Bohdan Pniewski
El espíritu polaco de la escalera
Polonia fue durante mucho tiempo un territorio codiciado por sus poderosos vecinos. La partición de su territorio entre Prusia, Austria y Rusia a finales del siglo XVIII constituyó un profundo trauma colectivo. Cuando el país recuperó su independencia en 1918, la Segunda República Polaca buscó borrar estos recuerdos humillantes. La arquitectura sirvió como herramienta para reafirmar la identidad nacional, integrando así a Varsovia en la modernidad del siglo XX. Posteriormente, la ocupación nazi provocó una extensa destrucción en el casco antiguo. Los levantamientos liderados por los judíos del gueto y por la resistencia polaca enfurecieron a Hitler, quien ya ansiaba borrar del mapa la odiada capital polaca. En consecuencia, el nuevo régimen comunista adoptó una actitud ambigua hacia Varsovia. Por un lado, los dignatarios del Partido aceptaron la reconstrucción de la mayoría de los monumentos históricos para satisfacer la voluntad del pueblo. Por otro lado, querían construir edificios que simbolizaran su poder bajo la bandera marxista.
