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sábado, 29 de junio de 2013

Kaplan / Mi relación con Richard Matheson

Richard Matheson
Kaplan 
MI RELACIÓN CON RICHARD MATHESON

Hay escritores por los que no sentimos una especial predilección, autores a los que recordamos por alguna novela puntera o por aquel par de cuentos que nos tocaron la fibra sensible, pero que tampoco nos vuelven locos. En contadas ocasiones sucede que, al repasar su obra, te acaba sorprendiendo cuán presentes han estado en tu vida. Ayer murió Richard Matheson, a quien siempre he respetado principalmente por ser el autor de esa obra maestra titulada Soy leyenda, pero hoy, al hacer memoria, he podido constatar con cierta perplejidad el gran número de veces que me he cruzado con él, o él conmigo, a lo largo de los años.


No tengo muy claro cuándo se dio nuestro primer encuentro, dudo entre dos recuerdos. Uno pertenece a aquellas mitificadas noches de la primera adolescencia en las que, sentado en la oscuridad del comedor, no me perdía ni una sola de las películas que programaban en La clave, el magnífico programa que presentaba José Luis Balbín en el UHF y que tan afín era al género fantástico. La película, en este caso, era El increíble hombre menguante, y muchas de sus escenas quedaron grabadas en mi memoria: la lucha con el gato, la araña monstruosa, aquel discurso final del protagonista tan cercano a los tebeos de trasfondo cósmico que leía entonces...


Aquella pudo ser la primera ocasión en la que me topé con Matheson, a oscuras, sentado en el sofá del salón. O tal vez no. Nuestro primer encuentro pudo también ocurrir en una butaca, en una de las sesiones dobles de El Pilar a las que acudía siempre que lograba estirar la paga semanal (35 pesetas) que por entonces me daban mis padres. El Pilar era uno de aquellos cines de barrio en los que reponían películas bajo el dudoso calificativo de reestrenos a precios que no tenían nada que ver con los actuales. Allí fue donde vi, junto a uno de los muchos productos de la Hammer que tenían al conde Drácula como protagonista, La leyenda de la casa del infierno, a la que yo siempre he llamado "La casa Belasco", por abreviar y por su relación con los tebeos que la editorial Vértice publicaba del Hombre Lobo de la Marvel (Werewolf By Night), que a mí me pirraban y que en la última época de Doug Moench no fueron otra cosa que una indisimulada adaptación de La casa infernal.


Tras aquellos primeros encuentros casuales, yo aún no relacionaba sus obras con el apellido Matheson. Mi verdadera toma de contacto consciente con el escritor fue aquel libro de páginas gastadas que, a mediados de los ochenta, cogí prestado del Bibliobús, una biblioteca móvil cuya llegada yo esperaba con cierta ansiedad tras las sobremesas de los jueves. Soy leyenda me gustó mucho, especialmente porque, a pesar de la apariencia interna de novela vampírica, de terror, era ciencia ficción. Sólo en la relectura de años posteriores me di cuenta de que además era ciencia ficción con mensaje, y de la relevancia de su extraordinario final. Cuando se habla de la mentalidad distinta del lector de ciencia ficción, de su mente abierta, se está hablando en realidad de la influencia de novelas como ésta. Soy leyenda es, sin duda alguna, una de las novelas del siglo XX que mejor han sabido denunciar lo relativo que es el concepto de normalidad.


Siguió pasando el tiempo. Cuando el fenómeno Spielberg barrió el mundillo cinematográfico de los 80, obligando a sacar a la luz sus primeras películas, reconocí, ahora sí, el apellido del escritor a la primera. El diablo sobre ruedas, primer trabajo largo del director norteamericano, estaba basado en un cuento de Richard Matheson, lo cual para mí empezaba a ser ya un signo inconfundible de calidad. La presencia del escritor en los guiones fue, de hecho, lo que despertó mi interés en conseguir capítulos de la serie The Twilight Zone. Desgraciadamente, aún no habíamos entrado en la era de internet, y por muchas gestiones que hice la cosa fue imposible. No volví a leer nada suyo en bastante tiempo, y su nombre fue bajando puestos en mi memoria.


Pero Matheson era pertinaz. Algunos años después, escuchando recopilatorios de las bandas sonoras de cine compuestas por John Barry, quedé fascinado por el tema central de En algún lugar del tiempo, una película desconocida para mí y de la cual comencé a buscar datos (ahora sí, estábamos en la era de internet, gracias sean dadas). Por supuesto, descubrí que estaba basada en una novela de Richard Matheson. Vi la película, me gustó, y decidí prestar más atención en adelante a aquel viejo escritor cuyo principal haber, según decían todos, eran sus cuentos. Afortunadamente, pude comprobar esa afirmación de primera mano, fácilmente. De la noche a la mañana, su nombre comenzó a aparecer con periodicidad por todas partes.


La editorial Valdemar publicó Pesadilla a 20.000 pies, una colección de relatos de terror en la que se incluían algunos de los cuentos de la serie televisiva que en su día no pude localizar. Se llevaron al cine nuevas adaptaciones de su obra, como Más allá de los sueños y Acero puro, se publicaron más antologías e incluso cierta editorial, desgraciadamente no muy de fiar, anunció la publicación de sus cuentos completos. Finalmente, su opus magnum, Soy leyenda, fue llevada de nuevo al cine, con Will Smith en el papel que en su día interpretaran Vincent Price, Charlton Heston e incluso Mark Dacascos. La película era bastante digna, siempre que en el blu-ray le cambiaras el final oficial por el alternativo, claro.




Hace apenas un par de meses, un amigo me dijo que debido a una promoción tenía varios libros repetidos. Me dio a elegir entre la famosa saga de fantasía medieval que parte el bacalao o una selección breve de cuentos de Richard Matheson. No tuve que pensarlo mucho; Martin nunca tuvo posibilidades. Matheson ha estado ahí, insistentemente, a lo largo de todos estos años, dándome toquecitos en los hombros, aumentando en prestigio y presencia continuamente hasta ocupar más espacio en mi vida que algunos de los escritores situados por encima de él en mis preferencias. Ahora dicen que ha muerto, y no logro sacudirme de encima la sensación de que voy a echar mucho de menos esa presencia casual pero continua en los próximos años.

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viernes, 5 de junio de 2009

Cormac McCarthy / Meridiano de sangre / Reseña



Cormac McCarthy
MERIDIANO DE SANGRE
Por Kaplan
16 de enero de 2007

Dos de los libros que más expectación despertaron en EE UU durante el último trimestre de 2006 fueron Against the Day, de Thomas Pynchon, y The Road, de Cormac McCarthy. Los dos escritores comparten una marcada aversión hacia la fama, especialmente el primero, de cuya existencia apenas da fe una borrosa foto de juventud. Se da la circunstancia, además, de que ambas novelas pertenecen al género fantástico: la de Pynchon -grueso volumen cuya historia se remonta a finales del s. XIX-, en el mismo (des)orden que El arco iris de gravedad; la de McCarthy -post apocalíptico americano de tendencia gore-, desde la más ortodoxa ciencia ficción.(1) Mientras espero a que Tusquets y Mondadori respectivamente (presumo) las traduzcan a la lengua de Cervantes, voy a hacer tiempo dedicándole esta entrada a una de las mejores novelas que un servidor haya leído jamás: Meridiano de sangre, del magnífico Cormac McCarthy.

Estamos en los territorios de la frontera entre México y Estados Unidos a mitad del siglo XIX. Las autoridades mexicanas y del estado de Texas organizan una expedición paramilitar para acabar con el mayor número posible de indios. Es el llamado Grupo Glanton, que tiene como líder espiritual al llamado juez Holden, un ser violento y cruel, un hombre calvo, albino, sin pestañas ni cejas. Nunca duerme, le gusta tocar el violín y bailar. Viola y asesina niños de ambos sexos y afirma que nunca morirá. Todo cambia cuando los carniceros de Glanton pasan de asesinar indios y arrancarles la cabellera a exterminar a los mexicanos que les pagan. Se instaura así la ley de la selva, el terreno moral donde la figura del juez se convierte en una especie de dios arbitrario.

Hacen falta agallas para leer Meridiano de sangre. Adentrarse en sus páginas significa exponerse al horror sin ambages, visitar el infierno con el mismo Diablo como guía. Y a pesar de ello, es una experiencia que el lector avezado agradecerá durante el resto de su vida, porque la prosa de McCarthy ilustra esa azarosa singladura con imágenes de sobrecogedora e inolvidable belleza.

Fondo y forma, gótico y barroco, se conjugan para ofrecer una obra de arte que exige un cierto esfuerzo al lector, una nimiedad si se evalúa la magnitud de la recompensa. El dominio que ejerce el escritor sobre el lenguaje irradia puro talento en todas sus facetas, ninguna fácil, ya que McCarthy ha construido con los años un estilo propio, desde el inconformismo y la experimentación, que glorifica y vulnera las normas narrativas establecidas a partes iguales. Como sus personajes, el escritor ha forjado su carrera en la búsqueda de nuevos horizontes, y es en esta novela, más que en el resto de sus incontestables obras (principalmente Sutree y las que componen la Trilogía de la Frontera) donde todas las fuerzas confluyen para producir un diamante de imposible belleza.

Los recursos que utiliza el autor podrían servir para elaborar un tratado de construcción literaria. Los diálogos, imbricados en la narración, carecen de signatura propia, se aparean con la acción de forma que los personajes se suman al paisaje, protagonista mayestático del libro. Las frases cortas, aceradas como cuchillos, potencian la acción cuando ésta es necesaria. Como contrapunto, las descripciones cuentan con un sofisticado andamiaje y con un vocabulario tan vasto como la tierra que fotografían. Esa construcción peculiar produce una sensación de exótica coreografía en frases y párrafos, rara característica en una prosa tan densa, tan compacta. El uso de los tiempos verbales escapa también de la norma, pues presente, pretérito y futuro se suceden sin solución de continuidad. Las numerosas metáforas y comparaciones se suman al tenebrismo de la historia para aportar una oscuridad tan terrenal como metafísica.

"Los carroñeros ocupaban los ángulos superiores de las casas con sus alas extendidas en posturas de exhortación como pequeños obispos oscuros."

El lenguaje que utiliza McCarthy es tan rico y poderoso, tan visual, que las imágenes parecen cobrar vida. Consigue en sus descripciones que los paisajes humano y geográfico se confundan entre ellos, dotados, por gracia de su escritura, de una épica y un lirismo que sin embargo son desmentidos por la crudeza de los hechos que se narran. Tal es su poder de persuasión que el lector sensible encontrará belleza en todo ese horror, e incluso poesía en la descripción de ese infierno. Un logro inaudito si atendemos a la historia en sí, pues en este salvaje y visceral western gótico, McCarthy hace parecer, en la comparación, tiernos infantes a la mayoría de escritores del género de terror. Resulta ocioso calibrar la magnitud del mal en una novela cuando el bien jamás está presente.

Meridiano de sangre se muestra demoledora en sus dos interpretaciones, realista y fantástica. La primera apunta hacia una visión crítica del pasado norteamericano. Mucho antes de que el cineasta Clint Eastwood desmitificara la visión edulcorada y heróica con que el medio fílmico había presentado asiduamente la conquista del oeste americano, McCarthy ya había sacado a la superficie una historia paralela a la oficial, varios grados más violenta y, en su pluma, mucho más verosímil. En esta novela, el autor se muestra tan persuasivo, con un conocimiento del escenario tan apabullante, que produce la sensación de haber viajado en el tiempo para describir directamente, desde ese punto de la Historia, una época tan terrible como hermosa.

Esta recreación del pasado salvaje está diseñada como una suerte de bildungsroman perverso. El adolescente protagonista, al que sólo se conoce como "el chaval"(2), recorre el camino del aprendizaje del horror desde una actitud cercana al autismo, aunque con los ojos bien abiertos. Su presencia ejerce de cámara objetiva con la que el lector puede observar desde fuera a Glanton, a sus hombres y al juez, y, sobre todo, admirar el desolado paisaje. Eso permite un distanciamiento con respecto a los personajes que enriquece la perspectiva y que, ante lo depravado de sus actos, se revela incluso saludable. Los horrores con que se topa el chaval se multiplican tras el cruce de la frontera, a la que llega tras un largo viaje por un desierto terrible y fascinante, un paisaje sobrenatural tras el cual se encuentra un país que bien podría ser el infierno mismo.


A partir de ese punto, el reino de lo macabro abre sus puertas: apaches embutidos en pieles humanas, caballos destripados, murciélagos que sorben la sangre de los heridos, árboles decorados con bebés muertos y, finalmente, el juez Holden, guía del Grupo Glanton al que se une el chaval, y junto al que masacrarán indios primero y todo ser viviente que se cruce en su camino después. El escuadrón de hombres recorre esa tierra extraña y terrible y acaba infectado por su maldad. El horror acaba cubriendo a sus componentes de igual forma que la cal del desierto cubre sus rostros y los integra en el infernal paisaje; vivo, oscuro, hostil. Lo que viene a continuación es una Odisea por tierras de sangre y muerte, un viaje sin retorno hacia el mal, errando por tierras ignotas cargadas de atavismos y violencia, volcanes, ciudades fantasmales muertas hace largo tiempo y cementerios indios. El hombre enfrentado al horror y el horror enfrentado al hombre.

Ese viaje no arroja más filosofías ni conclusiones morales que las dimanadas de los discursos del juez, proselitista sin disfraz de la maldad y oscuridad del mundo. Es este personaje, cuya identidad real es fácilmente identificable, quien da un vuelco al significado de la historia y permite descifrar su componente fantástico. La primera aparición de Holden(3) se produce en una iglesia en la que provoca el linchamiento del predicador. Su oratoria se cimenta siempre en un mensaje metafísico desesperanzador, amoral, elogioso con la violencia como sustancia esencial del hombre. El conocimiento que muestra en la fabricación de explosivos mediante el uso de azufre salva al grupo y le permite continuar su viaje sangriento; su paso por los distintos emplazamientos humanos siempre desemboca, sospechosamente, en desapariciones infantiles. Tal es la magnitud del personaje que, a pesar de que el libro se manifiesta como una recopilación de horrores explícitos, nada aterroriza más en su lectura que la escena final, en la cual, tras la misteriosa desaparición de una niña, el juez atrae al chaval al sitio más infecto. Al cerrarse la puerta, la imaginación se abre al espanto, tanto por lo que va a pasar allí como por la sugerida identidad del joven protagonista, que pudiera ser la antítesis bíblica del juez o, tal vez, el lector mismo.

Los dos personajes principales de la novela, el juez Holden y el paisaje, están al servicio de una violencia que infecta al hombre. Es difícil sacar una conclusión moral de una obra que se esencia en la descripción continua del horror y la hostilidad del entorno fronterizo. Ni pontifica sobre el poder del mal ni ofrece moralejas. La intención de McCarthy es pintar, con trazos sublimes, el paisaje oscuro del alma y hacer que el lector se encuentre cara a cara con las tinieblas de la naturaleza humana. Y a fe mia que lo consigue.


(1) Al contrario que The Road, alabada por todos, la novela de Pynchon ha cosechado tantas críticas positivas como negativas. Entre las segundas destaca el juicio emitido por la siempre terrible Michiko Kakutani en el New York Times, cuya primera frase reproduzco a continuación.

"Thomas Pynchon’s new novel, “Against the Day,” reads like the sort of imitation of a Thomas Pynchon novel that a dogged but ungainly fan of this author’s might have written on quaaludes."

La crítica completa pueden encontrarla aquí.

(2) Sólo una vez se le cita por un nombre en todo el texto, aunque se trata más de un calificativo que de un nombre propio: el juez Holden se refiere a él como Blasarius.

(3) Es imposible, al leer la descripción del juez, no relacionarla directamente con la imagen del Kurtz que Marlon Brando interpretó en Apocalypse Now.



jueves, 4 de junio de 2009

Philip Roth / Elegía / Reseña

Elegía


Philip Roth
ELEGÍA
Por Kaplan
20 de noviembre de 2006

Elegía puede ser considerada como una rara avis entre las narraciones de Philip Roth. No está protagonizada por ninguno de sus alter ego habituales, se cimenta más en la imaginación del autor que en su biografía y, por último, carece casi por completo (excepto en un carcajeante detalle aislado) de ese humor tan caracteristico con el que el escritor suele reducir la tensión latente en sus historias. Se trata, además, de una novela corta que apenas llega a las 150 páginas. Y quizás sea esa la única falta que pueda encontrársele al libro. Falta entre comillas, claro.

Roth siempre consigue el milagro de interesarme en la historia desde el principio y mantener mi atención pegada a ella durante horas, hasta que el cansancio ocular me obliga a tomar un respiro. La brevedad de Elegía me ha supuesto una decepción precisamente por eso, porque desde la subjetividad del lector, concluye apenas ha comenzado. Aunque tal vez sea mejor así, porque la carga emocional contenida en la historia quizás fuera difícil de soportar durante mucho más tiempo. Roth ha escrito uno de sus libros más oscuros, de una dureza existencial no apta para ánimas sensibles. La explicación hay que buscarla en su condición de heptagenario y en el luctuoso suceso que originó el libro: el fallecimiento de algunos de sus mejores amigos, incluido el gran Saul Bellow. Se puede considerar por tanto a Elegía como la respuesta literaria de un gigante de la literatura (tal vez el mayor de los escritores vivos) a la muerte de otro de sus colosos.


El destino del protagonista de la novela comienza con la primera y abrumadora confrontación con la muerte en las idílicas playas de sus veranos infantiles, pasando por los problemas familiares y los logros profesionales de su edad adulta, hasta llegar a su vejez, cuando se siente desgarrado al comprobar el deterioro de sus contemporáneos y acosado por sus propias dolencias físicas. Artista publicitario de éxito con una agencia de publicidad en Nueva York, el protagonista es padre de dos hijos de un primer matrimonio que lo desprecian, y de una hija de un segundo matrimonio que lo adora. Es el amado hermano de un buen hombre cuyo bienestar físico consigue despertar en él una amarga envidia, y además el solitario ex marido de tres mujeres diferentes con quien ha mantenido matrimonios desastrosos. Al final, es un hombre que acaba siendo lo que no quería llegar a ser.

Roth relata la vida de un hombre medio en retrospectiva, mostrándolo exclusivamente en sus momentos de enfermedad. La novela comienza con su entierro y hace un recorrido vital desde su primera operación (de hernia inguinal) hasta la intervención que le cuesta la vida. Tal planteamiento determina de principio a fin el tono de la narración, en la que el lector asiste a los peores momentos de un hombre que vive y recuerda sus días sumido en la degradación física y el arrepentimiento. La mayor parte de la historia se circunscribe a sus últimos años. Entre escasas alegrías, casi todo son tristezas. Las visitas al cirujano se convierten en una obligación rutinaria, ve morir uno tras otro a sus anteriores compañeros de trabajo y, con amargura, comprueba cómo los rencores familiares le han privado del contacto con parte de su familia. Diario de una guerra perdida, la que todos mantenemos contra el tiempo, no es por tanto una lectura para débiles, y menos para hipocondríacos.

En primera instancia, la novela elabora un discurso sobre la senectud que rebosa desesperanza. Es la elegía por un muerto glosada por él mismo, una composición que en este caso sustituye el lirismo por el lamento. Hay páginas terribles, tras cuya lectura se podría concluir que quizás la muerte no es lo más temible que le puede suceder al ser humano, que tal vez la decadencia física asociada a una vejez enferma, es decir, la humillación de quien lo fue todo y ya es menos que nada sea una situación más terrible que la propia desaparición. Un ejemplo máximo de su crudeza lo constituye la frase con la que Roth resume las impresiones internas del protagonista en un punto determinado del libro: "La vejez no es una batalla. La vejez es una masacre". Inmisericorde, Roth no hace concesiones.

Naturalmente, Elegía no incide sólo en los temas de la vejez y la muerte. En tan breve narración hay lugar para el desarrollo de impactantes diálogos y lúcidas reflexiones acerca de la pasión, los diferentes puntos de vista intergenéricos, la envidia, el perdón, la resignación y el sexo. Y para uno de los capítulos más terriblemente bellos y tristes que yo haya leído jamás. Acontece en el mismo cementerio donde a la postre yacerá el protagonista, y describe su breve encuentro con el enterrador, su Caronte particular. Roth logra algo que sólo está al alcance de los elegidos, emocionar mediante un diálogo que carece en sus líneas de emoción alguna. El aséptico informe técnico que el enterrador ofrece a quien pronto será su cliente y el interés del protagonista por un proceso que le incumbe pero del que ya no será testigo, contienen una fuerza descomunal. Su voraz deseo de continuidad, de seguir estando ahí aun cuando todo haya acabado, alude al fatalismo insoluble de ese terrible momento en el cual todos acabamos desapareciendo, el de nuestra muerte. Muerte sin paliativos, sin mentiras, sin placebos metafísicos, pues bajo el punto de vista ateo que comparten escritor y personaje, la muerte significa el fin de todo.

Elegía es otra obra maestra del más grande de los maestros. Philip Roth no se merece un premio Nobel, se merece una docena.



(1) Aunque me gusta el título con que se ha publicado el libro en España, me gusta aún más el original, Everyman. He aquí su procedencia, en las palabras del propio Philip Roth:


Everyman is the name of a line of English plays from the 15th century, allegorical plays, moral theatre. They were performed in cemeteries, and the theme is always salvation. The classic is called Everyman, it's from 1485, by an anonymous author. It was right in between the death of Chaucer and the birth of Shakespeare. The moral was always 'Work hard and get into heaven', 'Be a good Christian or go to hell'. Everyman is the main character and he gets a visit from Death. He thinks it's some sort of messenger, but Death says, 'I am Death' and Everyman's answer is the first great line in English drama: 'Oh, Death, thou comest when I had thee least in mind.' When I thought of you least. My new book is about death and about dying. 

(2) La lápida que adorna la cubierta es también una exigencia del autor.

Literatura en los talones




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miércoles, 3 de junio de 2009

Banana Yoshimoto / Sueño profundo

Sueño profundo

Banana Yoshimoto
SUEÑO PROFUNDO
Por Kaplan
18 de noviembre de 2006

Poco a poco, la literatura del país del Sol Naciente va aumentando su presencia en nuestras librerías, y como es natural, lo hace con fortuna dispar. Si obviamos la moda del adulterado "fenómeno geisha" -al que mal que nos pese hay que agradecerle gran parte de este repentino interés por la cultura oriental-, el balance de calidad se decanta hacia el lado positivo. Uno de los ejemplos de esta bienvenida fiebre amarilla es la reivindicación de Banana Yoshimoto, de quien Tusquets ya nos había anticipado algunas de sus principales obras. Se trata sin duda de una de las puntas de lanza de la nueva literatura japonesa encabezada por Haruki Murakami, escritor con quien se la llegó a comparar por el carácter pop de su primer gran éxito, Kitchen. En su siguiente libro, este Sueño profundo que ha tardado más de 15 años en llegar a España, Yoshimoto cambia el rumbo y demuestra que la variedad de registros también se cuenta entre sus posibilidades.


Tres jóvenes que atraviesan un periodo difícil de su vida son las protagonistas de este bellísimo volumen de la escritora japonesa Banana Yoshimoto. «Sueño profundo», «Los viajeros de la noche» y «Una experiencia», los tres relatos que componen el libro, exploran a través de esas jóvenes los mundos que se abren cuando todo parece desmoronarse y sólo queda el vacío, mundos poblados por sombras que de pronto se hacen presentes en la vida de cada día.

Si Terako, la protagonista de «Sueño profundo», enamorada de un hombre que no puede comprometerse, debe enfrentarse sin su amiga Shiori a una soledad desconocida que la sume en la inmovilidad, Shibami, la narradora de «Los viajeros de la noche», vive en propia piel el extraño dolor que la muerte de su hermano Yoshihiro produce en las dos mujeres que lo quisieron. Por último, en «Una experiencia», Fumi-chan acude cada noche a la somnolencia que le produce la bebida, para quedar aterrada al oír, antes de dormirse, una extraña melodía que, al final, será la que le ayude a salir adelante.


Si tuviera que resumir en una sola imagen la impresión que me ha causado la escritura de Banana Yoshimoto en los tres cuentos que componen el libro, ésta sería la de una nevada cuyos copos caen en silencio, blanda y plácidamente, sobre un campo de flores negras. Es raro encontrar un estilo con esa apariencia de sencillez e inocencia y, sin embargo, tan pleno de matices y ensoñaciones. Hay una tristeza consustancial a ese estado somnoliento que aqueja a los personajes de los tres relatos, un hálito tenue que atraviesa las páginas y se incrusta en el estado de ánimo del lector. La muerte, la carencia de sentido vital, la ausencia del ser querido y la depresión extienden sus dedos hacia los protagonistas y los sumen en un sopor que debe más al plano existencial que al material. Sin embargo, Yoshimoto los describe de una forma casi etérea, dotándolos de una mirada limpia que deriva entre la inocencia y la ignorancia. Toda la atención de la escritora se centra en ellos, no en su entorno. La descripción interior se impone sobre los escasos detalles del exterior, de las casas, de los paisajes.

Las tres historias se prestan a una interpretación continua de sus numerosos matices. Las protagonistas viven como algo natural su condición, que puede considerarse como sumisa, de persona complementaria más que singular. Son mujeres que se han dejado ir, mantenidas o que aspiran a ello, que ven su relación sentimental desde un punto de vista pasivo, tal vez por la cultura a la que pertenecen, tal vez por el mal que les acucia. Aunque a su conclusión todos los relatos pueden llegar a humedecer los ojos del lector sensible, quizás sea "La noche y los viajeros de la noche"el que mayor carga emocional posee. Tanto "Sueño profundo" como "La experiencia" cuentan con un elemento sobrenatural que oscurece el argumento y enriquece su atmósfera, y que las convierte, a la manera oriental, en extraordinarios cuentos de fantasmas.

Quien se acerque a Sueño profundo se encontrará con tres maravillosas piezas cortas repletas de sensibilidad y misterio, dos de las cuales se cuentan sin duda entre los mejores relatos de literatura fantástica publicados en todo el 2006. Es éste un libro que ningún aficionado a ese género debería perderse.

Literatura en los talones

                                                                                                                                                                                                                                                                                                       


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