En esta última novela de uno de los grandes autores británicos hallamos un perfecto destilado de sus grandes temas: la fragilidad de la memoria, el envejecimiento y la conciencia de la finitud, el amor, el deseo, la pérdida y la identidad
Marta Rebón 26 de enero de 2026
"Dos cosas que mencionar en este punto", se apresura a decir Julian Barnes (Leicester, 1946) al principio de su última novela. Antes ha hecho una incursión en los recuerdos autobiográficos involuntarios a partir del artículo de una revista médica y ha confesado una filia personal (y literaria): el interés por "lo morboso y extremo". El artículo habla de un paciente cuya lesión en el tálamo posterior izquierdo le provoca reacciones memorísticas en cadena: al probar una tarta, se le acumulan en cascada los recuerdos de todas las que ha tomado en su vida, una suerte de magdalena de Proust multiplicada.
Marta Rebón, en la coctelería Dr. Stravinsky de Barcelona.VICENS GIMÉNEZ
Marta Rebón y las claves para desentrañar la “pulsión fratricida” de Putin
Fascinada desde niña por los grandes autores rusos, en su ensayo ‘El complejo de Caín’, la traductora y escritora Marta Rebón rebusca en este legado para conocer a “un déspota sin escrúpulos como Putin”
MIQUEL ECHARRI
13 SEPT 2022 - 22:40 COT
A Marta Rebón(Barcelona, 45 años) le duele Rusia. No la de Chéjov ni la de los escritores disidentes a los que ella lleva traduciendo desde hace más de 15 años, sino la de Vladímir Putin y su “autocracia cínica”. De ese dolor ha nacido El complejo de Caín, una crónica de las relaciones de pésima vecindad entre ucranios y rusos vistas desde el observatorio privilegiado de la literatura. En la obra de Mijaíl Bulgákov, Svetlana Aleksiévich, Isaak Bábel, Liudmila Ulítskaya o Vasili Grossman, algunos de ellos ucranios que escribieron en ruso, Rebón ha intentado encontrar claves para entender la “pulsión fratricida” que está en los orígenes de la actual guerra.
En la imagen, el periodista de EL PAÍS Cristian Segura, en Ucrania.ALBERT GARCIA
Lecturas de un corresponsal de guerra en Ucrania
Para un periodista que cubre el conflicto, es fundamental entrevistar a gente de toda condición, observar, hacer vida social y aprender la lengua, pero también lo es leer
Cristian Segura
15 de mayo de 2023
En Kiev y en Moscú hay dos piscinas municipales que tienen muchas cosas en común. Para empezar, se llaman igual, Olimpiski, porque se ubican en espacios que sirvieron de sedes deportivas de los Juegos Olímpicos de 1980 —en el caso de la piscina de Kiev, solo se trata de la proximidad al estadio de fútbol—. Las piscinas se encuentran en los distritos más céntricos de ambas capitales. Las vigilantes de los vestuarios y del acceso al agua son mujeres de edad avanzada, de cuerpo robusto como el tronco de un nogal y que sonríen a cuentagotas. Otra cosa en común es que dos periodistas catalanes han nadado regularmente en ellas: en la de Moscú, el corresponsal de TV3 Manel Alías; en la de Kiev, quien escribe estas líneas.
Sucedió en la primavera de 1992, pocos meses después de proclamarse la independencia de Ucrania. Joseph Brodsky, el premio Nobel de Literatura ruso exiliado en Estados Unidos, lanzó una pregunta que delataba el sentir ruso que alienta hoy la invasión de Ucrania. Brodsky participaba en un debate sobre poesía eslava en la Universidad Rutgers de Estados Unidos con el polaco Czeslaw Milosz y Oksana Zabuzhko. Cuando esta fue presentada como poeta ucrania, Brodsky preguntó en tono de burla: “¿Dónde está Ucrania?”. Zabuzhko, que se sentaba entre él y Milosz, respondió: “¿No lo ve? Está donde siempre, entre Polonia y Rusia”.
Corrían los años cincuenta en la Unión Soviética cuando Vasili Grossman escribió esta frase: “El hombre ruso ha visto todo durante los últimos mil años, la grandeza y la supergrandeza, sólo hay una cosa que no ha visto: la democracia”. Corrían los años cincuenta del pasado siglo, decimos. Por tanto, el autor sabía perfectamente, al trasladar del silencio de su cabeza a la concreción del papel, lo que se jugaba.
No obstante, Vida y destino, cuya última edición en castellano fue traducida por Marta Rebón y publicada por Galaxia Gutenberg en 2007, está plagada de afirmaciones así. Afirmaciones y personajes que no responden a la ficción como un truco, sino a la experiencia de un hombre que enarboló la bandera de la Revolución Rusa, fue testigo primordial del frente de Stalingrado y la Segunda Guerra Mundial, pasó a la historia por ser el primer reportero que entró en un campo de concentración nazi, sufrió después el castigo y la persecución en su familia y, aun así, no se sometió a los dogmas que impone el delirio del totalitarismo, sino a la más estricta verdad de lo que vio, padeció y testificó.
Una biografía del autor de ‘Vida y destino’ muy atenta al contexto sociopolítico de la URSS coincide con la versión sin censurar de su libro sobre Stalingrado
Hace cuatro décadas, cuando se publicó en Lausana el manuscrito microfilmado inédito de Vida y destino después de haber burlado las fronteras, Vasili Grossman ganó póstumamente la partida del tiempo, revalidando así el mensaje contenido en su novela: la vida siempre acaba por abrirse paso, el deseo humano de libertad es inquebrantable. En un breve ensayo aparecido el año de la disolución de la Unión Soviética, Louise Glück afirmó que la creación artística es una venganza contra las circunstancias. Y ante los críticos, añadía la reciente Nobel, el autor cuenta con la mejor baza: sabe que el futuro acabará por borrar las pequeñeces de su presente. Hoy, las obras de los colegas que maquinaron contra el autor de Todo fluye, así como de otros que miraron para otro lado a cambio de prebendas, no se leen. El tiempo, ese “protector sosegado y leal de los tesoros literarios”, según Grossman, es el único juez legítimo. Una sociedad se define por qué y cómo lee, por lo que prohíbe o silencia. De ahí que nos interesen las biografías de escritores.
Vasili Grossman, en primer plano leyendo el periódico Estrella Roja, en el frente soviético durante la Segunda Guerra Mundial.
La única de Grossman disponible hasta la fecha en español era la firmada por los eslavistas Carol y John Garrard. Aparecida en 1996, se centraba sobre todo en el silencio en torno al exterminio judío en Europa Oriental, tal como indica su título original: Los huesos de Berdíchev. El asesinato de la madre de Grossman, junto con otras 30.000 víctimas, a manos de los Einsatzgruppen en la ciudad ucraniana de Berdíchev —donde nació el autor—, fue para él un punto de inflexión tanto en lo personal como en lo literario, subrayaron los Garrard, así como lo que vio y oyó en el frente.
Esa biografía, en que se privilegiaba el acercamiento íntimo (“el impacto de la herencia de la guerra en la vida y obra de un hombre”), se tradujo a nuestro idioma en 2010, cuando aún no se habían vertido al español obras de Grossman comoEl libro negro, Stalingrado—la versión sin censurar de 1.100 páginas (recién publicada por Galaxia Gutenberg) que, tras tres años de sufrida edición, se convirtió en 1952 enPor la causa justa—o la crónica de su viaje a Armenia como traductor al final de su vida. TampocoLa Madonna Sixtina o El camino. Que estos títulos estén ahora accesibles permitirá a los lectores seguir mejor esta nueva aproximación a la figura de Grossman a cargo de Alexandra Popoff, periodista e historiadora cultural moscovita afincada en Canadá a la que conocíamos por sus ensayos sobre Sofia Tolstaia (Circe, 2011) o sobre las compañeras de varios titanes de las letras rusas (The Wives, 2013).
El título de su biografía, Vasili Grossman y el siglo soviético, revela cuál ha sido su intención al colocar a Grossman junto a su época, “el siglo soviético”, pues Popoff ha otorgado más peso al contexto que sus antecesores. Su vida estuvo estrechamente ligada a los acontecimientos históricos, que contó en sus reportajes bien como testigo directo, bien mediante declaraciones de otros, como cuando entrevistó a supervivientes del Holocausto o a expresos del Gulag, gracias a lo cual careó un totalitarismo con otro. Y antes presenció la guerra civil rusa, también los planes quinquenales, las purgas, las hambrunas genocidas o el antisemitismo soviético estructural.
Un planteamiento ambicioso, el de Popoff, encajado en 440 páginas de texto, que satisfará a un público amplio que busque guiarse por el laberinto de la burocracia y los códigos de la era soviética. Cierra el volumen un epílogo centrado en el actual clima de revisionismo. Según Popoff, la fría recepción dispensada hoy en Rusia a Grossman demuestra que su cosmovisión —humanista— está en las antípodas de la del Kremlin y que, en tiempos de Putin, su lectura es perentoria. Con todo, la hondura con la que Grossman analizó las raíces de la tiranía trasciende Rusia.
Popoff no destaca por ser una gran estilista. Hay pasajes en que la narración se difumina. La cantidad de nombres que asoman la obligan a detenerse para presentarlos, cuando un anexo con notas biográficas habría evitado tener que dar esa información en el cuerpo de texto. Otras veces, se echan de menos más datos específicos e ilustrativos, en lugar de citas de otros escritores, como cuando aborda la atmósfera efervescente de los años veinte moscovitas.
La ambición de totalidad prima sobre la mirada lenta hacia los detalles, una de las máximas de Grossman. Aun así, Popoff logra ofrecer una idea de conjunto que permite detectar los elementos de continuidad en su obra, en la línea de otros investigadores que no ven en él tanto una “conversión” a partir de la guerra como una confirmación de los principios que regían su mirada, ya perceptibles en su primera novela ambientada en las minas del Donbás. Si bien la extensión no alcanza para profundos análisis literarios, sí acierta Popoff en subrayar las ideas relevantes de sus principales obras, ricas en implicaciones literarias y filosóficas. Debido a su imperativo de contar la verdad —su crónica sobre Treblinka se adjuntó como prueba en los juicios de Núremberg—, Popoff a veces incurre en usar aspectos de su narrativa de ficción con valor factual.
Esta biografía se ha beneficiado de la apertura de archivos oficiales rusos y de los de familiares y amigos del escritor, que sirven para corroborar o desmentir aspectos del “mito Grossman”, construido a partir de finales los setenta, cuando se quiso atraer la atención sobre su obra para facilitar la publicación en el extranjero. Presentarlo como un disidente indoblegable resultaba más eficaz.
Grossman ascendió en las filas de la literatura oficial, a la sombra del realismo socialista, y trabajó para medios estatales. De no ser así, no habría podido publicar, y si se salvó en las arremetidas de Stalin contra el Comité Judío Antifascista, se debió a que el georgiano murió súbitamente en 1953. La ambición de Grossman fue no tanto renovar la literatura como reflexionar sobre cuestiones atemporales —”lloro cuando leo o miro obras de otras personas que han unido con amor la verdad del mundo eterno y la verdad de su yo mortal”— o defender que no hay novela sin subjetividad. En una sociedad atrofiada inyectó el lenguaje de la libertad adoptando puntos de vista marginales: un asno, un anciano, un exconvicto, un judío, un operario, un perro, un niño, un soldado raso. Popoff muestra que Grossman escribió en las condiciones más adversas, ya fuera en las minas, el frente o el ostracismo de sus últimos años. Aunque el secuestro de Vida y destino fue una estocada dolorosa, no dejó de escribir ni hacer valer eso que proclamó Zamiatin en 1921: la literatura avanza gracias a los ermitaños, los herejes, los soñadores, los rebeldes, los escépticos.
Vasili Grossman y el siglo soviético
Autor: Alexandra Popoff. Traducción de Gonzalo García.
Editorial: Crítica, 2020.
Formato: 512 páginas. 24,90 euros.
Stalingrado
Autor: Vasili Grossman. Traducción de Andrei Kozinets.
1. Rebelde sin causa. Mijaíl Lérmontov (1814-1841), el Byron ruso, siguió el guion del mito romántico: desenlace prematuro y trágico en duelo a los 27 años, que engrandeció su figura, dejando tras de sí una obra deslumbrante pero truncada y una vida irreverente, desmedida. Tras la muerte de Pushkin, también en duelo, este cantor del individualismo acusó de esta pérdida a la corte zarista con un poema, lo que le valió su primer destierro al Cáucaso, la "Siberia del sur". Lérmontov es uno más en la larga lista de escritores rusos censurados y represaliados. En Ciscaucasia, el imperio ruso impuso su expansión a sangre y fuego. Su paisaje montañoso, escenario ideal para la desazón romántica, constituía también un lugar de encuentro con la otredad musulmana y un espacio de libertad para los proscritos. Como se sabe, el conflicto en el Cáucaso ha permanecido latente en la época postsoviética. Diario ruso, de Anna Politkóvskaya; La guerra más cruel, de Arkadi Bábchenko; Patologías, de Zajar Prilepin; Cuadernos rusos, de Igort o Salam,Dalgat, de Alisa Ganíeva, dan buena cuenta de ello.
Los relatos del ruso Isaak Bábel, ejecutado por el régimen estalinista, son un ejemplo maestro de lo que la exactitud y la concisión pueden obrar en una pieza literaria
Hay escritores que, olvidándose de la extensión, se lanzan a registrar hechos ocurridos o imaginados con el afán de que no se les quede nada en el tintero. Otros aspiran a sintetizar lo más significativo, aquellos episodios que, aun siendo anecdóticos y fugaces, iluminan y dan sentido a su universo narrativo. Isaak Bábel fue un gran maestro de entre los segundos. De origen judío, nacido en la cosmopolita Odesa de finales del siglo XIX -la otra ventana a Europa del imperio ruso, con permiso de San Petersburgo-, este autor es para la literatura lo que Cartier-Bresson fue para la fotografía: ambos tenían la agudeza de reconocer ese «instante decisivo» capaz de desvelar un secreto latente. «Una historia bien inventada no tiene por qué parecerse a la vida real», leemos en uno de sus cuentos; «la vida siempre trata de parecerse a una historia bien inventada».
Cualquier lector de Dostoievski sabe que debe echarse a temblar cuando la realidad empieza a parecerse a una de sus novelas. En la república de las letras, el ruso es el retratista de las ideologías: cómo nacen, nos gobiernan, se propagan y… ¿mueren? No, mutan en boca de una nueva generación. Porque echemos un vistazo a lo que pasa por ahí: en Estados Unidos encontramos funcionarios en jaque por el enroque de Trump con el muro; en Brasil, barra libre para las armas de fuego; en Hungría se prohíben los estudios de género en las universidades; en Polonia… ¿Seguimos?
Vasili Grossman e Ilyá Ehrenburg reunieron testimonios y documentos sobre la aniquilación de los judíos para 'El libro negro', un catálogo de la infamia cuyas particularidades no por ya mejor conocidas ahora dejan de ser escalofriantes: violaciones en masa, sadismo, pogromos, inanición, quema de personas vivas, estrangulamiento de niños, gases letales…
Como muchos textos gestados en la Rusia soviética, El libro negro arrastra tras de sí una historia penosa y delirante. Destinado a recoger los atroces crímenes en masa perpetrados por los fascistas alemanes contra los judíos, nunca vería la luz en la Rusia de Stalin. De hecho, no llegó íntegramente a las librerías rusas hasta 1993. La idea, acopiar material que brindase evidencias documentales de lo que más tarde se llamaría el Holocausto, contó al principio con el beneplácito de las autoridades soviéticas. Una vez ganada la guerra, sin embargo, esa actitud cambió de raíz: se borró de un plumazo la solidaridad internacional para con los judíos y la histeria antisemita reapareció en Rusia. Tampoco jugó a favor el incipiente clima de la guerra fría.