Javier Tomeo EL SARGENTO GUTIÉRREZ
El Presidente -saltándose por las buenas el escalafón- nombró al Sargento Gutiérrez nuevo Capitán General de todos los ejércitos. Aquel mismo día Gutiérrez, con el pecho cubierto de medallas, subió a la azotea de la torre y contempló el paisaje. Aparentemente nada había cambiado. A sus pies se extendía la ciudad de siempre, con todas sus casas y monumentos, el mismo mar por el este y las mismas colinas por el oeste. Arriba, poco más o menos, el mismo cielo, aunque las nubes fuesen cambiando constantemente de forma y de posición.
Aquello no le gustó. Volvió a su apartamento, cuatro pisos más abajo, llamó por teléfono al Presidente y le dijo que no estaba contento.
-No me parece justo -le dijo- que ahora que soy Capitán General el paisaje sea idéntico al que me rodeaba ayer, cuando sólo era sargento.
El Presidente había cumplido ochenta años y no estaba en edad de dar explicaciones a nadie. Le colgó el teléfono y se quedó tan tranquilo.
-¿Para qué sirve ser nombrado Capitán General si luego nos dejan con la palabra en la boca? -se preguntó Gutiérrez-. ¿Para qué sirve ser general, si a nuestros pies el mundo continúa como siempre?
Se consoló pensando que tal vez las cosas fuesen cambiando poco a poco. «Eso es lo más probable», se dijo. Se fue a dormir y a la madrugada siguiente volvió a la terraza y esperó que se hiciese de día.
Cuando salió el sol todas las cristaleras de las casas orientadas hacia el este centellearon por un momento con reflejos sangrientos.
«Eso también sucedió ayer», se dijo.
No perdió la paciencia y siguió esperando, pero media hora después las cosas continuaban como siempre. Las mismas iglesias, las mismas cúpulas, los mismos campanarios y los mismos palacios. Las mismas casas apretadas en torno a la catedral. Las mismas antenas sobre las azoteas y los mismos pararrayos. Los mismos canarios encerrados en las mismas jaulas. Los mismos cretinos de costumbre yendo y viniendo por las calles.
«No tengo más remedio que recurrir a la aviación», se dijo entonces Gutiérrez.
Y eso es lo que hizo, sacar a los cuarenta bombarderos que se estaban oxidando en los hangares. Ésas fueron las órdenes que dio a su lugarteniente primero, para que luego las transmitiese al lugarteniente segundo, y así sucesivamente. Los grandes aviones alzaron el vuelo, pasaron cuatro veces por encima de la ciudad y soltaron todas sus bombas.
Al cabo de un par de horas, Gutiérrez abandonó el refugio, regresó a la terraza y se encontró con la ciudad ardiendo. Posiblemente en el bombardeo hubiesen muerto bastantes ciudadanos. Cuando se disipó el humo de los incendios constató que el paisaje era el mismo. La ciudad había perdido algunas casas pero se la podía reconocer fácilmente.
«Algunas veces las cosas no salen a la medida de nuestros deseos», pensó entonces.
Quiso presentar la dimisión, pero el Presidente, que estuvo a punto de morir en el bombardeo, no se la aceptó. Gutiérrez, por lo tanto, no tuvo más remedio que seguir representando su papel de Capitán General y continuar viendo el mundo con sus ojitos de sargento poco ilustrado y brutal.
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domingo, 19 de abril de 2009
Javier Tomeo / El sargento Gutiérrez
sábado, 18 de abril de 2009
Javier Tomeo / El asesino
| EL ASESINO Javier Tomeo
Cuando terminó aquella película de miedo no se encendieron las luces de la sala. Todo continuó a oscuras. Sólo se veía la bombilla roja que señalaba la puerta de los servicios. Algunos espectadores se armaron de valor y no tuvieron problemas para encontrar la salida. Otros, pensando en el asesino de la película, tuvieron miedo y continuaron en sus asientos. Juan K., por ejemplo, fue de los que no se atrevieron a moverse. Cerró los ojos -uno, por cierto, era más grande que el otro-, se cruzó de brazos y trató de animarse pensando en su novia francesa, que era lo más contrario a la muerte entre todas las cosas que conocía.
Media hora después, al abrir otra vez los ojos, advirtió que los demás espectadores le habían dejado solo y que el asesino estaba sentado a su lado.
-Vamos a ver -le preguntó aquel canalla, mientras su mano derecha acariciaba la empuñadura del puñal-, dígame cuáles son los motivos que tiene usted para continuar vivo.
-Tengo una novia francesa -le contestó Juan, procurando que no le temblase demasiado la voz.
El asesino no esperaba una respuesta como aquélla y se quedó pensando. Luego le pidió que le explicase un poco cómo era la chica y Juan le dijo que era rubia y tenía los ojos azules.
-Eso no es suficiente -masculló el asesino, sin apartar la mano del puñal-, dígame, por lo menos, cómo se llama.
Juan le dijo que se llamaba Jacqueline y que, además de los ojos azules, tenía una vocecita de niña perdida en el bosque que le ponía cachondo.
-Me parece que es usted bastante guarro -le dijo entonces el asesino.
Y levantó el puñal con las peores intenciones. Juan pidió auxilio y se acercaron corriendo los acomodadores, que hasta aquel momento habían estado en el vestíbulo jugando a los chinos. Se abalanzaron sobre el asesino y le redujeron en un abrir y cerrar de ojos.
Lo malo fue que luego no supieron qué hacer con él, si llevarle a la comisaría, que estaba dos calles más arriba, o devolverle a la ficción de la que procedía.
-Reconozco que no es fácil encontrar el camino que conduce desde la realidad hasta la fantasía -les dijo el Subdirector General de Política Hidráulica, personado en el lugar de los hechos.
Pidieron consejo por teléfono al Director General y decidieron encerrar al psicópata asesino en un cuarto trastero y tenerle quince días a pan y agua.
Una semana más tarde el asesino consiguió escapar y regresar por su cuenta y riesgo a la ficción. No pudo, de todas formas, recuperar su papel de asesino porque mientras estuvo fuera la película de terror se había convertido en una dulce historia de amor, protagonizada por otra Jacqueline de ojos azules y un Juan asimétrico que también tenía miedo de la oscuridad, pero que no podía oír la vocecita de su enamorada sin que se le revolucionasen todos los sentidos.
Javier Tomeo Cuentos perversos Anagrama, Barcelona, 2002 Lea, además BIOGRAFÍA DE JAVIER TOMEO |
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