viernes, 9 de enero de 2026

Michael Cunningham en “Día”, los tiempos extraños que hemos vivido

 


Emma Rodríguez

28 de diciembre de 2024


En un pasaje de Día, la última novela de Michael Cunningham, que tiene como protagonista a Dan, un cantante de rock retirado que decide volver a componer canciones, el personaje se refiere a uno de los temas en los que trabaja, a su deseo de “perforar la piel de la cotidianeidadpara hacer agujeros en la ordenada sucesión de los días”. Me detengo en estas palabras porque en ellas se refleja el propio anhelo del autor, su obsesión por reflejar el paso del tiempo, con los cambios que conlleva; la mirada atenta a esos pequeños gestos, a esos momentos corrientes que, pese a pasar desapercibidos tantas veces, pueden marcar y modificar las vidas.

Pienso yo también en el tiempo, en todos los años que han transcurrido desde que me sentí cautivada por Las horas, la obra más conocida del escritor estadounidense (Cincinnati, Ohio, 1952), ganadora en 1999 de los premios Pulitzer y PEN/Faulkner. Una novela original en su planteamiento, capaz de desmontar prejuicios, llevada al cine posteriormente con gran éxito. Fue la película, dirigida por Stephen Daldry, con Nicole KidmanJulianne Moore y Meryl Streep en la piel de las tres mujeres protagonistas, tres mujeres atravesando crisis en épocas distantes, la que me llevó al libro, editado en castellano por El Aleph, haciéndome ahondar más en la historia que ya me había cautivado en la gran pantalla, en sus complejidades, en sus sutiles matices, en sus sorprendentes revelaciones.

Aún mantengo el recuerdo desenfocado de las atmósferas, de los fascinantes cruces entre las distintas tramas que se plantean en la novela, inspirada en La señora Dalloway, de Virginia Woolf, a la que Cunningham convierte en centro de la narración, al lado de una ama de casa convencional que toma una decisión nada común –la de abandonar a su familia– y una editora que ha conseguido triunfar en su trabajo, pero se siente atrapada en el pasado. Aquí no voy a hablaros de esta entrega, aunque si no la habéis leído os la recomiendo. En este artículo quiero dar cuenta de mi reencuentro con Cunningham, de mi inmersión en Día, con la que el autor ha vuelto a la mesa de novedades tras casi una década sin publicar narrativa (su novela anterior, La reina de las nieves, es de 2014). Tenía ganas de volver a sumergirme en las aguas tan profundas de este escritor y he vuelto a disfrutar nuevamente con su capacidad para adentrarse en la intimidad, para abrir las puertas de las casas y escuchar conversaciones que no salen frecuentemente a la luz. 

«LAS HORAS» ES LA OBRA MÁS CONOCIDA DE MICHAEL CUNNINGHAM. GANADORA EN 1999 DE LOS PREMIOS PULITZER Y PEN/FAULKNER, ES UNA NOVELA ORIGINAL EN SU PLANTEAMIENTO, CAPAZ DE DESMONTAR PREJUICIOS, LLEVADA AL CINE POSTERIORMENTE CON GRAN ÉXITO.

La estructura de la novela participa de esa división en tres partes, de ese juego con el tiempo, que tanto parece gustar al autor. Si en Las horas son tres los caminos vitales que se despliegan, correspondientes a marcos temporales diferentes; en este caso se trata de detenerse en un mismo día en tres años consecutivos: Un 5 de abril de 2019, 2020 y 2021. Tres jornadas primaverales muy distintas entre sí, en la ciudad de Nueva York, que sirven al escritor para explorar los grandes cambios que acaecen en los destinos de sus protagonistas y, más allá de ellos, en el conjunto de una sociedad sometida a vaivenes constantes.

En el centro de la narración, a modo de anfitriones, nos encontramos con el matrimonio formado por Dan e Isabel, en proceso de ruptura, aunque ellos mismos no lo tengan del todo claro; sus dos hijos: la pequeña Violet y el adolescente Nathan, ambos afrontando los descubrimientos propios de sus edades, y el hermano homosexual de ella y gran cómplice de él, Robbie, un ser que proporciona un cierto equilibrio al resto, una especie de centro de unión, aunque se encuentre en situación de mudanza en todos los aspectos, a la búsqueda de una nueva casa en una urbe imposible, gentrificada; a la espera de un nuevo amor; a punto de abandonar su trabajo como docente…

A su lado, otra pareja a contracorriente, formada por el hermano de Dan, Garth, un artista que no acaba de crecer, enamorado de Chess, una profesora que lo ha elegido como padre de su hijo Odiny siente un especial afecto por él, aunque no tenga ninguna intención de mantener una relación convencional, de sumarse a los dictados patriarcales. Y no puedo olvidarme de Wolfe, que me atrevo a calificar como un alter ego de Robbie, quien ha creado su perfil en Instagram, a través del cual expone sus ideales, sus preferencias, llevándonos a reflexionar sobre los límites entre la realidad y la ficción, sobre una actualidad en la que las representaciones de la vida parecen valer más que la vida misma.

Esta novela habla de las relaciones, de las emociones, del amor y de la familia (de los distintos modos de amar y de organizarse en familia). Valiéndose de sus personajes, explorando sus dudas, sus deseos y frustraciones, sus miedos, Cunningham retrata el ahora, las sombras y las incertidumbres del presente, con una sublime mirada a un año crucial no sólo para los protagonistas de su novela, sino para cualquier persona en cualquier parte del mundo: 2020, el extraño año de la pandemia, del confinamiento.

Pero situémonos en el antes, en el comienzo del trayecto (5 de abril de 2019, por la mañana), cuando nadie sospecha lo que ha de acaecer. El narrador se introduce en los espacios familiares, se acerca a los despertares, a los insomnios, a los problemas, para nada terribles, de quienes, desde su condición privilegiada, lejos de la miseria, de la guerra, de los conflictos raciales, pueden seguir preocupándose por el estancamiento de sus vidas de pareja, de sus trabajos, y preguntándose si el recorrido, con todos sus desafíos y sus renuncias, ha merecido realmente la pena.

Isabel está tan angustiada, tan frustrada con su vida; se siente tan a la deriva, que acaba llorando en el metro. Ni su matrimonio, ni su carrera (gestora de fotografías para publicaciones, en medio de la crisis del periodismo impreso convencional), ni su papel como madre la satisfacen. Como el resto de personajes desea cambiar las cosas, pero no sabe por dónde empezar. Ha hecho todo lo que quería: casarse; tener hijos; habitar una casa en Brooklyn, sin preocuparse por los plazos de la hipoteca… Y también quería el trabajo que seguía desempeñando, por el que tanto se esforzó, que le permitía vivir en familia sin problemas materiales, permitiéndose ciertos caprichos. 

EN «DIA» EL ESCRITOR HABLA DE LAS RELACIONES, DE LAS EMOCIONES, DEL AMOR Y DE LA FAMILIA, RETRATANDO EL AHORA, LAS SOMBRAS Y LAS INCERTIDUMBRES DEL PRESENTE, CON UNA SUBLIME MIRADA A UN AÑO CRUCIAL: 2020, EL EXTRAÑO AÑO DE LA PANDEMIA, DEL CONFINAMIENTO.

Al parecer lo difícil es seguir queriéndolo: el trabajo, el matrimonio, la maternidady el bolso carísimo. Lo difícil es aprender a no despreciarse a sí misma por su claustrofobia y su decepción. / No es nada profundo, son los problemas de una mujer blanca”, escuchamos lo que piensa a través de una voz narrativa que adopta la forma de su conciencia.

Isabel querría escapar, ser una de esas personas que cogen un tren, desaparecen e inician una nueva vida. Cunningham tiene el don de transmitir de forma soberbia la necesidad de escapar de sus protagonistas; así como el sentimiento de tedio, de desencanto, de resignación, que les acompañan. Pese a que en la superficie todo parece normal, con los ligeros roces e insatisfacciones habituales de toda vida, los fondos oscuros están presentes de algún modo. Los hilos invisibles que Robbie percibe a través de la historia, tanto la global de su país, como la suya individual, son una especie de corriente subterránea que atraviesa la narración. Nada sucede en vano, el pasado no puede borrarse. La violencia propia de Estados Unidos arranca de atrás y se sigue filtrando en el hoy. Su propio devenir habría sido seguramente otro sin el rechazo y las humillaciones que recibió de su padre por ser homosexual.

Hay un fragmento que me llamó la atención en la primera parte del recorrido de la que os estoy hablando. Corresponde a esos determinados tramos abiertos a la observación aguda, a la reflexión, que a veces irrumpen en el relato a partir de hechos, acciones y gestos que podríamos denominar menores, del día a día. Lo transcribo: “A veces da la impresión de que el final de la civilización empieza no por arriba, no entre políticos ilusos y directores de grandes corporaciones, no entre terroristas y contaminadores, sino por abajo, entre quienes cuidan a los niños, entre quienes no están seguros de haber comprobado si las paredes son tóxicas, o que nadie vaya a entrar en una clase con ropa improvisada de camuflaje, una máscara de Halloween y un arma semiautomática”.   

Hay muchas capas de sentido en esta novela que tan bien captura el lenguaje de la intimidad, de los cimientos emocionales. Hay relaciones ocultas, sentires, que apenas se dibujan con trazos mínimos, pero que acabamos completando. Cunningham capta muy bien el cansancio del existir y la capacidad de supervivencia, tocando también aspectos del discurrir social, histórico, que retratan un mundo en el que el destino humano está en riesgo constante, en el que hemos de seguir adelante, improvisando, sin asideros firmes. Es esa la sensación que se transmite por momentos. En la segunda parte se introduce el elemento sorprendente que lo paraliza todo, que hace que las preocupaciones anteriores dejen de tener importancia.

CUNNINGHAM TIENE EL DON DE TRANSMITIR DE FORMA SOBERBIA LA NECESIDAD DE ESCAPAR DE SUS PROTAGONISTAS; ASÍ COMO EL SENTIMIENTO DE TEDIO, DE DESENCANTO, DE RESIGNACIÓN, QUE LES ACOMPAÑAN.

Todo cambia de luz, de color, de emoción, un 5 de abril de 2020 (por la tarde). Podríamos estar en otra novela, pero seguimos en la misma. Vemos a Robbie, y su alter ego Wolfe, atrapados en Islandia. Un viaje de desconexión, tras dejar su trabajo como profesor, que debía durar seis semanas, se ha prolongado casi cuatro meses. Está fuera del radar, apartado en un refugio en la montaña, sin cobertura, lejos de llamadas y correos electrónicos. Todo, en todas partes, ha quedado en suspenso a causa de un virus mortal. 

De su experiencia, tan extrema como liberadora (estar en soledad, alejado de todo y de todos) da cuenta en cartas a sus familiares que tal vez no lleguen. También Isabel recurre a expresarse a través de mensajes que le permiten desahogarse. Es el mecanismo que el escritor utiliza para explorar los sentimientos de inseguridad, de incertidumbre, de sus protagonistas. Uno de los escritos de Robbie va dirigido hacia el “ser futuro” en que se convertirá Violet, su sobrina, que tiene seis años. “Resulta que te escribo porque sospecho que nunca lo haré cuando los tiempos dejen de ser tan extraños”, le hace saber en un momento que resulta clave en la novela, animándola a creer en sí misma, en su belleza, en la “humanidad extraordinaria” que ha traído al mundo.

Los efectos de la pandemia, del confinamiento, dan lugar a actitudes y comportamientos diversos. El de por sí frágil matrimonio de Dan e Isabel se deteriora aún más. Ella se sienta, frecuentemente, sola en las escaleras, en una especie de huida de lo cotidiano; él se dedica a publicar vídeos de sus composiciones en YouTube que atraen a un grupo nada desdeñable de fanáticos seguidores. Violet, a sus seis años, está obsesionada con las ventanas, que deben permanecer absolutamente cerradas para que no entre el virus; su hermano Nathan hace pasar clandestinamente a sus amigos en la casa… Todo cambió en esa etapa, dentro y fuera de la novela

UNO DE LOS ESCRITOS DE ROBBIE VA DIRIGIDO HACIA EL “SER FUTURO” EN QUE SE CONVERTIRÁ VIOLET, SU SOBRINA, QUE TIENE SEIS AÑOS. “RESULTA QUE TE ESCRIBO PORQUE SOSPECHO QUE NUNCA LO HARÉ CUANDO LOS TIEMPOS DEJEN DE SER TAN EXTRAÑOS”, LE TRANSMITE.

Tengo la impresión de que hay demasiada gente que quiere olvidar, que considera aburrido seguir hablando de esos momentos, que prefiere mirar para otra parte y enterrar ese capítulo que, queramos reconocerlo o no, modificó para bien o para mal, nuestras vidas y el rumbo de las sociedades, del mundo. La novela de la que os hablo capta esa transformación a nivel emocional, desde las vivencias de sus personajes, todos en crisis por distintos motivos, en situaciones de inestabilidad, de tránsito, que se ven acentuadas por unas circunstancias para nada previstas. Michael Cunningham nos hace sentir reflejados en el retrato que traza de ese año que supuso un antes y un después en nuestros caminos.

Me he acercado a algunas entrevistas hechas al autor sobre Día y en todas ellas señala que llevaba tiempo trabajando en una obra sobre una familia a través de distintas generaciones, hasta llegar al tiempo que vivimos, y que todo saltó por los aires con el COVID-19. Entonces se preguntó cómo podía alguien escribir una novela contemporánea sobre el transcurrir de las vidas de distintas personas sin reflejar el tiempo de la pandemia; empezó de nuevo y se encontró con esos seres indefensos, con ese grupo de personajes que tratan de procesar como pueden un año tan tremendamente raro y crucial en sus vidas.

Michael Cunningham. Foto (CC) por Anneli Salo.

¿Cómo nos ha afectado, y nos sigue afectando esa etapa; qué nos pasó; qué cambió en nosotros a nivel individual y en nuestras relaciones con los demás? Formulo ahora todas estas preguntas que me he ido haciendo a mí misma al hilo de la lectura. Os confieso que a mí me cambió profundamente ese año, un año oscuro, a través de cuyas sombras fui consciente de la estremecedora fragilidad que nos constituye y nos une. Dejé cosas de lado y abracé otras: creí en horizontes de futuro más solidarios que no llegaron… Pero, en fin, este artículo no va de mí, aunque estoy convencida de que cuando expresamos lo mucho que nos afectan determinadas lecturas estamos hablando de nosotros mismos.

En el trecho final de la novela (5 de abril de 2021, por la noche), leemos: “Los cambios están ocurriendo”, una frase que abre todo un abanico de posibilidades. Tras la pausa, el deseo de volver a esa pretendida normalidad de la que tanto se habló en su momento. Pero ha habido evolución, crecimiento, movimiento, durante el trayecto. Los sentimientos y percepciones se han revuelto, puede que sutilmente o de manera más llamativa. Nada podía volver a ser exactamente como era. Mientras leía esta conmovedora tercera parte, pensaba en que se levantaba el telón de un teatro y asistía a una reunión privada entre un grupo de personas que, en cierto modo, habían cambiado de piel.

La pérdida, el duelo, entran en escena, y cobran relevancia los personajes de los dos niños, ambos descubriendo y descubriéndose en un mundo ya diferente. Nathan tiene una experiencia que podríamos calificar como límite; Violet me atrapa con su capacidad para ver más allá de lo evidente, de lo tangible, para visibilizar las sombras y los “seres improbables” que nos rodean, que tan solo unos pocos pueden reconocer.  Aquí se abre otro plano en esta obra llena de revelaciones, de ráfagas poéticas (sobre todo en las cartas, en las entradas de Instagram); de referencias a esas lecturas que son capaces de hacernos mirar de otra manera, de reflejar las agitaciones más íntimas, de “perforar agujeros en la cotidianeidad”, como hace el propio Michael Cunningham. 

“¿Quién no está indefenso? ¿No es mejor admitirlo? ¿No deberíamos sustituir las acusaciones por un reconocimiento más digno y hastiado de la vida?”, se pregunta Dan. “Es la vida que quiere. No será una vida sin trabas. Parte del daño no puede deshacerse, pero seguirá viviendo. Puede que sea feliz de vez en cuando...”, escuchamos la voz interior de Isabel. Entre ambos momentos suceden cosas, se producen tránsitos, transformaciones. Siguen acaeciendo cuando cierro las páginas de la novela

Día de Michael Cunningham ha sido publicada por Lumen, con traducción de Miguel Temprano García.

LECTURAS SUMERGIDAS


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