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viernes, 23 de diciembre de 2016

Miguel Méndez Camacho / La formal

Egon Schiele
Muchacha desnuda acostada con las piernas abiertas, 1914
Pintura a la aguada y lápiz

Miguel Méndez Camacho
LA FORMAL

Ponte el pudor:
está allí debajo del lecho
junto a las ropas caídas.
Recógelo y dilúyelo sobre tus mejillas
como si fuese un maquillaje.
Alisa tu piel
y ese tablero de ajedrez borracho
de tu falda de cuadros.
Abróchate la blusa
y adopta otra vez
esa actitud ingenua de muchacha formal.
Ordena tus cabellos
y tus prejuicios.
Camina con esa dignidad desvencijada
que usas los domingos
para asistir a misa.


Tan pronto atravieses el umbral
serás nuevamente tú
la pequeña burguesa incomprendida
con tus veinte años de lugares comunes
y tu boca repleta de palabras usadas.


Serás la rutinaria
la formal
la limitada.


Creerás otra vez en dios
así como antes creías en tu cuerpo
y estarás llena de moral
así como antes estabas llena de mí.

Volverás a la iglesia
con tu andar milimétrico
y estarás  de rodillas observando
el rostro masoquista de Cristo
como si fuese el aviso de un circo.
Leerás con cansancio
una novela idiota
—presintiendo el final—
pero irremediablemente
tendrás húmedos los ojos
en la última página.


Aquí en mi habitación
quedó tu lujuria hipócrita
y tu doble moral.
Mañana volverás y entonces te diré
las palabras de siempre:
ponte tu cuerpo
quítate el pudor y las ropas
y ven así, desnuda,
a engañarnos pensando
que no hemos empezando a envejecer.









lunes, 5 de noviembre de 2012

Tumbas / Eduardo Cote Lamus

Eduardo Cote Lamus

Eduardo Cote Lamus
(1928 - 1964)
Pamplona, Colombia

Tumba de Eduardo Cote Lamus
Pamplona, noviembre de 2009
Fotografía de Triunfo Arciniegas

Miguel Méndez Camacho
EDUARDO

De pronto la costumbre
de no contar contigo para nada.
De no saber si vas
si llegas tarde
y en compañía de quién.
Ni cuándo y dónde
la fiesta concertada
el compromiso inevitable.
De olvidar el abrazo
y la pregunta
de ¿cómo estás Eduardo?
y cómo están tus versos, tus asuntos.

De salir a la calle
con la sonrisa al viento
sin tropezar contigo en las esquinas.

De hablar con los amigos
y esculcar la memoria
─sorprendidos─
de no saber de ti desde que habitas
tres metros debajo de un ciprés
en el cementerio de Pamplona.


Miguel Méndez Camacho
Instrucciones para la nostalgia
Colección de poesía
Bogotá, Universidad Nacional de Colombia, 2009



Lea, además
BIOGRAFÍA DE EDUARDO COTE LAMUS






miércoles, 16 de mayo de 2012

Miguel Méndez Camacho / María Mercedes Carranza


Miguel Méndez Camacho, en este bello y doloroso texto, da cuenta de la muerte de María Mercedes Carranza y con ojo certero repasa su poesía.

Miguel Méndez Camacho

MARÍA MERCEDES
BIOGRAFÍA

El Malpensante
Junio-julio de 2004



María Mercedes se salió de la fiesta, con un portazo como siempre, y yo sigo buscándola. Fue este último viernes, hacia el amanecer. Tenía 58 años, una hija, cuatro o cinco libros de poemas, un pasado repleto de cicatrices y fantasmas, deudas y amoríos pendientes. Se lamentaba de estar sobregirada en afectos y en bancos, pero tenía dos casas: el empinado apartamento de La Macarena, que pagó por cuotas, y la solariega casa de José Presunción Silva, que se tomó a la brava y manejaba como si fuera suya.
Tenía miedo, estaba sola, se sentía triste y se había vuelto pendenciera. Había sido bella como toda mujer que se desea, pero estaba entregada a la amargura de envejecer con rabia en un país de locos insensibles que cierran los ojos y se taponan con cera los oídos, como Ulises, el amante que no escuchó su ruego: “Quiero que Ulises me haga el amor/ y en la cama me cuente/ cómo eran los vestidos de Helena/ y si Paris fue como lo pinta Rubens”.
María Mercedes se salía de las fiestas, pero dejaba indicios para que fueran a buscarla, o regresaba, no a presentar disculpas sino a brindar por ellas.
Cuando éramos jóvenes, ése era un ademán de su insolencia, un gesto suyo de coquetería. Recuerdo que hace siglos David Bonells se condolió conmigo al mirarla partir del bar donde bebíamos, alegando una cita, un compromiso impostergable en la 63 con cuarta. La 63 es la calle con más repeticiones en el abecedario de la nomenclatura y la cuarta era entonces una ruta siniestra. Decidimos seguirla y fuimos a buscarla en un taxi que subiera y bajara los columpios de la 63, y en algún paradero la encontramos sonriente, dichosa de sentirse la aguja en el pajar de una noche de lluvia. Todavía me duele esa alegría.
Otras veces, como dueña de casa, incómoda con alguna discusión, suspendía el servicio de copas, y de malas maneras nos echaba a la calle. Ya se estaba quedando sin amigos, en una Bogotá cada vez más inhóspita: “Ciudad a medio hacer, siempre a punto de/ parecerse a algo/ como una muchacha que comienza a menstruar,/ precaria, sin belleza alguna”.
Envejecida, sola, asustada y rabiosa, cómo no iba a salirse de su vida, si tenía la costumbre de irse de las fiestas sin motivo ninguno. “Nada me calma ni sosiega:/ ni esta palabra inútil, ni esta pasión de amor,/ ni el espejo donde se ve ya mi rostro muerto./ Oídme bien, lo digo a gritos: tengo miedo”.
Como si fuera poco, siempre se había sentido inútil: “He aquí que llego a la vejez/ y nadie ni nada/ me ha podido decir/ para qué sirvo./ Sume usted/ oficios, vocaciones, misiones y predestinaciones:/ la cosa no es conmigo./ No es que me aburra,/ es que no sirvo para nada./ Ensayo profesiones,/ que van desde cocinera, madre y poeta/ hasta contabilista de estrellas./ De repente quisiera ser cebolla/ para olvidar obligaciones/ o árbol para cumplir con todas ellas./ Sin embargo, lo más fácil/ es que confiese la verdad./ Sirvo para oficios desuetos:/ Espíritu Santo, dama de compañía, Estatua/ de la Libertad, Arcipreste de Hita./ No sirvo para nada”.
Y ya estaba perdiendo la pelea con un alcalde voraz que pretendía despojarla de la Casa Silva, para utilizarla en su campaña croactiva de los días con cebras pero sin poesía. Ese payaso triste que estaba en el entierro, como siempre: exhibiéndose, mostrándonos el culo de su filosofía.
  Con los amigos nos sucede como con el entorno, que de tanto mirarlo no lo vemos, porque a veces los árboles no dejan ver el bosque. Y hablando de poetas es más triste: no nos leemos, o lo hacemos de afán, apresuradamente. Jamás les dedicamos el tiempo y la emoción que malgastamos en autores ajenos. Con María Mercedes compartimos nuestras iniciales, el inspector Maigret, el agobiante aroma del coñac y muchos recitales para leer en público media docena de poemas (casi siempre los mismos), y procedíamos a celebrarlo sin mencionar los versos. Igual que los cocheros o los cirujanos que cuando se emborrachan no hablan ni de anestesias ni trasteos. Ése era nuestro oficio, y lo asumíamos con una altanera identidad de gremio. Pero nunca me ocupé de su obra con la paciencia o la pasión que me hace presumir de especialista en Borges o Neruda; ese complejo de turismo intelectual que nos lleva a visitar los museos de Londres o de Praga, sin haber conocido Maloka o el Museo Nacional.
El sábado en la noche, al regreso de su crematorio, desbaraté mi biblioteca para buscar sus libros refundidos en mi desorden de palabrerías. Y me senté a leerla lentamente, adolorido y apesadumbrado. La leo y la releo para confirmar esa verdad de a puño de su poesía, valiente y arrogante, inconforme e irónica, lúdica y mordaz, cínica y desesperanzada.
Como era la hija de un poeta de contagiosa lírica, escribió desafiante sin Teresas ni arroyuelos azules, sin jilgueros ni ríos. Su obsesión era lo cotidiano: las cuentas del mercado, el maquillaje, el pescado frito en la cocina, los inconstantes amoríos, el esmalte de uñas, el cepillo de dientes, los amantes ausentes, la cortesía y Santas Pascuas. No acariciaba las palabras como lo hacía su padre, les faltaba al respeto, se burlaba, les daba cachetadas. “Si es cierto que alguien/ dijo hágase/ la palabra y usted se hizo/ mentirosa, puta, terca, es hora/ de que se quite el maquillaje y/ empiece a nombrar, no lo que es/ de Dios ni lo que es/ del César, sino lo que es nuestro/ cada día. Hágase mortal/ a cada paso, deje las rimas/ y solfeos, gorgoritos y/ gorjeos, melindres, embadurnes y/ barnices y oiga atenta/ esta canción: los pollitos dicen/ píopíopío cuando tienen/ hambre, cuando tienen frío”.
Leyéndola, María Mercedes pareciera contenta, traviesa y juguetona. Pero viviéndola, mirándola despacio, su poesía tiene un sonsonete de responso; no la recorre una bandada de palomas: la atraviesa el batallón mortuorio de las moscas, que dibujan el mapa de Colombia en la portada de su último libro de enlutecido treno: El canto de las moscas.
Era antigua esa tristeza suya que escondía por el asesinato de Luis Carlos Galán y la tragedia de su íntima Genoveva Samper. Por el suicidio que Aseneth Velásquez le había prometido compartir y le negó, por el secuestro de su hermano Ramiro, por sus reiteradas depresiones y por su insoportable mal de amores. Por eso se atreve a aconsejarle a la señora Arnolfini: “dedíquese a coleccionar llaveritos y hágase la cirugía plástica; después tome barbitúricos. Haga algo señora para no verla morir entre memorias tristes”.
En “Una rosa para Dylan Thomas”, un texto de trágica belleza, desde el epígrafe se asume solidaria con la muerte. El poeta británico decía: “Murió tan extraña y trágicamente/ como había vivido, preso de un/ caos de palabras y pasiones sin/ freno... no consiguió ser grande,/ pero fracasó genialmente”.
Y María Mercedes le hace coro repitiendo que no quiere salvarse, porque decide que todo está perdido. “Ni el poder ni el dinero ni la gloria/ merecen un instante de la inocencia que lo/ consume;/ no cortará la cuerda que lleva atada al cuello./ Le bastó la dosis exacta de alcohol/ para morir como mueren los grandes:/ por un sueño que sólo ellos se atreven a/ soñar”.
La muerte y el amor nos viven acechando, pero golpean distinto. Si el orgasmo es la única agonía memorable, porque es repetible, el erotismo es el aprendizaje de la muerte. María Mercedes lo sabía y en el proyecto de escribirlo andaba entretenida como si fuera su escalera de incendios, para entrar y salir a escondidas de ese asunto que ya tenía maduro: tomarse de un envión su dosis mensual de Prozac, la supuesta pastilla de la felicidad, y un botellón de whisky. Ella se fue sonriendo, me imagino, me conviene creerlo; pero a quienes la queríamos nos amargó la vida y nos dejó tristiando. “No más amaneceres ni costumbres,/ no más luz, no más oficios, no más instantes./ Sólo tierra, tierra en los ojos,/ entre la boca y los oídos;/ tierra sobre los pechos aplastados;/ tierra entre el vientre seco;/ tierra apretada a la espalda;/ a lo largo de las piernas entreabiertas, tierra;/ tierra entre las manos ahí dejadas./ Tierra y olvido”.
Esta oración la leímos escrita sobre uno de los muros de la Casa Silva, donde lucen los rostros de sus poetas muertos. Alguien nos dijo que era su última protesta premonitoria. Suena patético y poético pero no es cierto. Es un texto de quince años atrás, equivocado de intenciones. Nunca llegó a la tierra que se quedó esperándola, se consumió en el fuego.
De esa silenciosa despedida me seguirá doliendo ese rito sin curas, oraciones, letanías ni novenario, porque había apostatado de su religión. Para extrañarla nos será suficiente sentir pasar el viento.

Bogotá, 14 de julio de 2003

martes, 15 de mayo de 2012

Miguel Méndez Camacho / Kampeones



Miguel Méndez Camacho
KAMPEONES


En la revista del colegio
una fotografía de treinta años atrás
donde estamos posando sudorosos
después de la victoria.
Todos tenemos un aire de grandeza
que hemos ido gastando:
el gallego Tomás,
el pecoso Pedroza,
el maracucho Antonio,
que hizo un gol memorable
y ahora tiene una casa de citas en Valencia.
El tatareto Vega,
que era puntero izquierdo
y ahora juega a político
por el ala derecha.
Siboney el negrito centro-medio
y Juan Ramón “Pocillo”
-porque tenía una oreja, solamente.


Al respaldo con mi letra de entonces
una larga leyenda que comienza
Campeones (con K)
el nombre y los apodos del equipo
los goles y su hazaña
con fecha y hora
de esa tarde de marzo 
cuando fuimos
brevemente inmortales.







lunes, 14 de mayo de 2012

Miguel Méndez Camacho / Confesión


Miguel Méndez Camacho
CONFESIÓN

Ando perdido
pero jubiloso.
Confieso que no sé
a dónde voy,
pero la alegría me delata:
todos saben 
que vengo de tu cuerpo.






domingo, 13 de mayo de 2012

Miguel Méndez Camacho / Don Pablo


Pablo Neruda

Miguel Méndez Camacho
Biografía
DON PABLO

Señor, doctor, don, excelentísimo,
máster, míster, monsieur, su señoría
don Neftalí, don Pablo, don Neruda.

Conste que no me burlo,
es el respeto disfrazado de risa
pero no lo soporto
no le permito tamaña humillación,
tan grave ofensa
como escribirle un verso a la cebolla
y hacerlo bien.

Yo en cambio soy tan torpe 
en el oficio
que no puedo hilvanar 
más de tres versos
para decirle a la mujer que amo
esas cosas hermosas 
que usted malgasta
en congrios, alcachofas, perros muertos,
insectos y cebollas.

Maldito usted, don Pablo,
que utiliza palabras
y las deja inservibles.






sábado, 12 de mayo de 2012

Miguel Méndez Camacho / Tres poemas

Ilustración de Nicoletta Tomas Caravia
Miguel Méndez Camacho
TRES POEMAS



LA SOLEDAD

Si miramos el rostro de la amada
y cerramos los ojos
para palparlo luego en la memoria
el fantasma del miedo nos traiciona.
Por eso los amantes
no se dan nunca nada el uno al otro
y las manos que recorren los cuerpos
no persiguen la piel
sino el olvido de la futura soledad.
Y las caricias se prodigan
no a los cuerpos
sino al vacío de la ausencia
al temor de quedar sin compañía.


TRISTURA

Las primeras señales del olvido
no son ritual de puertos o viajeros,
las ausencias
no requieren de adioses.
Los abandonos
no necesitan ceremonias.

Uno se va sin trenes,
sin aviones,
uno se van sin barcos.
Uno se va.


PARA DOS HABITANTES SOLITARIOS
Qué vasto nuestro imperio
de tres por cuatro metros
al final de una cómplice escalera,
que a veces sube
a hacernos la visita.

Que inexpugnable fortaleza
de cielos alquilados
con puertas de frontera
y cortinas de puentes levadizos.

Qué poderoso nuestro reino
de reyes, siervas, amos,
esclavos y princesas
para dos solitarios habitantes.






viernes, 11 de mayo de 2012

Miguel Méndez Camacho / Escrito en la espalda de un árbol



Miguel Méndez Camacho


Escrito en la espalda de un árbol


No recuerdo si el árbol daba frutos
o sombra,
sólo sé que dio pájaros.

Que era el centro del patio
y de la infancia.

Que en la madera fácil
tallé tu nombre encima
de un corazón flechado.

Y no recuerdo más:
tanto subió tu nombre con el árbol
que pudiste escaparte
en la primera cosecha que dio pájaros.






jueves, 10 de mayo de 2012

Miguel Méndez Camacho / Lucrecia



Miguel Méndez Camacho
LUCRECIA


Mi madre nunca tiene en mis poemas
un lugar muy exacto,
siempre está dando vueltas
huyendo y regresando,
aquí y allá,
de la vigilia al alba,
limpiando y remendando mis palabras
como si fuera oficio de la casa.








lunes, 4 de mayo de 2009

Miguel Méndez Camacho / Instrucciones para asumir la soledad

Eduardo Cuadrado
El eterno viajero, 1996
Plaza de Martí y Monsó, Plaza Coca, Valladolid

Miguel Méndez Camacho
Para asumir la soledad

En los aeropuertos donde nadie te espera
ni despide
ondea tu sonrisa
y responde a las manos que saludan.
Y al subir o bajar la escalerilla
el rito del brazo levantado
hacia la bandería
de los pañuelos que se agitan.

No olvides la variante
de las pequeñas tiendas de turismo:
pregunta por el perfume
de la muchacha que te hubiera esperado
si tuvieras alguna.
O el licor favorito de tu amigo
que no puede beber
porque la muerte no se lo permite.

Duty free significa simplemente
libre de explicaciones
para asumir la soledad.

Y cuando los altoparlantes anuncien
que el viaje continúa
vuelve y levanta el brazo
hacia la muchedumbre
que es posible que quienes te saludan
sean también solitarios que no tienen
ni visitas ni ausencias.



Miguel Méndez Camacho
Instrucciones para la nostalgia
Colección de poesía
Bogotá, Universidad Nacional de Colombia, 2009