| Antonio Mercero, Jorge Díaz y Agustín Martínez, autores de la novela 'La Bestia' presentada bajo el seudónimo de Carmen Mola, ganadora del Premio Planeta de Novela. |
| Antonio Mercero, Jorge Díaz y Agustín Martínez, autores de la novela 'La Bestia' presentada bajo el seudónimo de Carmen Mola, ganadora del Premio Planeta de Novela. |
El autor valenciano nos reconoció además que en un momento dado, tuvo que hacer caso a un arquitecto le advirtió de que el piso de la buhardilla donde guardaba sus libros corría peligro de ceder debido al peso acumulado.
En su más reciente obra, Ese imbécil va a escribir una novela, Juan José Millásvuelve a desdibujar las fronteras entre autor y personaje, realidad y ficción. Una autoficción lúcida y provocadora que parte de un encargo fallido y se convierte en pura literatura.
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| Juan José Millás |
Como Lou Reed promocionando Rock n Roll Animal. En el caso del escritor español, se encuentra departiendo sobre su nuevo título, Ese imbécil va a escribir una novela (Alfaguara, 2025), en la suite de un hotel del centro de Madrid.


Hoy le cedí el asiento en el metro a una chica. No a una chica con problemas de movilidad, sino a una chica en perfecto estado de salud que se sentó prácticamente sin mirarme. ¿Por qué lo hice? Porque iba leyendo de pie, con problemas de equilibrio, Madame Bovary. Supuse que era la única joven del mundo que en esos instantes leía en el metro a Flaubert. De hecho, hice un repaso mental a toda la red subterránea de Nueva York y a toda la de París y a toda la de Berlín y a toda la de Londres (tengo esa facultad: la de adivinar a distancia qué pasa en las redes de metro) y no descubrí a ningún adolescente con ese libro entre las manos, tampoco a ninguna persona mayor, para decirlo todo. Me pareció una singularidad que se merecía un gesto como el mío. La extraña lectora ni siquiera se había dado cuenta de que quien le cedía el asiento era un viejo. Iba tan embobada o embebida en la lectura que se limitó a musitar un “gracias” casi inaudible antes de sentarse.


Los personajes de las novelas que reposan en las estanterías se asoman a mi cuarto de trabajo a través de las grietas que el uso ha formado en el lomo de los volúmenes. Me miran y hablan entre ellos de dimensiones alternativas de la realidad en las que hay mesas y sillas y frascos de medicinas, igual que en aquellas en la que transcurren sus vidas. Madame Bovary o Raskolnikov o Gregorio Samsa me vigilan cuando escribo, cuando enciendo un cigarrillo clandestino, cuando, desesperado, recorro la habitación de un lado a otro, y se preguntan quién rayos soy. Me observan con la extrañeza con la que yo los observo a ellos, aunque con la diferencia de que yo sé cómo viajar a su mundo, pero ellos no han hallado el modo de descender al mío.


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| Leila Guerriero |
Anatomía del beso
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| Juan José Millás fotografiado en su estudio de Madrid. Foto de BERNARDO PÉREZ |
Las historias de Juan José Millás (Valencia, 1946) están tan llenas de personajes desdoblados que es imposible entrar en su casa sin verlo todo doble. El portero automático tiene dos botones —casa y estudio— y el estudio, dos habitaciones. Las dos están forradas, pavimentadas de libros. Le gustaría deshacerse de algunos, pero las bibliotecas no los quieren, "que es como si los bancos no quisieran dinero", dice. Del que no se deshará es del poemario de Louise Glück que corona el montón más próximo al sillón de leer. “Es fascinante”, explica. La estadounidense es, como todos los poetas según Millás, una escritora Porqueno. Lo dice aplicando a la literatura la división acuñada por uno de los personajes de su nueva novela, La mujer loca, que Seix Barral publica la semana que viene. Según esa división, hay gente Porquesí y gente Porqueno, depende de su facilidad para adaptarse a las convenciones. Para poner una ferretería hay que ser Porquesí. Para escribir poesía, Porqueno. ¿Y qué es Millás? “He intentado ser un escritor Porqueno”, responde, “pero no siempre lo he conseguido. Tal vez en esta novela me he enfrentado con más valentía a las convenciones. No saber que va a pasar en la página siguiente es un acicate para seguir escribiendo. En toda novela debe haber algo de asociación libre, aunque sabemos que no hay nada menos libre que la libre asociación”.
De lo primero que se quita la gente en épocas de crisis es del marisco y de la filología”
La protagonista de La mujer loca es una muchacha que estudia lengua por las noches mientras trabaja de día en la pescadería de un hipermercado porque está enamorada de su jefe, filólogo reconvertido: “De lo primero que se quita la gente en épocas de crisis es del marisco y de la filología”. La idea de que un filólogo es un agente secreto de la gramática mientras un escritor es su víctima es solo parte de su extrema relación con las palabras. El padre de la criatura comparte esa teoría: “Somos una herramienta del lenguaje, no sus dueños. La historia de la ciencia se podría contar en función de nuestras percepciones erróneas. Ves una puesta de sol y es evidente que es el sol el que se pone, no la tierra la que se mueve. Sales a caminar al campo y es evidente que la tierra es plana. La lucha del ser humano contra su percepción ha sido brutal. Y uno de esos errores de percepción es la idea de que somos los dueños del lenguaje. Cuando un niño aprende a hablar decimos que va conquistando el lenguaje, y es justo al revés: el lenguaje lo va colonizando. Es un colono cruel porque en cuanto se mete en tu cabeza empiezan a aparecer los lugares comunes”. ¿Y qué hace un escritor con semejante hallazgo? “Pactar con ese colono. No hay que enfrentarse a él totalmente porque terminas volviéndote loco y escribiendo el Finnegans Wake, que es intransitivo. Un escritor debe moverse entre lo previsible y lo intransitivo".
La lucha del ser humano contra su percepción ha sido brutal. Y uno de esos errores de percepción es la idea de que somos los dueños del lenguaje"
Para demostrar el poder de las palabras, el autor de El orden alfabético pone el foco sobre esa “moneda corriente” que son las frases hechas. Regalo envenenado, por ejemplo. “Es ese recurso del arte pop que consiste en sacar algo de contexto. Una expresión aislada te puede poner los pelos de punta”. Que la lengua tenga vida propia puede ser un motor para un novelista pero un freno para un periodista. Millás es las dos cosas, y como su protagonista analiza la diferencia entre sexo (físico) y género (gramatical), una pregunta coloniza la charla: ¿es sexista el lenguaje? “Los académicos dicen que no, pero es imposible que una sociedad patriarcal haya elaborado un lenguaje no sexista. Piensa en la definición del [diccionario] Casares para muela del juicio: ‘la que sale en la edad viril’, como si las mujeres no tuvieran”. Según Millás, criticar fórmulas como los vascos y las vascas es caricaturizar un problema real: “Desde que las mujeres tienen más visibilidad hay un malestar en el lenguaje que antes no existía. Cuando escribo me veo ante conflictos que hace veinte años no tenía”.
La necesidad de resolver conflictos nuevos ha llevado al escritor a introducirse en su propia novela como personaje y autor de un "Diario de la vejez de Millás, un ser desdoblado en novelista y periodista al que todos quieren poner en su sitio. Así, el pescadero filólogo reconoce no haber leído ningún libro suyo porque prefiere los artículos. “Gustas mucho a las mujeres”, le dice. "Y a los buzos", responde el escritor. El Millás de carne y hueso reconoce que también le pasa: “Parece que está mal visto hacer dos cosas a la vez”.
Pocas veces como en La mujer loca han estado tan cerca el reportero y el novelista. Su protagonista, Julia, vive en la habitación que le alquila un hombre consagrado a cuidar de su mujer, a la que una enfermedad irreversible ha abocado a pedir la eutanasia. El Millás imaginario entra en el libro porque el Millás real publicó el 5 de diciembre de 2010 un reportaje en El País Semanal que relataba la muerte de Carlos Santos Velicia, un hombre de 66 años aquejado de un tumor incurable que se instaló en un hotel de Madrid para quitarse la vida. El escritor pasó la víspera con él.
Desde que las mujeres tienen más visibilidad hay un malestar en el lenguaje que antes no existía. Cuando escribo me veo ante conflictos que hace veinte años no tenía”
Pese a haber escrito 16 novelas y cientos de páginas de periódico, Juan José Millás dice que no se ha repuesto de aquello: “Es el reportaje más duro que he hecho. Con las personas vivas sobre las que he escrito no tengo ninguna relación, y con este, que está muerto, mucha”. Santos se tomó el cóctel autoliberador en compañía de dos voluntarios de la asociación Derecho a Morir Dignamente (DMD), de la que es socio el propio novelista: “Yo no tuve valor para estar”, dice este. “Me pidió más o menos que estuviera y no tuve valor. Se murió a mediodía, como a las dos, después los voluntarios se fueron. A primera hora del día siguiente, los de DMD avisaron para que la camarera no se encontrara con el susto. Desde las dos hasta que llamaron, solo cuatro o cinco personas sabíamos que en un hotel había una persona muerta. Eso me produjo una turbación enorme. Esa tarde fui a EL PAÍS a hacer un chat y no podía quitarme de la cabeza que yo era uno de los que lo sabía. No me he repuesto. Sigue ahí, como un nudo que no he conseguido deshacer”.