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lunes, 29 de junio de 2026

La llamada… de Miqui Otero

 

La llamada… de Miqui Otero

Foto de portada: Foto: Cecilia Duarte


La llamada… de Miqui Otero


Álvaro Colomer sigue indagando en el mito fundacional oculto en la biografía de todos los escritores, es decir, desvelando el origen de sus vocaciones, el germen de su despertar al mundo de las letras, el momento exacto en que sintieron la llamada no precisamente de Dios, sino de algo todavía más complejo: la literatura.

***

Miqui Otero sintió la llamada de la literatura precisamente a través de una llamada… aunque, en su caso, de teléfono. Al otro lado de la línea, una voz lejana, ignota, mínima: “Tú no me conoces, pero soy tu primo… el de América”. Cuando les entraba la morriña, los parientes que abandonaron Galicia para labrarse una vida allende los mares cogían el teléfono y marcaban un número de su España querida. Sus voces sonaban a través de la línea como si fueran psicofonías que reclamaran no caer en el olvido, y sus tonos de voz, casi siempre melancólicos y añorantes, excitaban la imaginación del niño en ese momento al habla. Después, cuando sus padres colgaban el teléfono y volvía la calma a la casa, el pequeño Otero preguntaba por los emigrados de la familia y, como a veces le respondían que no molestara y se fuera a la cama, él se encerraba en su cuarto y se ponía a inventar sus vidas.

martes, 12 de enero de 2021

Los 50 mejores libros de 2020 / Cuarta parte

 

Jenny Offill


Los 50 mejores libros de 2020

CUARTA PARTE
DEL 31 AL 40

31. Simón
Miqui Otero
BLACKIE BOOKS

La gracia del libro está en el cuidado con que cada personaje se hace cargo de sí mismo y sus flaquezas, sus complejos, sus miedos, todos sometidos a una historia mayor que se expresa con sutileza, con alarmas y avisos sueltos bien diseminados: el rumor de caída y hasta desplome de una ciudad, Barcelona, metida en la crisis de 2018 desde las alturas festivas y frágiles de 1992.




32. El silencio
Don DeLillo. Traducción de Javier Calvo
SEIX BARRAL

Miedo al sinsentido de la nada, inteligencia y un puñado de palabras conforman un texto frío, afilado como una cuchilla, de leve apariencia. Si la función de la literatura ha de ser la de crear un escenario completo donde hacerse preguntas cuyas respuestas no puede encontrar, nos parece evidente que El silencio es literatura en estado de gracia.




33. La rama verde
Eloy Sánchez Rosillo
TUSQUETS

En 2006, Eloy Sánchez Rosillo (Murcia, 1948) recibió el Premio de la Crítica por La certeza, editado en Tusquets, igual que La rama verde, su última entrega. En 2018, la misma editorial reunió en Las cosas como fueron toda su poesía escrita desde 1974, cuando era un poeta elegíaco, claro, sereno y leopardiano en un tiempo dominado por el vanguardismo de los novísimos. Fiel a su voz, entrega ahora uno de sus mejores libros, una reflexión sobre el paso del tiempo que se cierra con la nostalgia de la “rama aún verde de la infancia”, en la que, pese a todo, todavía “canta un jilguero”. Poesía y sabiduría.






34. Clima
Jenny Offill. Traducción de Eduardo Jordá
LIBROS DEL ASTEROIDE

Tras el éxito de ‘Departamento de especulaciones’, Jenny Offill regresa con ‘Clima’, que habla con ritmo sincopado, y una mirada curiosa e inquieta, de previsibles catástrofes meteorológicas, a través de una madre de familia, bibliotecaria de un campus en Brooklyn que acaba trabajando en un podcast sobre el cambio climático.




35. El fin del amor
Eva Illouz. Traducción de Lilia Mosconi
KATZ

Eva Illouz (Fez, 1961), conocida como la “socióloga de los sentimientos”, es autora de importantes ensayos como El amor y las contradicciones culturales del capitalismo, Erotismo de autoayuda o Por qué duele el amor. Ahora, en El fin del amor, indaga las condiciones sociales y culturales que hay detrás de lo que ha llegado a ser una característica común de las relaciones sexuales y románticas contemporáneas: el acto de abandonarlas.




36. Contra la igualdad de oportunidades
César Rendueles
SEIX BARRAL

El libro de César Rendueles, que él mismo asume que tiene tono y voluntad panfletaria, es decir, de soflama para incitar a la acción, es una defensa de los valores igualitarios con el objetivo de lograr “una sociedad ilustrada, libre y fraterna”. En él, denuncia las estrategias que, en nombre de la libertad individual, perpetúan la desigualdad y sus derivados: del fracaso escolar a la violencia social.

César Rendueles / "Si queremos una igualdad material profunda, no hay alternativa a la negociación colectiva"

 



37. Economía de lo que no se pierde
Anne Carson. Traducción de Jeannette L. Clariond
VASO ROTO

La autora canadiense Anne Carson (Toronto, 1950), reciente ganadora del Premio Princesa de Asturias de las Letras 2020, ha construido desde el mundo grecolatino una poesía en la que “la vitalidad del gran pensamiento clásico funciona a la manera de un mapa que invita a dilucidar las complejidades del momento actual”, según el jurado del galardón. En este ensayo ofrece varias lecturas sobre algunos de los poemas más relevantes de Simónides de Ceos, el primer poeta que cobró por sus versos, junto a los del rumano Paul Celan, judío superviviente del Holocausto.

38. Deprisa
Jorie Graham. Traducción de Rubén Martín.
BARTLEBY

Dueña de una de las obras más poderosas de la poesía norteamericana —ya conocíamos La errancia (2007) y Rompiente (2014)—, Jorie Graham (Nueva York, 1950) es brillante y compleja, pero nunca afanosamente ininteligible. Graham toca las cosas hasta que se rompen, es su modo de verlas, en un libro que reacciona contra la descosificación y la erosión humana.

39. La forastera
Olga Merino
ALFAGUARA

La forastera se plantea varios desafíos. El más preciado de todos, evitar el ruralismo, aun cuando la novela transita ese paisaje porque habla de una mujer que se retira a un pueblo del sur en el que es vista con sospecha. Y sobre todo hay un tour de force del que Merino sale intacta, reforzando su estatura narrativa. La autora deja señales de su arte narrativo con una historia turbia y un dibujo humano de personajes que no tienen desperdicio.

Olga Merino / "La felicidad está muy sobrevalorada"

Olga Merino / La forastera / Un drama contemporáneo

40. No entres dócilmente en esa noche quieta
Ricardo Menéndez Salmón
SEIX BARRAL

Ricardo Menéndez Salmón (Gijón, 1971) firma sin duda su libro más personal. También el más comprometido. Tomando el título de unos famoso versos de Dylan Thomas, el escritor asturiano procede a una inmersión autobiográfica en torno a la figura de su padre, enfermo desde que él era un niño de corta edad. En torno a esa figura y a las consecuencias diseminadas en su propio interior. Así, ajusta cuentas con su progenitor y consigo mismo en una descarnada indagación sobre la fragilidad de las relaciones familiares.

No entres dócilmente en esa noche quieta, de Ricardo Menéndez Salmón / Reseña




jueves, 7 de enero de 2021

Simón / La vida según Miqui Otero

 


Portada de 'Simón'

Los 50 mejores libros de 2020

‘Simón’, la vida según Miqui Otero

El escritor catalán se confirma como de los novelistas más en forma de la actualidad con la que puede ser la novela del año.


ÁLVARO IBÁÑEZ PÉREZ
5 de diciembre de 2020

Una primera frase premonitoria

‘Cuando todo esto acabe vas a llorar’. Con este presagio da comienzo Simón (Blackie Books, 2020), la nueva novela de Miqui Otero (Barcelona, 1980). Y sí, vamos a llorar. Porque la última obra del escritor y periodista catalán no es un libro. Es una vida. Una existencia contenida en poco más de 400 páginas, un ejercicio de síntesis que trata de abarcar entre sus hojas una historia única y universal. Y lo consigue. 

martes, 4 de marzo de 2014

Miqui Otero / Qué fue de los chicos malos de la literatura

Raymond Chandler

¿Qué fue de los chicos malos de la literatura?

Donde antes la norma eran escritores dipsómanos, juerguistas y rebeldes, ahora lo son profesores universitarios de aficiones raras



El boxeador y escritor Chester Himes junto con el francés Jean Giono: genior, copazos y figura en París en 1958 / CORDON PRESS
¿Qué sucede? ¿Nadie escribe ya en las servilletas de los bares ni emplea el culo del vaso como catalejo lírico? ¿No hay escritor que encuentre su futuro literario en el remolino líquido de la taza del wáter de un after-hours cuando rompe el alba? ¿No existen ya escritores que miran con ojos de lobo de Tex Avery ni que deslizan notas a las camareras y teclean con el cuello almidonado de la camisa lleno de rastros de carmín? ¿No hay literato vivo que busque bronca en los pubs ni que guarde una botella de escocés en el cajón del escritorio o que invite a los peores expresidiarios a la barbacoa de su cumple?
¿Dónde, en definitiva, están los chicos malos de las letras? ¿Los malditos de la narrativa contemporánea?

Recientemente incluso Ray Loriga –el vampiro de las letras ibéricas– admitía estar “harto de ser Ray Loriga”
Es una pregunta que se van haciendo varias plataformas, deThe New York Times para abajo. Es cierto que uno no imagina a Jeffrey Eugenides, el correctísimo autor de Las vírgenes suicidas, con la corbata en la cabeza y lanzando billetes a una stripper. Es verdad que la pasión por la ornitología de Jonathan Franzen no inspira la visión del autor agotando líneas de chupitos de tequila tamaño Gran Pirámide de Cholula. Son, en defintiva, malos tiempos para el malditismo. Malos tiempos para los chicos malos de la literatura.

Quizás la cosa tenga que ver con el prestigio actual de un escritor, cuya época de esplendor quedó muy atrás, “en la época del vapor"
Que la gran mayoría de escritores siguen teniendo esa sempiterna sed que parece ser el rasgo común del gremio, que aún beben en cuanto tienen una excusa, es evidente. Sin embargo, recientemente incluso Ray Loriga –por el altísimo, el vampiro de las letras ibéricas– admitía que estaba “harto de ser Ray Loriga”. Cualquiera que se ponga demasiado estupendo con esto de ser un escritor maldito será automáticamente motivo de chanza entre sus compañeros. No es que hayan dejado de beber, no, es que lo hacen en sus ratos libres, entre entrega y entrega de artículos, después de recoger a los nenes de la guarde y, sobre todo, hacerlo no les parece ya un motivo de orgullo (al margen de, quizás, los estibadores de antaño, ¿quién querría alardear de algo que todo el mundo puede hacer con el suficiente tiempo libre: emborracharse?).
Quizás, como dijo el estadounidense bebedor ocasional y escritor Kurt Vonnegut, la cosa tenga que ver con el prestigio actual de un escritor, cuya época de esplendor quedó muy atrás, “en la época del vapor”. Si cualquier persona hiciera un cálculo aproximado (monetario y sentimental) sobre el glamour de la literatura cerraría su portátil y juraría no poner jamás las manos sobre un teclado.

Los escritores de la era Mac



Jonathan Franzen y su sonrisa dan una conferencia en el círculo Rosamond Gifford /CORDON PRESS
Sí existen autores que persisten en la manía de coquetear con la imagen de malotes como Houllebecq o que no provienen de círculos académicos como Donald Ray Pollock, pero los tiempos de Lord Byron parecen remotos. Los autores con cierta repercusión son los que se presentan como realmente constantes y metódicos. El epítome del autor que anota al final de su novela el modelo de Mac con el que la escribió y los caffè macchiato de Starbucks que consumió durante su escritura encontraría su epítome en Franzen, el autor de Libertad. No es el único: el modelo de escritor gafitas que da clases de posgrado y que se permite algún hobby algo excéntrico, como de novela de Chesterton, es el predominante. De hecho, este perfil hegemónico ha dado lugar a cuentas paródicas como @emperorfranzen, una falsa cuenta de Twitter (aunque el que la gestiona dice que el que es un fake es el Franzen real), en el que se presenta una especie némesis arisca, diabólica y cascarrabias del responsable de Las correcciones.
Otro autor, Howard Jacobson, iba algo más allá en el diario The Guardian. Allí planteaba que nadie editaría ahora a Kafka, tanto por el carácter de su autor como porque sus historias carecían de redención. Jacobson, de hecho, brinda una pregunta: ¿cuándo fue la última vez que alguien intentó atracarte en el metro con la novela Middlemarch bajo el brazo? Leer es un acto civilizado y que requiere cierto sosiego, eso es cierto. Pero lo que se debate ahora es dónde están los escritores callejeros sin doctorado ni tesina.
Algunos se encuentran en nuevas escenas literarias como la Alt Lit: escritores mayoritariamente anglosajones y jovencísimos que escriben sobre alcohol, drogas y relaciones en internet –¿de qué iban a escribir?–. Firmas que no parecen preocuparse demasiado por la gloria literaria, como Tao Lin o Ben Brooks. Que viven, según han anotado algunos suplementos especializados, “una vida literaria” y que escriben sobre ella desde un enfoque autobiográfico.

La extinción de los bárbaros

Raymond Chandler era un perro callejero para Agatha Cristie pero un mindundi para el exdelincuente, y de paso autor de novela negra, Chester Himes. Jacobson, por ejemplo, cita a Philip Roth como “chico malo”. El autor judío, a su vez, afirmaba el año pasado que “la literatura no es un concurso de belleza” y que siempre se ha alineado más con el Céline polémico y trotamundos que con Proust. Bien, pues Roth será un enfant terrible en algunos círculos académicos (terriblemente talentoso, faltón y escatológico, especialmente en su primera etapa, es cierto), pero en su día fue tomado a broma por algunos ases del Nuevo Periodismo. Tom Wolfe afirmaba en el prólogo de su famosa antología: “Philip Roth y sus amigos están ahora repasando las historias de la literatura y sudan tinta, preguntándose dónde han ido a parar. Malditos sean todos, han llegado los Bárbaros…”.
Esos tales Bárbaros eran los exponentes del Nuevo Periodismo, que James Parker distingue en otro artículo en The New York Timescomo los últimos malditos. En los años sesenta, según él, los novelistas quedaban ridículos si querían competir a malotes con las estrellas del rock, con la excepción de gamberros como Hunter S. Thompson –en su libro de cartas El escritor gonzo se puede constatar cuán maldito era, aunque su editor comente en el prólogo que fue precisamente esa imagen lo que acabó con su genio narrativo– y de borrachuzos audaces y tardíamente provocadores como Norman Mailer –su idea de malditismo es insultar a los poetas famosos en Los ejércitos de la noche–. Actualmente la idea de malditismo en un periodista con vocación literaria pasa por darse de baja de autónomos en meses alternos para poder pagar el alquiler. El contexto es todo.
Rivka Galchen, en otra pieza que aborda este tema en The New York Times, rebate que no por ponerte un traje blanco todos los días, como el de Tom Wolfe, cambia uno la historia del periodismo creativo. Es decir, que el hábito no hace al monje. Que no por decir que te bebes el Nilo en vodka escribirás mejor. Algo así decía Kipling sobre un principiante en su relato El cuento más bonito del mundo: “Llegó envuelto en citas ajenas, tal como un mendigo se hubiera investido con la púrpura de los emperadores”. O como cantaban The Go Betweens: “Por qué la gente que lee a Dostoievski, se viste como Dostoievski?” (igual de mal, quería decir). Y esto tiene que ver, también, con algunos mitos de la escritura. Nadie escribe borracho (o si lo hace, borra y edita sin piedad con resaca).
Sin embargo, el escritor israelí Nir Baram insistía hace poco, al hilo de su novela Las buenas personas: “No sé de dónde viene esta manía de los escritores actuales por parecer monos, por ser asequibles y gustar”. Quizás los enfants terribles de la literatura no estén en las estanterías, sino en los clubes de monólogos. Louis C.K., responsable de la exitosa serie cómica Louie, parece con su humor libre de lo políticamente correcto parafrasear a Malcolm X cuando decía: “No os diré lo que queréis oír. Lo digo así porque soy uno de vosotros. Y uno de los peores de vosotros”.
Los autores de éxito de la narrativa actual, más allá del que insulta a otro escritor en una conferencia universitaria o del que falta a una entrevista promocional por la resaca fermentada durante la noche anterior, como mucho validan aquel verso de una canción de las Shangri-las: “Él es bueno-malo, pero no es diabólico”.