Mostrando entradas con la etiqueta Maruja Torres. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Maruja Torres. Mostrar todas las entradas

lunes, 4 de noviembre de 2024

Las 10 mejores novelas del Premio Planeta en democracia



El escritor, Antonio Muñoz Molina en 1991, cuando resultó ganador del resultó del Premio Planeta.

El escritor, Antonio Muñoz Molina en 1991, cuando resultó ganador del resultó del Premio 


Las 10 mejores novelas del Premio Planeta en democracia

La devoción por premiar a personajes populares ha socavado el prestigio del premio, pero las excepciones intermitentes de esa política comercial han ofrecido algunos de los títulos más respetables de su historia

viernes, 15 de octubre de 2021

De Camilo José Cela a Javier Cercas / Los mejores Premios Planeta hasta la fecha

 

Mario Vargas Llosa

De Camilo José Cela a Javier Cercas: estos son los mejores Premios Planeta hasta la fecha

A lo largo de los años, diferentes autores consagrados se han hecho con un premio tan codiciado.

15 de octubre de 2020

Desde 1952, el Premio Planeta se entrega cada año y sin excepción a la mejor obra inédita. El galardón es uno de los premios literarios más generosos que existen, ya que recompensa con la friolera cifra de 601.000 euros al autor premiado. Por su parte, el segundo tampoco se marcha con las manos vacías, ya que recibe 150.250 euros.

jueves, 6 de julio de 2017

Ruedan en Madeira la primera película de una serie basada en obras de Corín Tellado

Corin Tellado
Poster de T.A.

Ruedan en Madeira la primera película de una serie basada en obras de Corín Tellado


MARUJA TORRES
Funchal 22 FEB 1984


Corín Tellado, la mujer a quien Vargas Llosa entrevistó con admiración y sin rubor, a quien Cabrera Infante llamó "inocente pornógrafa", va a ver cómo parte de sus novelas -tiene escritas más de 2.500- y sus obsesiones son llevadas al cine y la televisión. Ha vendido los derechos de 20 de sus obras y por un plazo de cinco años, en un contrato renovable, a los productores portugueses de En la ciudad blanca, de Alain Tanner, y en Madeira se ha rodado Mi boda contigo, primera película de lo que se espera sea una serie coproducida por diversas televisiones, entre ellas la portuguesa y, posiblemente, también la española.

lunes, 3 de octubre de 2016

Maruja Torres / El 'show' de Truman



Truman Capote

El 'show' de Truman

Fue un genio de la literatura. Truman Capote supo moverse entre lo sórdido y lo poético, entre la 'jet-set' y los asesinos de 'A sangre fría'. Su vida de cine es ahora la película 'Capote', elegida por los críticos estadounidenses como la mejor de 2005, y una de las favoritas a conseguir un Oscar.


MARUJA TORRES
12 FEB 2006

Truman Capote fue uno de los mejores escritores de su generación, alguien dotado de un oído infalible para captar la musicalidad de la lengua inglesa y para reproducir el habla de la gente. Añádanle a ello la magistral habilidad con que mezclaba lo oscuro y lo poético, la angustia que serpentea bajo las aguas mansas, y también la altura descriptiva de su prosa. Era un genio, como él mismo dijo (la modestia no fue su fuerte), tras alardear también de ser alcohólico y drogadicto. Pero estas dos últimas características no siempre estuvieron en él, aunque sí la pulsión que acabaría por entregarle a tales adicciones, el miedo a ser abandonado, que se inició en su terrible infancia y no le abandonó hasta el final.

viernes, 26 de septiembre de 2014

Maruja Torres / Europa tenía tetas

Brigitte Bardot

Europa tenía tetas

En los últimos tiempos se tropieza una a menudo con imágenes de esas tres supervivientes del cine europeo -espero que sigan bien pimpantes cuando lean ustedes esta columna- que son Brigitte Bardot, Sofía Loren y Claudia Cardinale. No creo que la letra impresa referida a ellas genere en las jóvenes generaciones noción alguna acerca de la impresión -redundo, luego existo- que su aparición despertó en mis coetáneos. Aquellos escotes latinos florecieron de repente entre nuestros reclinatorios y permitieron, por ejemplo, que se afirmara entre nosotros la expresión corporal de aquella Emma Penella de Fedra y de El verdugo.
Alcanzaron el éxito, por suerte para ellas, antes de que la democratización de la moda que empezó en la segunda mitad de los sesenta del pasado siglo decretara que las mujeres de las clases populares también tenían derecho a ser anoréxicas como las modelos Twiggy y Jean Shrimpton, británicas que habían reaccionado a las carestías de la posguerra cerrando la boca, mientras que, en el continente, las mujeres perseguían desesperadamente a los hombres ricos tanto como a los bocadillos de mortadela.

"Estas tres actrices que hoy gloso tenían pechos, caderas, culo y desparpajo"
Estas tres actrices que hoy gloso tenían pechos, caderas, culo; tenían desparpajo y ofrecían sexo indudablemente femenino desde la punta del cardado hasta la uña nacarada del dedo gordo del pie izquierdo. Estaban llenas de vida, como la Europa continental y, sobre todo, meridional de entonces que, década y pico después de la Segunda Guerra Mundial, alimentaba esperanzas de futuro, de reconstrucción, de paz. Entre la devastación que ya empezaba a escampar, los bustos de estas mujeres se levantaban como las pirámides. Representaban el seno materno y, además, estaban hambrientas. De éxito, de amor, de vida.
Bardot nunca fue una actriz. De las tres, es la que tiene en su haber las peores películas, mientras que Cardinale -que cabalgó entre la comedia costumbrista y el melodrama viscontiano- cuenta con un inmejorable currículo, desarrollado en los tiempos en que el cine europeo era también inmejorable. Bardot representaba a la niña salvaje, sexualmente precoz. Hablaba directamente a la bragueta de los hombres, pero cualquier realizador con dos dedos de talento -a Louis Malle le pasó, en Vida privada- lo perdía provisionalmente mientras Brigitte estaba a sus órdenes. Sólo Roger Vadim, mediocre donde los haya, le dio forma como ninfa-devoradora de hombres, y sólo el viejo cuco de Clouzot le arrancó una interpretación vagamente creíble, en La vérité. Pero qué gran placer fue siempre contemplarla, tan hermosa y tan libre, descalza y amoral.
Sofía Loren -y por eso es la más rimbombantemente respetada de las tres- se decantó por el atlantismo desde el principio. Pasada su época frescachona, y afianzada su sociedad matrimonial con el productor Carlo Ponti, la Loren adelgazó, abandonó la autenticidad napolitana que la distinguía y reconstruyó su imagen a la medida de la italianidad que Hollywood era capaz de asimilar. Es decir, poca, pero muy sobreactuada. En aquella época, las italianas que trabajaban en Estados Unidos hacían también de niñeras -como haría Penélope cuando les llegara la hora a las inmigrantes de habla hispana-, pero tenían la suerte de que, en el reparto de papis viudos, les tocara Cary Grant. Sofía jugó sus cartas bien, y ahí está. Loor y gloria.
En cuanto a Cardinale, el cine ha dado pocas mujeres tan hermosas, tan carnales, tan luminosas, tan heridas. La chica con la maleta cargará para siempre con el amor de una generación. En Vaghe Stelle dell'Orsa, su entrecejo se fruncía hasta hacernos daño: tenía la pobre un destino de hermana incestuosa con el bobo de Jean Sorel. Nunca olvidaremos su aparición en El gatopardo, a la hora de la cena, en la casona donde los aristócratas están aprendiendo a cambiar un poco para que nada cambie. Ver a Claudia y contener el aliento era todo uno.
Brigitte venía de la burguesía convencional e hizo siempre lo que le vino en gana; más que subvertir, elevó el capricho a la categoría de tentación. Sofía había corrido por las calles de Pozzuoli pidiendo chicles a los libertadores USA. Claudia nació en Túnez en los tiempos del ridículo neocolonialismo mussoliniano. Las tres son conservadoras cuando no directamente reaccionarias, como en el caso de la lepenista Bardot, aunque se dedican a las causas políticamente correctas.
Como Europa, aproximadamente.





lunes, 13 de diciembre de 2010

Patricia Highsmith / La dama que miraba el mundo como nadie


Patricia Highsmith

La dama que miraba el mundo como nadie


Patricia Highsmith, que fue una gran fumadora, tomó un Gitanes y yo saqué mi encendedor y me apresuré a darle fuego. En el momento. en que la llama se aproximaba, la Highsmith mantuvo el pitillo en, la mano y, en su lugar, acercó los labios al fuego. Casi la abraso.Cosas así le ocurrían a la autora de El diario de Edith, cada vez que tenía que enfrentarse con desconocidos, sobre todo, periodistas. En aquella ocasión, la única vez que la entrevisté, corría el verano del 83 y ella se encontraba en San Sebastián para participar en unas conversaciones sobre cine y novela policiaca.
El gag del cigarrillo sirvió para que me recibiera al día siguiente, y así fue como me presenté en el hotel, poco después de las diez de la mañana. A esa hora, Highsmith había olvidado la relativa soltura a la que habíamos llegado la noche anterior tras una serie de copas, y se la veía literalmente aterrada, al mismo tiempo que incapaz de retroceder era demasiado gentil. Pero estaba arrepentida de haberme hecho una promesa y la única: manera que tenía de expresarlo era mostrándose torpe.
De modo que me dejó entrar, pero se hizo un lío con la puerta de la habitación y la del armario, y casi acabó metida dentro de este último. Salió, por fin, entre resoplidos, y entonces tropezó con la cama. Cuando recuperé la calma tuvo una idea: fue a por una botella de bourbon, puso dos copas de las de agua sobre la mesa y preguntó:
"¿Bebe usted por las mañanas?. Yo miré el reloj de soslayo y luego la miré a ella. "Desde luego". Y funcionó.
No era la escritora la única azorada. El apuro que a uno le producía encontrarse ante Patricia Highsmith procedía del hecho de saberse bajo la mirada de una mujer que escudriñaba como nadie la naturaleza humana. Su obra no fue escrita sólo a mano o a máquina, la construyó también con la ayuda de un bisturí. Soplaba sobre lo cotidiano hasta que la brillante superficie de sentimientos convencionales y lugares comunes desaparecía, para mostrar el enrevesado mecanismo que forman la mentira y la codicia, el miedo y la frustración, y todas las emociones que cualquier hijo de vecino esconde a los demás. Fue emarcada como autora de novela negra, pero el crimen era sólo una excusa para arrancar las múltiples capas de cebolla que cubren los móviles, que eran su verdadero tema. Creaba un mundo a partir de las motivaciones de sus personajes, se llamaran Ripley -en cierto modo, sualter ego: le dotó del encanto, la seguridad y la impunidad que ella hubiera querido poseer-, Edith o Bruno, el inolvidable psicópata deExtraños en un tren.
Amante de los gatos y de la soledad, pero profundamente interesada en los demás. Feminista y algo perversa. Nadie nos mirará nunca como lo hizo esta dama.



martes, 7 de diciembre de 2010

Maruja Torres / Patricia Highsmith y su gente


Patricia Highsmith y su gente

La escritora norteamericana participa en las conversaciones sobre 'novela policiaca y cine' en el festival de San Sebastián

 San Sebastián 20 SEP 1983
Llegó cansada a Donostia, pero lentamente la curiosidad se impuso y por la noche ya estaba lista para conocer la ciudad, en cuyo festival participará a partir de hoy, como figura invitada, en las conversaciones que, sobre novela policiaca y cine, van a celebrarse. Patricia Highsmith, 62 años y un rostro tan inolvidable como sus novelas, no vino sola: con ella, flotando en torno a ella como un hectoplasma, están sus personajes, obsesionados, perversos, activos o pasivos, hombres o mujeres.

ENVIADA ESPECIAL

Con Patricia Highsmith están, sobre todo, Ripley y Edith, dos caras de una misma moneda, el muchacho que se sobrepone a sus carencias por vía de la suplantación y el asesinato, y el ama de casa que pe rece aplastada por su propia vulnerabilidad.

Es atrozmente tímida, angustiosamente tímida, hasta el punto de que cuando, a las diez y pico de la mañana, te ofrece whisky puro en una copa de agua, aceptas con entusiasmo para ver si eso te libera de tu propia ansiedad ante la escritora. Es también desmañada. Pasea por la habitación del hotel como si no supiera qué hacer con su cuerpo, con sus manos, con las puertas del armario que se bambolean en un juego de espejos, con la bandeja del desayuno... Anoche, durante la cena, en vez de acercarme su cigarrillo para que le diera fuego, siguió sosteniéndolo entre los dedos y adelantó los labios hacia el mechero en un gesto que parecía un gag improvisado y que era puro despiste físico; y, a continuación, el Gitane envuelto en papel de maíz se le cayó de las manos, y todos nos reímos, ella la primera, aunque algo avergonzada de su torpeza.
De modo que esta mañana está nerviosa, y se nota que lamenta haber acordado la cita, pero es tan gentil, tan dulce a pesar de su rostro feroz, que se somete con amabilidad al martirio, y, para empezar, rechaza mi teoría de que Patricia Highsmith, que desde siempre ha elegido para vivir la soledad, como ha elegido Europa, encierra sus obsesiones en los libros para protegerse mejor, en la vida, de las amenazas que puedan acecharla.
"No, no, yo no me defiendo", dice. "No me protejo. Lo que hago es escribir las ideas divertidas que se me ocurren".
También niega que ella, tan poco sociable, haya creado a Ripley un poco como un alter ego a quien le gustaría parecerse, y no en los asesinatos, desde luego, sino en su forma de seducir a los demás: "No quiero ser Ripley. Por otra parte, es falso que sea siempre un seductor. Precisamente, Ripley conoce muy bien sus propios fallos, y eso hace que muy a menudo experimente inseguridad".
Está de acuerdo conmigo, sin embargo, en que su mundo de escritora resulta muy difícil de trasladar al cine: "Casi siempre, las películas se quedan en la anécdota, lo obvio". Alain Delon, para ella, sigue siendo el cuerpo más cercano que Ripley tuvo nunca en el cine: "Todo el mundo, en España, se enamoró de Alain Delon cuando le vimos haciendo de Ripley en A pleno sol", le digo. Se echa a reír: "Sí, parece que a René Clement, el director, le pasó lo mismo".
No obstante, abomina del final moralista de la película, y se la ve un poco distante del cine: "Yo no participo en los guiones de películas basadas en mis novelas, porque estoy muy poco dotada para escribir en imágenes. Por suerte, ahora tengo derecho a leer los guiones definitivos, a los que puedo o no dar mi aprobación".
Dice no estar dotada, para las imágenes, pero cuando dejó la Universidad, a los 21 años, permaneció durante un año estero escribiendo textos para comics. "Eso me permitió ganar algún dinero y tener una vivienda confortable, porque antes sólo disponía de una habitación sin baño". Nunca ha sido mujer de ataduras, de forma que en seguida se puso a trabajar en casa: "De hecho, nunca más volví a tener un trabajo fijo". Desde el éxito de Extraños en un tren, cuando tenía 26 años, escribe novelas y relatos, y lo hace sin horario fijo, sin una disciplina determinada, salvo la de acabar lo que tiene entre manos y reescribirlo hasta tres veces: "Si tengo sueño duermo hasta tarde, y me doy por satisfecha si escribo cuatro horas al día".
Siempre que tiene una idea para un libro viaja hasta el lugar en donde piensa situar la acción, para recoger detalles ambientales. Últimamente ha estado en Estados Unidos, para su última creación, People whoknocks at the door, que pronto será editada en España, por Anagrama. En este libro se halla presente una de sus principales preocupaciones: el aborto, y el derecho de las mujeres a decidir sobre el mismo sin que la Iglesia ni los políticos se inmiscuyan.
Bebedora de whisky y de cerveza, nunca de vino, amante de la comida mexicana, que le recuerda su Texas natal, mujer que pasó una etapa de su vida observando cómo vivían los caracoles que recogía y aislaba entre lechugas, físicamente elegante, con una voz muy rauca y unas ojeras grandes, cocinera para sus gatos gourmets, Patricia Highsmith es un enigma que se abre y se cierra. Lo que queda, al final, es un deseo profundo de conocerla bien, más allá de las entrevistas.










Lea, además
BIOGRAFÍA DE PATRICIA HIGHSMITH

DE OTROS MUNDOS
Patricia Highsmith / San Sebastián 1983
Patricia Highsmith / Lérida 1987
Escalofríos / Patricia Highsmith en la tele
Patricia Highsmith / Último adiós
Patricia Highsmith dejó al editor tres manuscritos inéditos
Patricia Highsmith / La dama que miraba el mundo como nadie
Patricia Highsmith / En la claustrofobia de una zona minada
Patricia Highsmith / Nunca quise matar a nadie, aunque no soy una santa
Patricia Highsmith / Suspense
Patricia Highsmith / Una sensación de peligro
Enrique Vila-Matas / Ripley en el recuerdo
Patricia Highsmith / Placeres crueles
Patricia Highsmith / Las sombras sexuales
Patricia Highmith / Letras de un lesbianismo prohibido
Elena Gosálvez / Diez años sin Patricia Highsmith
Patricia Highsmith / Mirando al abismo
Alberto Duque López / Misteriosa Patricia Highsmith
Patricia Highsmith / Biografía definitiva
Patricia Highsmith / Amores y obsesiones
Rosa Mora / El turbulento territorio Highsmith
Frases de Patricia Highsmith

CUENTOS DE PATRICIA HIGHSMITH
La mano
La tortuga
La heroína
El observador de caracoles
La coartada perfecta
La víctima
Un objeto de cama transportable
La bailarina

FICCIONES
Casa de citas / Fernando Aramburu / Patricia Highsmith


viernes, 21 de septiembre de 2001

Jean Rochefort / "Mi preocupación es parecer siempre diferente"

Jean Rochefort

Jean Rochefort: "Mi preocupación es parecer siempre diferente"

El actor de 'El marido de la peluquera' presenta un filme de Philippe Lioret


MARUJA TORRES
San Sebastián 21 SEP 1993

Veterano -y al mismo tiempo fresquísimo- actor del cine francés, Jean Rochefort es conocido en nuestro país, sobre todo, a raíz de su genial interpretación en El marido de la peluquera, pero tiene más de 80 películas en su haber, con realizadores como Yves Robert, Bertrand Tavernier o Philippe de Broca. En San Sebastián presenta un filme de Philippe Lioret en el que se convierte en un indocumentado perdido en un aeropuerto. "Mi preocupación es parecer siempre diferente" afirma.

Irremediablemente abocado a reflejar el mundo en que vivimos, este bretón corpulento y afable ha presentado en la competición oficial la coproducción hispano-francesa En tránsito (Tombée du ciel), de Philippe Lioret, en la que encarna a un hombre que pierde sus papeles en un aeropuerto y se ve sumergido en el caos kafkiano de los indocumentados. "De esta película me atrajo su carácter contemporáneo y de cuento", dice. "Cuando conocí al director, lo encontré simpático y vi que teníamos puntos en común". Muchos de los personajes de su carrera poseen un carácter iconoclasta. "Pienso que se debe a mi verdad biológica y morfológica. Pero mi preocupación es parecer diferente siempre que sea posible". Reconoce la importancia que para él tiene El marido de la peluquera, "una película que ha disfrutado de reconocimiento mundial. Mucho menos en Francia, y no sé por qué. Puede que su barroquismo haya chocado con el cartesianismo francés típico".

Cree que el cine francés actual está vivo y es rico y activo, creativo. "Hay muchos jóvenes de enorme talento, aunque mi inquietud es que sean devorados por los norteamericanos. Acabo de hacer una película con un debutante interesantísimo, pero nadie ha ido al cine: todo el mundo se va a ver El fugitivo y todo eso. Entonces queda el consuelo de verla más tarde en televisión, pero no me gustaría que el cine europeo desapareciera de las salas. Aunque la competencia tiene su parte buena: nos obliga a mejorar nuestros productos".
Reconoce que ser actor en Francia es un privilegio: "Allí los actores de cine estamos siempre listos para trabajar en el teatro o la televisión, lo que ocurre con frecuencia. No sólo en París; en todo el país existe siempre la posibilidad de trabajar en una obra teatral interesante. El hecho de que haya un mercado equilibrado, sólido, hace que no seamos víctimas de la ansiedad, que no nos veamos obligados a esperar a que nos llamen", y añade: "Lo que más me interesa en este momento es, cuando hago un filme, no tener la impresión de que ya lo he hecho anteriormente".
* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 21 de septiembre de 1993