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jueves, 14 de diciembre de 2023

Juan Tallón / Huyamos de aquí

thelma y Louise


Huyamos de aquí

Todos huimos. Hasta las ratas huyen. La vida va de eso. Incluso la muerte. Hay infinitas formas de hacerlo. Ni siquiera tiene que existir una razón. La huida posee una cara absurda que la libera de ese requisito. A la mierda. Cualquier momento es bueno para largarse. Ni siquiera hay que ir lejos. Eso te exime de hacer una maleta y meter una muda. Huir, a veces, solo es dar media vuelta en mitad de la calle, con el mismo calzoncillo. O abandonar un libro en la página 17. O entrar en Zara con 20 euros. John Fante contaba que su primera huida seria fue, en realidad, una carrera desesperada de 200 metros, cuando solo tenía diez años. Ese día caminaba por las calles de su Denver natal y decrépito, de regreso del colegio, cuando vio salir a una mujer de la parte de atrás de la casa del Padre Stevens. Ella parecía feliz, y el pequeño John se quedó estudiando fijamente su gesto. Tal vez le extrañó, aunque sin tener claro por qué le extrañaba, aquella presencia femenina en la casa del pastor. En verdad, no tenía aún edad para distinguir a una prostituta a lo lejos, mirando de reojo. El descaro de su mirada fija incomodó a la mujer, que cuando estuvo a su altura emborronó la sonrisa y le espetó: «Qué coño miras, mocoso. ¿Quieres que te la chupe?» El muchacho salió corriendo, aterrorizado por la presencia del verbo chupar. Normal. Solo con el tiempo aprendes que no se huye de la mamada, sino que se va hacia ella.

jueves, 17 de noviembre de 2022

Martin Amis / Manantial Updike


John Updike
David Levine


Manantial Updike

He oído insinuaciones de que tanta prodigiosa actividad se debe a una envidiable patología denominada "presión sobre el córtex". Se asemeja a tener en el interior un manantial subterráneo que no para de brotar. El conjunto de su obra es enorme. Y le convierte en uno de los grandes novelistas del siglo XX.

miércoles, 6 de julio de 2022

John Updike / El dios cruel y compasivo de la clase media



John Updike

El dios cruel y compasivo de la clase media

El gran escritor estadounidense narra en 'Cásate conmigo', novela de 1977 que se reedita ahora en castellano, el adulterio de dos personajes a los que comprende, perdona y condena al mismo tiempo


CARLOS ZANÓN
27 FEB 2020 - 18:12 COT

John Updike, visto por Sciammarella.
John Updike, visto por Sciammarella.

Todo un misterio cómo se comportará la posteridad con John Updike (Reading, Pensilvania, 1932 - Beverly Farms, Massachusetts, 2009), pero la cosa no está para apostar a su favor. Si estuviera vivo, es más que probable que muchos intentasen exhibir en sus muros y paredes su cabeza de rinoceronte blanco. No ocurrió, a pesar de que, en sus últimos años de vida, la veda sobre él ya se había abierto. La corrección política le acusó de casi cualquier cosa, optando por ningunear cada nueva entrega suya antes que destrozarlo, porque aún se le respetaban tanto su prestigio como su tesón competitivo. Novelas como La belleza de los lirios (1996), Gertrudis y Claudio (2000) o recopilaciones de cuentos como Lo que queda por vivir (1994) demostraron merecerse ese respeto.
Estamos refiriéndonos a una de las cimas del Himalaya de la edad de oro de la novela norteamericana del siglo XX junto con Norman Mailer, Philip Roth o Saul Bellow. Un trozo de los sesenta y setenta le pertenece si se tiene en cuenta que, además de esos compañeros de viaje, Updike coincidió con John Cheever, Carson McCullers, Truman Capote, Flannery O’Connor, Ralph Ellison o Joyce Carol Oates. Supo crearse entre aquellos agujeros negros y supernovas un territorio propio, la clase media blanca norteamericana que controlaba mejor el alcohol que el adulterio, con el botón rojo de la pastilla anticonceptiva en la mesilla de noche. Updike, que empezó queriendo ser artista gráfico, luchó y consiguió ser lo que él creía que necesitaba la narrativa estadounidense de su tiempo: un escritor tan grande como popular. Algo como Mickey Mouse, Elvis Presley o la televisión. Dibujó con trazo claro, arquitectónico y minucioso los barrios, las casas residenciales, las habitaciones, los aseos y dormitorios, divorcios, disputas y armisticios, el romance, el sexo y la deslealtad de sus conciudadanos en un estilo tan despiadado como hermoso. Te clavaba el escalpelo con un corte limpio que te eximía tanto de la épica como de los últimos sacramentos. Sus libros son narcisistas, y el tiempo transcurrido empuja su perfeccionismo, en demasiadas ocasiones, hacia lo esnob, pero su lectura sigue revelando algo prodigioso. Parecen ser libros escritos por un dios que comprende sin juzgar ni intervenir. Nos hace vernos como seres pequeños y corrientes, pero no estúpidos ni banales, corriendo hacia la muerte, que tratamos de evitar anclándonos en la eternidad del instante perfecto al precio —hijos, ruina, muertes— que sea.

miércoles, 8 de abril de 2020

El cuento de los escritores egoístas

Philip Roth


El cuento de los escritores egoístas

Philip Roth, John Updike y Norman Mailer fueron señalados como los grandes autores narcisistas. Hoy triunfa el delirio de autorreferencia y manda la autoficción


Andrea Aguilar
4 de febrero de 2017



'Narciso', de Caravaggio, expuesto en la Galería Nacional de Arte Antiguo de Roma.
'Narciso', de Caravaggio, expuesto en la Galería Nacional de Arte Antiguo de Roma.

Extrema sensibilidad y considerable fragilidad, cierto vampirismo, algo de vanidad —peor o mejor disimulada—, el convencimiento de que lo que uno siente o percibe es único, y un considerable egoísmo son rasgos habituales en el temperamento creativo. Los grandes artistas —divos y divas, maestros— no son necesariamente buenas personas, pero ¿son inevitablemente narcisistas? La crítica Gayatri Spivak apunta: “La posibilidad del éxito artístico es particularmente seductora para el narcisista por la construcción social del genio. La idea de genio captura la quintaesencia del narcisismo; alguien que ha sido tocado por los dioses y que sin esfuerzo puede lograr grandes cosas”.
Acotemos el debate y centremos la cuestión en el plano literario. No faltan las voces que encuentran en la autoficción un claro reflejo de la plaga actual del yo. Las seis novelas de la serie Mi lucha, en las que el escritor noruego Karl Ove Knausgård asume el papel protagonista y expone su vida con intenso detalle, son citadas como un ejemplo paradigmático. Ironías de los boom literarios, en su catártico solipsismo el escandinavo no está solo. Según un estudio citado por Kristin Dombek en su ensayo The Selfishness of Others (el egoísmo de los otros) los escritores estadounidense usan “yo” un 42% más que en 1960. Y sin embargo este aparente delirio de autorreferencia, que aqueja a las sociedades occidentales, y el hábil uso que algunos escritores hacen de ello, para entrar en sintonía con el zeitgeist y construir sus ficciones, no aclara mucho sobre la relación última entre narcisismo y literatura.
 finales de los noventa, en las páginas de The Observer David Foster Wallace tuvo el hallazgo de juntar patología y novela en el acrónimo inglés GMN (Great Male Narcissists) para referirse a los tres popes de la ficción realista estadounidense de posguerra: Norman Mailer, John Updike y Philip Roth. El término 'Grandes Varones Narcisistas' nació en la demoledora crítica de la novela Hacia el final del tiempo de Updike, autor, que según Foster Wallace, era definido por algunos lectores como “simplemente un diccionario Thesaurus con pene”. Sexismo aparte, la crítica entraba de lleno en la animadversión que los tres novelistas generaban entre los lectores más jóvenes: “Tiene que ver con su ensimismamiento radical, y con su celebración acrítica de este ensimismamiento tanto en sí mismos, como en sus personajes”. Las novelas de Updike, apuntaba Foster Wallace, estaban habitadas básicamente por el mismo tipo de hombres, un alter ego del autor: “Son siempre tan incorregiblemente narcisistas, donjuanes, autodespectivos, autocompasivos”.
Tres de los cuatro protagonistas de esta historia han muerto, y el cuarto, Philip Roth, anunció que dejaba la escritura hace ya seis años, pero la etiqueta GMN no ha perdido fuerza. Valga como ejemplo la crítica de Elaine Blair que celebraba en The New York Review of Books al francés Michel Houellebecq, y lamentaba que toda una generación de escritores estadounidenses actuales (Gary Shteyngart, Sam Lipsyte y Richard Price) hayan acabado por parodiar a los hombres narcisistas protagonistas de sus novelas. Blair propone una teoría: esos personajes egoístas y egocéntricos, condenados al fracaso amoroso por su incapacidad para empatizar y amar (losers románticos), aunque siguen estando ahí, acaban quedando en ridículo o se autoparodian para no irritar a las lectoras.
Narciso era un hombre y Ovidio también, pero sería un error reducir el narcisismo al ámbito de la literatura masculina. La confianza en uno mismo y el ensimismamiento de un novelista no es cuestión de género. “Algunos de nosotros necesitamos un egotismo sin límites para encontrar la fuerza para escribir una sola línea, no digamos un libro (¡Otro libro Joyce!, murumura el abismo. ¿Y este también va a cambiar el mundo?). Pero el artista debe actuar a partir de la frágil convicción de que lo es todo, o no podrá probar nada. Y como nos advirtió Lear : ‘nada sale de la nada”, escribe en un ensayo la prolífica autora estadounidense Joyce Carol Oates.
¿Cómo controlar ese impulso egocéntrico? El británico Orwell recomendaba aplicar disciplina al temperamento y “evitar quedarse atascado en una etapa inmadura”. No es tarea fácil. Lo explica la atinada y brillante Lydia Davis en su cuento Propósito de año nuevo: “Al fin, en la mitad de tu vida, eres suficientemente listo para ver que todo suma nada, incluso el éxito no significa nada. Pero ¿cómo aprende una persona a verse como nada cuando ha tenido tantos problemas para verse como algo en primer lugar? Es confuso”. Escribir puede que ayude.

John Updike / Un libro de Bech



John Updike



El alter ego de Updike


Tusquets edita Un libro de Bech, el primero de los tres volúmenes protagonizados por un escritor en crisis creativa


 El Cultural, 29/03/2012

Colección Andanzas. Tusquets. 240 pp, 17 euros.
  • Lea más primeros capítulos


  • El doble ganador del Pulitzer John Updike (1932-2009) se inventó un original alter ego llamado Henry Bech. Si el maestro de la narrativa norteamericana contemporánea pertenecía a la cultura WASP (blanco, anglosajón y protestante, por sus siglas en inglés), estaba casado y tuvo una prolífica carrera que abarca el ensayo, la poesía, el relato corto y la novela, Bech es judío, soltero y atraviesa una larga crisis creativa tras su única novela de éxito. 'Un libro de Bech', publicado originalmente en 1970, recopila una serie de relatos que narran las esperpénticas peripecias del personaje en Europa del Este, tras ofrecerse a participar en unos "intercambios culturales" promovidos por el Departamenteo de Estado en la época del Telón de Acero, así como en Londres y de nuevo en Estados Unidos. Al comienzo del libro, el propio Bech escribe una carta a su creador, donde le hace notar que encuentra en su propia personalidad trazas de Norman Mailer, Bernard Malamud o J.D. Salinger

    viernes, 20 de marzo de 2009

    John Cheever / Islas momentáneas de felicidad

    John Cheever

    John Cheever

    Islas momentáneas de felicidad


    Antonio Muñoz Molina
    20 de marzo de 2009

    Uno quisiera ser capaz de escribir alguna vez un cuento a la manera de John Cheever. Un cuento no muy largo, entre diez y quince páginas, sin un argumento muy preciso aunque con personajes que dieran en seguida una impresión a la vez de rareza y de familiaridad, con una voz narradora cercana a ellos pero también poseedora de secretos que ellos ignoran y que los lectores no llegarán a conocer del todo, una voz que mantendrá el mismo tono cálido en la tercera que en la primera persona. El punto de partida no será muy llamativo; la superficie de la historia se mantendrá tersa hasta el final; habrá observaciones agudas sobre los gestos y los sentimientos de las personas, instantáneas sobre un paisaje o sobre la luz de una ciudad que tendrá una precisión trémula de polaroids; y poco a poco, según avance el relato, lo que parecía una observación realista de hechos comunes se habrá convertido en una fábula ligeramente siniestra o del todo pavorosa, o fantástica, y la claridad primera de los propósitos y de las vidas habrá derivado de manera más o menos visible hacia un abismo de ruina. En esas diez o quince páginas cabrá el arco entero de un destino; habrán sido la crónica de unos personajes suspendidos desde ahora en un recuerdo sin tiempo y sin embargo servirán como testimonio de una época recién pasada y ya remota.


    Updike, que fue amigo suyo, cuenta que Cheever sentía que su vida era una equivocación, un pecado

    John Cheever murió en 1982, pero su literatura pertenece a unos años que se han quedado mucho más lejos, los cincuenta, sobre todo, que ahora, gracias al cine, se han vuelto modernos; los años cincuenta en Estados Unidos, no la torva prolongación de la posguerra en la que algunos de nosotros nacimos. Cada época parece elegir la revisión visual de un pasado, la nostalgia de un periodo particular cuyos pormenores se vuelven poco a poco familiares en las películas y acaban filtrándose en parte a la vida cotidiana: después de The hours y Far from heaven los cincuenta han regresado plenamente a la imaginación contemporánea con el éxito de Revolutionary Road; y junto a las faldas de vuelo de campana, los cócteles y los cigarrillos, los coches de carrocerías fantasiosas, las amas de casa perfectamente peinadas y frustradas, vuelve también una parte de la literatura americana de entonces, al mismo tiempo que aquellos muebles y lámparas que ya nos parecían antiguos en los tebeos de nuestra infancia. Richard Yates, que murió pobre, olvidado y alcohólico en 1992, ha regresado a los anaqueles de novedades de las librerías gracias a la celebridad cinematográfica de Leonardo DiCaprio y Kate Winslet. Cuando John Cheever murió estaba en la plenitud de su prestigio, y si con los años su figura se había desdibujado un poco, su vuelta tiene en los últimos tiempos el vigor de una resurrección, de un ingreso perdurable en las historias de la literatura.

    Dos tomos de sus historias y novelas acaban de aparecer en la formidable Library of America, lo cual equivale a una cierta canonización. Un volumen suculento de sus diarios que ya se había publicado en los años noventa vuelve a editarse en bolsillo. Y la última novedad es una biografía de casi ochocientas páginas escrita por Blake Bailey, que también, por cierto, es el biógrafo de Richard Yates. La cultura literaria en Estados Unidos adquiere un aire cada vez más crepuscular, según van debilitándose la palabra escrita y el hábito de la lectura, y los fantasmas tienen una presencia más poderosa que los vivos: en The New Yorker de esta semana la reseña de la biografía de Cheever viene firmada por John Updike, que debió de enviarla muy poco antes de morir.

    Dice Updike: "Sus protagonistas errantes se mueven, en sus frágiles simulacros suburbanos del Paraíso, de una isla de momentánea de felicidad amenazada a otra". En la vida americana los simulacros de paraíso, suburbanos o no, tienen una vehemencia más exagerada que en ninguna otra parte, y uno no sabe qué le asombra más, si la distancia entre el simulacro y la realidad o el fervor con que las personas que lo practican se empeñan en creérselo, o al menos en fingir que no se dan cuenta de su inverosimilitud. Hay una perfección americana de las apariencias que ya es en sí misma una forma íntimamente exasperada de sinceridad; una impostura sostenida tan de corazón que parecería miserable desconfiar de ella. Uno la reconocería en las fotos familiares de John Cheever aunque no supiera nada de los horrores negros de su vida, aunque no hubiera leído el testimonio extraordinario de su hija Susan -Home before dark- o explorado esas páginas de los diarios en las que uno siente que está vulnerando secretos demasiado tristes y sórdidos, respirando el aire tóxico de un pozo. En algunas fotos la familia Cheever exhibe una normalidad tan perfecta, tan luminosa, que sólo puede ser una falsificación: el padre maduro y gallardo, con jerséis ligeros, con pantalones claros de lona; la madre sonriente, bien conservada, atractiva; los tres hijos de estaturas escalonadas, nacidos con los intervalos adecuados, con camisas de cuellos anchos y melenas de prudente modernidad de los años sesenta; y al fondo, al final de la ondulación del césped, entre los árboles, la casa noble pero no ostentosa del siglo XVIII, tan lejos de Nueva York como para asegurar una vida saludable en el campo, tan cerca como para encontrarse en la vibración de la ciudad tras un viaje confortable en coche o en tren.

    Dice Ben Cheever que su padre era como un espía en su propio mundo. Acataba aquella normalidad con la fe que sólo sienten los grandes impostores y al mismo tiempo que se sentía encarcelado por ella vivía con el miedo de perderla si lo desenmascaraban. La casa no era del siglo XVIII, sino una imitación hecha en los años veinte; era verdad, según le gustaba recordar, que su familia se remontaba a los primeros colonizadores, e incluía clérigos eruditos y capitanes de veleros mercantes, pero también que su bisabuelo, su abuelo y su padre habían sido borrachos fracasados; amaba sinceramente la vida familiar, patinaba con gracia y ligereza y se enorgullecía de su destreza cortando el césped, pero al mismo tiempo era un borracho y un adúltero; cultivaba una austera elegancia de varón mujeriego y en sus diarios confesaba sus aventuras homosexuales. Updike, que fue amigo suyo, cuenta que Cheever sentía que su vida era una equivocación, un pecado. Según su hija Susan, la mesa del comedor familiar parecía un tanque de tiburones.

    Pero en su vida, como en sus cuentos, el espanto no es la única verdad, y si la negrura nos afecta en ellos como una desgracia personal es porque siempre sucede en la cercanía de instantes de felicidad o belleza, o de posibilidades tan hermosas que no pierden su brillo aunque no lleguen a cumplirse. En El nadador un hombre ve en el cielo una montaña de cúmulos y piensa que parecen una ciudad vista desde lejos, a la que se llega en un barco, y piensa un nombre, Lisboa. Quien escribe unas líneas así es que ha conocido el paraíso

    156 páginas. John Cheever: Complete novels: The Wapshot Chronicle / The Wapshot Scandal / Bullet Park / Falconer / Oh What a Paradise It Seems. Library of America. 960 páginas. The stories of John Cheever. Vintage. 704 páginas. Cheever: A life. Blake Bailey. Knopf. 784 páginas.

    John Cheever : Collected stories and other writings. J. Cheever. Library of America.


    * Este artículo apareció en la edición impresa del viernes, 20 de marzo de 2009.




    EL PAÍS