lunes, 25 de mayo de 2020

Jesús Pardo / Phoebe Lancaster

Repost from @elenapanc Meredith. Otro de los personajes de el ...

Jesús Pardo
PHOEBE LANCASTER

    
Entre aquella droite infernale londinense de los años cincuenta conocí a una chica muy rubia y delicada, muy discreta y callada, tan fina de maneras cuanto frágil de tipo; incapaz, parecía, de levantar la voz, y su nombre, Phoebe Lancaster, ponía inmediatamente al connoisseur sobre aviso de pila bautismal, cuando menos, isabelina.
    Phoebe Lancaster, huérfana de padre y madre, vivía con una tía que era al tiempo su tutora: la honorable señora de Beaumont, prefijo indicador de cuna, cuando menos, vizcondal. Phoebe escuchaba a todos en silencio, y siempre que era humanamente posible respondía con sus expresivísimos ojos de un azul desteñido; este silencio le daba un prestigio hermético que para algunos era pura arrogancia, para otros sagacidad y para los más simple estupidez.
    A mi Phoebe me atraía: veía en ella el resumen vivo de la clásica chica inglesa aristocrática, y por eso me desconcertó muchísimo que, después de un mes o así de vernos con cierta frecuente cuanto cordial frialdad, insistiese una noche, al salir de una party, en acompañarme a mi casa «a tomar una copa». A la mañana siguiente, a mis alarmadas preguntas sobre si su tía no estaría echándola de menos, Phoebe me contestó:
    —Mi tía me deja vivir mi vida. Tú y yo de lo que tenemos que hablar ahora es de la función.


    Se trataba de una función benéfica que la juventud dorada de Londres estaba organizando para lucir masivamente sus dotes de actores de teatro. La comedia la había escrito el conde de Caemarvon, y se decía que tal era el número de candidatos a papeles que tuvo que rehacerla entera con el doble de reparto. La princesa Margarita había prometido participar en un cancán masivo al final del segundo acto, y esto disparó más aún la demanda, sobre todo entre las chicas, histéricas por bailarlo junto con la hermana de la reina.
    Hacía falta, me dijo Phoebe, un valet de chambre que hablase con acento extranjero auténtico, «y entre nosotros el único que lo tiene eres tú».
    —Oye, tú —respondí, amostazado—, para eso no tenías necesidad de acostarte conmigo.
    No, por supuesto, asintió Phoebe, pero así había más confianza.
    A partir de mi aquiescencia, Phoebe no me dejó un momento solo: fueron dos semanas de sexo desbocado, con Phoebe de paciente activa y gemebunda, pero incansable. Únicamente me abandonaba para acudir a sus deberes de secretaria del comité organizador de la función, y yo a ella para repetir mis ensayos diarios, que eran brevísimos: entrar en escena y decirle al protagonista, o, mejor, a uno de los numerosos protagonistas, porque la comedia se había vuelto incoherente e inmanejable: «Señor duque, el té está servido.»
    El día del estreno el teatro era un caos de padres, parientes, novios y amantes del innumerable reparto, y Phoebe no se separaba de mí. Los aledaños del escenario estaban intransitables. El papel de la princesa hubo de ser ocupado en el último momento por una columnista norteamericana de chismorreo social llegada de Nueva York aquel mismo día, pues palacio había anunciado que Su Alteza Real la princesa estaba indispuesta, aunque todos daban por supuesto que la reina le había prohibido aquel disparate. La columnista era gorda y talluda, y nadie sabía cómo iba a arreglárselas para bailar el cancán.
    Llegado el momento de mi intervención, entré en el escenario: un cuarto de estar de elegancia muy barroca. Entrecerré los ojos, pensando sólo en no tropezar con los muebles que lo atiborraban.
    En el fondo, junto a las candilejas, me esperaba el duque, que también lo era en la vida real, y, justo cuando llegaba yo a su lado, oí a mis espaldas un tremendo estrépito, como si una manada de elefantes se nos echase encima.
    Me volví: una larga hilera de chicas medio desnudas de la cintura para arriba irrumpía aparatosamente en escena: iban cogidas por los hombros, como en enloquecida conga seminudista, serpenteando entre los muebles al tiempo que agitaban las piernas en desenfrenado cancán que hacía volar las faldas abiertas por delante y largas hasta la rodilla.
    La hilera se abrió por el centro, dejando paso al retaco norteamericano: redonda y flácida, saltando como loca y marcando el ritmo a latigazos que acuchillaban el aire, entre cortantes gritos de «Allez hop!», iba envuelta en una bandera norteamericana cosida como un saco, con agujeros para cuello, brazos y piernas, embutidas éstas en altas botas de montar del far west.
    ¿Qué hacía aquella invasión en el salón ducal, por muy teatral que fuese? Las cancaneras nos rodearon, con la incansable norteamericana, saltarina, fustigante y chillona, en medio. El duque las contemplaba impasible, pero yo me sentía amenazado de muerte por la interminable sucesión de afilados zapatos que me pasaba rozando la nariz, como puntas de lanzas enmediadas de seda, seda también en las mecientes entrepiernas de un sugerente rojo sangre enganchadas a las medias por gruesas ligas de un negro fosforescente.
    Encogiéndome para no verme acribillado, y acosado por la silenciosa expectación del público, susurré, estentóreo:
    —Tea is served, your grace.
    El duque, ajeno a todo aquello, me hizo un displicente ademán: puedes irte. No lo había tenido que ensayar.
    Irme, de acuerdo, pero ¿por dónde? Las tupidas punteras seguían vedándome la salida, mientras los saltos y los fustazos y los gritos de la norteamericana arreciaban. Me acerqué más a las candilejas, y el panorama de mecientes entrepiernas se curvó de pronto, acotándonos al duque y a mí un terreno más amplio. Pude contemplar entonces el agujero negro del teatro abarrotado, de donde nos llegaban atronadores aplausos y carcajadas y nombres de mujer, y la norteamericana y sus cancaneras se inclinaban una y otra vez y los aplausos aumentaban, y el duque, impasible, parecía una estatua de sal.
    Aproveché la oportunidad para salir del escenario, y mi carrera despertó atronadoras carcajadas; una de las dos cancaneras risueñas y sudorosas entre las que me abrí pasó me susurró al oído con dulce acento alemán:
    —Hello, Hesúus!
    Era Mariga von Urach-Württemberg, princesita alemana que remataba su desgermanización entre la droite infernale londinense pintándose labios y uñas de azul y diciendo cosas como: «Nuestra clase está muy desamparada, en el siglo XII teníamos más autoridad...»; una genialidad de Mariga dio la vuelta a Londres:
    —Señora —le había dicho a la reina Isabel la única vez que habló con ella—, mi familia es más antigua que la de vuestra majestad.
    —Es posible —contestó la soberana—, pero nosotros tuvimos más éxito.
    Corrí a donde me esperaba Phoebe, y a mi instancia de ir enseguida a casa me contestó que no, que estaba esperando a su amigo, un negro director de orquesta de jazz, a quien nadie había visto nunca, pero de cuyas proezas eróticas se contaban maravillas.
    Ante mi total desconcierto, Phoebe, impasible y como distante, me dijo que sólo se había pegado a mí aquellos días para cerciorarse de que iría a los ensayos y no dejaría plantada la función en el último momento: «Los extranjeros no sois de fiar, hay que vigilaros.»
    Desapareció entre la muchedumbre de admiradores, maridos y amantes que se apretujaban contra la trasera de los bastidores, y su rostro, al volverse para dirigirme una burlona sonrisa de despedida, reflejaba subsidiariamente hondo alivio por dejar de verme.


Jesús Pardo
Autorretrato sin retoques






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AUTORRETRATO SIN RETOQUES

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