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viernes, 21 de febrero de 2020

La respuesta de Rubén Blades a Nicolás Maduro

Rubén Blades le responde a Nicolás Maduro



La respueasta de Rubén Blades a Nicolás Maduro


CNN Español
18 de mayo de 2017

Después de que el presidente de Venezuela Nicolás Maduro acusara a Rubén Blades de “negar sus raíces”, el artista panameño publicó en su cuenta en Facebook una carta al mandatario venezolano en la que critica la mala interpretación de su canción ‘Pablo Pueblo’ y cuestiona la ideología y forma de gobernar del mandatario venezolano.
“Yo soy Pablo Pueblo, Ruben Blades, ¿oíste?. Y tú ya no sé si eres Pablo Rico, ahora, y te olvidaste de tus raíces”, le dijo Maduro en la cadena estatal de televisión VTV este martes en la noche.
Blades contestó: “Pablo Pueblo jamás vivió en el palacio en el que vive usted, ni existió rodeado de lujos, ni actuó como un emperador, como lo hace usted… ¿con el dinero suyo?”.

sábado, 26 de octubre de 2019

Rubén Darío / Para la misma


Rubén Darío
PARA LA MISMA

Miré al sentarme a la mesa,
bañado en la luz del día
el retrato de María,
la cubana japonesa.

El aire acaricia y besa,
como un amante lo haría,
la orgullosa bizarría
de la cabellera espesa.

Diera un tesoro el Mikado
por sentirse acariciado
por princesa tan gentil,

digna de que un gran pintor
la pinte junto a una flor
en un vaso de marfil.



Rubén Darío / Canción de otoño en primavera



Rubén Darío
CANCIÓN DE OTOÑO EN PRIMAVERA

Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro...
y a veces lloro sin querer...

Plural ha sido la celeste
historia de mi corazón.
Era una dulce niña, en este
mundo de duelo y de aflicción.

Miraba como el alba pura;
sonreía como una flor.
Era su cabellera obscura
hecha de noche y de dolor.

Yo era tímido como un niño.
Ella, naturalmente, fue,
para mi amor hecho de armiño,
Herodías y Salomé...

Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro...
y a veces lloro sin querer...

Y más consoladora y más
halagadora y expresiva,
la otra fue más sensitiva
cual no pensé encontrar jamás.

Pues a su continua ternura
una pasión violenta unía.
En un peplo de gasa pura
una bacante se envolvía...

En sus brazos tomó mi ensueño
y lo arrulló como a un bebé...
Y te mató, triste y pequeño,
falto de luz, falto de fe...

Juventud, divino tesoro,
¡te fuiste para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro...
y a veces lloro sin querer...

Otra juzgó que era mi boca
el estuche de su pasión;
y que me roería, loca,
con sus dientes el corazón.

Poniendo en un amor de exceso
la mira de su voluntad,
mientras eran abrazo y beso
síntesis de la eternidad;

y de nuestra carne ligera
imaginar siempre un Edén,
sin pensar que la Primavera
y la carne acaban también...

Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro...
y a veces lloro sin querer.

¡Y las demás! En tantos climas,
en tantas tierras siempre son,
si no pretextos de mis rimas
fantasmas de mi corazón.

En vano busqué a la princesa
que estaba triste de esperar.
La vida es dura. Amarga y pesa.
¡Ya no hay princesa que cantar!

Mas a pesar del tiempo terco,
mi sed de amor no tiene fin;
con el cabello gris, me acerco
a los rosales del jardín...

Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro...
y a veces lloro sin querer...
¡Mas es mía el Alba de oro!





Rubén Darío / Sonatina


Rubén Darío
SONATINA


La princesa está triste... ¿Qué tendrá la princesa?
Los suspiros se escapan de su boca de fresa,
que ha perdido la risa, que ha perdido el color.
La princesa está pálida en su silla de oro,
está mudo el teclado de su clave sonoro,
y en un vaso, olvidada, se desmaya una flor.

El jardín puebla el triunfo de los pavos reales.
Parlanchina, la dueña dice cosas banales,
y vestido de rojo piruetea el bufón.
La princesa no ríe, la princesa no siente;
la princesa persigue por el cielo de Oriente
la libélula vaga de una vaga ilusión.

¿Piensa, acaso, en el príncipe de Golconda o de China,
o en el que ha detenido su carroza argentina
para ver de sus ojos la dulzura de luz?
¿O en el rey de las islas de las rosas fragantes,
o en el que es soberano de los claros diamantes,
o en el dueño orgulloso de las perlas de Ormuz?

¡Ay!, la pobre princesa de la boca de rosa
quiere ser golondrina, quiere ser mariposa,
tener alas ligeras, bajo el cielo volar;
ir al sol por la escala luminosa de un rayo,
saludar a los lirios con los versos de mayo
o perderse en el viento sobre el trueno del mar.

Ya no quiere el palacio, ni la rueca de plata,
ni el halcón encantado, ni el bufón escarlata,
ni los cisnes unánimes en el lago de azur.
Y están tristes las flores por la flor de la corte,
los jazmines de Oriente, los nelumbos del Norte,
de Occidente las dalias y las rosas del Sur.

¡Pobrecita princesa de los ojos azules!
Está presa en sus oros, está presa en sus tules,
en la jaula de mármol del palacio real;
el palacio soberbio que vigilan los guardas,
que custodian cien negros con sus cien alabardas,
un lebrel que no duerme y un dragón colosal.

¡Oh, quién fuera hipsipila que dejó la crisálida!
(La princesa está triste. La princesa está pálida.)
¡Oh visión adorada de oro, rosa y marfil!
¡Quién volara a la tierra donde un príncipe existe,
(La princesa está pálida. La princesa está triste.)
más brillante que el alba, más hermoso que abril!

-«Calla, calla, princesa -dice el hada madrina-;
en caballo, con alas, hacia acá se encamina,
en el cinto la espada y en la mano el azor,
el feliz caballero que te adora sin verte,
y que llega de lejos, vencedor de la Muerte,
a encenderte los labios con un beso de amor».




Rubén Darío / A Margaritqa Debayle


Rubén Darío
A MARGARITA DEBAYLE

Margarita está linda la mar,
y el viento,
lleva esencia sutil de azahar;
yo siento
en el alma una alondra cantar;
tu acento:
Margarita, te voy a contar
un cuento:

Esto era un rey que tenía
un palacio de diamantes,
una tienda hecha de día
y un rebaño de elefantes,
un kiosko de malaquita,
un gran manto de tisú,
y una gentil princesita,
tan bonita,
Margarita,
tan bonita, como tú.

Una tarde, la princesa
vio una estrella aparecer;
la princesa era traviesa
y la quiso ir a coger.

La quería para hacerla
decorar un prendedor,
con un verso y una perla
y una pluma y una flor.

Las princesas primorosas
se parecen mucho a ti:
cortan lirios, cortan rosas,
cortan astros. Son así.

Pues se fue la niña bella,
bajo el cielo y sobre el mar,
a cortar la blanca estrella
que la hacía suspirar.

Y siguió camino arriba,
por la luna y más allá;
más lo malo es que ella iba
sin permiso de papá.

Cuando estuvo ya de vuelta
de los parques del Señor,
se miraba toda envuelta
en un dulce resplandor.

Y el rey dijo: «¿Qué te has hecho?
te he buscado y no te hallé;
y ¿qué tienes en el pecho
que encendido se te ve?».

La princesa no mentía.
Y así, dijo la verdad:
«Fui a cortar la estrella mía
a la azul inmensidad».

Y el rey clama: «¿No te he dicho
que el azul no hay que cortar?.
¡Qué locura!, ¡Qué capricho!...
El Señor se va a enojar».

Y ella dice: «No hubo intento;
yo me fui no sé por qué.
Por las olas por el viento
fui a la estrella y la corté».

Y el papá dice enojado:
«Un castigo has de tener:
vuelve al cielo y lo robado
vas ahora a devolver».

La princesa se entristece
por su dulce flor de luz,
cuando entonces aparece
sonriendo el Buen Jesús.

Y así dice: «En mis campiñas
esa rosa le ofrecí;
son mis flores de las niñas
que al soñar piensan en mí».

Viste el rey pompas brillantes,
y luego hace desfilar
cuatrocientos elefantes
a la orilla de la mar.

La princesita está bella,
pues ya tiene el prendedor
en que lucen, con la estrella,
verso, perla, pluma y flor.

* * *

Margarita, está linda la mar,
y el viento
lleva esencia sutil de azahar:
tu aliento.

Ya que lejos de mí vas a estar,
guarda, niña, un gentil pensamiento
al que un día te quiso contar
un cuento.





viernes, 25 de octubre de 2019

Vargas Llosa / Recitando a Darío

Rubén Darío


Mario Vargas Llosa

BIOGRAFÍA

Recitando a Darío…


La extraordinaria libertad y audacia con que el escritor nicaragüense creó su propia tradición, liberó a la poesía en lengua española del regionalismo y la devolvió al universalismo de los clásicos



19 de octubre de 2019




Recitando a Darío…
FERNANDO VICENTE

En mis caminatas matutinas, en este otoño madrileño que parece no despedirse nunca del verano, la memoria me devuelve de pronto largos poemas de Rubén Darío que aprendí hace más de sesenta años. ¿Dónde estuvieron escondidos todo este tiempo? En el inconsciente, según el descubrimiento (o la invención) genial de Sigmund Freud. En aquella lejana adolescencia, leí mucho al inventor del psicoanálisis, incitado por el doctor Guerra, nuestro profesor de Psicología en San Marcos, que ilustraba las teorías freudianas con las novelas de Dostoievski y tenía una voz tan delgadita que apenas le oíamos, una voz que parecía el trino de una avecilla. No volví a leer a Freud hasta los años sesenta cuando, en Londres, la amistad con Max Hernández, que estaba haciendo su análisis profesional en el Instituto Tavistock, me resucitó la curiosidad por sus libros. Eran fecundos aquellos sábados londinenses que combinaban el psicoanálisis, las librerías de viejo y la revolución ácrata, porque Max y yo nos reuníamos todas las semanas con unos anarquistas británicos, salidos no sé de dónde y desencantados de Occidente, que soñaban con que la Idea de Bakunin y Kropotkin, muerta en Europa, resucitara alguna vez allá lejos, entre el Amazonas y el Orinoco…
Descubrí a Darío en un seminario que dictó Luis Alberto Sánchez, para los alumnos de los cursos doctorales de la Facultad de Letras, cuando volvió al Perú del exilio, hacia los finales de la dictadura del general Odría, en 1955 o 1956. Era un magnífico profesor; no tan riguroso como Porras Barrenechea, que en sus clases de Fuentes Históricas revelaba siempre los datos de una investigación personal, pero ameno, estimulante, lleno de anécdotas, chismes y comentarios de actualidad que convertían su seminario en una cosa viva, en un ascua intelectual. De sus clases salíamos corriendo a la vieja biblioteca con telarañas de San Marcos a leer los libros que había explicado. Darío fue el poeta del que más versos memoricé en aquellos años de lecturas frenéticas. El poema que más admiro de él, Responso a Verlaine, tuve que leerlo con un diccionario a la mano, para saber qué querían decir “sistro”, “propileo”, “canéforas”, “náyade”, “acanto”, misteriosas palabrejas que sonaban tan bonitas.
Recuerdo una discusión apocalíptica, en París, con el poeta chileno Enrique Lihn, que había publicado en la revista Casa de las Américas un poema espléndido y ferozmente injusto, burlándose de las princesas y los cisnes de Rubén Darío y proponiendo que, armados de trinches y cuchillos, nos comiéramos de una vez por todas al cordero pascual…
Descubrí a Rubén Darío en un seminario que dictó Luis Alberto Sánchez cuando volvió al Perú del exilio
Como a Lihn, a muchos poetas de entonces les molestaba el decorado modernista de los poemas darianos, esas mezcolanzas indescriptibles de la Grecia clásica con la Francia dieciochesca, sus urnas de cristal, sus violoncelos, las damiselas de grandes escotes y pies breves, sus “manos de marqués”. Querían que la poesía fuera menos decorativa y suntuaria, que expresara más íntimamente la existencia y no se dispersara y frivolizara de ese modo en la adoración de lo francés. Se equivocaban al juzgar así a Darío, que también podía ser íntimo, profundo y personal, como en Lo fatal o en ese tenebroso llamado de los últimos tiempos, el de Francisca Sánchez, acompañamé. A ésta llegué a conocerla, llevado a su casita de Las Ventas por mi profesor de la Complutense, Antonio Oliver Belmás; era una viejecita inmortal, menuda, escueta, de pañuelo en la cabeza, que jamás se permitía confianzas con el gran muerto, a quien llamaba siempre “don Rubén”. Cuando Darío partió a la loca aventura estadounidense de la que no regresaría, ella retornó a su pueblecito castellano, con todo el archivo de don Rubén, que legaría luego a España. Le pregunté cómo se llevaban Darío y José Santos Chocano. “Don Rubén le tenía mucho miedo”, me respondió. “Decía: un día es capaz de entrar a la casa y maltratarme”. Y, en efecto, la correspondencia entre ambos está llena de cartas en que el peruano exigía con matonerías al nicaragüense artículos elogiosos sobre los libros que le dedicaba.
En verdad, lo que hizo Darío fue romper el provincianismo que asfixiaba a la poesía de nuestra lengua, la que, desde los grandes tiempos clásicos con Quevedo y Góngora, se había empequeñecido y retraído a las querencias locales, y salir a enfrentar al mundo entero para apropiárselo, precisamente con aquellas mezclas y apareos que sólo un hombre de la periferia podía haber hecho, es decir, alguien que, a diferencia de un poeta francés o británico o alemán, no escribía condicionado por el peso de una tradición. La extraordinaria libertad y audacia con que Darío creó su propia tradición, en esas alianzas desaprensivas en que los dioses griegos bailan el minué con las coquetas indiscretas de los salones del Rey Sol, liberó a la poesía en lengua española del regionalismo y la devolvió al universalismo de los clásicos. Gracias a él fueron posibles, de una parte, las conmociones telúricas y épicas del Neruda del Canto General, la entrañable poesía de Vallejo, y, en el otro extremo, el internacionalismo de un Borges. Este último lo reconoció, de manera irrefutable: “Su labor no ha cesado y no cesará”, escribió; “quienes alguna vez lo combatimos, comprendemos hoy que lo continuamos”. Por eso, Sergio Ramírez tituló el excelente ensayo que le dedicó: El Libertador.
Deslumbrado por Darío, decidí hacer mi tesis de Bachiller sobre sus cuentos. Mis dos asesores, Luis Alberto Sánchez y Augusto Tamayo Vargas, me hacían revisar las citas una y otra vez y me exigían precisiones bibliográficas. Pero sería mucho peor más tarde, en Madrid, donde el tutor de mi tesis doctoral sobre García Márquez, el maestro Alonso Zamora Vicente, me tuvo años exigiéndome nuevas correcciones y detalles, en inacabables paseos deliciosos por el Madrid de los Austrias. Eran importantes las tesis universitarias entonces; ahora, no es raro que las plagien, y los plagiarios, en vez de vergüenza y reprimendas, reciben desagravios y felicitaciones.
Rompió el provincianismo que asfixiaba a la poesía desde los grandes tiempos clásicos con Quevedo y Góngora
En todo mi recorrido, esta mañana, he recitado en voz baja: “Era un aire suave...”, el poema inicial de Cantos de vida y esperanza que comienza con aquel verso deslumbrante: “Yo soy aquel que ayer nomás decía”, y, por lo menos tres veces, el Responso a Verlaine. Si amaino un poco el paso, alcanzaré a recitarlo una cuarta, tal vez.
Luis Alberto Sánchez contaba en aquel seminario que él había comprado por unos cuantos francos, en un bouquiniste de París, el ejemplar de Prosas profanas dedicado de su puño y letra por Rubén Darío a Remy de Gourmont, a quien tanto admiraba. Y que el libro estaba sin desglosar. De modo que el polígrafo francés, tan célebre entonces y ahora sumido en el olvido, ni siquiera se había enterado del homenaje que le rendía, desde el otro lado del mundo, aquel desconocido nicaragüense con aquel libro, más importante que todos los suyos reunidos. No creo que, un siglo y medio después, Remy de Gourmont tenga muchos lectores ahora, ni siquiera que se encuentren sus libros en las librerías francesas. A su lejano admirador, en cambio, lo siguen leyendo y estudiando a ambos lados del océano y, estoy seguro, gana cada día lectores tan apasionados de sus versos como yo en el vasto mundo de la lengua española. Y me parece entonces que escucho, allá donde se encuentre, al fantasma de Darío, que, como la traviesa Eulalia, ríe, ríe, ríe…

Sergio Ramírez / Puño y letra







ergio Ramírez, junto a su esposa la socióloga Gertrudis Guerrero, tras depositar su legado en la Caja de las Letras del Instituto Cervantes.
Sergio Ramírez, junto a su esposa la socióloga Gertrudis Guerrero, tras depositar su legado en la Caja de las Letras del Instituto Cervantes.  EFE


Puño y letra

Somos hijos de la dignidad y de la palabra de Rubén Darío y Augusto César Sandino

SERGIO RAMÍREZ
20 de abril de 2018


Como parte de los actos del Premio Cervantes, se celebra el ritual del depósito de un legado en el Instituto Cervantes de Madrid.

El instituto funciona en un imponente edificio adornado de cariátides en la calle de Alcalá, donde estuvo el Banco Central, y por eso tiene bóvedas blindadas, a las cuales se da ahora uso literario, pues los legados se depositan en las cajas de seguridad que antes servían para que los clientes resguardaran allí sus valores.

lunes, 19 de noviembre de 2012

Sergio Ramírez / Las falsas cartas de amor de Rubén Darío








Sergio Ramírez
LAS FALSAS CARTAS DE AMOR DE RUBÉN DARÍO
20 de noviembre de 2012
En una carta de amor que parece más bien escrita por un adolescente timorato, que empieza a balbucear en la poesía, Rubén Darío escribe a Amado Nervo el 2 de septiembre de 1908: “Mi caro amigo…y más!/poeta y trovador/a ti dedico con ardor/mis minutos de solaz…” Sólo dan ganas de agregar: ¿quién da más?, para completar la rima ramplona.
Esa misiva sentimental, o billete amoroso, como se decía entonces, no es la única, y todas ellas, aunque se trata de una correspondencia supuestamente secreta, pues los amores entre dos hombres, y famosos en su tiempo, tenían que ser necesariamente clandestinos, llevan no sólo la firma, sino la dirección del remitente, en este caso que cito la calle Serrano 27 de Madrid, siendo entonces Darío embajador de Nicaragua, y Nervo secretario de la legación de México. Nada de seudónimos, nada de iniciales. Nada que se parezca a una conspiración entre amantes. Nada de estremecedores poemas oscuros, como los de Lorca. En cambio, atroces faltas gramaticales: “porque quiera el mundo/o no quiera/ yo, jamás a ti olvidaré!”
Además, estas cartas no han sido encontradas en el archivo de Nervo, el destinatario, sino en el del remitente, lo que quiere decir que Darío, más descuidado aún, sacó copia de ellas, y temerario, las guardó, él, el más tímido de los mortales, para que la posteridad supiera de su condición de homosexual.
Las cartas son parte de un lote de cerca de 900 documentos escritos a mano, y calzados con la firma de Darío, entre los que además hay copias abundantes de sus propios poemas, que acaban de ser adquiridos por la Universidad del estado de Arizona, adquisición celebrada con repique de campanas, y el profesor de esa misma universidad, Alberto Acereda, reputado como experto en la obra dariana, ha sido el primero en tener acceso a ellos, y nos regala, como primicia, un artículo publicado en el Boletín de Estudios Hispánicos que se edita en Londres, y que titula “Nuestro más profundo y sublime secreto (título entresacado de una de las cartas): los amores transgresores entre Rubén Darío y Amado Nervo”. Su propuesta es que, en base a ese hallazgo, toda la obra de Darío, y por tanto la de de Nervo, se lea desde ahora a la luz de la homosexualidad.
Sólo que las cartas son falsas. Y ya se sabe que para bailar esta clase de tangos se necesitan dos: un ingenuo que se deja timar, y un pícaro que se alza con el botín que cándidamente le entrega el timador.
No conozco entre esa multitud de documentos más que aquellos que el profesor Acereda revela en su ensayo, pero él mismo advierte que “los manuscritos están en buen estado en su práctica totalidad, gracias al uso de papel grueso y de calidad, perfectamente legibles y con una notable ausencia de tachaduras, correcciones y enmiendas”. Es decir, la obra de un falsificador sin imaginación, que busca imitar la caligrafía de Darío, de sobra conocida, pero no advierte que entonces, cuando se usaba tintero, plumilla de acero y secante, no se podía escribir sin borrones ni tachaduras, sobre todo cartas, y más que eso, que la letra cambiante de una persona responde siempre a los estados de ánimo, angustias, de las que Darío vivía lleno, entre ellas su siempre calamitosa condición económica, y la hiperestesia provocada por su tendencia al alcoholismo.
La joya más vistosa, entre las cartas reveladas, es la que Darío dirige a Nervo desde Nueva York, el 12 de enero de 1915, un año antes de su muerte en Nicaragua, escrita en papel con membrete del Hotel Astor, y allí le dice: “Te escribo estas cuantas líneas, seguro de que al recibo de estas mías te encuentres lleno de alegría y felicidad, de salud y bienestar: confiado en que hayas recibido el poema que recientemente, con fecha de Barcelona, Septiembre del año pasado te lo hice y dedicado como muestra de mi gran amor hacia ti, el cual titule´ “Ah! Recuerda!”, como tributo al sentimiento y gran amor y pasión que nos une…” Otra vez el idioma destrozado bajo la firma, dichosamente falsa, de Darío.
El poema en cuestión también está en el archivo comprado por la Universidad de Arizona, a un precio aún no revelado, y comienza: “de tus ardientes pupilas/aún siento el vago poder/aún me incendian tus miradas/de infinita languidez/aún escucho tus palabras/y tus promesas de ayer/aún de tus besos dulcísimos/siento en tus labios la miel…”
El manuscrito falsificado no lleva ninguna puntuación. Pero eso es lo de menos. Todo el andamiaje se derrumba cuando encontramos que ese poema no es sino una copia de “Remember”, una de las composiciones de adolescencia de Darío, escrito en Managua, antes de su viaje a Chile en 1886, cuando no conocía a Amado Nervo, y nunca pudo habérselo dedicado.
Los expertos que seguramente contrató la Universidad de Arizona antes de resolverse a la compra del tesoro apócrifo, sólo necesitaban consultar las Poesías Completas de Darío, reunidas por Alfonso Méndez Plancarte y publicadas en sucesivas ediciones por Aguilar en Madrid, y donde “Remember” se haya incluido en “Iniciación melódica: vaso de miel y mirra”. Pero ni siquiera tenían que ir a bucear este poemita allí; aunque primerizo, es muy popular, y aparece transcrito literalmente, imitado, o plagiado, en colecciones de versos de amor y manuales escolares de escritura, y puesto en prosa y deformado en libros tipo “secretario de los amantes”. Y para mayor vergüenza de esos expertos, abundantemente reproducido ¡en Internet!
Una falsificación tan burda, que hace agua por todos lados: en la carta donde se menciona “Ah, recuerda!”, se le da fecha de 1913, pero el falsificador lo olvidó al fabricar el manuscrito del poema, pues en el facsímil del mismo, que aparece reproducido al final del ensayo del profesor Acereda junto con las demás piezas que buscan probar los “amores trasgresores” entre Darío y Nervo, se lee al pie: “Barcelona, noviembre de 1914”. El falsificador, o los falsificadores, pues a lo mejor se trata de todo un equipo de trasgresores, ignoran todo acerca de la vida de Darío, pues el 25 de octubre de ese mismo año había partido hacia Nueva York a bordo del buque Antonio López, mediante pasaje que le obsequió el Marqués de Comillas, un viaje para nunca más volver. Y “Remember” aquel poemita de su adolescencia, de tanta fortuna entre los enamorados, tenía ya treinta años de existencia. ¿Lo recordaría aún el poeta moribundo?