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martes, 18 de agosto de 2026

Antonio Muñoz Molina / Peligro mortal de la poesía

FRAN PULID

Antonio Muñoz Molina,

Peligro mortal de la poesía

Las vidas de los escritores Osip y Nadeshzda Mandelstam resuenan en la Rusia de Putin, y nos recuerdan cómo en los regímenes totalitarios la literatura fortalece su valor de resistencia y la poesía retrocede a sus orígenes de memorización y oralidad


Osip Mandelstam, poeta genial condenado por Stalin

El comunismo, en tres palabras para los escritores y artistas: censura, represión, muerte

Stalin-Pastenak / La llamada


7 de julio de 2023


La poesía no hace que suceda nada, dice W. H. Auden. Pero a Osip Mandelstam, la poesía le costó la cárcel y la vida, que estuvo en peligro desde que empezó a difundirse de viva voz su poema contra Stalin, justo en la época en la que se hacía más fuerte el poder del tirano, y en la que se completaban los preparativos para el Gran Terror soviético de los años treinta. Mandelstam no llegó a escribir ese poema. Tenía la costumbre de componer los suyos murmurando mientras caminaba, como hablándose en voz baja a sí mismo. Había sido un joven vanguardista que recibió con alegría la caída del Zar y la revolución liberal de febrero de 1917, pero que nunca escondió su rechazo hacia el golpe de Estado bolchevique de octubre, que puso fin por la fuerza de las armas a un proceso esperanzador de democracia constitucional. La disidencia de Mandelstam era más ética y estética que política, una rebeldía existencial contra toda ortodoxia, un desagrado visceral hacia las unanimidades forzosas y la violencia burocráticamente organizada. De joven, en la San Petersburgo cosmopolita anterior a 1914, y luego en la Petrogrado febril de los años de guerra y de las vísperas de la revolución, Mandelstam había formado parte de un grupo de poetas —Anna Ajmátova la más brillante de todos— empeñados en dejar atrás las nieblas y las abstracciones del simbolismo, y en vindicar lo concreto y al mismo tiempo lo visionario, la belleza de las cosas tangibles y el arrebato de las imágenes y las palabras surgidas de impulsos inconscientes, disciplinados por las reglas del arte, la prosodia, la rima, la métrica. Enraizados en la tradición culta y popular de la literatura rusa, aspiraban a integrarla en el espacio más amplio de la cultura humanista europea. En Kiev, en mayo de 1919, Mandelstam conoció a Nadeshzda Iakovliesna, y ya no se separaron hasta la muerte de él, en 1938. Ajmátova, que fue amiga íntima de los dos, dijo que no había visto nunca a dos personas tan enamoradas como ellos, tan fieramente unidas contra la hostilidad del mundo. A Nadeshzda Mandelstam se deben las que probablemente sean las memorias más valiosas y mejor escritas sobre la larga noche sanguinaria del estalinismo, Contra la desesperanza. Y fue gracias a ella, a su constancia, a su valentía, que se pudo salvar la mayor parte de la obra de su marido.

Antonio Muñoz / Molina Una paella en China


FRAN PULIDO


Antonio Muñoz Molina

Una paella en China

Nos buscamos a nosotros mismos en las figuras del pasado cuando es la distancia que tenemos con ellos la que nos enseña

17 de julio de 2026


La inmensa mayoría de los escritores, filósofos, artistas, que han vivido a lo largo de la historia creativa del Homo sapiens —en torno a los cuarenta mil años— sufren un defecto irreparable: no son contemporáneos nuestros. Sean cuales sean los talentos que los distinguieron, cometieron el error de no vivir en las primeras décadas del siglo XXI, lo cual los condena al pecado sin perdón del anacronismo, y acumula sobre ellos (y ellas) y sus obras una serie de lacras que proceden todas del mismo origen: no haber alcanzado esa superioridad sobre los valores, los sentimientos, la percepción estética, el lenguaje, que distingue a nuestra época sobre cualquier otra. En un libro abrumador que ha caído en mis manos sobre la luctuosa relación entre la música negra y el sistema penitenciario de EE UU —The Midnight Special— el autor, Colin Asher, que ama esa música con el mismo fervor con que denuncia la injusticia que la persiguió desde sus orígenes, tiene que esforzarse sin embargo en dar todo tipo de explicaciones y pedir disculpas anticipadas por la aparición en su libro de palabras ahora inaceptables, pero que por desgracia fueron comunes en la época y en los ambientes sobre los que escribe, y que por lo tanto no puede ignorar sin falsear la historia.

lunes, 17 de agosto de 2026

Antonio Muñoz Molina / Entonces llegó Mendoza

Fran Pulido

Entonces llegó Mendoza

Los ataques que recibe el autor de ‘El misterio de la cripta embrujada’ es como uno de esos despropósitos narrativos que tanto le gustan



Antonio Muñoz Molina
24 de abril de 2026

Me acuerdo de la única vez que he firmado libros en Sant Jordi porque tuve la suerte de conocer a Miguel Gila. Lo había admirado de niño, antes de la televisión escuchándolo en la radio, viéndolo en algunas películas de pobres en blanco y negro, y luego, al cabo de los años, disfrutando sus viñetas de impávido humor negro en Hermano Lobo, una de aquellas revistas que en pleno franquismo se tomaron la libertad por su mano, antes de que la libertad llegara. Pero en aquel abril de 1995, en Barcelona, lo que le agradecí sobre todo a Miguel Gila fue su extraordinario libro de memorias, Y entonces nací yo, que es uno de los pocos testimonios de los años de la República y la guerra civil contados desde abajo, desde la posición de un pobre soldado de Infantería al que mandan al frente sin entrenamiento alguno y sin vapores ideológicos que lo animen al heroísmo ni a la crueldad.

El Gran Gatsby / Una novela de ahora mismo

FRAN PULIDO

Una novela de ahora mismo

Un siglo después de su publicación, el tiempo ha confirmado la total modernidad de ‘El gran Gatsby’

Antonio Muñoz Molina
12 de diciembre de 2025

 Hay regalos que duran toda la vida. Cuando nos despedíamos al final del último curso en la universidad, un amigo me regaló una edición barata de El gran Gatsby, que traía en la portada una foto de Robert Redford en esmoquin, reclamo evidente por la película de mucho éxito basada en la novela. Con distraído esnobismo de universitario, adicto a las severidades de los cineclubs, yo no había hecho caso a la película, y la portada de la novela no me había llamado la menor atención, imaginando que sería una historia romántica de las que abundaban entonces, a la zaga del éxito de Love Story. No hay ignorancia que no sea despectiva. El gran Gatsby, cada vez que vuelvo a ella, me parece un modelo de esa perfección que se alcanza tantas veces en la música, y creo que con bastante menos frecuencia en la novela. El gran Gatsby apareció en el mismo año prodigioso en el que Virginia Woolf publicaba Mrs. Dalloway y John Dos Passos Manhattan Transfer, y un año después de nada menos que La montaña mágica, de Thomas Mann. Proust había muerto en 1922, pero los últimos volúmenes de En busca del tiempo perdido seguían editándose, y en ese mismo año la heroica y muy sufrida librera Sylvia Beach le había costeado a James Joyce la publicación de Ulises, que en algunos capítulos tiene concordancias misteriosas con Luces de bohemia, impresa en libro en 1924. El “Madrid absurdo, luminoso y hambriento” de nuestro Valle-Inclán se parece mucho en ciertos pasajes de esperpento y desgarro al Dublín de Joyce, por donde también deambulan un maestro y un discípulo tan beodos como Max Estrella y don Latino de Hispalis.

sábado, 15 de agosto de 2026

Antonio Muñoz Molina / La tristeza de Bryce Echenique

 

FRAN PULIDO

La tristeza de Bryce Echenique

La tontería fluye fácilmente entre las generaciones, y la fábula del escritor borracho no parece que vaya a perder su prestigio



Antonio Muñoz Molina
20 de marzo de 2026

La última vez que lo vi, Alfredo Bryce Echenique estaba derrumbado a todo lo largo sobre una fila de asientos en una sala de espera del aeropuerto de Barajas, desmayado o dormido, mientras una voz que él no escuchaba repetía su nombre por la megafonía. Fue esa voz la que nos hizo darnos cuenta de que aquel hombre en apariencia inerte era él. El vuelo hacia Lima estaba a punto de despegar, y desde la sala de embarque se reclamaba con urgencia la aparición del último pasajero que faltaba. Mi mujer y yo nos acercamos a él y lo sacudimos suavemente, diciendo su nombre. “Alfredo, Alfredo”. Él abrió sus ojos rasgados, que parecían más japoneses por las gafas redondas, parpadeando por la molestia de la luz, y puso cara de sorpresa al reconocernos. “Elvira, Antonio, qué alegría”. Le dijimos que tenía que darse prisa, mientras la voz perentoria repetía una vez más su nombre, y le ayudamos a levantarse y a recoger sus cosas desperdigadas. Lo vimos salir aturdido, con la ropa y el equipaje en desorden, temiendo que se perdiera en el camino hacia la sala de embarque, que llegara cuando el vuelo ya estuviera cerrado.

Antonio Muñoz Molina / Víspera de agosto


FRAN PULIDO


Víspera de agosto

Fuera de nuestro huerto, de nuestra vida, nosotros no podemos influir en nada, y menos aún despertar a los responsables políticos de su indiferencia o su parálisis

Antonio Muñoz Molina
24 de julio de 2026

jueves, 11 de junio de 2026

La biblioteca y otros tesoros

 

Andrés Caicedo

LA BIBLIOTECA Y OTROS TESOROS


Álvaro Colomer
12 de noviembre de 2025

Álvaro Colomer sigue indagando en el mito fundacional oculto en la biografía de todos los escritores, es decir, desvelando el origen de sus vocaciones, el germen de su despertar al mundo de las letras, el momento exacto en que sintieron la llamada no precisamente de Dios, sino de algo tal vez más complejo: la literatura.

sábado, 3 de enero de 2026

Antonio Muñoz Molina / Como un cuaderno en blanco


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FRAN PULIDO


Como un cuaderno en blanco

Las herramientas de escritura son poca cosa, pero nos ofrecen un espacio barato de testimonio y resistencia, y para nada son incompatibles con las de la tecnología



Antonio Muñoz Molina
ANTONIO MUÑOZ MOLINA
03 ENE 2025 - 23:00 COT

Me gusta la primera mañana del año nuevo tanto como la primera página de un cuaderno a punto de ser empezado. Me gustan las dos, y me intimidan. El porvenir del año está tan en blanco como las páginas del cuaderno, pero en ninguno de los dos casos el vacío es pura vaguedad, porque los dos tienen marcados los límites precisos del espacio y del tiempo. Sea lo que sea que se escriba en estas páginas, habrá un final para ellas, igual que hay este principio en el que aún no me atrevo a escribir nada, ni siquiera la fecha del día. Y pase lo que pase a lo largo del año, tendrá un final exacto dentro de 365 días. Puede ocurrir, claro, que el cuaderno se quede interrumpido a la mitad, incluso en la primera página, como esos diarios que empezábamos de niños con tanta convicción, subrayando la fecha recién consignada, y explicando un rotundo propósito de continuidad, y abandonándolo inmediatamente. Puede que el cuaderno, y el año, se acaben con el final brusco de la vida, voluntario o no, como acabó el diario de Anne Frank y quedó olvidado en aquella buhardilla de Ámsterdam, o el de Cesare Pavese en el hotel Roma de Turín, o mejor dicho, un poco antes, porque hizo su última anotación —“Basta de palabras. Un gesto. No escribiré más”— y tardó unos días en quitarse la vida, desalojado de antemano de ella y al mismo tiempo de la costumbre de escribir.

lunes, 17 de noviembre de 2025

“Sentados sobre el trueno” de la realidad, en compañía de personajes como el Quijote


jueves, 24 de julio de 2025

El Quijote de Muñoz Molina

 



El Quijote de Muñoz Molina


Juan Antonio Tirado
19 de julio de 2025

Muñoz Molina, desde su otoño dorado, nos regala un verano con Cervantes, que es un placer para los lectores entregados a la verdadera literatura, la que nace y crece en la trastienda del tiempo, la que enamora y mata, la que se desenvuelve entre gozos y sombras, allí donde las palabras son milagros que desafían a la realidad y a su vez ayudan a limpiar de quimeras lo real, lo que duele y asombra. Hubo un ayer tan remoto, tan a la vuelta de la esquina de los días, en que el autor de El invierno en Lisboa era un niño mulero, un aceitunero de Jaén, un chaval, como tantos, como yo mismo, del hondo sur, a caballo entre una España antigua, anclada en usos casi medievales y otra en la que estudiábamos el bachillerato con la mirada puesta en un venidero día de mañana. Por aquel entonces, lejanos sesenta, Antonio Muñoz Molina jugaba a las palabras y buscaba otros mundos entre la luna de Verne y el Quijote del abuelo, ejemplar de la editorial Calleja impreso en 1881, “con su papel amarillento, que tenía un tacto y un olor de polvo de trigo, con sus tapas rústicas gastadas en los bordes, ligeramente chamuscados”. Un tesoro insólito encontrado en un baúl sin llave.

miércoles, 11 de junio de 2025

Diez libros / De Guillermo Arriaga a Hanif Kureishi

 

Hanif Kureishi

De Guillermo Arriaga a Hanif Kureishi: Los diez libros más esperados de junio de 2025


El mexicano Guillermo Arriaga, el británico Hanif Kureishi, la estadounidense Miranda July o la española superventas Eva García Sáenz de Urturi protagonizan las principales novedades literarias del mes de junio, que coincide con la celebración de la Feria del Libro de Madrid.

sábado, 11 de enero de 2025

Antonio Muñoz Molina / La ética de la prosa


El escritor irlandés Colm Tóibín, en Edimburgo en 2017. SIMONE PADOVANI



Ética de la prosa

De siglos de oscurantismo nos ha quedado una propensión a la palabrería irresponsable disfrazada de brillos literarios


Antonio Muñoz Molina

En el último número de la London Review of Books viene un largo ensayo de Colm Tóibín que corta el aliento. Está escrito en una prosa tan sobria como la de un informe, como la de uno de los informes médicos que Tóibín habrá leído a lo largo de los meses de la enfermedad que cuenta el ensayo. Un día, en medio de las tareas habituales de la vida, empezó a notar un dolor, poco más de una molestia, una hinchazón en un testículo. Era una incomodidad tan trivial que Tóibín la atribuyó al principio al roce de las llaves que llevaba en el bolsillo. Al poco tiempo se encontró con un diagnóstico de cáncer, y empezó un largo calvario de esperas angustiadas de análisis, estancias en el hospital, sesiones de quimioterapia. El dolor físico, la debilidad extrema alientan una desolación abismal, agravada sin duda por la soledad, porque Tóibín está en Dublín y su compañero en Los Ángeles. Con una lucidez que en ningún momento deriva hacia la autocompasión o el sentimentalismo, el enfermo da cuenta de sus síntomas y de los efectos devastadores de la medicación. Yo leía y me acordaba de una canción tenebrosa de Lou Reed en Magic and Loss, un disco tardío dedicado a la enfermedad y la muerte de un amigo: “To cure you they must kill you”. Para curarse o al menos para no perder toda esperanza, Tóibín ha de someterse a un tormento que ya es en sí mismo una completa agonía de inhumana duración, al dolor crudo que no parece posible seguir sufriendo un solo minuto más y a las diversas humillaciones que vuelven más amarga la enfermedad aunque no la hagan más grave, la pérdida del pelo, la del sentido del gusto, que vuelve de repente desagradable y ajeno cualquier alimento.

viernes, 22 de noviembre de 2024

Antonio Muñoz Molina / Nuevas tecnologías antiguas

 


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FRAN PULIDO


Nuevas tecnologías antiguas

Gran parte del éxito popular de Hitler y de su partido se debía a los sistemas de amplificación a gran escala del sonido


Antonio Muñoz Molina
ANTONIO MUÑOZ MOLINA
22 NOV 2024 - 23:00 COT


Hace años, leyendo, para variar, una historia de la República de Weimar, me enteré de que una gran parte del éxito popular de Hitler y de su partido se debía a un avance tecnológico reciente, aunque menor en apariencia: los sistemas de amplificación a gran escala del sonido. Uno ve las inmensidades de gente bramando en respuesta a los bramidos bestiales de su líder, que gesticula y ruge delante de un micrófono, y no cae en la cuenta de que sin potentísimos sistemas de megafonía esa voz no tendría ningún efecto, ni los himnos resonarían tan poderosamente en las dimensiones de un gran estadio. Hemos visto imágenes de líderes gritando en los balcones, delante de multitudes congregadas en las plazas, pero antes del perfeccionamiento de la megafonía esos oradores incendiarios se desgañitaban en vano, porque a unos metros de distancia nadie podía oír lo que decían. Sin altavoces muy potentes, ¿quién iba a enterarse de nada? La temible euforia de una masa de cien mil personas respondiendo al unísono a la oratoria de un demagogo genocida o a un crescendo de marchas militares no llegaría a sus extremos de sumisión y delirio si no fuera por el poder aplastante de una tecnología del sonido.

lunes, 4 de noviembre de 2024

Las 10 mejores novelas del Premio Planeta en democracia



El escritor, Antonio Muñoz Molina en 1991, cuando resultó ganador del resultó del Premio Planeta.

El escritor, Antonio Muñoz Molina en 1991, cuando resultó ganador del resultó del Premio 


Las 10 mejores novelas del Premio Planeta en democracia

La devoción por premiar a personajes populares ha socavado el prestigio del premio, pero las excepciones intermitentes de esa política comercial han ofrecido algunos de los títulos más respetables de su historia

viernes, 19 de julio de 2024

Antonio Muñoz Molina / Cuando el tiempo no es ficción

 

FRAN PULIDO


Cuando no es tiempo de ficción

La realidad de la guerra en Ucrania es tan cruel y tan anormal que es imposible inventar nada, mientras que la poesía ha regresado a sus orígenes: el llanto por los muertos, la execración de la crueldad del enemigo


Antonio Muñiz Molina

19 de julio de 2024


Oleksandr Mykhed no ha dejado de escribir desde que el ejército ruso invadió su país hace ya más de dos años, pero no ha vuelto a leer novelas. El 22 de febrero de 2022 lo despertaron las explosiones de los misiles y el tableteo cercano de las palas de los helicópteros que asaltaban el aeropuerto cercano. Él y su mujer no abrían los ojos a un nuevo día sino a un nuevo mundo infernal que no ha cesado desde entonces. Mykhed llamó a sus padres, que vivían cerca, y les dijo que tenían que salir huyendo. Quizás paralizados por el miedo, o por una súbita realidad trastornada que no les era posible asimilar, los padres se quedaron, y Oleksandr Mykhed, junto a su mujer y su perro aterrorizado, huyó en coche hacia el oeste de Ucrania. Sus padres vivieron durante tres semanas escondidos en un sótano, notando sobre sus cabezas el temblor profundo de las explosiones, y a veces también los disparos y los gritos salvajes de los invasores, que se confundían con los gritos de las víctimas, hombres asesinados a quemarropa, mujeres violadas, en la antigua tradición de la soldadesca soviética. Cuando Mykhed volvió al cabo de unos meses a su ciudad liberada por el ejército ucranio, su casa ya no existía, destruida por un misil horas después de que ellos se marcharan. Entre los montones de libros mezclados con cascotes y metralla de lo que había sido su amada biblioteca, unos pájaros habían armado un nido.

viernes, 2 de junio de 2023

El sudor en la cara de Heberto Padilla


Tribuna M-Molina 03/05/23
FRAN PULIDO


El sudor en la cara de Heberto Padilla

Un documental, ya imborrable, realizado a partir de material secreto grabado por orden directa de Fidel Castro, muestra la ‘confesión’ del poeta cuya detención estremeció a toda la izquierda intelectual de Occidente


Antonio Muñoz Molina
ANTONIO MUÑOZ MOLINA
02 JUN 2023 - 22:00 COT


Quien ha visto el sudor brillando en la cara y en el pelo y empapando poco a poco la camisa del poeta cubano Heberto Padilla ya no podrá olvidarlo nunca. Es el sudor de un salón lleno de gente en una noche del trópico; el de la temperatura que aumentan los focos excesivos de las cámaras de televisión; es el sudor de quien habla mucho y gesticula mucho, pasándose las palmas de las manos húmedas por el pelo negro y la cara carnosa. Parece que en algún momento el sudor le empaña los cristales de las gafas, y hace que se le escurran sobre la nariz. Heberto Padilla habla sin descanso, con amaneramientos retóricos, mirando fijo, casi siempre al vacío, otras veces hacia las personas calladas que lo escuchan: sudando también, agobiadas de calor, abanicándose con carpetas o con periódicos doblados, vencidas por el tedio de una reunión que no termina nunca, un encuentro en la sede de la asociación de escritores.

viernes, 12 de mayo de 2023

Jordan Neely, el náufrago en un vagón del metro




Jordan NeelyFRAN PULIDO


Jordan Neely, el náufrago en un vagón del metro


Aprendí en Nueva York que el trastornado sin hogar que guarda silencio en su burbuja de invisibilidad puede ser ignorado sin molestia. El que rompe a hablar y grita se vuelve una amenaza



Antonio Muñoz Molina
ANTONIO MUÑOZ MOLINA
12 MAY 2023 - 22:00 COT

En medio del ruido y de la multitud hay personas trastornadas que viven en Nueva York como en una isla desierta en la que llevaran muchos años sin ningún trato humano. Hay quien se cubre la cabeza con un capuchón tan grande, y tan caído sobre los ojos, que no llegan a distinguirse sus rasgos. El capuchón es una cueva y ellos viven agazapados en lo más hondo, en una oscuridad a la que no llega la luz del día, ni tal vez el sonido de las voces. Cada vez que yo leía La isla misteriosa, el personaje que me impresionaba más, aparte del redivivo capitán Nemo, era un marino llamado Ayrton, al que dejaron solo en una isla deshabitada durante cinco años, al cabo de los cuales había perdido la razón y hasta el uso del habla, reducido por la falta de compañía humana a una animalidad de gruñidos roncos y gritos como ladridos. Casi todos los náufragos que rondan las calles y las estaciones y los trenes del metro de Nueva York son enfermos mentales de los que no cuida nadie, pero su condición clínica sin duda está exagerada por la dureza de la vida a la intemperie en una ciudad de inviernos muy crueles, y por una forma particular de soledad que es la de aquellos que estando rodeados de gente no reciben nunca la mirada de nadie, ni tienen respuesta si alzan la voz.

viernes, 22 de julio de 2022

El viaje de Carlo Levi


Un fotograma de la película de 1979 'Cristo se paró en Éboli', de Francesco Rosi.
Un fotograma de la película de 1979 'Cristo se paró en Éboli', de Francesco Rosi.©RIALTO PICTURES / EVERETT COLLECTION

El viaje de Carlo Levi

‘Cristo se paró en Éboli’ mantiene intacta su capacidad de hechizo, su doble condición de testimonio de un lugar y un tiempo



Antonio Muñoz Molina
ANTONIO MUÑOZ MOLINA
22 JUL 2022 - 22:30 COT

He escuchado en YouTube a Carlo Levi las primera páginas de Cristo se paró en Éboli. He escuchado su voz clara y cordial mientras veía en imágenes los lugares mismos en los que sucede el libro, pueblos alzados en las colinas áridas de la Lucania,Matera, Grassano, Aliano, una topografía ósea de cuevas excavadas en la roca calcárea y casas adheridas a los precipicios, con los huecos negros de las ventanas y las puertas como cuévanos de calaveras. Mientras miraba y escuchaba he confirmado dos rasgos cardinales de la literatura: que en la página escrita ha de tenerse la sensación de oír una voz humana; y que las palabras han de dar cuenta precisa de un mundo, de tal modo que quien solo lo conoce a través de la lectura lo reconozca al tenerlo delante de los ojos. El italiano tan limpio de la voz y la escritura de Carlo Levi lo tradujo Antonio Colinas a un español igual de claro en la edición de Cristo se paró en Éboli que publicó Alfaguara en 1980, en aquella inolvidable colección de tapas azules y grises con tacto de cartón. Ahora el libro vuelve a la actualidad gracias a Pepitas de Calabaza, que ha recuperado otra traducción excelente, la de Carlos Manzano

miércoles, 20 de julio de 2022

Cormac McCarthy / La carretera / Estremecedor, descarnado y emotivo


Cormac McCarthy
LA CARRETERA

Estremecedor, descanado y emotivo

Cormac-McCarthy_dibujo

El escritor estadounidense Cormac McCarthy nació el 20 de julio de 1933. Su novela La carretera ganó el Premio Pulitzer de ficción en 2006.

La carretera es un relato estremecedor, descarnado y al mismo tiempo profundamente emotivo por contraste, es decir, por la contención de las emociones. Se desarrolla en el escenario que nos negamos a siquiera vislumbrar: el apocalipsis ambiental, “una tierra destripada y erosionada y áspera” que tiene como consecuencia la extinción de toda forma de vida natural, de la civilización, de todo rastro de humanidad.

“Al despertar en el bosque en medio del frío y la oscuridad nocturnos había alargado la mano para tocar al niño que dormía a su lado. Noches más tenebrosas que las tinieblas y cada uno de los días más gris que el día anterior. Como el primer síntoma de un glaucoma frío empañando el mundo…”

En ese futuro cercano en que el ser humano finalmente ha destruido las condiciones que hacen habitable al planeta, un hombre y su hijo intentan recorrer el territorio estadounidense, siempre hacia el sur, para evadir las condiciones climáticas cada vez más adversas. Un andrajoso mapa de carreteras se ha convertido en su salvavidas, su Biblia, su ruta de escape en busca de una esperanza incierta.

La carretera es un relato que cala hasta los huesos. Tiene mucho de lamento, incluso de imprecación hacia la conducta humana, pero abre causes a la reflexión filosófica y tiene momentos de construcción poética.

McCarthy presenta un relato fracturado, casi telegráfico, a la manera de quien vive inmerso en sus  pensamientos. Breves pasajes. Ideas, recuerdos, sueños que se agolpan, torturantes. Diálogos sucintos. Los párrafos son cortos y doblemente espaciados, acentuando la desolación y la ansiedad, como si al narrador le faltara el aire. Algunas frases son minúsculas; otras se extienden como una ráfaga inesperada. Hay una suerte de minimalismo narrativo, una corriente continua que mezcla los escasos elementos que subsisten.

En el chico se encuentra el último aliento de la piedad, el destello de la conciencia. Él es capaz de enfrentar una tierra desolada pero se paraliza ante la involución humana, ante la inviabilidad de convivir con otros o la imposibilidad de asentarse en un sitio debido a los grupos de saqueadores que han encontrado en el canibalismo una opción a la falta de alimentos. Aun ante condiciones tan extremas, este chico se resistirá a seguir el camino de los adultos, porque la subsistencia no puede ser a cualquier costo.

El desenlace es estrujante, de gran nivel.

Cormac-McCarthy_La-carretera

Algunos pasajes:
“Se quedó escuchando el goteo del agua en el bosque. Lecho rocoso, este. El frío y el silencio. Las cenizas del mundo difunto trajinadas de acá para allá por los crudos y transitorios vientos en el vacío. Llevadas, esparcidas y llevadas de nuevo. Todo desencajado de su apuntalamiento. Sin soporte en el viento cinéreo. Sostenido por una respiración, temblorosa y breve. Ojalá mi corazón fuese de piedra”.

“Permaneció de hinojos en las cenizas. Levantó la cara al pálido día. ¿Estás ahí?, susurró. ¿Te veré por fin? ¿Tienes cuello por el que estrangularte? ¿Tienes corazón? ¿Tienes alma maldito seas eternamente? Oh, Dios, susurró. Oh, Dios”.

“Se arrimó al chico. Ten presente que las cosas que te metes en la cabeza están ahí para siempre, dijo. Quizá deberías pensar en eso.
Algunas cosas las olvidas, ¿no?
Sí. Olvidas las que quieres recordar y recuerdas lo que quieres olvidar”.

“Un incendio en el bosque se abría paso por los cerros de pura yesca, llameando y titilando como una aurora boreal contra el cielo nublado. El color de todo aquello removía en él algo olvidado hacía tiempo. Haz una lista. Recita una letanía. Recuerda”.

“Oscuridad de la luna invisible. Las noches ahora solo un poco menos negras. De día el sol proscrito circunda la tierra cual madre afligida con una lámpara”.

“Y ella llevaba razón. No había argumentos. Innumerables noches pasadas en vela debatiendo los pros y los contras de la autodestrucción con la seriedad de unos filósofos encadenados al muro de un manicomio”.

“Le había hecho una flauta al chico con un trozo de caña de la cuneta y se la sacó de la parka para dársela. El chico la cogió sin decir palabra. Al cabo de un rato se quedó un poco rezagado y minutos después el hombre escuchó que tocaba. Una música amorfa para la próxima era. O quizá la última música en la Tierra, surgida de las cenizas de su devastación. El hombre se volvió y le miró. Estaba sumamente concentrado. El hombre pensó que parecía un triste y solitario niño huérfano anunciando la llegada al condado de un espectáculo ambulante, un niño que no sabe que a su espalda los actores han sido devorados por lobos”.

“Intentó pensar en algo que decir pero no pudo. No era la primera vez que tenía esta sensación, más allá del entumecimiento y la sorda desesperación. Como si el mundo se encogiera en torno a un núcleo no procesado de entidades desglosables. Las cosas cayendo en el olvido y con ellas sus nombres. Los colores. Los nombres de los pájaros. Alimentos. Por último los nombres de cosas que uno creía verdaderas. Más frágiles de lo que él habría pensado. ¿Cuánto de ese mundo había desaparecido ya? El sagrado idioma desprovisto de sus referentes y por tanto de su realidad. Rebajado como algo que intenta preservar el calor. A tiempo para desaparecer para siempre en un abrir y cerrar de ojos”.

“Observó la cara del chico a la luz naranja de la lumbre. Sus mejillas hundidas y tiznadas de negro. Tuvo que contener la rabia. Era inútil. No creía que el chico pudiera continuar mucho más. Aunque dejara de nevar la carretera estaría impracticable. La nieve caía a susurros en medio de la quietud y las chispas crecieron y mermaron y se extinguieron en la negrura eterna”.

“Siguieron avanzando a marchas forzadas, esqueléticos e inmundos como adictos callejeros. Cubiertos con las mantas contra el frío y echando un aliento humoso, abriéndose paso por los negros y sedosos montones de nieve. Estaban atravesando la amplia llanura costera donde los vientos seculares los empujaban entre aullantes nubes de ceniza a buscar refugio donde pudieran. En casas o graneros o metidos en una zanja al borde de la carretera con las mantas por encima de la cabeza y el cielo a mediodía negro como las bodegas del infierno. Abrazó al chico contra su pecho, helado hasta los huesos. No te desanimes, dijo. Saldremos de esta”.

“El blando talco negro barría las calles cual tinta de calamar desparramándose por un lecho marino y el frío se pegaba al suelo y oscurecía temprano y los carroñeros al pasar con sus antorchas por los escarpados desfiladeros dejaban en la ceniza hoyos como de seda que se cerraban silenciosamente a su paso como ojos. En las carreteras los peregrinos se derrumbaban y caían y morían y la tierra yerma y amortajada iba rodando hasta el otro lado del sol y regresaba sin dejar huella y tan inadvertida como la trayectoria de cualquier mundo hermano sin nombre en las inmemoriales tinieblas de más allá”.

“Dijo lo que había dicho antes. Que la buena suerte podía no ser tal cosa. Pocas noches tumbado en la oscuridad no envidiaba a los muertos”.

Otros ángulos
Antonio Muñoz Molina escribió:
“The Road, de Cormac McCarthy, me impresionó vivamente (…) Cormac McCarthy, que había cultivado hasta entonces con mucho empeño las densidades y las proliferaciones faulknerianas, saltó de la novela barroca a la fábula, de lo preciso y terrenal a lo abstracto, de la crónica a la alegoría. Los nombres propios de personas y lugares quedaban sustituidos por sustantivos genéricos, que dan enseguida un aire de profundidad, con o sin mayúsculas: El padre, el hijo, el camino, el mar. McCarthy cultivaba a conciencia la estética del desapego, que llevó a su extremo en No Country for Old Men: contar los hechos más atroces con perfecta frialdad, con una distancia clínica y cínica que es uno de esos rasgos que parecen máximamente originales a las personas entendidas a pesar de que llevan largos años repitiéndose en la literatura y en el cine. El desapego de McCarthy, inclinación nueva a lo visiblemente simbólico” (El País, 14 septiembre 2013).

Harold Bloom, autor de El Canon Occidental, declaró:
“Cormac McCarthy es uno de los cuatro mayores novelistas norteamericanos de su tiempo, junto a Thomas Pynchon, Don DeLillo y Philip Roth”.

Adam Mars-Jones escribió:
“La obra es, por turnos, sombría y estimulante. No es una fábula o una profecía. Es un experimento de pensamiento y sentimiento, triste, emocionante (de hecho, soportable) sólo por su integridad, su visión integral. El hombre empujando su carrito de compras hacia la ausencia de esperanza, peleando con la brújula de la desesperación, hace que la Madre Coraje de Brecht parezca francamente afortunada ante las decisiones que debe tomar.

“Hay una figura literaria que parece tener un derecho de autor en la desolación y la futilidad, que escribió acerca de las últimas cosas casi desde el principio: Samuel Beckett. Escatología era su leche materna. Si bien hay un episodio en La carretera (cuando el hombre y el niño se encuentran con un viejo que va golpeando el camino con un palo) que viene incómodamente cerca del estilo de Beckett, McCarthy sale de esa sombra y se atreve a anular las elecciones estéticas de Beckett, al invertir la parsimonia lingüística del maestro y llevar su recortado estilo tardío a un registro poético más cercano a Yeats.

“Aunque en la devastación ya existan más palabras que cosas, parte del logro de La carretera es su descripción poética de paisajes que no solo han perdido su capacidad para sustentar la vida sino que parecen haber sido despojados de cualquier posibilidad de poesía” (The Guardian, 26 nov 2006).

Janet Maslin escribió:
“La imagen es brutal, incluso para los altos estándares de desesperación de Cormac McCarthy. Esta parábola también es mordaz y aterradora, escrita con una urgencia desnuda y alimentado por la fuerza de una pesadilla universal. La carretera sería pura miseria si no fuera por su espectacular belleza salvaje.

“Este es un conjuro exquisitamente sombrío – azufre poético. McCarthy ha convocado a sus visiones más feroces para invocar la devastación. Da voz a lo indecible en un cuento con moraleja concisa que es demasiado potente para ser adormecedor, a pesar de los pasmosos estragos que describe. Con una furia casi bíblica, McCarthy da testimonio de imágenes que los humanos nunca tienen la intención de ver.

“La carretera no ofrece nada para el escape o la comodidad. Pero su sabiduría sin miedo es más indeleble de lo que alguna vez pudo ser la promesa de seguridad” (The New York Times, 25 septiembre 2006).

Rafael Lemus escribió:
“McCarthy es un narrador enorme, tocado por la gracia. Es una excepción, un fogonazo de genialidad en una noche casi unánime. La carretera es una novela mayor. Su narrativa es despojada y vertiginosa. En vez de estallar en una epifanía, se mantiene en un permanente estado de inminencia (…) Pensamos nosotros, los pesimistas, que si el fango mascullara lo haría a la manera, bestial pero radiante, de Cormac McCarthy (Letras libres, febrero 2008).

J. M. Guelbenzu escribió:
“Padre e hijo, unidos por el amor y el miedo, son la expresión de una soledad intolerable”.

Octavio Paz, como antecedente de La carretera,  escribió en 1944:
“sobrecogió a mi espíritu una lívida certidumbre:
había muerto el sol y una eterna noche amanecía,
más negra y más oscura que la otra,
y el mundo, los árboles, los hombres, todo, yo mismo,
sólo éramos los fantasmas de mi sueño,
un sueño eterno, ya sin día ni despertar posible,
un sueño al que ya no mojaría la callada espuma del alba,
un sueño para el que nunca sonarían las trompetas del Juicio Final.
Porque nada, ni siquiera la muerte, acabará con ese sueño”.
(Soliloquio de medianoche)

[ Gerardo Moncada ]


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