miércoles, 17 de febrero de 2021

El Día D del expresionismo abstracto

Obras de Mark Rothko

 

El Día D del expresionismo abstracto

Londres acoge la exposición más ambiciosa realizada en Europa sobre un movimiento clave que certificó hace medio siglo que el rumbo del arte lo iba a marcar Estados Unidos


Pablo Guimón
Londres, 22 de septiembre de 2016

A principios de 1959 un maremoto procedente del otro lado del Atlántico sacudió el mundo del arte europeo. Cuesta imaginar lo que pudo suponer para un ensimismado discípulo cualquiera de la Escuela de París, acostumbrado a reflexionar sobre la condición humana ante su caballete, contemplar aquellos lienzos inmensos, cargados de energía y emoción, que se pasearon por el Viejo Continente con la exposición La nueva pintura americana. El impacto de la visión conjunta de las obras de Mark Rothko, Willem de Kooning, Clifford Still o Jackson Pollock, que había muerto estrellado en su coche tres años antes, firmó el acta de defunción de París como capital de las vanguardias y terminó de inclinar la balanza hacia Estados Unidos.

Cuesta creer que haya tenido que pasar más de medio siglo para volver a ver en Europa una gran exposición dedicada al expresionismo abstracto como movimiento. Y al negar la mayor, David Anfam, comisario de la exposición inaugurada ayer en la Royal Academy londinense, aporta uno de los motivos. “Yo no hablo de movimiento, sino de fenómeno”, explica el historiador y crítico de arte. “El expresionismo abstracto fue un rico y variado conjunto artístico que explotó durante y después de la Segunda Guerra Mundial en las dos costas de EE UU”. Poco más. Ni manifiestos, ni relaciones estilísticas relevantes entre las figuras principales. La naturaleza amorfa del fenómeno, sumada al enorme tamaño y valor de mercado de algunas de sus obras maestras, hacen difícil abordar una exposición del expresionismo abstracto en su conjunto.

El rechazo de Pollock, Rothko y compañía a las palabras “movimiento” o “escuela” ya se destacaba en el catálogo de aquella exposición de 1959. “Ninguno habla por los otros, igual que ninguno pinta por los otros. Su individualismo es inflexible”, escribía el entonces director de colecciones del MoMA, Alfred H. Barr.

Medio siglo después, el objetivo de esta exposición producida por la Royal Academy con la colaboración del Guggenheim Bilbao es, en palabras de Anfam, “reevaluar” el expresionismo abstracto. Tirar de los hilos que tejieron “un fenómeno poliédrico, fluido y extremadamente complejo”.

Esos hilos cuelgan de dos polos a los que remite la propia etiqueta, acuñada en 1946 por el crítico Robert Coates: la intensidad emocional del expresionismo alemán y la estética formal de la abstracción europea. Entre esos dos polos, artistas con biografías y orígenes de lo más variados compartían la experiencia común de haber vivido la era moderna de los extremos y las catástrofes: dos guerras mundiales, la Gran Depresión, la guerra civil española, la devastación de la bomba atómica, la gestación de la guerra fría y, por otro lado, la vibrante y eufórica escena artística a la que dio lugar la emergencia de Estados Unidos como potencia global.

Un visitante toma una foto de la pintura 'Mural' (1943) de Jackson Pollock en la exhibición de la Royal Academy londinense.
Un visitante toma una foto de la pintura 'Mural' (1943) de Jackson Pollock en la exhibición de la Royal Academy londinense.  AFP

Para situarse en el siglo XXI, la exposición diluye la frontera que tradicionalmente se ha colocado entre los pintores de “los campos de color” (Rothko, Newman) y los de “la acción o el gesto” (Pollock, Kooning). Dos categorías que los comisarios consideran “simplistas”, y que ocultan otras preocupaciones que unían a los artistas, como “la ruptura con el foco central de los cuadros, la voluntad de marcar la presencia humana incluso en la abstracción, o el desafío a las convenciones sobre la escala, con piezas que van de la miniatura intima a la grandeza épica”.

Las más de 160 piezas de una treintena de artistas se reparten por salas temáticas y monográficas de los grandes nombres. Si las primeras ofrecen vínculos y claves, la verdadera emoción reside en las segundas. Es difícil explicar la sensación de encontrarse entre las dos obras maestras de Pollock que delimitan su etapa de esplendor y que, por primera vez en la historia, se exponen frente a frente. A un lado, su monumental Mural, la pieza más grande que pintó nunca, realizada en 1943 para la casa de Peggy Guggenheim en Manhattan. Al otro, Blue poles (1952), el cuadro más icónico de su periodo tardío, que hasta ahora solo había abandonado una vez su hogar en la National Gallery de Australia.

De ahí se pasa a la sala central, de las 12 que forman la muestra, dedicada a Mark Rothko. Rodean al espectador siete enormes piezas que muestran su deseo de encarnan, en los rectángulos yuxtapuestos que pintó durante sus últimos 20 años de vida, las grandes emociones humanas. Rothko las resumió en tres: “Tragedia, éxtasis y fatalidad”.

El expresionismo abstracto no fue el principio de nada sino el final de algo. La conclusión épica a la tradición de la pintura romántica. En los sesenta se declaró obsoleta la pintura y el arte pop reemplazó la naturaleza que inspiró a sus predecesores con el mundo del espectáculo y la publicidad. Hoy, la vigencia del movimiento (o fenómeno) puede buscarse en la escala y ambición del arte contemporáneo, pero la ausencia de la pintura entre las nuevas tendencias puede señalar su fracaso. Lo que resulta difícil es negar el poder que conservan estas obras maestras, reunidas en un solo espacio, medio siglo después.

EL PAÍS


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