lunes, 27 de julio de 2020

Gustavo Martín Garzo / La Rama Dorada





La Rama Dorada

Gustavo Martín Garzo
8 de noviembre de 1994

Voy a decir algo que puede parecer discutible pero en lo que creo firmemente, que el impulso que mueve al escritor a escribir sus libros es el impulso de la felicidad. Lo es, incluso, cuando el centro de éstos pueda ser la desdicha, o llegue a escribirlos bajo el imperio de la desesperación o el dolor. Cuando su escritura sea una agonía insufrible, o su búsqueda, como quería Kafka, la de esos libros que hagan en nosotros el efecto de una desgracia, que nos duelan profundamente, como si fuéramos arrojados a los bosques, lejos de los hombres. Homero era ciego, y son numerosas las culturas que han hecho del ciego la figura emblemática del narrador. No es difícil saber por qué. El ciego no ve con los ojos comunes y se le cree capaz, por tanto, de una segunda visión, entrar en contacto con esas fuerzas libres que constituyen la imaginación del mundo. El don más alto de estas fuerzas es la inspiración. Un don que recibimos, pero que en gran medida, como todos los verdaderos dones, debemos darnos a nosotros mismos. Para ello, el centro de nuestro ser debe desplazarse del mundo del día, donde todo es obra exterior, cálculo, instrumentalización, al mundo de la noche, que atiende a lo intensivo, a lo excepcional y a lo incondicionado. Este mundo es el mundo de la imaginación, y, por tanto, el (le la literatura. Para la imaginación todo es paisaje interior, fabulación, todos sus datos son incomparables y únicos. Tiene que ver con el deber ser, con el anhelo de una vida en que lo sorprendente y lo prodigioso coexistan con lo banal y lo cotidiano.

Recuerdo ahora una pequeña historia. Una historia real, que tuvo lugar hace años en el aeropuerto militar de Villanubla. Entonces no habían trazado aún la desviación actual y la carretera cruzaba la pista de aterrizaje. Un agricultor se dirigía a un pueblo próximo llevando en su camioneta a una vaca. La niebla, un error inexplicable, permitieron que la camioneta invadiera alegremente la pista justo en el momento en que aterrizaba un bombardero. El choque fue clamoroso. No hubo víctimas humanas, pero la camioneta quedó completamente destrozada y la vaca murió. El agricultor trataba de explicarse lo sucedido cuando los soldados le condujeron al puesto de guardia. Allí le esperaba el coronel. Estaba muy nervioso y le habló de los riesgos inherentes a la vida militar y de lo difícil que era afrontar sin errores las graves responsabilidades que exigía el cumplimiento del deber. Hizo una pausa, y le pidió disculpas por lo que acababa de suceder. Estaban dispuestos a indemnizarle, a hacerlo valorando tanto su camioneta como su vaca en un precio superior al que había pagado por ellos. Sólo le ponía una condición, nadie debía saber lo que había sucedido esa noche en el aeropuerto. El agricultor reflexionó unos momentos, y luego movió la cabeza negando. No podía ser, contestó tímidamente. Prefería quedarse sin nada. Cualquier cosa antes de no contar en su pueblo lo que le había pasado a su vaca.

Cabe preguntarse qué hay detrás de una decisión así, una decisión tan contraria al pragmatismo, al más elemental interés, una decisión que hace que nuestro campesino prefiera renunciar al beneficio que podía haber obtenido a cambio de mantener intacto el derecho a contar su historia. La respuesta no me parece difícil. Creo que la pasión de contar es inherente a la naturaleza humana. Que contar es volver a vivir, pero poniéndose a salvo del desorden propio de la vida. Y que, en el fondo, la verdadera vida no es tanto la que únicamente se vive, sino aquella que al tiempo de vivirse se puede contar, o que se vive contándola. Como si vivir verdaderamente sólo fuera estar contándonos algo. Darnos el don de una historia.

También creo que para que exista una historia es preciso que se tenga el sentimiento de lo prodigioso.

No se escribe sin un sentimiento así. Las historias se cuentan porque en algún momento hemos visto brillar sobre nuestras cabezas el resplandor de la Rama Dorada. Todos conocéis ese hermoso pasaje de La Eneida. El poeta cuenta cómo Eneas se interna en un tenebroso valle y siguiendo dos palomas se ve sorprendido de pronto por un extraño resplandor. Es la Rama Dorada. Esta rama se vincula con el muérdago. Crece entre las ramas de los pinos, y todos nos hemos sentido sorprendidos alguna vez por su brillo, que es, efectivamente, dorado. Los romanos pensaban que las parejas que se besaran bajo una rama de muérdago permanecían unidas para siempre y que su color amarillo era apto (por magia simpática) para descubrir tesoros enterrados. A Eneas le sirvió para franquear las puertas del infierno, y encontrarse con los muertos, y para nosotros es el símbolo de esa llamada que nos abre el dominio de la imaginación.

Pero quiero que se me entienda. La imaginación no es una huida, sino un compromiso más profundo con la realidad del mundo. No es el palacio, en cantado del que nos habla Ariosto en Orlando furioso. Este palacio pertenece al mago Atlante y es una trampa en la que caen gran número de personajes de este libro, que de pronto creen ver en sus corredores la figura de lo que han perdido en el mundo, la visión de la mujer amada, de un enemigo inalcanzable, de un caballo robado. Y cuando entran en su busca ya no pueden abandonarle. De forma que es un palacio vacío sólo poblado por los que buscan. La literatura no tiene que ver con este mundo de la evasión. Debe transformarnos, y sobre todo debe devolvernos al mundo. Un personaje del Orlando llega a ese palacio provisto de un libro mágico que explica cómo son los palacios de ese tipo; se dirige a la losa del umbral, la levanta, y los corredores se hacen humo. Creo que la función de la literatura es deshacer los hechizos. Demasiados prejuicios nos impiden ver de verdad el mundo, y el arte nos revela el camino que tenemos que seguir para reencontrarnos con él. Virgilio, aparte de La Eneida, escribió Las Geórgicas. Era un largo poema destinado a animar a los campesinos a que regresaran a los campos y emprendieran la labor de su cultivo, a cuya composición dedicó siete años de su vida. Siete años dedicados a contarnos cómo debía cultivarse la tierra, las atenciones que requería el ganado o el, cuidado de las colmenas. Tratando de hacernos conscientes de la necesidad de luchar contra el caos de lo real. De ofrecernos técnicas de adiestramiento, y de hablarnos, como hacen en el fondo todos los cuentos, de las facultades y aptitudes, que nos serán necesarias en la. vida.

La imaginación no se confunde con el castillo de Orlando. Nos enseña a vivir. Es un puente entre nosotros y las cosas del mundo. Por ella aprendemos que la vida es más amplia de lo que nuestras razones y conveniencias creen, y que la misión del arte es devolvernos esas posibilidades incumplidas, contarnos esa otra historia de lo que somos, y ayudarnos a soportar el dolor debido a la separación. Porque la imaginación es una llamada a la totalidad. José Lezama Lima habría escrito: "El impulso alegre hacia lo desconocido". Necesitamos historias que nos cuenten lo que es el mundo y lo que pasa en nuestro interior, pero sobre todo que nos hablen de lo prodigioso, porque la vida es indisociable de la espera y la realización del prodigio.

Una de esas historias es la historia de Atalanta, y me vais a permitir que os la recuerde brevemente. Atalanta no quería casarse porque un oráculo le había dicho que correría un gran peligro si se unía a un mortal. Presionada por su padre, decidió hacerlo, pero sólo con aquel que la venciera en una carrera (Atalanta, amamantada por una osa y criada por unos cazadores, había crecido ejercitándose un día tras otro en la caza y en la carrera, y nadie había que la aventajara en tales actividades). Ya había dado muerte a varios pretendientes cuando apareció Hipómenes, que llevaba consigo tres manzanas de oro que le había regalado Afrodita, y que en plena carrera fue arrojando al suelo obligando a Atalanta a detenerse para recogerlas, con lo que, finalmente, pudo vencerla y desposarse con ella. Atalanta, como la sirenita o tantas criaturas del mundo de los cuentos o del mito, es una de esas criaturas intermedias, no enteramente humanas, situadas en una suerte de limbo, entre la vida y la muerte, más allá de los límites acotados por nuestra razón. Que absorben en su ser los oscuros y peligrosos fenómenos de la vida imbuyéndoles de dulzura. El hombre ha huido de ellas, pero necesita volver a su lado. Desposarse con ellas es desposarse con lo real. Tiene sus riesgos. Es la pregunta de la ratita presumida: "Qué me harás por las noches?". Nosotros somos los pretendientes, y la imaginación es el jardín de las Hespérides, Afrodita dándonos el fruto dorado. Sólo esas manzanas hacen detenerse a la fogosa joven, que es símbolo de nuestra propia al manos permitirán vencerla y al estrecharla en nuestros brazos devolverla al mundo.

Hay una versión del mito que aún me gusta más. Atalanta está enamorada y finge un interés por las manzanas que en realidad sólo siente por el muchacho que la persigue. En suma, que si se detiene a recoger las manzanas es para dejarse ganar. Creo que el mundo de la imaginación es ese pacto. Y que la literatura es como la actuación de los magos en los escenarios. Un truco tras otro, fingir que es posible lo que no puede ser. También que todo es un problema de convicción. Kierkegaard dijo que la fe era tentar a Dios, y creó que con la imaginación tentamos al otro. Le hacemos actuar como si esa manzana que le damos fuera de verdad de oro. Y al hacerlo logramos que algo semejante a esa naturaleza áurea pase a todas las manzanas de la tierra.

Es la enseñanza de Don Quijote. Parece un iluso, pero termina contagiando a todos de su locura. De hecho, llega a cambiar las reglas que gobiernan los movimientos de los hombres en el espacio abierto del libro y del mundo. Por eso nuestro campe sino no podía aceptar la pro puesta del coronel. Esa propuesta negaba la vida, transformando los hechos en una mera transacción comercial. Pero lo que sucedió fue algo más. No es el aeropuerto, el camión renqueante, la niebla y la pérdida de la vaca. Es, sobre todo, la posibilidad de encontrar un sentido a lo que nos pasa, y a través de ello conseguir un poco de cordura. Esa verdadera cordura que, según el dictamen de Chesterton, oponía al dominio de lo instrumental las razones del alma. Creo que se escribe con la vaga ilusión de que el alma hable a través de nosotros. No siempre ocurre: ella cuenta cosas, pero no se puede contar nunca con ella (no es calculable ni previsible). Y el alma. busca siempre acortar las distancias. Abrirnos, en suma, al misterio del otro, que debemos encandilar con nuestra historia. Escribimos para que se detenga y nos oiga contar. No importa lo que contemos, sino que esté a nuestro lado y que nos escuche. Porque contar una historia es, por encima de cualquier otra cosa, contemplar el rostro del que la escucha. No conozco otro cobijo frente a la crueldad del mundo que esa contemplación.

EL PAÍS



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