotografía. En 2017, el editor argentino cedió 133 imágenes de su archivo al Instituto Cervantes, que le agradece ahora el gesto con una exposición itinerante, Mario Muchnik, el fotógrafo, que condensa la mitad de aquella donación.
![]() |
| Jean-Jacques Sempé Foto de Lea Crespi |
La suya es una silueta oronda e impecablemente vestida que inhala con vehemencia su cigarrillo electrónico: tuvo que dejar de fumar hace algunos meses por los achaques de la edad. A punto de cumplir 84 años, Sempé aparece sentado en un rincón del pequeño espacio que su galerista tiene en Saint-Germain, el barrio parisiense donde ha transcurrido buena parte de su existencia, donde cuenta con Catherine Deneuve y Patrick Modiano como vecinos más ilustres. Gran figura del dibujo del último siglo, autor de centenares de viñetas entrañables pero increíblemente afiladas, Sempé obtuvo la fama en los sesenta ilustrando El pequeño Nicolás, de René Goscinny.
Desde entonces, se ha pasado media vida diseccionando las ridículas costumbres del tiempo que le ha tocado vivir, trazando a oficinistas deprimidos, esforzados ciclistas, músicos sin la partitura aprendida, astronautas polígamos y otros hombrecillos con diversas inquietudes metafísicas (además de numerosos gatos, en un gesto de inaudita modernidad). Responsable de una treintena de álbumes y de un centenar de codiciadas portadas de The New Yorker, Sempé regresa a las librerías españolas con Marcelín, uno de sus volúmenes de los sesenta, que ahora recupera Blackie Books.

PREGUNTA. Su biografía empieza con una recompensa: ganó un premio al bebé más guapo de Burdeos, su ciudad natal.
RESPUESTA. Vaya a saber qué quería decir eso en aquella época. Debía ser el bebé más gordo, porque entonces un bebé tenía que rebosar por todas partes…
P. ¿A qué se dedicaban sus padres?
R. Tuvieron vidas difíciles. Hicieron lo que pudieron. Mi padre adoptivo, Monsieur Sempé, era representante comercial. Vendía latas de conserva. Mi madre cosía y limpiaba. No tenían nada, lo que comportaba muchas peleas, entre ellos y contra mí.
P. Usted fue hijo ilegítimo. ¿Nunca supo nada de su padre biológico?
R. Nunca quise saber. No quería poner a nadie en aprietos. No deseaba presentarme en casa de una familia bien asentada y preguntar: “¿Vive aquí mi padre?”. No, nunca lo fui a buscar. Hubiera sido un jaleo.
P. ¿Cómo llegó al dibujo?
R. Era más fácil encontrar un folio y un lápiz que un avión o un piano Steinway, por citar mis demás pasiones. En realidad, estaba loco por la música. Especialmente por el jazz, que ha sido la música del siglo XX. Hubiera hecho cualquier trabajo, pero todo el mundo me rechazó.
P. ¿Cuál fue su primer dibujo publicado?
R. No quiero hablar de él. Lo publiqué a los 18 años en Sud-Ouest, el diario de Burdeos. Era una catástrofe. Si me lo publicaron fue por pura amabilidad, tal vez esperando que algún día lograra hacer algo digno.
P. Se le suele tratar de nostálgico. ¿Qué hay de cierto?
R. Es verdad. Hay varias cosas que echo de menos. El papel, las plumas y la tinta que ya casi no se fabrican. O la Francia de otro tiempo, un país agradable y campechano que ha desaparecido. Ahora ya no hay sentimientos…
“La amistad es algo maravilloso, pero frágil. Igual que el resto de sentimientos humanos. A excepción de la barbarie”
P. ¿En qué sentido?
R. La vida se ha vuelto muy dura. Solo consiste en trabajar y consumir. Todo va a una gran velocidad. Los pueblos se expanden y los países se entremezclan. Es una sociedad violenta, en la que cuesta hacerse un lugar. Los fuertes aplastan a los débiles y ya casi no existe la piedad. Lo llevo mal, porque esa brutalidad no me gusta.
P. Siempre ha sido un gran defensor de la bondad.
R. Pienso lo mismo que Vasili Grossman, el autor de Vida y destino. Tuvo una existencia infernal, pero al final de su libro afirma: “Solo creo en la bondad”. Yo diría lo mismo.
P. En Francia se le suele tildar de moralista. ¿Se lo toma como un insulto?
R. No sé qué querrán decir con eso…
P. Tal vez que sigue creyendo en el bien y en el mal.
R. Es así, por desgracia. Ya no está muy de moda ser así. Es como de otro tiempo.
P. ¿Es conservador?
R. No entiendo cuál es la relación. A uno le puede gustar la música clásica o la arquitectura del siglo XVII sin ser un retrógrado, ¿verdad? Pues con este tema sucede lo mismo…
P. ¿Usted vota?
R. Claro, pero no le voy a decir por quién. De eso no hablo.

P. ¿Qué es para usted dibujar?
R. Es un oficio que parece sencillo, pero no lo es. Es como cuando veo a los trapecistas de un circo. Me digo que lo que hacen es muy fácil, pero si decidiera subirme al trapecio me daría un tortazo importante. Con el dibujo sucede exactamente lo mismo.
P. ¿Cree en la inspiración?
R. Solo cuando llega. Cuando no llega, dejo de creer en ella.
P. ¿Qué hace cuando no llega?
R. En realidad, solo cuenta el trabajo, por mucho que me fastidie. La inspiración hay que ir a buscarla.
P. ¿Le ayuda observar la vida de sus semejantes?
R. Darme un paseo por mi barrio me ayuda a vivir y, por consiguiente, a dibujar. Pero no existe una relación directa. Nunca me he nutrido de mi biografía. En realidad, no puedo contarle cómo funciona, porque no tengo la menor idea. Es un misterio bastante desesperante. Si alguien le da la receta, dígale que me llame.
P. ¿Qué ha aprendido en estos 50 años largos de carrera?
R. Que soy más tonto de lo que creía. Que soy torpe, perezoso y desordenado. Que soy un hombre aturdido.
P. ¿Sigue dibujando?
R. Sí, pero ya no todos los días. Me resulta extraño, porque antes lo hacía sin parar. Ahora soy un hombre viejo. Me siento cansado. Ya ni puedo ir en bicicleta, una de mis grandes pasiones, porque se me estropeó una pierna tras un accidente vascular…
“La caricatura política no me gusta, no me interesa y no sé hacerla. La actualidad me importa poco”
P. ¿Por qué no le gusta la palabra obra?
R. Resulta demasiado pretenciosa. En el fondo, usted y yo no dejamos de ser personas corrientes. Cuando veo a un tipo que habla de su obra como si fuera La Gioconda, me entra la risa.
P. Es por modestia, entonces.
R. No, más bien por un deseo de ser preciso respecto a lo que pienso de mi trabajo. Llamarlo trabajo, oficio o incluso curro me parece bien. Cualificarlo de obra, no.
P. ¿Firmar su primera portada para The New Yorker fue uno de los grandes orgullos de su vida?
R. Fue un enorme placer, se lo confieso. Pero no me haga describírsela; mejor se la enseño… [abre un libro que contiene el dibujo: un oficinista con cuerpo de pájaro que duda en salir volando por la ventana]. Este buen hombre podría escapar, porque lo tiene todo para poder hacerlo, pero no se decide. Esa es la condición de muchos seres humanos.
P. ¿Todos somos prisioneros?
R. Eso parece. Tanto si hemos elegido nuestra vida como si no. Pero no me haga hablar de estas cosas. Mejor pregúnteselo a Nietzsche o a Pascal.
P. Ya, pero están muertos.
R. Ah. Por eso nunca responden cuando los llamo.
P. ¿Diría que la amistad ha sido su tema principal?
R. Nunca fui consciente de ello. A fuerza de escucharlo, un día me puse a mirar mis dibujos y me di cuenta de que era verdad. Me parece un elemento muy importante en la vida. La amistad es algo maravilloso, a la vez que extraordinariamente difícil…

P. ¿La considera efímera?
R. No, la considero frágil. Igual que el resto de sentimientos humanos, a excepción de la barbarie.
P. ¿La amistad sustituyó a los afectos que no tuvo de niño?
R. Sí, sin lugar a dudas. Le contaré otra anécdota: mi músico favorito, Duke Ellington, que es un hombre que logró todas las recompensas y sedujo a todas las mujeres que uno pueda imaginar, solía decir, al final de su vida, que lo que había contado más era encontrarse en los brazos de su madre cuando era pequeño…
P. ¿Por qué nunca le interesó la caricatura política, tan de moda en la Francia de los sesenta y setenta?
R. Porque no me gusta, no me interesa y no sé hacerla. La actualidad me importa poco, y en la caricatura política solo suele haber buenos y malos. La realidad es más complicada, a no ser que aparezcan Hitler, Stalin o Mao. A mí me gustaban esos estadounidenses de origen judío centroeuropeo, como Chas Adams o Saul Steinberg, que practicaban el arte de la lítote, esa figura retórica que consiste en decir poco y expresar mucho.
P. ¿Qué relación mantuvo con sus compañeros de revistas satíricas como Le Canard Enchaîné o Charlie Hebdo?
R. Éramos colegas. Debutamos a la vez, pero nunca nos llevamos bien. Éramos demasiado distintos…
P. ¿Ideológicamente?
R. No, yo diría que más bien biológicamente [risas].
P. ¿Cómo fue trabajar con René Goscinny, con quien creó El pequeño Nicolás?
R. Lo conocí a los 20 años. No le puedo explicar por qué nos caímos tan bien. Sería como detener a una pareja por la calle y preguntarles: “¿Por qué se aman? ¿Qué le encuentra usted a este tipo?”. Es imposible describirlo…
P. ¿Por qué tuvo tanto éxito El pequeño Nicolás?
R. Muy fácil: porque nació pasado de moda.
![]() |
| AMÉLIE NOTHOMB ED ALCOCK |

Lo ha pasado mal, pero ahora Zadie Smith (Londres, 45 años) disfruta de sus anticuerpos. La escritora enfermó del coronavirus tres semanas atrás, pero ahora se siente, por fin, a salvo de un peligro que la asediaba sin que hubiera escapatoria. “Fue desagradable, como una gripe muy deprimente, pero me alegro de haber llegado al otro lado. Ahora estoy protegida hasta diciembre, por lo menos…”, afirma con una sorna que es marca de la casa, al habla desde la línea fija de su teléfono, siendo alérgica a Zoom, las tabletas y los smartphones. “Cuando me preguntan por qué no tengo uno, respondo que son quienes los utilizan los que deberían dar explicaciones. ¿Qué tiene de bueno un aparato que daña la democracia, tu capacidad de atención, tu vida privada y puede que también la sexual?”, refunfuña Smith, aunque siempre con la voluntad de divertir a la parroquia que presencia su irresistible teatrillo.
Muchos juraron que, si el Brexit salía adelante, se marcharían del Reino Unido. Ella fue de los pocos que lo hicieron de verdad. Cuando la pandemia se lo permitió, Rachel Cusk hizo la maleta y se mudó a París, huyendo de un país que nunca le gustó, pero que ahora aborrece más que nunca. La escritora británica —aunque naciera hace 54 años en Canadá, por el trabajo de su padre— se instaló junto a su marido, el artista Siemon Scamell-Katz, en un espectacular apartamento de la rive gauche con vistas a la iglesia de Saint-Sulpice, donde cuenta con vecinos como Catherine Deneuve y Patrick Modiano. “Nunca me lo he cruzado, aunque tampoco sabría decir qué cara tiene”, comenta con una insolencia que parece marca de la casa, mientras saca humo a un cigarrillo electrónico con fruición.

Si el terrorismo aparece en muchas de las novelas de Yasmina Khadra (Orán, 1955) es porque dejó una marca profunda en el escritor cuando ejercía de comandante del ejército argelino a cargo de la lucha contra el Grupo Islámico Armado. Corrían los 90 y la organización terrorista dejaba un rastro de cadáveres a su paso. “Cargué con bebés aplastados en mis brazos. Quienes me acusen de empatía no han entendido nada”, advierte el escritor al inicio de una entrevista en su editorial parisina. Lo dice porque en su nueva novela, Khalil (Alianza), se mete en la piel de uno de los kamikazes que perpetraron los atentados del 13 de noviembre de 2015 en París. Lo hace, además, adoptando la primera persona y describiendo con detalle el proceso que lleva a un chico de la calle a radicalizarse. No se trata de explicar ni de justificar nada, pero sí de aportar un contexto. “Lo considero un libro absolutamente necesario para evitar esa estigmatización que pretende instalarnos en la discordia”, señala Khadra, en uno de sus habituales ataques a ese “movimiento intelectual” que agita la islamofobia en Francia, su país de adopción, asociando el problema “al Corán y al profeta”.
| Mary Beard, retratada el jueves en el barrio londinense de London Bridge.CARMEN VALIÑO |
Mary Beard (Much Wenlock, Reino Unido, 66 años), la profesora de Clásicas que terminó convertida en estrella del rock —los griegos lo llamaron oxímoron, “ingeniosa alianza de términos contradictorios”—, se hizo conocida por prestar atención, en insospechados superventas como SPQR, Pompeya o Mujeres y poder, a sujetos ignorados por la mayoría de los especialistas, como las mujeres, los esclavos y otros ciudadanos de tercera. En su nuevo ensayo histórico, Doce césares (Crítica), Beard se centra en el lado opuesto de ese espectro: en la imagen absoluta del poder que reflejaron los emperadores romanos, perpetuada durante siglos por la pintura, la escultura, la fotografía y el cine, y todavía vigente en la actualidad.
![]() |
| Tracey Emin |
![]() |
| Tracey Emin, 2019 Foto de MANUEL BRAUN |
Tracey Emin (Croydon, 1963) no quiere ser fotografiada en plena calle. “No quiero parecer una prostituta”, anuncia sin dejar margen a la negociación. Tampoco en la habitación de su hotel, tras inspeccionarla en busca de un ángulo aceptable. “No quiero que se vea la cama”, dice la artista británica, por lo grosero que resultaría un guiño tan literal a su obra más conocida, My Bed (1998), el lecho en el que pasó días fumando, comiendo y llorando tras una ruptura sentimental, entre botellas de vodka vacías, preservativos usados y ropa interior manchada de sangre. El miércoles cumplirá 56 años, pero sigue siendo esa joven airada que zarandeó el arte británico hace casi tres décadas. La diferencia con otros young british artists es que ella se aburguesó, pero no se acomodó. Tropezó y se equivocó, pero nunca se convirtió a la producción en cadena. Siguió teniendo una relación carnal y desgarrada con el arte, mientras algunos de sus correligionarios preferían hacer el amor con la ropa puesta.
![]() |
| Eva Illouz |
