jAVIER mARÍAS
ANDANADAS CONTRA EL DICCIONARIO
La Real Academia Española recibe
peticiones de supresión de acepciones
o términos en su ‘Diccionario’,
pero carece de potestad para
prohibir nada.
EN LA REAL Academia Española hay de vez en cuando algún pleno soporífero, pero en las comisiones —divididas en grupos de ocho o nueve académicos, y donde más se trabaja con las palabras—nos divertimos mucho, en contra de lo que cree la mayoría de la gente. Ahí se encuentra uno con la tarea y la dificultad de definir un término, de mejorar o matizar esa definición, de añadir algo nuevo o que extrañamente se nos había escapado; de calibrar si un vocablo está lo bastante arraigado para incorporarlo al Diccionario, por supuesto de atender las peticiones de instituciones y particulares, hay legión de ellas. Pero he de confesar que la mayor fuente de diversión (y de desesperación también) son las quejas y protestas, que rebasan todo lo imaginable. Lo curioso —y de esto ya he hablado en otras ocasiones— es el carácter intolerante y censor de la mayoría: su objetivo final suele ser que el DLE (ahora se llama así lo que se llamaba DRAE) suprima sin más, por las bravas, tal acepción o término, como si con eso fuera a desaparecer su uso. Lo he explicado en esta columna, pero mucha gente no se entera o no se quiere enterar o hace caso omiso, así que hay que insistir infatigablemente: la RAE carece de potestad para prohibir nada. Es un mero registro neutral de lo que los hablantes dicen y escriben, o han dicho y escrito en el pasado. En época de Franco sí había censura (impuesta), y no figuraban en el Diccionario los tacos ni las palabras malsonantes u “obscenas”. Por fortuna esa época pasó a la historia, y hoy nos parecería inaceptable no encontrar en el DLE “follar”, “felación”, “polla” y cosas por el estilo.



